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Revista La Universidad 14-15

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Edito r
Univer ial
aria sit
Número 14, ABRIL - JUNIO, 2011
Universidad de El Salvador
Carta del director Prefacio Héctor Samour Prólogo a la presente edición Rufino Antonio Quezada A manera de prólogo Ramón D. Rivas
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Atalaya, un sitio preclásico en las 133 costas de Acajutla Fabricio Valdivieso La Laguneta, sitio arqueológico de 185 Oriente: un estudio del paisaje cultural Fabio Esteban Amador Resumen de investigaciones geofísicas 207 y arqueológicas al sur de Joya de Cerén, 2007 Payson Sheets an Amador Rethinking southeast Maya agricul- 215 ture: A view from the manioc fields of Joya de Cerén Christine Dixon Agricultura maya clásica en el com- 229 plejo Joya de Cerén. Plataformas, senderos y otras zonas limpias George Maloof Transformaciones de identidad en 245 El Salvador en la época colonial temprana: gente y cerámica de la villa de San Salvador en el siglo XVI Jeb J. Card
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El complejo Guazapa en El Salvador: 17 La diáspora tolteca y las migraciones pipiles William R. Fowler La Costa del Bálsamo durante el postclásico temprano (900-1200 d. C.): 67 una aproximación al paisaje cultural nahua-pipil Marlon Escamilla Etnicidad chorotega en la frontera 91 sur de Mesoamérica Geoffrey McCafferty El papel del templo en el paisaje pipil: Excavaciones de un templo postclásico 113 en la zona de los Izalcos Kathryn Sampeck
La revista más antigua de El Salvador Fundada el 5 de mayo de 1875 Director fundador: Doctor Esteban Castro
El hierro de la tierra del Reino de 283 Guatemala: los ingenios de hierro en El Salvador. Un acercamiento desde la arqueología histórica Heriberto Erquicia Evidencia del uso agrícola del sitio San Andrés durante el periodo protoclásico Brian R. McKee 305
Cerámica polícroma Copador en El 339 Salvador. Análisis de los contextos de Tazumal, San Andrés y Joya de Cerén Claudia Alfaro Moisa Investigaciones recientes en la ‘Gruta del Espíritu Santo’ en Corinto, Morazán Ramón D. Rivas Preliminary ceramic compositional analysis from de La Arenera site, Pacific Nicaragua Carrie L. Dennett, Lorelei Platz, Geoffrey G. MacCafferty Nuestros Colaboradores 363
Visitas a los sitios de arte rupestre 317 El Letrero y Las Caritas en Guaymango, Ahuachapán Sébastien Perrot-Minnot, Philippe Costa y Ligia Manzano
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Carta del director
Tres preguntas básicas a la hora de ‘inventar’ la nación están articuladas en frases como ¿quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Hacia dónde vamos? Premisas tan necesarias como importantes para definir ‘lo nacional’, en un contexto dinámico de ‘construcción’ y ‘deconstrucción’ del discurso de la comunidad. Por ello están presentes en toda investigación sobre los orígenes de la tribu y las huellas perdidas del pasado inmemorial de la colectividad. Esta edición de La Universidad está dedicada a la arqueología salvadoreña y mesoamericana. Las investigaciones de académicos de la comunidad mundial de científicos que aquí publicamos tratan de dar respuesta a las preguntas arriba planteadas. A través de sus trabajos podemos seguir las huellas de los dos grandes pueblos mesoamericanos, mayas y nahuas, que marcaron y marcan nuestras señas de identidad. En El Salvador los estudios arqueológicos ayudan a esclarecer la base que sustenta las teorías de la llegada de los primeros pobladores al territorio de Cuscatlán. Por un lado provienen de un haz común tolteca y utoazteca de la Meseta del Anáhuac, constituido por varias migraciones norte-sur del centro de México hacia Cuscatlán. Y por otro lado, tanto el actual territorio de Guatemala como el de Honduras y El Salvador, estaba poblado por 44 pueblos mayas emparentados entre sí por un tronco común olmeca y protomaya, procedente de Yucatán y el actual Estado de Mérida. Para rastrear una de estas migraciones es de gran importancia el ensayo de William R. Fowler que aquí presentamos a nuestros lectores, «El complejo Guazapa en El Salvador, la diáspora tolteca y las migraciones pipiles». Siempre en el plano de las migraciones nahuas, el trabajo investigativo de Marlon Escamilla, «La Costa del Bálsamo durante el postclásico temprano (900-1200 d. C.) : una aproximación al paisaje cultural nahuaLa Universidad 3
pipil», es clave para identificar la franja de la actual Costa del Bálsamo como un territorio nahua. Para sustentar la presencia maya en nuestro territorio tanto el trabajo científico de Payson Sheets, «Resumen de investigaciones geofísicas y arqueológicas al sur de Joya de Cerén, 2007», asi como el del investigador George Maloof, «Agricultura maya clásica en el complejo Joya de Cerén. Plataformas, senderos y otras zonas limpias», nos explican el contexto de los pueblos mayenses en nuestra actual geografía y su inconfundible influencia. Otro aspecto tocado en los ensayos que ahora presentamos es el de nuestro pasado colonial, que se aborda en el ensayo de Jeb J. Card, «Transformaciones de identidad en El Salvador en la época colonial temprana: la gente y la cerámica de la villa de San Salvador en el siglo XVI». Los trabajos aquí expuestos, de eminencias del saber científico de prestigiosas universidades de Estados Unidos, México, Francia, Canadá y El Salvador abordan a fondo, desde el punto de vista arqueológico, nuestro pasado precolombino y colonial. En este sentido este número especial de La Universidad dedicado a la arqueología responde al deber que como universidad tenemos de estimular, fomentar y difundir las investigaciones científicas especializadas.
“HACIA LA LIBERTAD POR LA CULTURA”
David Hernández
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Prefacio
En el marco de la conmemoración del BICENTENARIO del Primer grito de Independencia de Centroamérica, La Universidad, una de las revistas universitarias más antiguas, más prestigiosas y portadora de importantes interpretaciones y explicaciones de los problemas y del desarrollo de la sociedad salvadoreña en diversas etapas de su vida, nos presenta —en su número 14 de la Nueva Época—, un aporte histórico cultural de grandes dimensiones. Bajo un título muy sencillo y adusto, «Arqueología de El Salvador», nos presenta dieciséis ensayos fascinantes sobre la vida, los grupos étnicos, la acción, las creencias, las formas de expresarse, las relaciones de poder, las formas de organización social y de producción, la vida en las ciudades y en las zonas rurales, las manifestaciones religiosas, las migraciones, las relaciones comerciales, las guerras, las expresiones del arte rupestre y la cerámica utilitaria y artística, de los pobladores originarios del territorio que hoy conocemos como El Salvador, Mesoamérica y Centroamérica. Estos estudios complementarán, confirmarán con bases más sólidas y, en muchos casos, modificarán nuestras interpretaciones del pasado, al ofrecernos una visión renovada de importantes aspectos de la historia precolombina y colonial que, como lo muestran los hallazgos de los investigadores que se han reunido en este número, siempre está en transformación. Me atrevo a afirmar que estamos ante un nuevo impulso de la arqueología en El Salvador, ante una renovación profunda de los La Universidad 5
estudios arqueológicos, antropológicos, lingüísticos y culturales que traerá resonancias inéditas en las formas como nos hemos concebido, como nos pensamos, como hemos definido nuestras identidades y como nos proyectamos hacia el futuro. Las investigaciones son diversas en las temáticas, el tiempo y la geografía. En algunos casos estamos frente a los círculos concéntricos y rostros y cuerpos humanos del arte rupestre en Ahuachapán o ante las manos y las imágenes humanas en rojo de este mismo arte en Morazán. Otras estamos en las costas de Acajutla frente a Atalaya, un sitio que se estableció nueve siglos antes de nuestra era, o en Ciudad Vieja, en Suchitoto, Cuscatlán, en el siglo XVI. En el siglo XII nos sitúa en Cihuatán y Santa María frente a templos y viviendas, asentamientos y planificación urbanos, cerámica y braceros ceremoniales del complejo de Guazapa, hoy departamento de San Salvador, o al sur de Mesoamérica, en Nicaragua, y en Usulután, El Salvador estudiando, las especialidades productivas, las estrategias de distribución de la economía (importación/exportación) de la cerámica y la decoración, rastreada desde 500 años antes de Cristo. Igual nos transportan a Izalco, a Joya de Cerén, al ‘Imposible’, al oriente del país y nos presentan temas agrícolas, paisajes culturales que denotan organización espacial, adaptación geográfica, formas de construcciones y otras actividades, con seguimientos en períodos de más de mil años. La investigación cubre casi todo el territorio salvadoreño. En estos informes de investigación, puede comprobarse que hoy en día la nueva arqueología se ocupa del estudio de los campos de cultivo, las casas habitación de los campesinos, las grandes ciudades, las grandes construcciones de los palacios y templos ceremoniales, de las plantas, los animales, las redes comerciales, las pautas migratorias, la organización religiosa, militar y de conquista. Detrás de estas investigaciones se llega a comprender la gestación de los grandes poderes de la época. Por ejemplo, el complejo Guazapa fue uno de estos espacios que recibe grandes migraciones de pueblos del norte; por ello, Cihuatán se convierte en un sitio donde se configuró la peculiar cosmovisión mesoamericana sobre la creación del mundo, el origen de los dioses y el principio de los reinos. Los migrantes pipiles de Cihuatán se consideraban como auténticos toltecas con una conexión histórica y directa con Tollan, que durante mucho tiempo se identificó con Tula, en Hidalgo, México, pero que recientes investigaciones muestras que Teotihuacán fue esa ciudad legendaria.Cada vez estamos más cerca de comprender, en forma más exacta, como se 6 La Universidad
construyeron las más importantes arquitecturas, las esculturas, las cerámicas, los caminos, la poesía, y como todo esto es parte integral de cómo se forma la política de la ciudad y de lo que podía entenderse como Estado en aquellos tiempos. Un esfuerzo colectivo extraordinario de reconstruir la historia de nuestros pueblos originarios. Agradezco a todas las instituciones, universidades, coordinadores, investigadores y funcionarios que han colaborado para que este número 14 de La Universidad divulgue estos conocimientos arqueológicos que son un aporte ahora imprescindible para comprender nuestra historia y nuestra cultura.
Héctor Samour Secretario de Cultura de la Presidencia
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Prólogo a la presente edición
Presentamos con verdadero orgullo este número especial de la revista La Universidad dedicado a la arqueología mesoamericana, en especial a la salvadoreña. Lo hacemos en el marco de la misión universal de la Universidad como institución encargada de propiciar y de estimular la investigación científica. Asimismo, es un reconocimiento a la labor anónima, abnegada y desinteresada de un nutrido grupo de arqueólogos y paleontólogos de la comunidad científica mundial, quienes desde hace varias décadas han investigado la arqueología salvadoreña y mesoamericana. Nos merece especial reconocimiento el Prof. Dr. William R. Fowler, de la Universidad de Vanderbilt, USA, quien ha coordinado este número temático, y quien, con su valiosa y vasta experiencia al frente de la revista Ancient Mesoamerica, viene a enriquecer tanto la calidad como la rigurosidad científica de este homenaje especial de La Universidad a los estudios arqueológicos salvadoreños y centroamericanos. Aquí encontraremos los restos de nuestras civilizaciones precolombinas, en trabajos como el de Payson Sheets, «Resumen de investigaciones geofísicas y arqueológicas al sur de Joya de Cerén, 2007», en el de Kathryn Sampeck, «El papel del templo en el paisaje pipil: excavaciones de un templo postclásico en la zona de los Izalcos», en el de William R. Fowler, «El complejo Guazapa en El Salvador, la diáspora tolteca y las migraciones pipiles» y no por último, en el trabajo de Marlon Escamilla, «La Costa del Bálsamo durante el postclásico temprano (900-1200 d. C.): una aproximación al paisaje nahua-pipil». La búsqueda de nuestros orígenes nos lleva a tener un profundo respeto por las civilizaciones precolombinas de nuestros ancestros, pues a través de las investigaciones aquí presentadas por los científicos de prestigiosas universidades de Estados Unidos, Canadá, México y El Salvador, La Universidad 9
nos damos cuenta del fabuloso avance que tenían nuestros antepasados en múltiples ramas del conocimiento como la arquitectura, la astronomía, las matemáticas, la cerámica, la orfebrería, la agricultura o la medicina, así como en sus prácticas artísticas del arte rupestre y la danza, y también su concepción cosmogónica, en su panteón de los dioses, la mayoría de ellos surgidos como representación de la naturaleza como la lluvia, el fuego, el viento, el aire y las estrellas. No dudamos de que nuestros lectores sabrán aprovechar al máximo las investigaciones aquí reproducidas y que la Universidad de El Salvador pone de esta manera a disposición de futuras investigaciones. Dentro de este marco de apertura, es digno de mencionar la recién firmada Carta de Intenciones y de colaboración entre la Secretaría de Cultura y la Universidad de El Salvador, cuyo primer fruto es la publicación de las investigaciones de William R. Fowler sobre la fundación de San Salvador en Ciudad Vieja, en el Valle de la Bermuda. En este sentido cabe recalcar también el artículo del Dr. Ramón Rivas, Director de Patrimonio Cultural de la Secretaría de Cultura de la Presidencia, «Investigaciones recientes en la Gruta del Espíritu Santo en Corinto, Morazán». Queremos hacer país contribuyendo a conocer nuestro pasado para entender nuestro presente y construir nuestro futuro. No dudamos que los trabajos aquí ofrecidos nos ayudaran en suma a definir la partida de nacimiento de este esfuerzo de Nación que llamamos El Salvador.
“HACIA LA LIBERTAD POR LA CULTURA”
Rufino Antonio Quezada Sánchez Rector Universidad de El Salvador
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A manera de prólogo
En nuestro país, desde hace ya algunos años, la arqueología se ha venido institucionalizando hasta niveles que nadie hubiera podido pronosticar. El Estado, por medio de la Secretaría de Cultura de la Presidencia, dispone de un Departamento de Arqueología que realiza inspecciones arqueológicas, administra los parques arqueológicos nacionales, pero también rescata, investiga, conserva y divulga las investigaciones arqueológicas. Las noticias sobre hallazgos y vestigios antiguos, o sobre estudios que de ellos se hacen, se abren hueco en los medios de comunicación con más frecuencia. Y es que a nivel mundial la arqueología es una ciencia joven, pero a su vez ya bastante madura. El interés por la arqueología se inscribe en la tendencia general del ser humano en nuestros días por recuperar su pasado, pero concretamente, su pasado más lejano, los orígenes de nosotros mismos. Es de aplaudir esta iniciativa de la Universidad de El Salvador, por medio de la Editorial Universitaria, que se une a este esfuerzo con un número especial sobre tan importante tema. Sabido es que la madurez de la civilización trae consigo el acentuamiento de la conciencia histórica, de forma que los pueblos, cuanto más cultos, más se preocupan de esclarecer los pasos que han dado hasta llegar al presente. De esta manera encuentran las razones de por qué son como son, por qué sus ciudades tienen esa disposición, cómo se formó el lenguaje, de qué se sirve para comunicarse, por qué cree en los dioses que venera y no en otros. La historia, sin duda, está de moda en el mundo culto. La Universidad 11
A través de la arqueología, del estudio de los vestigios y monumentos propios de las culturas antiguas, entramos en contacto con esa humanidad más desnuda y virgen que ahora puede resultar tan sugestiva y a la vez tan útil de recuperar. Por todas partes aparecen las huellas de su paso. Son en ocasiones monumentos que han quedado siempre a la vista de todos; las más de las veces, sin embargo, los restos materiales del pasado se han enterrado en el transcurso de los siglos. La arqueología se ocupa de unos y de otros; de los segundos, extrayéndolos cuidadosamente de la tierra. Por ello se ha armado de procedimientos y técnicas que le permiten detectar dónde se hallan los sitios, para estudiarlos y preservarlos. Es también un punto de partida el escudriñar los textos antiguos referidos a la zona, si los hay, por ejemplo, las descripciones de viajeros. De igual forma, la toponimia es fuente importante de datos, ya que el nombre de un lugar, de una ciudad, puede revelar alguna particularidad importante de su historia o de sus raíces culturales. Pero, sin lugar a dudas, la visión directa de campo es uno de los recursos más inmediatos. Los yacimientos o monumentos enterrados suelen dejar indicios superficiales que pueden ser percibidos por un observador experimentado. En El Salvador, son conocidos ya más de mil sitios arqueológicos que se encuentran distribuidos a lo largo y ancho de nuestra geografía nacional. Podemos decir que el territorio que hoy conocemos como El Salvador tuvo una densa población prehispánica. Sabido es que los sitios arqueológicos carecen de adecuada vigilancia y que un noventa y cinco por ciento de ellos no son vigilados y están a la intemperie, por lo cual son vulnerables a la depredación y a los daños antrópicos. Por estas mismas razones, la investigación, consolidación y restauración (acciones que requieren de un presupuesto generoso) se hacen también muy difíciles. La falta de educación orientada a hacer conciencia de la importancia del patrimonio cultural en particular hace que muchos salvadoreños no le concedan el valor que tiene este patrimonio arqueológico y las implicaciones de no conservarlo. Hasta hace relativamente poco tiempo, las autoridades encargadas del patrimonio cultural en nuestro país hicieron muy poco por proteger sitios arqueológicos (prehispánicos y coloniales). Posiblemente, la ineficacia de la legislación y los pocos recursos, el poco interés o a lo mejor los compromisos políticos para hacer valer las leyes, tanto como la no idoneidad que funcionarios de la época han dado como resultado —ya que hasta el día de hoy se percibe— que desde entidades gubernamentales y municipales, hasta lotificadores y constructo12 La Universidad
res privados, se dieran a la tarea de construir carreteras, calles, drenajes, servicios de distribución de agua potable, casas, colonias residenciales y embajadas en extensas zonas arqueológicas sin pensar en el impacto de estas acciones. En países densamente poblados como los nuestros urge el diseño de verdaderas estrategias de rescate y puesta en valor del patrimonio arqueológico. Los arqueólogos y los que trabajan para la cultura deben unirse para ello. Ya alguien una vez dijo que el arqueólogo —y esto vale para nuestras realidades sociales y culturales y en concreto, para el patrimonio arqueológico— debe tener clara su misión, así como el desafío histórico que tiene frente a las generaciones presentes y futuras, ante los constantes cambios reales y conceptuales y ante el desarrollo y el progreso de su sociedad. El arqueólogo no debe verse a sí mismo ni permitir que la comunidad lo mire como el investigador de un pasado estéril, sin importancia para el presente y para el futuro de la sociedad. Para ello es necesario que sus investigaciones y los resultados de estas sean difundidos a la comunidad, pues, una comunidad arqueológica aislada no contribuye al desarrollo de la arqueología en función social, como coadyuvante de la identidad nacional, de la libertad y el desarrollo. Por lo tanto, debemos de procurar no crear islas. A menudo se dice entre los arqueólogos, «este proyecto es mío» o «este proyecto es de fulano de tal». Eso debe de terminar de una vez por todas, porque en vez de contribuir al desarrollo de esta importante área del conocimiento la mina y crea solo asperezas. Si hablamos de arqueología en nuestro contexto salvadoreño, es necesario incluir dentro de este tema lo relativo a conservación, consolidación, integración, realización y revitalización, rehabilitación, restauración, reconstrucción, reintegración, y valoración de un bien arqueológico, se trate de una estructura o de un complejo. Estos conceptos han sido motivo de controversia en muchas ocasiones y en infinidad de sitios. Los detractores de estos procedimientos adoptan posturas antagónicas, a veces en forma mal intencionada, por razones de índole política o simplemente protagonismo, para satisfacer ambiciones personales o simplemente por ignorancia. Tampoco aceptan lo que se ha establecido en documentos y convenciones como la Carta de Atenas (1931), la Carta de Venecia (1964), la Convención para la Protección del Patrimonio Mundial Cultural Natural (1972), la Carta de Veracruz (1992), la propia Declaración Universal de los Derechos Humanos (Artículos 27 y 28), nuestra Constitución Política y la Ley Especial del Patrimonio Cultural. La Universidad 13
Constatamos que la administración de recursos por parte de las instancias competentes ha sufrido a causa de la falta de un criterio claramente identificado, que permita evaluar la importancia de recursos culturales, como por ejemplo los sitios arqueológicos. Está comprobado que la relevancia de un sitio puede tener numerosas dimensiones en el espectro de lo social a lo científico. Esto, precisamente, es lo que obliga a insistir en que la legislación concerniente a la protección del patrimonio cultural debe ser revisada periódicamente para evitar que sea superada por el avance de la ciencia y la tecnología, o por el contrario, que se convierta en un freno para la investigación. Sin embargo, la legislación y los reglamentos relativos deben también implementarse con acciones administrativas que agilicen la intervención del Estado y faciliten la acción de las entidades de desarrollo o las empresas privadas que, frecuentemente, ven afectados sus intereses por la burocracia o una dudosa eficiencia. En varios de nuestros países —pues El Salvador no es la excepción— existen legislaciones vigentes que datan de hace muchos años y que carecen de reglamento complementario o actualizado, lo que impide un control adecuado de la situación arqueológica. En El Salvador toda intervención del suelo en cualquier parte del país que lleve como objetivo la excavación de más de un metro de profundidad para cualquier fin debería ser reportado a las autoridades competentes de cultura. Esto quiere decir que en cada Casa de la Cultura deberíamos contar con arqueólogos debidamente capacitados no solo en su campo de estudio sino que también en las leyes que conciernen al patrimonio cultural. Frecuentemente se pone como argumento que no hay recursos para implementar el rescate y el salvamento arqueológico, pero más importante que los recursos es la conciencia colectiva para preservar los bienes culturales, que deben ser consecuencia de una educación general encaminada a este propósito. De este modo, antes de hacer cualquier modificación con fines de construcción o de desarrollo agrícola, debe solicitarse un estudio preliminar del sitio para determinar la existencia histórica del lugar. Por último, en vista de que hay arqueólogos que no tienen suficiente entrenamiento para evaluar adecuadamente la aplicabilidad de los recursos arqueológicos a problemas no culturales, con frecuencia se deja de comprender la aplicabilidad de otras disciplinas en el estudio de los depósitos arqueológicos. En este sentido, es oportuno incorporar desde su inicio a especialistas de otras áreas en las operaciones de rescate, pues enriquecen el trabajo de investigación. Además, la aplicación del método 14 La Universidad
multidisciplinario en la protección de recursos arqueológicos en peligro encierra problemas en la cuatro áreas principales del desarrollo de proyectos: planificación, trabajo de campo, análisis de laboratorio y publicación. Por ello, deben considerarse previamente los fondos necesarios para cubrir las necesidades del proyecto y considerar el método multidisciplinario no solo en la consecución de los fondos, sino en el desarrollo del trabajo mismo. Asimismo, debe tenerse conciencia de que lo arqueológico no está restringido únicamente a lo prehispánico; los arqueólogos deben estar capacitados para resolver problemas de rescate de toda índole, en lo que respecta a la época colonial y también a la republicana o independiente. Invito a leer con ánimos de aprender los artículos que en este número especial se presentan ya que los autores, en su mayoría, son destacados profesionales en arqueología que ahora nos ofrecen el producto de sus hallazgos. En buena hora, esperemos que este número motive para profundizar más en esta importante rama del conocimiento y en los estudios que tengan que ver con nuestro país.
Ramón D. Rivas Director de Patrimonio Cultural Secretaría de Cultura de la Presidencia
La Universidad 15
El complejo Guazapa en El Salvador: La diáspora tolteca y las migraciones pipiles
William R. Fowler
En este trabajo presento las evidencias arqueológicas de un grupo de asentamientos prehispánicos ubicados en las zonas occidental y central de El Salvador que fueron ocupados durante el período postclásico temprano (900-1200 d.C.). Quiero exponer el significado de la cultura material de estos sitios, su origen y su filiación étnica. Voy a demostrar que la cultura material de estos sitios tiene su origen en el México central, en sitios de filiación tolteca. En mi opinión, los principales habitantes de estos sitios fueron grupos de habla náhuat que emigraron de México hacia Centroamérica como parte de la «diáspora tolteca», una secuencia de movimientos poblacionales que ocurrieron durante los últimos
siglos de la época prehispánica [Fowler 1989a: 32-49, 1989b, 1989c, 1995: 144-164, 2001]. El náhuat, un dialecto del idioma nahua de la familia utoazteca, es todavía hablado en los estados mexicanos de Puebla, Veracruz y Tabasco, y en el occidente de El Salvador, especialmente en los pueblos de Santo Domingo de Guzmán, Nahuizalco e Izalco. Clasificado por Una Canger [1993] como uno de los dialectos periféricos del «azteca general», este subgrupo incluye además del náhuat pipil salvadoreño, el de la Sierrra Norte de Puebla, el este de Puebla (Chilac), el sur de Guerrero y el náhuat del Istmo de Tehuantepec (incluyendo variantes de la costa del Golfo) [véase también CamLa Universidad 17
pbell 1988:275-279; Dakin, 2001: 364]. Esta agrupación tiene importantes implicaciones para la interpretación arqueológica de las migraciones pipiles, indicando que la población náhuat pipil de El Salvador procedió de un tronco ancestral en la región de Puebla, la costa del Golfo o el sur de Guerrero, o una combinación de estas regiones. El término pipil es derivado del nahua pilli (plural pipiltin) el cual significa ‘niño’ o ‘noble’ [Molina 1977 (1571): 81-82]. El segundo significado es el más relevante en el presente caso, ya que se entiende como una referencia a los linajes nobles de estas sociedades [Fowler, 1989a: 200] e indica un papel trascendente para los linajes nobles en la organización de las migraciones de los grupos de habla náhuat de México a Centroamérica y el emplazamiento de asentamientos nuevos en Centroamérica. Cuando llega Pedro de Alvarado en 1524, casi todo el oeste y el centro de la actual República de El Salvador, entre el río Paz y el río Lempa, fue territorio pipil, con una población prehispánica estimada de aproximadamente 400,000 a 500,000 personas [Fowler, 1988; 1989a: 150-151]. Las migraciones pipiles desde México hacia Centroamérica fueron mencionadas y descri18 La Universidad
tas por varios cronistas e historiadores de los siglos XVI y XVII, como por ejemplo, Motolinia, López de Gómara, Ixtlilxochitl y Torquemada [Fowler, 1989a: 32-36]. Estos movimientos poblacionales han llamado la atención de los estudiosos mesoamericanistas desde mediados del siglo XIX [Habel, 1878; Haberland, 1964; Lehmann,1920; Linné, 2003b (1942); Lothrop, 1927; Seler, 1888; Spiden, 1915; Squier, 1852; Stoll, 1958 (1884); Thompson, 1948]. Mucha de la información sobre las migraciones pipiles [resumida por Fowler, 1989a: 32-36] es de naturaleza etnohistórica y las interpretaciones tradicionales [Borhegyi, 1965; Jiménez Moreno, 1959, 1966; Lehmann, 1920] carecen de evidencias arqueológicas fidedignas. De la misma manera, uno de los grandes obstáculos para entender las migraciones pipiles ha sido la falta de identificación de sitios arqueológicos en Centroamérica que puedan interpretarse como asentamientos pipiles y que fechan a una época sustancialmente anterior a la Conquista. Aunque los datos etnohistóricos indican que al tiempo de la Conquista, en 1524, los pipiles controlaron la región de Escuintla en la región del sureste de Guatemala, pocas localidades en el oeste y centro de Honduras y el oeste
y centro de El Salvador [Fowler, 1983; 1989a: 51-65, 1989c], la falta de datos arqueológicos ha dejado el tiempo de la llegada de los pipiles en disputa. He argumentado en otros estudios, con base a evidencias arqueológicas, que los grupos de habla náhuat arribaron a Centroamérica en múltiples oleadas de migración, iniciadas tempranamente en el periodo clásico terminal y continuadas a través del postclásico [Fowler, 1981; 1989a, 1989b; véase también Wolf, 1959: 120-121]. Sin embargo, Lyle Campbell [1985] ha sostenido, con base a evidencias lingüísticas, que solamente un movimiento migratorio ocurrió, el cual tomó lugar en el postclásico tardío. Dicha interpretación simplemente ignora las fuertes evidencias arqueológicas de la presencia nahua durante el postclásico temprano en El Salvador. Las mejores evidencias arqueológicas sobre las migraciones y la presencia tolteca en El Salvador provienen de las investigaciones de los sitios Cihuatán y Santa María, dos asentamientos del período postclásico temprano, localizados en la cuenca de El Paraíso, en la parte central del valle del río Lempa, de la zona nortecentral de El Salvador [Fowler,1981; Fowler y Earnest,1985]. La cultura material de
estos dos sitios es esencialmente idéntica. Por ende, es razonable concluir que los dos sitios fueron ocupados contemporáneamente por miembros de un mismo grupo étnico, quienes participaron en el mismo sistema económico, social, político e ideológico. Además, la cultura material de Cihuatán y Santa María revela fuertes afinidades toltecas de parte del grupo que ocupaba los dos sitios. Más específicamente, el inventario de la cerámica y otros objetos de estos dos sitios indica, sin duda razonable, que fueron asentamientos ocupados por grupos de habla náhuat durante el postclásico temprano. La identificación de Cihuatán y Santa María como sitios ocupados por nahuas estriba en los siguientes argumentos explícitos, basados en evidencias concretas empíricas: 1. Es universalmente aceptado que el fenómeno tolteca, conocido en Tula, Hidalgo, la Huey Tollan o la ‘gran Tollan’ de la crónicas, fue principalmente un producto de la antigua cultura nahua [Brotherston, 1995: 118 - 121, 2001; Cobean, 1990; 1994; Cobean y Mastache, 1989; 1995; 2001b: 239, 2007; Davies, 1977: 161-167; Kaufman, 1974: 49; León-Portilla, 1980:21, 47; MasLa Universidad 19
tache y Cobean, 2000; 2001; Mastache Flores, 1994; Wolf, 1959: 122]. Aunque Tula pudo haber sido habitado también por algunos otros grupos etnolingüísticos tales como otomíes, huastecas, mayas o mixtecas, los principales ocupantes de la capital tolteca fueron nahuas. 2. Existen afinidades sumamente cercanas entre el complejo cerámico de la fase Tollan del postclásico temprano de Tula, Hidalgo, en el altiplano del México central, y el complejo cerámico Guazapa de El Salvador [Acosta, 195657; Cobean, 1990; Cobean y Gamboa Cabezas, 2007; Diehl, 1983; Fowler, 1981: 117 - 287; Weaver, 1981: 363-374]. Estas afinidades pueden ser trazadas también en cada uno de los otros aspectos de la cultura material tolteca y de la fase Guazapa, desde los trazos urbanos de los sitios hasta la arquitectura, técnicas arquitectónicas, la escultura, las figurillas, la lítica y más. 3. La distribución de la población náhuat documentada históricamente en El Salvador desde el momento de la Conquista y el siglo XVI cubre el mismo territorio que los sitios prehispánicos presenta20 La Universidad
dos aquí [Fowler, 1981, 1983, 1989a]. Los toponimios nahuas en El Salvador también tienen la misma distribución [Vivó Escoto, 1972].
El complejo Guazapa del postclásico temprano
Ya que el tema principal del presente trabajo es el complejo cerámico Guazapa y sus afinidades toltecas, será conveniente ofrecer aquí un breve resumen de sus características definidas. El complejo cerámico Guazapa del postclásico temprano fue originalmente definido por el autor en su tesis doctoral con base en los materiales de los sitios de Cihuatán y Santa María [Fowler, 1981: 117-287; Fowler y Earnest, 1985]. Sin embargo, después de su definición en base a los materiales de Cihuatán y Santa María, algunas investigaciones llevadas a cabo durante las últimas tres décadas indican que los diagnósticos de este complejo no se limitan al valle de El Paraíso. Otros investigadores que trabajan en El Salvador ahora rutinariamente usan el termino ‘complejo Guazapa’ para referirse a rasgos de cultura material, principalmente de cerámica, del período postclásico temprano relacionada a la cerámica de la fase Tollan de Tula. Efectivamen-
te, los marcadores del complejo Guazapa ahora se conocen de un buen número de otros sitios del occidente y centro de El Salvador. Estos sitios incluyen Chalchuapa, Igualtepeque, Isla El Cajete, Tacuscalco, Cerro Ulata, Las Marías, Carranza y otros (Figura 1). El complejo cerámico Guazapa fue definido por el autor con base en un análisis tipo-va-
117-269]. El complejo está conformado tipológicamente por los siguientes grupos cerámicos: Las Lajas Burdo [Fowler, 1981: 129151] (Figuras 2-4). Es caracterizado por una pasta muy burda y dura de color café o café rojizo y superficies alisadas sin engobe, la forma predominante de este grupo es un brasero o incensario gigante de forma bicónica (‘re-
Figura 1. Sitios arqueológicos del complejo Guazapa en El Salvador.
riedad modificado (siguiendo el análisis tipo-variedad modificado elaborado y llevado a cabo por E. Wyllys Andrews V. [1976] sobre la cerámica del sitio de Quelepa, El Salvador). La colección analizada consistió en más de 28,000 tiestos de cerámica [Fowler, 1981:
loj de arena’), con pared gruesa, bordes o rebordes engrosados hacia el exterior y decoración al pastillaje, especialmente espigas cónicas modeladas y aplicadas sobre los cuerpos de las vasijas (Figuras 1a-g, 2). Debajo del borde hay una pestaña formando La Universidad 21
un panel que lleva una serie de medallas o botones contiguos en toda la circunferencia de la vasija. La misma secuencia de reborde, cadena de medallas y pestaña se repite en la base. Estos incensarios grandes o braseros son prácticamente idénticos a los de forma bicónica encontrados en Tula, Hidalgo, donde se conocen como Abra Café Burdo [Cobean, 1990: 399-430]. También se han encontrado en el sitio de Miramar, en la depresión central de Chiapas [Agrinier, 1978]. A veces la decoración al pastillaje consiste de una efigie modelada decorada, frecuentemente en la forma de rostro de Tlaloc, también se encuentra en los grandes incensarios de Cihuatán y Tula [Boggs, 1972: 51-52; Cobean, 1994: 414, 421-426, Lámina 196; Figura 196a, 196d]. También ocurre un motivo de vegetación al pastillaje pero parece poco frecuente. La altura de estas vasijas es de 90 a 110 cm y el diámetro del borde varía de 44 a 60 cm. Un ejemplo excavado por Boggs de la Estructura O-4 de Cihuatán mide 108 cm de altura y tiene diámetro de más de 60 cm [Boggs, 1972: Figura 15]. Es significativo para la cronología de Cihuatán que Cobean [1990: 407] considera que «Abra Café Burdo (en especial la Variedad Abra) es uno de los siete u ocho 22 La Universidad
tipos cerámicos más diagnósticos del complejo Tollan (postclásico temprano) en Tula » y que la forma bicónica de brasero con decoración espigada no aparece como diagnóstico del complejo Corral (clásico terminal) de Tula. Cobean [1990: 406-407] ofrece un resumen detallado de contextos intersitios de braseros idénticos o similares en Mesoamérica. Otras formas de Las Lajas Burdo incluyen vasijas esféricas, fitomorfas, montadas en una base pedestal (Figuras 1h-i, 3); y braseros en forma de cuenco con fondo plano, paredes divergentes y bordes con un filete impreso aplicado al exterior (Figuras 5 y 6). Botellas con efigie de Tlaloc de Las Lajas Burdo modelado de Cihuatán [Boggs, 1972: 52, Figura 16a, b, c] son también relacionadas a las de Tula [Acosta, 19561957: Figura 19,3; Diehl 1983: Figura 25] y de Veracruz [Druker 1943: Lámina 24]. Tamulasco Sencillo [Fowler 1981: 152-163] (Figuras 6 y 7). Este grupo, que se caracteriza por una pasta de textura mediana, relativamente dura, de color café claro o café rojizo, es una vajilla de uso doméstico. Se presenta en escudillas con fondo plano y paredes divergentes; escudillas de pared convexa; ollas de cuello
Figura 2. Grupo Las Lajas Burdo. a-g, Braseros compuestos; h-i, vasija fitomorfa; efigies.
Figura 3. Grupo Las Lajas Burdo brasero compuesto.
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Figura 4. Grupo Las Lajas Burdo: Tipo Estriado, Filete Impreso.
Figura 5. Grupo Las Lajas Burdo: Tipo Estriado, Filete Impreso.
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Figura 6. Tamulasco Sencillo. a, cuenco de lados convexos; b, c, f-h, comales; d, e, tecomates.
Figura 7. Tamulasco Sencillo, ollas.
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alto y cuello corto; tecomates y jarras grandes con pared gruesa y vertical para el almacenaje de líquidos. Las superficies son bien alisadas y a veces moderadamente pulidas, generalmente sin engobe, aunque algunas vasijas quizás llevan engobe de la misma pasta del cuerpo de la vasija. Las formas principales de este grupo cerámico son ollas, escudillas y comales que pueden ser relacionadas con preparación, almacenamiento y servicio de comidas o líquidos. Las formas de las escudillas y ollas replican tres de «las cinco formas básicas de la cerámica tolteca» [Acosta, 1956-57: 16]. García Rojo [Fowler, 1981: 163178] (Figuras 8 y 9). Este grupo es una versión de Tamulasco Sencillo con engobe rojo pulido. La forma predominante es una escudilla de fondo plano y paredes divergentes. Algunas ollas también se encuentran con frecuencia. Como el Tamulasco Sencillo, esta es una vajilla de servicio. El grupo cerámico García Rojo es esencialmente el grupo cerámico Tamulasco Sencillo con adición del engobe rojo. Una diferencia importante entre estos dos grupos cerámicos es que la escudilla de fondo plano y paredes divergentes es la forma predominante en el grupo García Rojo, mientras que las ollas son las 26 La Universidad
formas más comunes en el Tamulasco Sencillo. Una forma interesante de vasija en ambos grupos cerámicos es la vasija grande de pared gruesa y vertical. Estas vasijas pueden haber servido para preparar y almacenar chicha. Considerándolos juntos, García Rojo y Tamulasco Sencillo, en términos tecnológicos, componen la mayoría de un subcomplejo doméstico dentro del complejo cerámico Guazapa, aunque algunos tipos, como las vasijas de almacenaje de pared vertical, podrían ser clasificadas dentro de un subcomplejo ceremonial. Ambos grupos cerámicos son distribuidos en la extensión de los dos sitios. La cerámica monocroma de engobe rojo es muy común en los sitios postclásicos del occidente y centro de El Salvador. El grupo cerámico Guajoyo con engobe rojo de Chalchuapa [Sharer, 1978: 63] parece ser muy similar al grupo cerámico García Rojo, pero el grupo Guajoyo no tiene el cajete de fondo plano y paredes divergentes. Es interesante que en el sitio postclásico de Naco, Honduras, los tipos Fulano Unslipped y Algo Red parecen tener la misma relación tecnológica que tienen Tamulasco Sencillo y García Rojo [Wonderly, 1980: 5].
Figura 8. García Rojo, escudillas.
Zancudo Polícromo sobre Blanco (Figuras 8 y 9). Las vasijas de este grupo son caracterizadas por una decoración policroma geométrica, pintada en tres o cuatro colores (negro, café, rojo y naranja) sobre un engobe blanco duro y bien pulido. Los motivos en grecas, triángulos y líneas curvas son comunes. La mayoría de las vasijas son escudillas de fondo plano y paredes divergentes y vasijas cilíndricas con paredes verticales. La cerámica Zancudo Polícromo sobre Blanco parece ser una manifestación local de una tradición de polícromo rojo y negro sobre
blanco, la cual fue ampliamente distribuida en Mesoamérica durante el postclásico temprano. La elección de los colores, motivos y las formas de vasijas con paredes divergentes son similares a los de otros polícromos o bicromos de sitios precolombinos tardíos en Centroamérica. Algunos de los motivos simples del grupo cerámico Delirio Rojo sobre Blanco de Quelepa son muy similares a los motivos geométricos encontrados en el grupo Zancudo [Andrews, 1976: Figuras 136 d,u]. Hay similitudes en la forma de las vasijas y los diseños entre Zancudo La Universidad 27
Figura 9. García Rojo. a, plato; b-i, escudillas; j-r, ollas y vasijas cilíndricas.
Polícromo Blanco y Forastero Bicromo de Naco, Honduras [Wonderley, 1980: figura 4]. Algunos de los diseños más complicados de los especímenes Zancudo se asemejan a los de Vagando Polícromo de Naco [ibid.: Figuras 5, 6]. También hay una vaga similitud en el color y el motivo entre el grupo cerámico Zancudo Polícromo sobre Blanco y el grupo Las Vegas Polícromo del Valle de Comayagua de Honduras [Stone,1957: Figura 44]. Una semejanza genérica en la forma y el estilo puede ser observada entre el grupo cerámico Zancudo y el Papagayo 28 La Universidad
Polícromo del Istmo de Rivas, Nicaragua [Healy, 1980: 163-188], así como el Mora Polícromo del Valle de Tempisque de Costa Rica [Baudez, 1967: Planche 39]. Sin embargo, hay que hacer hincapié en que estas similitudes son muy vagas y en este momento el grupo cerámico Zancudo Polícromo Blanco no puede ser directamente relacionado con cualquier otro grupo o tipo de otra región. Es probable que la mayoría de las similitudes entre los polícromos discutidos aquí se deba a su propio desarrollo dentro de una tradición común.
Figura 10. Zancudo Polícromo, ollas y vasijas de lados verticales.
Figura 11. Zancudo Polícromo, a-i; Jején Policromo, j, k.
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Jején Policromo sobre Rojo (Figura 12). Decoraciones naturalisticas y geométricas en negro, blanco y algunas veces amarillo o naranja, pintadas sobre un engobe rojo suave son los rasgos distintivos de este grupo cerámico. Los motivos se asemejan a los de la cerámica Mixteca-Puebla de México. Las formas incluyen escudillas de pared divergente y vasijas de pared vertical. Se encontró una escudilla Jején Rojo casi completa con pared convexa y base pedestal en excavaciones de la Estructura SS-53 de Cihuatán, descrita como una copa Polícromo Mixteca-Puebla [Bruhns, 1980a: figura 6]. Bruhns y Amaroli [2006; 2009] mencionan el grupo Banderas Polícromo que puede ser similar, pero, que yo sepa, no existe una descripción publicada de este tipo cerámico. Al igual que el Zancudo Polícromo sobre Blanco, este grupo cerámico parece ser un producto local y la mayoría de las formas, con excepción de la vasija de pared vertical, reproduce los rasgos más comunes del grupo cerámico García Rojo. Tamoa Bayo (Figura 13). Una pasta color bayo, relativamente fina, bien dura y una superficie bien pulida distingue a este grupo, un importante diagnóstico del complejo Guazapa. El tipo predomi30 La Universidad
nante de este grupo es Tamoa Rojo sobre Bayo. La forma que más sobresale es una escudilla hemisférica con soportes trípodes. Las decoraciones incluyen líneas incisas y ruedas pintadas en rojo en el interior. Cerámicas tipo Tamoa Rojo sobre Bayo son generalmente relacionadas con Macana Rojo sobre Café encontradas en la fase Tollan de Tula [Cobean, 1990: 289-312]. Mientras que las formas de las vasijas y los soportes del grupo cerámico Tamoa son casi idénticos a los de Macana Rojo sobre Café, la decoración pintada de Tamoa Rojo sobre Bayo no es tan compleja o diversa como la encontrada en las muestras de tipo Macana, pero Cobean [1990: 297] señala que hay una variedad de Macana que tiene una decoración muy simple limitada a un área pequeña de la superficie de la vasija. Esta descripción podría ser aplicada también a Tamoa Rojo sobre Bayo. También se presentan incensarios en forma de sartén idénticos a los encontrados en Tula [Cobean, 1990: 457-463], donde están asignados, de acuerdo a Cobean [1990: 463], exclusivamente a la fase Tollan. Plomiza Tohil (Figura 14). Definida primero por Shepard [1948], esta distintiva vajilla dura de color gris lustroso con decoración incisa y
Figura 12. Jején Policromo.
Figura 13. Tamoa Bayo. a-f, Inciso; g-r, Rojo sobre bayo.
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frecuentemente en forma de vasijas efigies, es un marcador indiscutible para el postclásico temprano. Las formas incluyen cajete de silueta compuesta, vasijas de pared vertical, jarras de cuello bajo y vasijas efigies. La cerámica plomiza o Plumbate se originó en el este de la región de Soconusco (Xoconochco) de Chiapas, México, en el período clásico medio tardío [Neff, 1989; Lee, 1978]. Sus fabricantes eran pipiles, quienes habían habitado por siglos en Soconusco [Cobean y Mastache, 2001b: 240]. Los tiestos de Plomiza Tohil están representados por una proporción relativamente menor en el complejo Guazapa, en Cihuatán: solamente 149 tiestos en la colección de estudio para este análisis. Gloria Hernández, en su excavación de la Estructura P-20 en 1975, encontró una olla miniatura completa efigie de pájaro, similar a una ilustrada por Shepard [1948: Figura 16m]. Un fragmento de cabeza de pájaro supuestamente de Cihuatán también fue reportado por Shepard [1948: 109]. Quizá la vajilla es más extensamente comercializada en Mesoamérica durante el postclásico temprano. La distribución geográfica de la cerámica Tohil Plumbate se extiende desde el occidente y centro de México 32 La Universidad
hasta Panamá [Cobean, 1990: 49, 483-485; Shepard, 1948: 103-114] y es «un marcador excelente para ocupaciones contemporáneas con el apogeo de Tula [fase Tollán] como un centro urbano del postclásico temprano» [Cobean, 1990:484]. Con base en fechas de radiocarbono de sitios de varias áreas de Mesoamérica, Johnson y MacNeish [1972: 51] calcularon un lapso de duración de 900 a 1250 d.C. para la Plomiza Tohil, lo cual concuerda bien con el fechamiento de la fase Tollan en Tula por Cobean y de la fase Guazapa en El Salvador. Polícromo Nicoya (Figura 15). Usamos el término ‘Polícromo Nicoya’ como una designación genérica para referirnos a la cerámica polícroma de pasta fina, con engobe pulido de color blanco a gris y decoración pintada en rojo, amarillo, anaranjado y negro, que aparece en muchas zonas del sureste de Mesoamérica. Como la Plomiza Tohil, el Polícromo Nicoya fue una vajilla ampliamente comercializada durante el postclásico temprano [Baudez, 1967; Healy,1980: 169-170; Lothrop, 1926: 115] y de ese modo, también sirve como un marcador del postclásico temprano, periodo en el que aparece en todas partes de Mesoamérica. La pasta rela-
Figura 14. Plomiza Tohil.
Figura 15. Policromo Nicoya.
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tivamente fina es cubierta con un engobe blanco fino y duro, blanco rosado o blanco grisáceo, el cual lleva pintado decoraciones naturalísticas geométricas. Las formas predominantes incluyen cajetes de silueta compuesta, cajetes de pared convexa y vasijas de pared vertical. La mayoría de las muestras encontradas en Cihuatán se parecen mucho al tipo Paloma Polícromo Negro y Rojo sobre Blanco del grupo cerámico Papagayo del Istmo de Rivas en el suroeste de Nicaragua [Healy, 1980: 163-167]. Una característica distintiva del Paloma Polícromo es la alteración, a través de la cocción, del engobe blanco a un color gris ahumado, un rasgo que también aparece con mucha frecuencia en las muestras de Cihuatán y Santa María. Baudez [1976: 142] ha sugerido múltiples centros de fabricación de la cerámica Papagayo en El Salvador y Honduras, tanto como en la región de la Gran Nicoya. Asimismo, Lange [1986: 169] indica que muchos de los especímenes que supuestamente proceden del Gran Nicoya, muy probablemente sean de Honduras. Ya que el origen de este grupo cerámico es dudoso, la presencia de tiestos ‘Papagayo’ (o Nicoya) en un sitio no puede ser inequívocamente interpretado como evidencias del 34 La Universidad
contacto con la región del Pacífico de Nicaragua y Costa Rica. Cualquiera que sea la localidad de su fabricación, como se mencionó previamente, la cerámica Papagayo Polícromo estaba ampliamente difundida en toda Mesoamérica durante el postclásico temprano y ha sido frecuentemente encontrada en asociación directa con la Plomiza Tohil, indicando por lo menos una contemporaneidad parcial de estos dos grupos cerámicos. Baudez [1967: 209] y Healy [1974: 276-277; 1980: 169-170] han proveído buenos resúmenes de la distribución intersitio del Papagayo Polícromo y su asociación con Plomiza Tohil [Lothrop, 1926, tomo 1: 115; 1927: 185-186,205; Shepard, 1948: 137139]. Una reafirmación de esta asociación fue descubierta en un escondrijo en Tula, Hidalgo, por el proyecto de la Universidad de Missouri [Cobean, 1990: 488; Diehl et al., 1974]. Esculturas de cerámica a tamaño natural. El complejo Guazapa destaca esculturas de cerámica de tamaño natural en forma de efigies modeladas de animales (principalmente jaguares y sapos) y deidades nahuas (especialmente Xipe Totec, Tlaloc, Huehueteotl y Mictlantecuhtli), fabricadas de la misma pasta que
Las Lajas Burdo [Casasola, 1975]. Dos ejemplares completos o casi completos pero fragmentados se han hallado en el sitio Carranza, 1 km al sur de Cihuatán [Amaroli, 2002; Amaroli y Bruhns, 2003; Bruhns y Amaroli, 2004]. Las efigies de Xipe de Cihuatán y Carranza son semejantes a la efigie tamaño natural de Xipe Totec de Tazumal, Chalchuapa [Boggs, 1944b; Fowler, 1989: Figura 17]. El Xipe de Tazumal corresponde en todos sus detalles a la efigie de Xipe Totec de Coatlinchán, cerca de Texcoco, en el valle de México [Saville, 1897: Lámina 23; Scott 1993: 36-38, Láminas 21, 22; Mateos Higuera, 1993: Figura 37, 45]; también se asemeja a una estatua de cerámica de Xipe Totec de Teotihuacán encontrada en un contexto postclásico temprano Mazapán [Linné, 2003a (1934): 83-86, Figuras 113 y 114; Scott, 1993: 22-25, Láminas 1-9]. Son conocidas, además, efigies similares en el lago de Güija, El Salvador [Boggs, 1976b]. En el México central, las contrapartes de las efigies del complejo Guazapa son conocidas como xantiles y se consideran un rasgo tolteca del postclásico temprano [Cook de Leonard, 1956-57: 40; MacNeish, Peterson, and Flannery, 1970: 225]. Sin embargo, hasta hace poco no se conocían en Tula. En 2007, ar-
queólogos del Instituto Nacional de Antropología e Historia excavaron una efigie de Xipe Totec asociada a 24 entierros ceremoniales en un conjunto residencial cerca del recinto sagrado de Tula Grande [Gamboa Cabezas et al., 2010]. Esta es la primera efigie de Xipe conocida de Tula. La existencia de efigies de cerámica en tamaño natural y especialmente, la presencia de ciertos rasgos como los ojos entrecerrados y la boca abierta también vinculan los Xipes del complejo Guazapa con sitios en el centro y sureste de Veracruz [Drucker, 1943: Láminas 45-48; García Payon, 1951: 30-31; Gútiérrez Solana y Hamilton, 1977: Figuras 2, 5, 6, 60, 62; Medellín Zenil, 1960: Lámina 53].
Comentario sobre la cultura material del complejo Guazapa
Tal como este resumen indica, el complejo cerámico Guazapa destaca muchos aspectos estilísticos, tales como formas de vasijas y técnicas decorativas que derivan del complejo Tollan de Tula [Cobean, 1990; Cobean y Mastache, 1989; Diehl, 1983]. De hecho, el caso puede ser expresado de manera más fuerte: el complejo Guazapa reproduce precisamente la mayoría de las formas, modos La Universidad 35
decorativos y características tecnológicas del complejo Tollan de Tula. Un ejemplo destacado de esta correspondencia es la similitud de los braseros Las Lajas Burdo bicónico espigado, idénticos a los encontrados en Tula [Acosta, 1956-57: Figura 17,7; Cobean, 1990: Figura 193D; Diehl,1983: 104, Figura 25; Boggs, 1972: Figura 15; Fowler, 1981: 129-139]. Algunas veces, como los braseros grandes de Tula, llevan una cara efigie modelada del dios de la lluvia, Tlaloc, del México central [Diehl 1983: Láminas 39,40; Boggs, 1972: 51; Cobean, 1990: Figura 196d]. Por otra parte, también debe resaltarse que los dos grupos cerámicos decorados principales, Zancudo Polícromo sobre Blanco y Jején Polícromo sobre Rojo, no parecen tener paralelos precisos en el material publicado de Tula o el Valle de México [Cobean, 1990; Cobean y Mastache, 1989; Sanders et al., 1979], aunque las formas y modos decorativos ciertamente son similares. Esta carencia de correspondencia directa de estos grupos podría indicar que las similitudes más cercanas con el complejo Guazapa deben buscarse en otra región nahua de México, tal como el sur de Puebla o la costa del Golfo, en Veracruz y Tabasco, o en el sur de Guerrero. También es posible que sean pro36 La Universidad
ductos del desarrollo de la región del sur de Mesoamérica. Los rasgos no cerámicos también relacionan a Cihuatán y Santa María con el centro tolteca de México. Una lista parcial incluye figurillas estilo Mazapán, figurillas con ruedas, husos o malacates y técnicas y aspectos formales de la industria de piedra tallada, especialmente, puntas proyectiles bifaciales y puntas de flecha hechas de fragmentos de navajas prismáticas de obsdiana [Fowler, 1981]. Los conceptos de planificación urbana fueron también traídos de Tula a El Salvador por los nahuas. El plano del recinto ritual central (el llamado Centro Ceremonial Poniente) de Cihuatán es muy evocativo de la zona central de Tula en muchos aspectos y fue quizás aún más parecida al plan del recinto central de Tula Chico [Cobean y Gamboa Cabezas, 2007; Mastache y Cobean, 2000; Suárez Cortés, Healan y Cobean, 2007]. De manera especial se destacan las relaciones espaciales entre la pirámide principal (Estructura P7 de Cihuatán y la Pirámide C de Tula), el juego de pelota y un conjunto de palacio localizado hacia el sur de la pirámide principal, un plano netamente tolteca en origen [Michael E. Smith, 2008: 85-89]. Rasgos o
elementos arquitectónicos, derivados de las normas arquitectónicas toltecas, encontrados en Cihuatán incluyen la construcción de decoración talud-tablero en edificios públicos; columnas de piedra canto rodado; una estructura redonda, dos juegos de pelota cerrados en forma de I y una estructura alargada con aposento adosado formando una T (salaclaustro); almenas de barro cocido, probablemente colocadas como elementos decorativos en los techos de los templos, y sistemas de drenaje hechos de tubos de arcilla cocida o drenajes recubiertos con lajas o algún tipo de toba [Braniff y Hers, 1998: 63-68; Fowler, 1981: 78-117, 99, 448; Healan, 1989: 63-64]. Algunos de estos rasgos, tales como las figurillas con ruedas y efigies de cerámica tamaño natural, sugieren conexiones tanto con la costa del Golfo como con las tierras altas del México central [Casasola García, 197677]. Estos paralelos no son nada sorprendentes ya que las evidencias etnohistóricas y lingüísticas indican claramente que grupos de habla náhuat derivados de los toltecas se expandieron fuera del centro de México, dirigiéndose hacia la región de la costa del Golfo y procedieron por la parte baja del Istmo de Tehuantepec
hasta América Central [Borhegyi, 1965: 40-41; Fowler, 1989a: 30-40, 41; Jiménez Moreno, 1966: mapa 5; Luckenbach y Levy, 1980]. En lo que sigue de esta sección se ofrece un resumen detallado de los datos arqueológicos relevantes de Cihuatán y Santa María. Después, discuto los cambios en los patrones de asentamiento en el occidente y centro de El Salvador asociados con la llegada de la grupos del complejo Guazapa a esta área, durante el siglo IX d.C., incorporando datos de sitios adicionales en la discusión. Finalmente, concluyo con una consideración sobre los procesos socioculturales asociados con la presencia tolteca en el occidente y centro de El Salvador en el postclásico temprano. Cihuatán y Santa María Cihuatán, localizado en el río Acelhuate, cerca de la ciudad actual de Aguilares, a 37 km de San Salvador, ha sido investigado por un buen número de estudiosos desde que fue explorado por Antonio Sol [1929], quien identificó el sitio como un centro pipil. Stanley H. Boggs trabajó en el sitio en 1954 y 1965 [Boggs, 1972]. Tres proyectos arqueológicos principales se llevaron a cabo en los años ochenta del siglo pasado, La Universidad 37
dirigidos por Bruhns [1980], Fowler [1981] y Kelley [1988] . Bruhns ha sugerido que «los soberanos de Cihuatán eran de origen foráneo, quizá últimamente de Veracruz o parte de la oleada de migración tolteca, la cual pasaba en Guatemala al mismo tiempo» [Bruhns, 1986: 302]. No hace falta señalar que esta aseveración está llena de dificultades. Aparte del problema de las dudas que los especialistas han expresado con respecto a la existencia de una migración tolteca a Guatemala [Brown, 1985; Navarrete, 1976, 1996; López Austin y López Luján, 2000: 58], esta declaración no toma en cuenta la distribución del náhuat en México, la cual está centrada precisamente en la región de la costa del Golfo [Adams, 1991: 349-350; Canger, 1983; García de León, 1976; Luckenbach and Levy, 1980]. Además, esto evita la pregunta crucial sobre la filiación étnica de los ocupantes de Cihuatán. Kelley [1988: 5-7] también elude el tema, refiriéndose más bien a los habitantes de Cihuatán como una «población mexicana o mexicanizada», una caracterización que, en vista de las evidencias presentadas aquí, carece de significado. El centro de uno de los altepetl (ciudades-estados regio38 La Universidad
nales) más importantes del sureste de Mesoamérica durante el postclásico temprano, Cihuatán, fue construido en una localidad defendible, en una serie de cerros con vista al valle. El área del sitio es extensa, cubre al menos 375 ha. Consiste de un recinto ceremonial principal, conocido como el Centro Ceremonial Poniente, el cual, como hemos mencionado arriba es muy similar al recinto ritual de Tula. Este incluye una gran pirámide de 18 m de altura, 10 edificios o monumentos públicos, dos juegos de pelota en forma de I y una zona residencial para la elite. Adyacente se encuentra una zona residencial combinada con edificios públicos, conocida como el Centro Ceremonial Oriente. La zona residencial no-elite se observa dispersa alrededor de los dos sectores principales del epicentro. El arreglo de la zona residencial no elite es muy similar a la de Tula, compuesta de una serie de grupos de casas de tres o cuatro estructuras de un solo cuarto, localizado alrededor de una pequeña plaza central [Healan, 1989; Mastache Flores, 1994: 24; Mastache y Cobean, 1999]. Como en Tula, el plano de asentamiento residencial de Cihuatán indica la división jerárquica del estatus entre las elites y la población no-elite.
Santa María, un centro regional secundario, localizado a 16 km al este-noreste de Cihuatán, fue excavado en 1976 como parte del Proyecto Arqueológico Cerrón Grande [Fowler y Earnest, 1985; Fowler y Solís, 1976]. La cultura material repite explícitamente todos los aspectos de los de Cihuatán. El patrón de asentamiento, la arquitectura, la cerámica, los artefactos de piedra tallada y las figurillas de los dos sitios son esencialmente idénticos en forma y contenido, con la excepción de que Santa María no parece tener una zona residencial de la elite bien definida, tal como hay en Cihuatán. Santa María fue un sitio más pequeño que Cihuatán, con un área de aproximadamente 36 ha. Como Cihuatán, Santa María fue localizado en una posición defendible, con una vista del extremo oriente del valle, alcanzando una distancia de unos 12 km. Cihuatán y Santa María son sitios de un solo componente (desarrollados en un solo período), es decir que no proceden de una continuación de la fase Fogón del valle de El Paraíso [Fowler, 1981: 16-27; Fowler and Earnest, 1985]. Bruhns y Kelley parecen estar de acuerdo con nuestra conclusión sobre este punto [Bruhns, 1980: 130106,97; Kelley, 1988: 14-16]. Los elementos toltecas descritos de estos
sitios aparecen repentinamente, sin antecedentes de un desarrollo local. Las evidencias arqueológicas de estos sitios son más congruentes con una interpretación de una migración nahua hacia El Salvador y toma de territorio en el valle de El Paraíso en el postclásico temprano. El fechamiento estilístico del complejo cerámico Guazapa de los dos sitios indica una cronología sincronizada con el postclásico temprano, fase Mazapán del Valle de México, convencionalmente fechada a 950-1200 d.C. [Blanton et al., 1993: 138-142] o con la fase Tollan de Tula, Hidalgo, fechada a 950-1150 [Cobean, 1990; Cobean and Mastache, 1989]. Los marcadores importantes encontrados en los dos sitios son las cerámicas Tohil Plumbate y Nicoya Polícromo (Papagayo y relacionados), las cuales fueron ampliamente distribuidas a través de Mesoamérica durante este período [Diehl et al., 1974]. Nótese que todas la correspondencias de cerámica entre Tula y Cihuatán (resumidas arriba) fechan en la fase Tollan. Fechamientos radiométricos apoyan los fechamientos estilísticos [Fowler, 1981: 46-53]. Los medios calibrados de un grupo de ocho determinaciones de radiocarbono, siete de Cihuatán y uno La Universidad 39
de Santa María, derivados del programa de computadora desarrollado por el Quaternary Isotope Lab [1987] de la Universidad de Washington, corren de 774 a 1441 d.C. La media más temprana pertenece a un nivel de preconstrucción y provee así un terminus post quem. La media más reciente está asociada a un nivel de construcción muy profunda y no es aceptable una fecha tan reciente para ese tipo de contexto. Excluyendo estas dos fechas, el rango de las fechas medias calibradas es de 888 a 1226 d.C. Un promedio calibrado, tomando en cuenta los valores relativos [calibrated weighted average] de las cinco determinaciones más confiables, es 979 ± 42 antes del presente: 1023 d.C., con rangos calibrados de 998 d.C. [1023] 1150 a 1σ de probabilidad y 982 d.C. [1023] 1160 a 2σ de probabilidad.
Evidencias del complejo Guazapa en otros sitios
Si los argumentos aquí expuestos son aceptados, se afirma la presencia de una población de habla náhuat en el valle de El Paraíso de El Salvador durante el postclásico temprano. Es poco probable que Cihuatán y Santa María fueran los únicos centros de habla náhuat en El Salvador 40 La Universidad
durante este período y, efectivamente, buenas evidencias arqueológicas de muchos sitios en el occidente del país también indican una presencia nahua, con un inventario de cultura material que puede ser agrupado dentro del complejo Guazapa o asignado a un complejo relacionado. El centro importante de Chalchuapa fue probablemente ocupado por nahuas durante el postclásico temprano. Los nuevos elementos culturales que aparecen en Chalchuapa en el grupo Tazumal en este período incluyen arquitectura de forma talud-tablero, un templo con plataforma de planta circular, un juego de pelota en forma de I, una efigie de cerámica tamaño natural de la deidad nahua Xipe Totec, dos esculturas de piedra Chacmool, el tallado bifacial en la industria de obsidiana, la obsidiana verde y varios tipos nuevos de cerámica, incluyendo Plomiza Tohil y Polícromo Nicoya. Por supuesto, la obsidiana verde y los tipos de cerámica indican un intercambio más que una filiación etnolingüística. Chalchuapa exhibe una secuencia muy larga de ocupación prehispánica y Sharer [1978: 211-212] interpreta estos cambios como un resultado de aculturación, producto de los contactos económicos con la población pipil del área. Sheets
[1984: 107], por otro lado, interpreta las evidencias como el indicador de la llegada de una nueva población a Chalchuapa durante el postclásico temprano. Estoy de acuerdo con Sheets y propongo que Chalchuapa fue uno de los principales centros de los pipiles del occidente de El Salvador durante el postclásico temprano, probablemente debido en gran parte a la existencia de una ruta de intercambio que operaba en esta región desde el preclásico medio, conectando esta zona con las tierras altas de Guatemala. La ruta fue cortada por la erupción catastrófica del volcán Ilopango en el siglo V [Dull, 2001: 16; Dull, Southon y Sheets, 2001] pero recobró su importancia unos 100 o 150 años después. Sin embargo, parece que Chalchuapa también fue el centro de una presencia teotihuacana significativa en el occidente de El Salvador durante el período clásico medio. La región del lago de Güija, en el departamento de Metapán, en el noroeste de El Salvador, es muy conocida por los petroglifos de la isla de Igualtepeque, los cuales representan tanto motivos de animales fantásticos como caras de Tlaloc [Longyear, 1944: 21; Jiménez, 1959]. También han sido encontradas en la zona, cerca de la ribera del lago, efigies de cerámi-
ca tamaño natural de Xipe Totec y Mictlantecuhtli, similares a las conocidas de Cihuatán [Boggs, 1976a, 1977]. Desafortunadamente, es muy poco conocida la cultura material de la región del lago de Guija, pero razonablemente puede ser interpretada como un fenómeno afiliado al complejo Guazapa. Un importante centro del complejo Guazapa, localizado cerca de la costa del Pacífico, es el sitio conocido como Cerro Ulata. Ubicado cerca del cantón de Santa María Mizata, en la Cordillera del Bálsamo del occidente de El Salvador, este sitio fue mencionado por Lardé [1926: 221] y Longyear [1944: 78] y documentado por el autor en 1988 [Fowler, Amaroli y Arroyo, 1989: 25-27]. Situado a una altitud de aproximadamente 400 m sobre el nivel del mar, en la cima del cerro Ulata, este sitio obviamente fue localizado con una consideración defensiva. El camino hacia el cerro es extremadamente empinado, ascendiendo a unos 200 m en una distancia de 1.5 km. En la cima, la cual domina una vista hacia el norte, el este y oeste y el océano Pacífico hacia el sur, se destaca un recinto ceremonial orientado linealmente, cubriendo un área de aproximadamente 150 a 300 m. La estructura más grande de esta construcción en este comLa Universidad 41
plejo es una pirámide de aproximadamente 8 m de altura. Otras construcciones monumentales ocupan una terraza artificial contigua, abajo del recinto ceremonial del sitio. Entre los artefactos diagnósticos recolectados de la superficie en 1988 se encontró un tiesto grande de un incensario bicónico Las Lajas Burdo espigado y una punta de flecha hecha en navaja prismática. Cabe mencionar que Marlon Escamilla ha organizado el Proyecto Arqueológico Cordillera del Bálsamo para comprobar la hipótesis de que en esta zona existen sitios pipiles del postclásico temprano que pueden fecharse al periodo más temprano de la fase Guazapa; es decir que su ocupación posiblemente sea anterior a la de Cihuatán. En su reconocimiento arqueólogico de la zona, llevado a cabo en 2010, Escamilla [2011] ha registrado tres sitios nuevos del complejo Guazapa: Jicalapa, Miramar y El Panteoncito. Todos son sitios relativamente pequeños compuestos de 15 a 20 montículos arreglados en plazuelas situadas en planicies angostas (‘lengüetas’) encima de las aristas más altas de la cordillera, a elevaciones de 400 a 600 metros sobre el nivel del mar.
Al noroeste de Cihuatán, cerca del pueblo de Tacachico, en el departamento de La Libertad, está el sitio de Las Marías, otro centro del complejo Guazapa [Bruhns y Amaroli, 2006]. Las investigaciones en el sitio han sido dirigidas por Paul Amaroli y Karen Bruhns, pero sus resultados todavía no están publicados. Los informes preliminares sugieren que Las Marías puede ser tan grande como Cihuatán, con la misma forma de plano urbano. Cabe mencionar también el sitio intrigante de Loma China, en la región del bajo río Lempa, del departamento de Usulután en la zona centro-oriental El Salvador. Este sitio fue excavado durante los años de 1980 a 1983 por Manuel Méndez [1983], asistente del Departamento de Arqueología de la entonces Administración del Patrimonio Cultural, como parte de una operación de salvamento asociada a la construcción del embalse hidroeléctrico San Lorenzo. Desafortunadamente, el sitio no fue investigado sistemáticamente y la cerámica y los artefactos no han sido descritos. Sin embargo, es conocido que seis entierros fueron excavados, estos estaban asociados a varias vasijas de cerámica, artefactos de obsidiana y otros objetos. En un entierro se hallaron 11 vasijas mo-
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nocromas, 13 vasijas Plomiza Tohil, 34 vasijas Polícromo Nicoya y un vaso piriforme de tipo Anaranjado Fino de la costa del Golfo de México. También se encontró en este entierro cuatro pequeños discos de cerámica con decoración de mosaico de pirita, turquesa, jadeita y conchas. Dos de los discos fueron dañados y los motivos no se pudieron distinguir. Los otros dos representan a un guerrero o comerciante tolteca ataviado con un casco, una coraza, vestido y sandalias. La figura lleva un escudo en una mano, mientras la otra mano estaba extendida hacia una serpiente emplumada, la cual hace arco sobre la cabeza de la figura humana. Los discos probablemente eran adornos de la vestimenta del individuo del entierro. También estaban asociados al entierro dos navajas prismáticas de obsidiana verde. Hay poca duda de que los discos con decoración de mosaico fueron fabricados en uno de los principales centros toltecas, posiblemente en Tula o Chichen Itzá. Es razonable especular que el individuo con quien fueron enterrados los discos viajó de lejos a El Salvador desde algún centro tolteca, quizá en una misión comercial [Fowler, 1989a: 42-43; 1995: 156-157].
Discusión ¿Qué significan estas evidencias fragmentarias expuestas aquí? Mientras el número de sitios del complejo Guazapa no es grande, probablemente debido a la falta de investigación sistemática, un patrón consistente está comenzando a definirse, revelando que Cihuatán y Santa María no estaban solos en el mundo tolteca pipil. Aunque las evidencias se presentan a manera de bosquejo, parece que áreas grandes y significativas del occidente y centro de El Salvador fueron invadidas y ocupadas por una población de habla náhuat, relacionada con los toltecas, durante el postclásico temprano. En algunos casos, se asentaron en lugares que ya habían sido ocupados por siglos antes, como en Chalchuapa. En otros casos se asentaron en lugares como Cihuatán, donde no había ocupación previa. En otros, tomaron una localización defensiva tal como en el Cerro Ulata. Es posible que exista una diferencia temporal con los sitios que se encuentran en localizaciones defendibles en las cimas de la montaña establecidos poco antes que los de los valles interiores. Debe ser recordado, sin embargo, que Cihuatán fue totalmente destruido por un incendio al final de esta La Universidad 43
ocupación. Este hecho nos alerta sobre hostilidades armadas durante el postclásico temprano, entre poblaciones pipiles establecidas o entre grupos pipiles y no pipiles. Estos centros defensivos pueden haberse establecido tanto en el postclásico temprano como tardío. Uno puede predecir que más sitios como estos pueden ser encontrados, especialmente en las tierras altas de la cordillera del Bálsamo. Loma China no parece estar dentro de este patrón y puede ser el único caso con estas características, ya que el sitio fue pequeño y provincial, localizado en la periferia del bajo Lempa, al este del principal territorio pipil establecido durante el postclásico temprano. Quizá, comerciantes toltecas con su base en un centro principal como Cihuatán o Las Marías viajaban hacia la periferia oriental del territorio pipil o al territorio lenca del oriente de El Salvador en misiones de intercambio. Las migraciones pipiles hacia Centroamérica y la presencia relacionada con los toltecas en El Salvador durante el postclásico temprano representan un importante aspecto de la historia cultural de Mesoamérica, un aspecto que hasta muy recientemente no fue apreciado por su impacto en el mundo tolteca. Tal como Roberto Cobean y Alba Guadalupe 44 La Universidad
Mastache [2001b: 239] han puntualizado, la transformación de las instituciones básicas en Mesoamérica por los toltecas involucró cuatro procesos importantes interrelacionados: (1) la expansión de poblaciones toltecas de habla náhuat hacia regiones más allá del centro de México; (2) la fundación en varias regiones de México y Centroamérica de dinastías reales que afirmaron su origen tolteca (generalmente mitológico); (3) la consolidación de un sistema enorme de redes comerciales que se extendieron desde Costa Rica y Nicaragua en el sur hasta Nuevo México y Arizona en el norte y (4) cambios importantes en la religión e ideología de los pueblos mesoamericanos, incluyendo la introducción de deidades nahuas y la difusión de la épica del hombre-dios Quetzalcóatl a través del centro de México, Yucatán, las tierras altas de Guatemala y otras áreas. Cada uno de estos procesos está claramente revelado cuando analizamos muy de cerca y desde esta perspectiva las migraciones pipiles y la presencia tolteca en El Salvador. Ahora examinaremos cada uno de estos procesos. Como es bien conocido, el siglo X fue una época de turbulencia social y política en el México central, lo que trajo el
colapso de los principales centros epiclásicos, tales como Cacaxtla y Xochicalco y el establecimiento de la gran ciudad de Tollan en Tula, Hidalgo, como la capital del imperio tolteca [Evans, 2004: 370-373]. El centro de la cultura coyotlatelco de Tula Chico [Cobean y Mastache, 2001a], que había sido fundado alrededor del año 650 d.C., fue destruido por un incendio a mediados del siglo IX (Robert H. Cobean [comunicación personal, 14-8-2002] reporta un cambio en la cronología de Tula que hace retroceder todas las fases por 50 años) [véase también Evans, 2004: 357-358; López Austin y López Luján, 1996: 166, 182-183; Suárez Cortés, Healan y Cobean, 2007]. Cobean y Mastache [2001b: 270] especularon que este evento podría haber estado asociado al conflicto entre los seguidores del rey sacerdote Ce Acatl Topiltzin Quetzalcóatl y los del culto del dios Tezcatlipoca con su sacerdote Huemac [Nicholson, 2001]. Así, la destrucción de Tula Chico, aproximadamente en el año 850 d.C., puede marcar la expulsión de Quetzalcóatl y la inauguración de los movimientos de poblaciones fuera de Tula. Estos movimientos representan los comienzos de la diáspora tolteca; involucraron no solo a grupos de habla náhuat, quienes migraron
fuera del centro de México y comenzaron a posicionarse en otros territorios y regiones tal como la costa del Golfo de Veracruz y Tabasco, sino también a otros grupos étnicos que fueron desplazados por los movimientos nahuas. Algunos de estos grupos aparentemente viajaron hacia el este hasta Yucatán. Otros, por varias razones económicas y políticas, continuaron su migración hacia el sur. Llegando a El Salvador, ellos encontraron un vasto y fértil territorio relativamente despoblado, ya que el colapso del reino maya clásico de Copán probablemente resultó en una reducción de la población en el occidente y centro de El Salvador durante el siglo IX tardío. Los grupos de habla náhuat que llegaron a la región sureste de Mesoamérica en esta época encontraron una gran oportunidad de colonización y expansión. Posteriormente, Tollan fue refundada a principios del siglo X [Suárez Cortés, Healan y Cobean, 2007: 50] y hay que suponer que el Estado tolteca dirigía expansiones comerciales y posiblemente también colonistas a tierras distantes, aprovechando la existencia de rutas de intercambio conocidas y enlaces culturales en aquellas zonas. Con respecto a la proclamación de herencia tolteca por La Universidad 45
las dinastías reales, todos los grupos étnicos en el centro de México durante el postclásico tardío querían trazar su conexión con la dinastía real tolteca para legitimizar su soberanía [López Austin y López Luján, 2000: 43]. El mejor ejemplo conocido, por supuesto, es aquel de los mexicas, quienes adquirieron su conexión con una dinastía tolteca legítima a través de su primer emperador Acamapichtli del centro epitolteca de Culhuacán [Evans, 2004: 450-451; Smith, 2003: 34, 44]. Esta práctica fue también común entre los grupos no nahuas, fuera del área del centro de México, quienes más frecuentemente hicieron la conexión mítica o simbólica, más que genética o históricamente. Quizás el más famoso de tales ejemplos es el caso del rey mixteca 8 Venado ‘Garra de Jaguar’, quien viajó a un centro conocido como Tollan para recibir su yacaxihuitl o nariguera tolteca y ser transformado simbólicamente en un teuhctli o señor de un teccalli (casa noble) [Byland y Pohl, 1994: 138-147; Flannery y Marcus, 1983; López Austin y López Luján, 2000: 46, 65; Marcus, 1994: 253, Figuras 12.2, 12.3, 12.4; Smith, 1973: 71-72, figuras 55, 60, 61; Pohl, 1994: 84, 1999a: 188, 1999b: 193]. También son bien conocidas las putativas conexiones toltecas de los go46 La Universidad
bernantes kaqchikeles y k’iche’s de las tierras altas mayas, quizás más a través de Chichen Itzá que de Tula [Carmack, 1968; 1981: 4452; Florescano, 1999: 44-51; Fox, 1978: 272-275, 1980; Hill, 1996: 65]. Sin embargo, cabe mencionar que Cihuatán puede haber sido considerado una Tollan durante el postclásico temprano [Pohl, 1999a: 178-179]. Considerando los numerosos reclamos por la herencia tolteca de grupos indígenas dentro y más allá del centro de México y la urgencia sociopolítica de parte de estos grupos para trazar su conexión con la civilización tolteca, parece justificada la hipótesis de que los grupos pipiles de Cihuatán y otros centros del complejo Guazapa de El Salvador se consideraban nada más y nada menos que verdaderos toltecas con una conexión histórica y simbólica directa con la Tollan de Tula, Hidalgo. Las redes comerciales bien desarrolladas —el tercer proceso de Cobean y Mastache— formaron una parte crucial del sistema económico tolteca y los bienes exóticos llegaron a Tollan de todas partes de Mesoamérica y el suroeste de Estados Unidos. Los sitios del complejo Guazapa en El Salvador también participaron en nexos comerciales de larga distancia, los cuales trajeron recursos
de obsidiana desde Guatemala, conchas marinas y otros productos de la costa del Pacífico, la cerámica Plomiza Tohil y Polícromo Nicoya, desde sus respectivas áreas de manufactura, y probablemente un número de artículos perecederos no preservados arqueológicamente tales como pieles de animales y plumas de pájaros tropicales. A principios del siglo XVI, el área central de El Salvador fue especialmente destacada por la producción de textiles de algodón y manufactura de teñidos de añil [Fowler, 1989a: 172-178] . Podríamos especular que uno de los principales productos comercializados desde Cihuatán a cambio de otros bienes fueron los textiles de algodón teñido. El cacao es frecuentemente mencionado como uno de los artículos de gran interés en la producción prehispánica en el sureste de Mesoamérica. Pero Cihuatán no estaba localizada en una región productora de cacao. Los mercaderes de Cihuatán más bien intercambiaban textiles de algodón por cacao [Kelley, 1988: 158-162]. La obsidiana era otro bien controlado y comercializado por los habitantes de Cihuatán y era un producto importante en su economía [Fowler et al., 1987; Kelley, 1988: 195-200].
El cuarto proceso mencionado por Cobean y Mastache tiene que ver con los cambios en la religión, la idelogía y la introducción de deidades nahuas a través de Mesoamérica durante el postclásico temprano [D. Carrasco, 1982; López Austin y López Luján, 2000]. Los sitios del complejo Guazapa, especialmente del área de Cihuatán, son dignos de mención por las efigies de deidades nahuas de cerámica tamaño natural, principalmente de Xipe Totec. Representaciones de Tlaloc, Mictlantecuhtli y Huehueteotl también se han encontrado. No puede haber duda de la filiación nahua de estas deidades y por extensión, uno infiere que la migración pipil trajo a El Salvador nuevos conceptos religiosos y cosmológicos que habían originado entre las poblaciones nahuas tempranas, algo muy parecido como Tula en sí mismo. Por ejemplo, elementos importantes de la cosmovisión nahua son reflejados en la planificación de los espacios sagrados de Cihuatán y Tula, los cuales muestran una relación espacial casi idéntica entre las principales plataformas de templos, juegos de pelotas, el tzompantli y otras estructuras (véase la discusión de Cobean and Mastache [2000, 2001b] del recinto ritual de Tula). La Universidad 47
Podemos estar seguros, entonces, de que las migraciones y el establecimiento de los grupos de habla náhuat en el occidente y centro de El Salvador fueron una parte importante de los cambios drásticos que los toltecas introdujeron sobre toda Mesoamérica durante el postclásico temprano. Sin embargo, un debate considerable siempre existe con respecto a la naturaleza precisa de los sitios del complejo Guazapa en El Salvador. Corriendo el riesgo de la simplificación, uno puede reconocer dos interpretaciones opuestas respecto a este tema. La primera posición vería los centros del complejo Guazapa como colonias comerciales auspiciadas por el Estado tolteca. Se puede hacer referencia a esta posición como el ‘modelo de colonización’. La segunda posición vería estos sitios como evidencias de una expansión lenta e independiente de los movimientos de población nahua, la cual en efecto, se había separado del Estado tolteca. Se puede hacer referencia a esta posición como el ‘modelo de expansión independiente’. En las páginas siguientes vamos a examinar brevemente algunas de las implicaciones de ambos modelos.
El modelo de colonización
El modelo de colonización implica una migración directa del Estado y el asentamiento en tierras distantes del territorio-núcleo, primariamente con propósitos de expansión de la política de dominación y explotación económica. Otro de los objetivos que el Estado persigue con colonizar es el proselitismo religioso. La colonización normalmente toma lugar en una serie de oleadas; la primera oleada implica una conquista militar, con ejércitos expertos y especializados. De tal modo que los ejércitos son compuestos exclusivamente de tropas de hombres quienes frecuentemente toman mujeres compañeras de la población conquistada o colonizada y sientan los procesos de aculturación entre la población dominante y la cultura subordinada. Raramente una colonización en esta primera oleada puede involucrar a una población demográficamente diversa, incluyendo tanto a mujeres y niños como a hombres, quienes se implican de forma directa en la colonización. En la mayoría de los casos, sin embargo, una colonia con una composición demográfica diversa se desarrolla dentro de la primera o segunda generación, después de la dominación inicial, ya que
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las mujeres y los niños siguen a los hombres como miembros de familias hacia la tierra colonizada. Los miembros de familia, siguiendo en el patrón de la conquista, incrementan el número de especialistas de ocupación en la colonia. Artesanos especializados con oficios tales como carpinteros, albañiles, herreros y sastres se instalan en la nueva tierra y son ellos quienes fabrican y distribuyen artículos que reflejan el centro de origen de los especialistas. Los comerciantes forman otro segmento de la población colonial y proveen un vínculo con el Estado materno. Los estilos de la arquitectura colonial también reflejan sus centros de origen. Los especialistas religiosos, generalmente, también incrementan en número durante las primeras generaciones, sucediendo el escenario de conquista inicial y en algunas situaciones procuran propagar la religión de su origen entre los nativos del territorio colonizado. Normalmente, los miembros de la colonia en una tierra extranjera mantienen contactos regulares con los gobernantes o administradores de la nación de origen. Estos contactos son el resultado de la alianza política que es mantenida entre la colonia y la nación de origen. La continuidad de la alianza política tam-
bién tiene consecuencias económicas. La colonización abarca actividades económicas tanto para la subsistencia como para la acumulación de riqueza personal. Pero los colonizadores también están interesados en enviar riqueza en especie a la nación de origen. Los pagos en especie frecuentemente toman la forma de metales preciosos, pero también incluyen otros recursos naturales, productos de la agricultura o bienes manufacturados. En situaciones coloniales más desarrolladas, los colonizadores demandan pagos de impuestos en especie para los Estados de origen. El movimiento de bienes en sentido contrario, generalmente toma la forma de adquisición de bienes codiciados en la tierra nativa, artículos de comida y bebida valiosos en la colonia, vasijas, contenedores y utensilios para el almacenaje de comida y bebidas; artículos de vestir y adornos personales. La adquisición, consumo y distribución de tales artículos llegan a formar parte importante del intento continuo por mantener la identidad cultural de los colonizadores. La aplicación del modelo de colonización para interpretar la naturaleza de la presencia tolteca en El Salvador enfatiza las extraordinarias similitudes de la planificación urbana, la arquiLa Universidad 49
tectura y la cultura material entre Tula y Cihuatán. Es decir, al encontrar estas similitudes de manera muy fuerte, uno podría preferir el modelo de colonización como la mejor explicación de los datos empíricos. Sin embargo, ciertas expectativas del modelo de colonización no están muy bien apoyadas por los datos de Cihuatán y otros sitios. Uno de los problemas más grandes es la falta de bienes u objetos que podrían ser interpretados como el resultado del contacto regular con Tula. Especialmente la falta de artefactos de obsidiana verde, cuyo hallazgo se podría esperar de Cihuatán, si los habitantes o los gobernantes efectivamente mantenían el contacto con Tula. Otro problema es la falta de escultura de piedra, tales como soportes atlantes, serpientes emplumadas o Chacmools (aunque un Chacmool burdo es conocido de Chalchuapa). Sin embargo, cierto grado de continuidad en el contacto con la cultura tolteca (aunque no necesariamente con Tula en sí mismo) es claramente indicado por la presencia de ciertos tipos de cerámica en Cihuatán y el resto de sitios de la época (discutidos arriba), los cuales paralelamente aparecen en Tula solamente en la fase Tollan. Otro problema es la falta de eviden50 La Universidad
cias en Tula de artículos que confirmen una relación de comercio o tributo con El Salvador, aunque bien podría tratarse de bienes perecederos, tales como el cacao y los textiles de algodón. El modelo de colonización es ciertamente digno de considerar; sin embargo, creo que la explicación alternativa es más probable.
El modelo de expansión independiente
Esta tesis propone una migración de grupos de habla náhuat del altiplano central de México hacia Centroamérica que actuaron por iniciativa propia, sin el apoyo o auspicio del Estado tolteca. En contraste con el modelo de colonización, el cual involucra motivos económicos, políticos y religiosos explícitos, el único motivo en la expansión independiente es la búsqueda de un espacio vital, un objetivo anhelado por muchos grupos del postclásico mesoamericano. Como un paralelo histórico podríamos considerar, por ejemplo, las migraciones chichimecas del noroeste de México hacia el altiplano central durante el postclásico tardío, las cuales trajeron poblaciones nahuas hacia el valle de México después
del colapso de Tula, o las migraciones tempranas de los primeros mexicas —las migraciones de Aztlán o Chicomoztoc, en la periferia noroeste mesoamericana de los grupos que participaron en la fundación de Tenochtitlan. Estos fueron movimientos de grupos étnicos enteros organizados por un líder carismático tal como Xolotl de los chichimecas o Tenoch de los mexicas. Las historias políticas de estos grupos migrantes son complejas, pero lo que importa para el argumento presente es que una vez que arribaron en el valle de México, estos grupos se establecieron en zonas donde tenían posibilidad de prosperar y florecer, eventualmente desarrollando su propio Estado poderoso. Ellos no tramaron alianzas políticas con el Estado de origen y si eran obligados a pagar tributos por una política de dominación, algunas veces se rebelaron y las hostilidades llegaron a ser motivos para la migración continuada. Por ejemplo, Matos Moctezuma [1995: 55] sugiere que los mexicas pagaban tributos a los toltecas de Tollan y que ellos más tarde atacaron Tollan, contribuyendo al colapso de la ciudad-estado tolteca a mediados del siglo XII. A finales del siglo XII el mismo proceso fue repetido por los tepanecas de Atzcapotzalco. Como
una caracterización final, podríamos notar que los colonizadores independientes llevan su propia religión e ideas cosmológicas consigo cuando invaden nuevas tierras y en este aspecto veríamos una pequeña diferencia de la conducta del Estado auspiciador colonista. ¿Como serían las correlaciones de la cultura material de una expansión independiente? Uno esperaría amplias similitudes entre la cultura de los inmigrantes y la cultura de los Estados de origen, tales como en los artículos de uso diario como herramientas, armas, vasijas y contenedores para comida y bebida. Los planos urbanos y formas de residencias también deberían tener una semejanza cercana a los prototipos de su tierra natal, aunque algunas modificaciones pueden ocurrir. Las expresiones religiosas significativos como representaciones de deidades u objetos usados en los rituales deben ser esencialmente idénticos a los de la cultura de la tierra de origen. Aun así, algunas divergencias serían evidentes. Uno esperaría, por ejemplo, que con el paso del tiempo y la exposición a otras tradiciones culturales, alguna mezcla estilística ocurriría en la fabricación de los artículos de uso diario. El complejo cerámico de los grupos inmiLa Universidad 51
grantes, quizá, agregaría nuevas formas y elementos decorativos, mientras se mantienen las técnicas esenciales, los elementos y las cualidades de las formas básicas de la cerámica del lugar de origen. Desde mi punto de vista, esto es lo que vemos cuando comparamos el complejo Guazapa con el complejo Tollan de Tula. Las vajillas de servicio utilitario o diario cambiarán con el tiempo. Los grupos cerámicos Tamulasco y García Rojo de Cihuatán no tienen antecedentes o paralelos en el complejo Tollan de Tula, aunque las formas de estos dos grupos son similares a las de la cerámica de Tula. Si los contactos regulares con la tierra de origen no son mantenidos, algunos rasgos serían perdidos o reemplazados. Los bienes disponibles por medio de una red comercial de larga distancia, tales como las vasijas de los tipos Plomiza Tohil y Polícromo Nicoya serían adquiridas, pero quizá, con menos frecuencia. Cihuatán dependía mucho de la obsidiana para hacer implementos de cortar y tallar. La obsidiana verde de Pachuca, Hidalgo, si no estuviera disponible de la tierra tolteca, sería reemplazada por obsidiana de Guatemala [Fowler et al., 1987]; algunos contactos esporádicos podrían explicar la presencia de 52 La Universidad
pequeñas cantidades de obsidiana verde, no en Cihuatán, sino en otros sitios pipiles en el occidente y centro de El Salvador.
Conclusiones
En este artículo hemos vinculado las migraciones pipiles con la llamada diáspora tolteca. Sin embargo, la diáspora tolteca consistió de varios grandes movimientos poblacionales. Hemos identificado tres acontecimientos claves en la historia de Tollan en Tula, Hidalgo, México, que provocaron migraciones de grupos de Tula hacia el este y el sureste de Mesoamérica: (1) el colapso de Tula Chico a mediados del siglo IX, (2) la reformulación del Estado tolteca y su fundación nueva en Tula Grande durante el siglo X y (3) el colapso del Estado tolteca de Tula Grande a mediados del siglo XII. Hemos vinculado el complejo Guazapa de El Salvador y las primeras migraciones pipiles principalmente con el primer evento, el colapso de Tula Chico. Propongo que grupos de habla náhuat abandonaron y fueron expulsados de Tollan al final de la fase Corral, es decir, cerca del 850-950 d.C., como parte de los eventos relacionados con la expulsión de Tollan del rey Topiltzin
Quetzalcoatl y su facción [Suárez Cortés, Healan y Cobean, 2007: 50]. Algunos fueron hacia la región de la costa del Golfo de Veracruz y Tabasco, algunos hacia el oriente de y noreste de Puebla, algunos hasta Guerrero, algunos viajaron hasta Yucatán para participar el la fundación de la dinastía de Kukulkan en Chichen Itzá. Otros continuaron hacia el sur del Istmo de Tehuantepec y a lo largo de la costa del Pacífico de Guatemala y El Salvador donde ellos establecieron muchas dinastías de filiación tolteca pipil. Hemos presentado dos modelos teóricos que pueden explicar las migraciones pipiles: un modelo de colonización y un modelo de expansión independiente. Además de la evaluación de las evidencias de la cultura material presentada aquí, la cronología de radiocarbono de Cihuatán favorece la hipótesis de la llegada a El Salvador de grupos relacionados a los toltecas, desde mediados hasta finales del siglo X, lo cual encaja bien con el modelo de la expansión independiente, si estos grupos se desplazaron poco a poco durante el curso de varias generaciones tal y como muchos otros grupos nahuas documentados históricamente lo hicieron. Es posible, por supuesto, crear una reconstrucción que in-
corporaría aspectos de ambos modelos. No sería imprudente argumentar que los movimientos de expansión independiente resultaron en la llegada de muchos grupos de habla náhuat a Centroamérica, mientras la colonización directa del Estado tolteca fue responsable de algunas colonias comerciales en el área. Por ejemplo, el asentamiento pipil de Soconusco, en el sureste de Chiapas, podría verse muy bien como el resultado de una colonización motivada por las actividades comerciales directas del Estado auspiciador, por el control del comercio del cacao de Soconusco. El sitio Loma China, descrito anteriormente, podría verse muy bien como una colonia comercial tolteca, o más precisamente, un pequeño enclave comercial. La ubicación de este sitio en la frontera entre territorio pipil y territorio lenca es intrigante. Loma China fue, sin embargo, mucho más pequeño, menos complejo y menos diversificado que un sitio epitolteca principal como Cihuatán o Santa María. Otro juego de problemas, los cuales no han sido abordados en este ensayo, tiene que ver con la relación entre las sociedades pipiles del complejo Guazapa del postclásico temprano y los pipiles de Cuscatlán y el occidente del La Universidad 53
país del postclásico tardío, quienes controlaron la mayor parte del centro de El Salvador cuando los españoles y sus aliados indígenas arribaron en 1524. Al igual que Tula, Cihuatán fue saqueada y quemada probablemente a mediados del siglo XII. ¿Pudo este evento estar relacionado con el colapso de Tula y qué conexión tenían los pipiles de Cuscatlán con este evento? Muchas más evidencias e investigaciones serán necesarias para resolver este problema. Por ahora, hemos establecido que el mundo tolteca en el postclásico temprano se extendió hacia los fértiles y populosos valles del occidente y centro de El Salvador. Esperamos que futuras investigaciones pongan más atención al complejo Guazapa y su importancia en la historia cultural de El Salvador y el sureste de Mesoamérica.
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La Costa del Bálsamo durante el postclásico temprano (900-1200 d.C.): Una aproximación al paisaje cultural nahua-pipil
Marlon Escamilla
Desde el altiplano central mexicano hasta tierras centroamericanas, los nahua-pipiles protagonizaron masivos movimientos migratorios durante los periodos clásico tardío (600-900 d.C.) y postclásico (900-1524 d.C.). Aunque es difícil establecer una fecha exacta de la llegada de los grupos nahua-pipiles a Centroamérica, existe evidencia lingüística, histórica y arqueológica que indica una fuerte migración pipil durante el postclásico temprano (900-1200 d.C.). Para el periodo de la Conquista (1524), los grupos nahua-pipiles se encontraban localizados en el sureste de la costa pacífica centroamericana, sureste de las tierras altas de Guatemala y específicamente en la parte central y oeste de El Sal-
vador [Fowler, 1989a]. Dentro de las características más relevantes de los asentamientos de la fase Guazapa, descrita por Fowler [2011] para el postclásico temprano, se pueden mencionar dos: la ubicación y la arquitectura estratégicamente defensiva. Por lo general, estas características defensivas eran aprovechadas por las sociedades nahuas a través de procesos de apropiación del paisaje natural de ciertos rasgos geomorfológicos, transformándolos en paisajes culturales. Sin embargo, las razones por las cuales los grupos nahua-pipiles migraron hacia este particular paisaje y la situación sociopolítica que emergió a raíz de este movimiento poblacional son aún ambiguas.
La Universidad 67
En el presente artículo se analizarán los recientes descubrimientos de sitios arqueológicos postclásicos registrados en la Costa del Bálsamo, desde una perspectiva de la arqueología del paisaje, por el Proyecto Arqueológico Costa del Bálsamo (PACB). Asimismo, se discutirán las posibles razones por las cuales los nahua-pipiles migraron desde el altiplano mexicano, la situación sociopolítica que emergió y hasta qué punto las similitudes que existen en el patrón de asentamiento y la cultura material entre los sitios del área de Tula en las tierras altas centrales de México y los sitios registrados en la Costa del Bálsamo en El Salvador son el reflejo de un proceso de emulación asociado a una posible diáspora migratoria.
La Costa del Bálsamo y sus asentamientos pipiles
Ubicada en el sector sur-oeste del actual territorio salvadoreño, la Cordillera del Bálsamo conforma una espectacular barrera natural que interactúa con el Océano Pacífico y los valles internos (Figura 1). Una de sus principales características geomorfológicas son las impresionantes ‘lengüetas’ que descienden desde una altura aproximada de 1500 msnm hasta el nivel del mar, formando crestas 68 La Universidad
con angostas planicies, extraordinarios riscos y angostos valles. Este paisaje natural —que hoy en día nos cautiva— fue el mismo paisaje que cautivó a diferentes grupos culturales, viajeros e investigadores en el pasado. Ephraim Squier, en su visita que realiza a Centroamérica durante el año de 1853, describe la Costa del Bálsamo como una zona en la cual los indígenas se encontraban casi totalmente aislados, permitiendo la conservación de su lengua —el antiguo náhuat o mexicano— sus costumbres y sus antiguos rituales. Squier puntualiza que la conservación de estas tradiciones culturales es el producto del difícil acceso de la zona y de la hostilidad de los indígenas. Por lo general, menciona Squier, estos asentamientos se encuentran ubicados en las partes altas de los cerros que se encuentran paralelos, bajando hacia la costa. Muchas preguntas intrigantes emergen al leer la descripción de Squier: ¿quiénes eran los grupos indígenas que observó? ¿Qué filiación cultural tenían? ¿Por qué se asentaron en este particular paisaje? En base a la mención del náhuat como lengua utilizada y a la toponimia de diversos pueblos y asentamientos locales se puede inferir que la zona estaba poblada por grupos de filiación nahua.
Figura 1. Ubicación de algunos de los sitios arqueológicos pertenecientes al complejo Guazapa. El sector ampliado presenta sitios registrados en la Costa del Bálsamo.
Actualmente, el Departamento de Arqueología de la Secretaria de Cultura (Secultura) cuenta con un inventario aproximado de más de 25 sitios arqueológicos registrados en la Cordillera del Bálsamo. Aunque se han desarrollado importantes proyectos de investigación arqueológica en el pasado, que abarcan algunos sectores puntuales de la cordillera [Fowler et al., 1989; Amaroli, 1986, 1992; Escamilla, 1999; Revene y Bruhns, 2007; Méndez, 2007], esta aún constituye una zona poco explorada. En base a lo anterior, la Costa del Bálsamo, hasta cierto punto, puede ser considerada como una zona prístina para la investigación arqueológica, potencializando la ubicación de sitios arqueológicos no registrados. De
las investigaciones mencionadas y en base al interés temático del presente artículo, destacan dos investigaciones: el Proyecto Izalco, dirigido por William R. Fowler durante la temporada de 1988, y el Reconocimiento Arqueológico en la Cooperativa San Isidro, dirigido por Miriam Méndez en el año 2007. William Fowler [1989], durante la temporada de 1988, dirigió el Proyecto Izalco, planteaba dentro de sus objetivos y metas la ubicación y el registro de sitios arqueológicos pipiles de los periodos postclásico y colonial en la región de los Izalcos y la Costa del Bálsamo [Fowler et al., 1989]. En total, visitaron 41 sitios arqueológicos, 26 de los cuales fueron registrados por primera vez. El resto La Universidad 69
fueron sitios ya registrados que se revisitaron para actualizar datos. Uno de los sitios relevantes descrito a raíz de este Proyecto es el sitio Cerro de Ulata, ubicado en el municipio de Teotepeque, departamento de La Libertad (Figura 1). Aunque este sitio fue registrado por Lardé [1926] y mencionado por Longyear [1944], es hasta la visita que realizan los investigadores del Proyecto Izalco cuando se desarrolla por primera vez una descripción detallada del mismo. En el informe preliminar del Proyecto Izalco, los autores destacan el difícil acceso al sitio y el alto grado de depredación del mismo. La interpretación del sitio Cerro de Ulata como un asentamiento de la fase Guazapa se basa en la similitud en el patrón de asentamiento, la arquitectura y la cerámica con el sitio Cihuatán, por lo cual se considera que ambos sitios son contemporáneos [Fowler et al., 1989]. Asimismo se registró un tiesto de un incensario del tipo Las Lajas Burdo espigado descrito en Cihuatán [Fowler, 1981]. Fowler concluye que los sitios del postclásico temprano muestran una tendencia a estar ubicados en lugares altos, como en la cima de cerros, probablemente como una estrategia eminentemente de defensa [Fowler et al., 1989]. 70 La Universidad
Miriam Méndez [2007] como parte de una consultoría solicitada por la Cooperativa San Isidro, desarrolla un reconocimiento arqueológico en dicha Cooperativa, ubicada en el municipio de Tamanique, departamento de La Libertad. Como resultado de esta consultoría se registraron 4 sitios arqueológicos, El Cabro, El Güiligüiste, El Tecolote y El Campo, los cuales presentan similitudes en su patrón de asentamiento y en su cultura material. Méndez concluye que estos sitios registrados dentro de la Cooperativa San Isidro pueden ser interpretados como pequeños asentamientos domésticos que probablemente fueron regidos por un sitio mayor. Asimismo, Méndez, en base a la ubicación estratégicamente defensiva de los sitios y a la identificación de tipos cerámicos como Las Lajas, ubica cronológicamente a los sitios en el postclásico temprano. Aunque Méndez no menciona que los sitios registrados en la Cooperativa San Isidro pertenecen a la fase Guazapa, es muy probable que estos pertenezcan a dicha fase. Recientes investigaciones arqueológicas [Escamilla, 2010] en el área de la Cordillera del Bálsamo han permitido la identificación y el registro de sitios arqueológicos de filiación nahua-pipil del
postclásico temprano (900-1200 d.C.) en la zona geográfica de la Costa del Bálsamo. En su mayoría estos sitios prehispánicos son pequeños asentamientos que muestran una arquitectura y un patrón de asentamiento estratégicamente defensivos, conformado por montículos bajos, pequeñas plazuelas, plataformas y posibles puestos de vigilancia. Aunque la investigación arqueológica en estos sitios es mínima aún, se puede inferir que el uso de estos espacios pudo estar asociado a contextos domésticos, cívico-ceremoniales y de control. En referencia a la geomorfología, estos sitios se encuentran ubicados en las angostas planicies de las partes altas de las crestas o lengüetas, optimizando al máximo el control del paisaje a través de la altura, la planicie y lo angosto del espacio. A continuación se presenta la descripción de tres sitios, Jicalapa, Miramar y El Panteoncito, registrados por el Proyecto Arqueológico Costa del Bálsamo (PACB) durante la temporada 2010. Cabe mencionar que durante esta temporada solamente se realizó un reconocimiento arqueológico, el cual incluyó el registro y mapeo de sitios arqueológicos, así como la recolección superficial de materiales culturales. Hasta la fecha estos sitios aún no han sido exca-
vados, por lo cual la descripción que se presenta a continuación es preliminar, se espera implementar el programa de excavación durante la temporada de campo 2011-2012. Sitio Jicalapa El sitio arqueológico Jicalapa se encuentra ubicado en el municipio de Jicalapa, departamento de La Libertad, específicamente al sur del actual pueblo de Jicalapa (Figura 1). El sitio se localiza sobre la parte alta de la loma La Nancera, a una altura de 475 msnm. El asentamiento se encuentra delimitado hacia el norte por el actual pueblo de Jicalapa, al sur por el final de la lengüeta conocida como La Nancera, la cual desciende de 475 msnm a 100 msnm, hasta el lugar donde convergen el río San Pedro con el río de Cupa, que junto con el río El Carrizo son afluentes del río La Perla. Hacia el este lo limita el río San Pedro y hacia el oeste el río El Carrizo. El sitio está conformado por 18 estructuras de las cuales 15 son montículos y están divididos en tres grupos y distribuidos sobre tres diferentes terrazas (Figura 2). La distribución espacial de las estructuras se da a lo largo del eje norte-sur, el cual es determinado La Universidad 71
Figura 2. Plano del sitio arqueológico Jicalapa.
por la topografía de la lengüeta. El grupo A, ubicado en el límite sur, presenta siete montículos (M1-M7) distribuidos sobre la Terraza 1. De igual forma el grupo B está compuesto por siete montículos (M7M14) ubicados sobre la Terraza 2. Finalmente, en el límite norte, se encuentra ubicado el grupo C, el cual contiene un montículo (M15) asociado a una roca con una depresión cóncava, a manera de cúpula, en su parte superior. En su mayoría, los montículos son bajos, con alturas que oscilan entre 0.5 m y 1 m, a excepción del montículo 14 que presenta una altura aproximada de 2 m. En algunos casos se logró documentar los límites de plataformas rectangulares y alineamientos de piedras ubicados en la angosta planicie de la cresta de la lengüeta. El sis72 La Universidad
tema constructivo aparentemente está conformado por rocas volcánicas. No se logró identificar en la superficie ningún tipo de repello. Actualmente, la angosta lengüeta en la cual se ubican las estructuras se encuentra dividida en diferentes parcelas, por lo menos se lograron contar cinco parcelas divididas por cercos. El uso de la tierra actualmente es agrícola, algunas parcelas presentan maíz y frijol, otras no presentan siembra alguna. En términos de conservación, el sitio se encuentra relativamente bien conservado, a excepción del montículo 14 que presenta huellas de saqueo y el montículo 10, que ha sido partido por la mitad debido a que una vereda cruza sobre el mismo. Dentro de los materiales recolectados se logró identifi-
car material lítico como puntas de flecha de obsidiana negra, fragmentos de manos y metates. Respecto a la cerámica se logró identificar algunos tiestos del tipo cerámico Las Lajas. En términos de distribución espacial, es impresionante cómo los antiguos pobladores aprovecharon al máximo el angosto espacio de la cresta de la lengüeta, que en muchas ocasiones no supera los 20 m en su eje este-oeste. Sin duda alguna, la apropiación de este paisaje en particular estuvo en parte determinada por las características geomorfológicas que el área presenta, las cuales fueron aprovechadas con el objetivo de construir asentamientos estratégicamente defensivos. Aunque todavía falta mucho por investigar, Jicalapa se puede considerar como un sitio habitacional en el cual se desarrollaban prácticas de control o vigilancia. En base a los materiales culturales recolectados y al patrón de asentamiento, los constructores y habitantes del sitio Jicalapa pueden ser considerados como grupos asociados a la fase Guazapa, quienes se asentaron en la zona durante el postclásico temprano.
Sitio Miramar El sitio arqueológico Miramar se encuentra ubicado en el municipio de Tamanique, departamento de La Libertad, específicamente en los terrenos de la Cooperativa Acahuaspán (Figura 1). El sitio se localiza aproximadamente a 1 km al noroeste del Peñón El Cabro, sobre una corta y angosta planicie alta de la loma El Cabro, a una altura de 605 msnm. El asentamiento se encuentra delimitado hacia el norte por la prolongación de la lengüeta, al sur nuevamente por la prolongación de la lengüeta y por el Peñón El Cabro. Hacia el este lo limita la quebrada El Cusuco, descendiendo de 605 msnm hasta 400 msnm, y hacia el oeste con el río Acahuaspán, descendiendo hasta 400 msnm. El sitio está conformado por 14 montículos con una distribución espacial de las estructuras a lo largo del eje noroeste-sureste, el cual está determinado por la topografía de la lengüeta (Figura 3). El extremo sureste del sitio presenta una distribución de estructuras agrupadas y está conformada por los montículos M2 - M6, los que parecen formar una pequeña plazuela. El resto de montículos (M7-M14) se encuentran relativamente alineados a lo largo del eje noroeste-sureste y disLa Universidad 73
Figura 3. Plano del sitio arqueológico Miramar.
tribuidos sobre el sector más angosto de la lengüeta. En base a su ubicación, aparentemente los montículos 1 y 14 sirvieron como espacios de control o vigilancia. Aunque en la Figura 3 solamente se presenta la distribución de 14 montículos, cabe puntualizar que hacia al costado oeste de la lengüeta, descendiendo aproximadamente 40 m, se registraron dos montículos (M15 y M16) que probablemente sirvieron como espacios de control o vigía. La altura de los montículos oscila entre 1 y 2 m. El sistema constructivo aparentemente está conformado por rocas volcánicas. No se logró identificar en superficie ningún tipo de repello. Debido a que el terreno donde se ubica el sitio 74 La Universidad
Miramar le pertenece a la Cooperativa Acahuaspán, el uso de la tierra actualmente es agrícola, con siembras de maíz y frijol. En términos de conservación, el sitio se encuentra relativamente bien conservado. Dentro de los materiales recolectados se logró identificar material lítico como puntas de flecha de obsidiana negra, fragmentos de manos y metates. Debido a que el sitio fue prospectado cuando el maíz y el frijol estaban crecidos, se dificultó un poco la recolección de material. A pesar de ello, se logró identificar cerámica postclásica. En términos de distribución espacial, al igual que el sitio Jicalapa, los antiguos pobladores aprovecharon
al máximo el angosto espacio de la cresta de la lengüeta, que en algunos trayectos no superaba los 20 m, lo cual también denota una apropiación del paisaje con características geomorfológicas que fueron aprovechadas en términos defensivos. Aunque el sitio no ha sido excavado todavía, se puede considerar que el sitio Miramar tuvo un uso habitacional en el cual se desarrollaban prácticas de control o vigilancia y probablemente, prácticas ceremoniales. Al igual que Jicalapa, el sitio Miramar puede estar asociado a grupos de la fase Guazapa, lo anterior se infiere en base a los materiales culturales recolectados, al patrón de asentamiento y a las características geomorfológicas del paisaje apropiado, el cual fue aprovechado y explotado en términos defensivos. Sitio El Panteoncito El sitio arqueológico El Panteoncito se encuentra ubicado en el municipio de Tamanique, departamento de La Libertad, específicamente en los terrenos de la Cooperativa San Isidro (Figura 1). El sitio se localiza sobre la parte alta y en el sector norte de la loma El Cabro, a una altura de 610 msnm. El asentamiento se en-
cuentra delimitado hacia el norte por la prolongación de la lengüeta y por el cantón y caserío San Isidro, al sur por la prolongación de la lengüeta. El Panteoncito se encuentra aproximadamente 1.5 km al norte del sitio Miramar, sobre la misma lengüeta. El límite oeste está marcado por el final de la lengüeta, la cual desciende de 610 msnm a 541 msnm. El extremo este presenta una pequeña prolongación de la lengüeta que posee un eje este-oeste y termina descendiendo de 610 msnm a 400 msnm. El sitio está conformado por 21 estructuras que se encuentran divididas en siete grupos (Figura 4). La distribución espacial de las estructuras se da a lo largo de dos ejes, un eje largo orientado de norte a sur y un eje corto orientado de este a oeste; ambos ejes forman una L invertida que está determinada por la topografía de la lengüeta. El grupo A, ubicado en el límite norte, presenta tres montículos (M1, M2 y M3), distribuidos sobre una plataforma formando una plazuela. El grupo B, ubicado en el límite este, está compuesto por dos montículos (M13 y M14) formando también una plazuela. El grupo C se encuentra ubicado sobre el eje norte-sur y está conformado por tres montículos (M4, M5 y M6) los La Universidad 75
Figura 4. Plano del sitio arqueológico El Panteoncito.
cuales forman una pequeña plaza. El grupo D, ubicado sobre el eje norte-sur, está compuesto por cuatro montículos (M7, M8, M9 y M10) que forman también una plazuela. El grupo E se encuentra ubicado sobre el eje norte-sur y está conformado por dos montículos construidos sobre una plataforma, formando una pequeña plaza. Aproximadamente 0.5 km al norte del grupo E, siempre sobre el eje norte-sur, se encuentran los grupos F y G. El grupo F está conformado por tres montículos (M15, M16 y M17) que forman una pequeña plaza. Finalmente, el grupo G marca el límite sur del sitio y está compuesto por cuatro montículos (M18, M19, M20a y M21), formando una pequeña plaza. Cabe mencionar que en la Figura 4, la distancia entre los 76 La Universidad
grupos F y G con respecto a los demás grupos no está a escala. En su mayoría, los montículos son bajos, con alturas que oscilan entre 0.5 m y 1.5 m. En algunos casos se logró documentar los límites de plataformas rectangulares y alineamientos de piedras ubicadas en los límites de la planicie superior de la lengüeta. El sistema constructivo aparentemente está conformado por rocas volcánicas. No se logró identificar en la superficie ningún tipo de repello. Debido a que el terreno donde se ubica el sitio El Panteoncito le pertenece a la Cooperativa San Isidro, el uso de la tierra actualmente es agrícola, con siembras de maíz y frijol. En términos de conservación, el sitio se encuentra relativamente bien conservado.
Dentro de los materiales recolectados se logró identificar material lítico como puntas de flecha de obsidiana negra, fragmentos de manos y metates. Acerca de la cerámica, se logró identificar algunos tiestos del tipo cerámico Las Lajas. En términos de distribución espacial, es impresionante cómo los antiguos pobladores aprovecharon al máximo la cresta de la lengüeta y el angosto espacio de la misma, algunos trayectos de la lengüeta no superaban los 20 m en su eje este-oeste. Al igual que los sitios Jicalapa y Miramar, la apropiación de este paisaje en particular estuvo en parte determinada por las características geomorfológicas que el área presenta, las cuales fueron aprovechadas con el objetivo de construir asentamientos defensivos, como se ha dicho. Aunque falta mucho por investigar, El Panteoncito se puede considerar como un sitio cívico-ceremonial en el cual se desarrollaban prácticas rituales, ejercicio de control, vigilancia y poder político. Asimismo, es probable que el sitio fuese utilizado como área habitacional restringida para miembros de la elite. A diferencia de los sitios Jicalapa y Miramar, el sitio El Panteoncito probablemente funcionó como un centro rector en el
área de la Costa del Bálsamo. Los habitantes de El Panteoncito pueden ser interpretados como un grupo de la elite que controlaba diversas prácticas culturales, tales como prácticas religiosas asociadas a rituales, prácticas agrícolas y prácticas de control de comercio. En base a los materiales culturales recolectados, al patrón de asentamiento y a la apropiación del paisaje, los constructores y habitantes de los sitios Jicalapa, Miramar y El Panteoncito pueden ser considerados como grupos nahua-pipiles asociados a la fase Guazapa, quienes se asentaron en la zona de la Costa del Bálsamo durante el postclásico temprano, probablemente como parte de las primeras oleadas migratorias que estaban llegando desde el altiplano mexicano hasta la costa pacífica centroamericana. Desde la perspectiva de la arqueología del paisaje, la cual basa su enfoque en la idea que los seres humanos construyen y transforman su medio ambiente de una manera fundamental, los asentamientos nahua-pipiles de la Costa del Bálsamo brindan una oportunidad para explorar diferentes aspectos, entre ellos manifestaciones de adopción y transformación del paisaje. En algunos casos, estas manifestaLa Universidad 77
ciones y transformaciones son el producto de procesos migratorios y de apropiaciones simbólicas de lugares y espacios deseados. Probablemente la Costa del Bálsamo fue interpretada por los grupos migratorios nahua-pipiles como el lugar idóneo para el desarrollo de apropiaciones del paisaje, no solo en términos prácticos sino también simbólicos, como parte de un proceso de emulación con la finalidad de conservar prácticas culturales identitarias. En base a lo anterior, se pueden formular muchas preguntas interesantes en relación a las migraciones nahua-pipiles: ¿se puede considerar este movimiento de población como el resultado de un proceso de migración? ¿O este movimiento de población puede estar asociado a una diáspora migratoria? Si es así, ¿qué tipo de condiciones produjo esta diáspora? ¿Cuáles fueron las consecuencias sociales, demográficas y políticas de esta diáspora migratoria?
¿Migración o diáspora? Movimiento y apropiaciones del paisaje
La antropología, a través de la arqueología, ofrece la oportunidad de explorar el pasado con el objetivo de reconstruir aspectos 78 La Universidad
culturales como formas de vida, prácticas sociales, percepción del entorno y apropiaciones del espacio y el paisaje, entre otros aspectos. El concepto de paisaje es interpretado como el producto de diversos factores sociales y de agencia humana. A diferencia de la percepción del paisaje como un rasgo natural, la arqueología del paisaje interpreta al paisaje mismo como una construcción cultural. Existen diferencias ontológicas entre los investigadores que interpretan al paisaje como una entidad independiente al ser humano y aquellos investigadores que interpretan al paisaje como una construcción a través de la agencia del ser humano [Preucel y Hodder, 1996]. Knapp y Ashmore [1999] enfatizan las diferencias en el uso del concepto de paisaje en arqueología como una transición de la conceptualización del paisaje como algo pasivo a una percepción activa que va más allá de una entidad compleja relacionada con el diario vivir de los seres humanos. El movimiento de personas a través del paisaje podría estar relacionado con varias razones. Stanley Tambiah [2000] señala dos posibles tipos de movimientos de población: 1) una migración voluntaria de personas que llevan con ellos una variedad de
habilidades profesionales y prácticas culturales en busca de mejores oportunidades económicas y oportunidades de vida, con el fin de establecerse de una manera permanente o temporal, y 2) un desplazamiento involuntario causado ya sea por agitación o inestabilidad política, guerra civil o por desastres naturales. Tanto los migrantes voluntarios como los involuntarios pueden ser interpretados como una formación de comunidades diásporicas. Samir Dayal [1996] afirma que el concepto de diáspora es más útil como categoría discursiva que brinda o esclarece asuntos complejos sobre la complicidad o connivencia multicultural. Particularmente importante es el concepto de una representación del ‘tipo ideal’ de la diáspora [Safran, 1991]. William Safran sostiene que las comunidades dispersas de un ‘centro’ original hacia un lugar ‘periférico’ mantienen una memoria o un mito acerca de su tierra natal o tierra de origen. Sin embargo, estas comunidades creen que no son, o que tal vez no serán plenamente aceptados por su país, nación, estado o pueblo de acogida. Al mismo tiempo ven su hogar ancestral como un lugar de eventual retorno, un lugar para mantener o restaurar. Asimismo, Robin Cohen [1997], ba-
sándose en la definición de diáspora de Safran, sugiere que las diásporas son muy variables, pero la mayoría involucran las siguientes características comunes: a) la dispersión de un lugar natal, a menudo traumática, a dos o más regiones extranjeras; b) una memoria colectiva y mítica acerca del lugar de origen, incluyendo su ubicación, su historia y sus logros; c) una fuerte conciencia de grupo étnico sostenida durante un prolongado periodo de tiempo y basada en un sentido de carácter distintivo, en una historia común y en la creencia de un destino en común, y d) una relación problemática con las sociedades de acogida, sugiriendo una falta de aceptación o al menos la posibilidad de que otra calamidad pudiera acontecerle al grupo. Todas las características anteriores deben ser identificables y reconocibles en el registro arqueológico. Bruce Owen [2005] sugiere que las correlaciones arqueológicas de la diáspora deben ser reconocibles de la siguiente manera: a) la dispersión de la cultura material de un lugar de origen podría estar asociada cuando esta aparece bruscamente en asentamientos permanentes como una secuencia de largo plazo en la zona periférica. Esta cultura material opera en ámbitos de comunicación La Universidad 79
como, por ejemplo, en la ropa, decoración corporal y decoración cerámica, entre otros, y en el ámbito del habitus, por ejemplo, en el uso del espacio en contextos domésticos y ceremoniales, las prácticas funerarias, entre otros; b) el mito y la memoria colectiva sobre la tierra natal pueden estar asociados con la aparición de iconografía particular o prácticas rituales; c) la fuerte conciencia del grupo étnico conservada en un periodo de tiempo prolongado puede estar asociada con la identidad permanente mantenida por una generación o más, a través de la cultura material compartida, en particular en aquellos rasgos relacionados con un estilo distintivo de identidad, por ejemplo, ropa, decoración de cerámica, símbolos, entre otros; d) la relación problemática con las sociedades de acogida puede estar asociada a los asentamientos ubicados en lugares estratégicamente defensivos, por ejemplo, sitios localizados en la cima de los cerros, sitios amurallados, entre otros. Las identidades colectivas de las comunidades en diáspora son fundamentalmente definidas por una relación continua con su tierra de origen. Es importante destacar que esta identidad colectiva puede ser construida en base a un proceso de emulación 80 La Universidad
basado en el habitus practicado en su tierra natal y replicado en su nuevo territorio. Investigadores y estudiosos han debatido a lo largo del tiempo la afiliación cultural de los pueblos nahua-pipiles, la ubicación de los sitios arqueológicos y las características geomorfológicas del paisaje elegido por ellos [Amaroli, 1986, 1992; Batres, 2009; Bove, 2002; Brunhs, 1980, 1986, 2005, 2006; Brunhs y Amaroli, 2009; Chinchilla, 1996, 1998; Fowler,1981, 1985, 1988, 1989a, 1989b, 1989c, 1991, 1995, 2005, 2011; Fowler et al., 1989]. Sin embargo, la evidencia disponible indica que durante el postclásico temprano (900-1200 d.C.) los asentamientos pipiles estaban distribuidos por todo el centro y oeste de El Salvador. Dos de las principales características de estos asentamientos son su ubicación en la parte alta de los cerros y la arquitectura amurallada, lo que refleja consideraciones defensivas [Fowler, 1989a]. Asimismo, estos asentamientos se construyeron en suelos prístinos, lo que significa que no se ha documentado ocupación alguna que date antes del año 900 d.C. en los sitios de la fase Guazapa. Sin embargo, las razones por las cuales los grupos nahua-pipiles adoptaron esta particular geomorfología defensi-
va aún no están claras. ¿Cuál fue la situación socio-política que surgió como resultado del movimiento de la población nahua-pipil en El Salvador durante el postclásico temprano (900-1200 d.C.)? ¿Cuáles fueron las razones que motivaron la elección y apropiación de una ubicación defensiva? ¿Existen sitios nahua-pipiles no defensivos en el postclásico temprano? ¿Quién era el grupo cultural que habitaba la zona a la llegada de los grupos nahua-pipiles? ¿Estaban desplazando los nahua-pipiles a comunidades locales de filiación diferente a la nahua-pipil? ¿O se encontraban batallando entre sí con el objetivo de controlar la tierra y el comercio? ¿Está relacionada la apropiación física del paisaje defensivo de la Costa del Bálsamo con un proceso de emulación del lugar de origen? Las implicaciones de estas preguntas son importantes, ya que resaltan las transformaciones culturales a través de la apropiación del paisaje y la imposición de una plantilla nueva en él. Mastache y Cobean [1989], basándose en la investigación realizada en el altiplano central mexicano, específicamente en la región de Tula —el posible lugar de origen del pueblo nahuapipil— observaron dos tipos de asentamientos asociados con el
complejo Coyotlatelco: 1) las comunidades asentadas en lo alto de las colinas, y 2) los asentamientos situados en pendientes con una elevación baja. Por lo general, los sitios ubicados en las partes altas están casi siempre rodeados de acantilados o pendientes muy pronunciados, esta configuración ofrece una excelente posición defensiva y ofensiva en términos de estrategia militar. Estos asentamientos defensivos podrían estar relacionados con la situación sociopolítica que se vivía en la región de Tula. La cultura de Tula se centró en dos recintos ceremoniales: Tula Chico al norte y Tula Grande al sur. Las primeras etapas de Tula Chico se construyeron y ocuparon durante la fase Prado (ca. 650-750 d.C.) y parece haber sido el centro principal hasta la fase Corral (ca. 750-850 d.C.). Existen pruebas que indican que Tula Chico fue abandonado alrededor del año 800 y 850 d.C., después de lo cual se intensificó la construcción arquitectónica hacia el sur, en el centro de Tula Grande [Mastache et al., 2002]. La situación sociopolítica entre Tula Chico y Tula Grande podría estar asociada y ser interpretada como una de las razones que motivaron la migración diaspórica desde las tierras altas centrales de México hasta CenLa Universidad 81
troamérica. Conjuntamente, las características de los asentamientos defensivos son particularmente importantes porque podrían estar relacionados con una emulación simbólica practicada por los nahua-pipiles en la Cordillera del Bálsamo.
Consideraciones finales
Considerado como uno de los mejores ejemplos de movimiento de población a gran escala en la historia cultural del Nuevo Mundo, las migraciones postclásicas de los grupos nahua-pipiles continúan planteando diferentes interrogantes relacionadas con las razones que motivaron a estos grupos a migrar en diferentes oleadas durante el clásico tardío y el postclásico temprano, y sobre cuáles fueron las razones socio-culturales que originaron la adopción, apropiación y transformación del particular paisaje del la fase Guazapa en el actual territorio salvadoreño. Los recientes descubrimientos arqueológicos registrados por el Proyecto Arqueológico Costa del Bálsamo (PACB) permiten proponer un patrón cultural de apropiación del paisaje durante el postclásico temprano. En él los grupos nahua-pipiles se encontraban adoptando y construyendo 82 La Universidad
sus asentamientos en las angostas planicies de las crestas del sistema de lengüetas de la Costa del Bálsamo (Figura 5). Aunque el patrón de apropiación del paisaje parece ser el mismo, la funcionalidad de los sitios difiere. El sitio Jicalapa y Miramar presentan similitudes en la distribución del espacio, ambos sitios probablemente fueron utilizados como áreas habitacionales con cierto grado de prácticas ceremoniales. Por el contrario, en el caso del sitio El Panteoncito, este parece haber funcionado como un sitio rector cívico-ceremonial desde el cual la elite controlaba las prácticas políticas, ceremoniales y comerciales. Actualmente existen dos posibles interpretaciones por las cuales los nahua-pipiles construyeron sus asentamientos en la Costa del Bálsamo. Por un lado, la Cordillera ofrece características topográficas que pudieron ser explotadas desde una perspectiva militarista, adoptando lugares estratégicamente defensivos. ¿Por qué defensivos? ¿Quiénes eran los grupos culturales que se encontraban coexistiendo durante el postclásico temprano? ¿De qué grupos culturales se estaban defendiendo? ¿Fueron grupos satelitales de filiación maya o habrán sido grupos de filiación nahua? Las extremas características
Figura 5. Vista hacia el sur del montículo 12 del sitio El Panteoncito. Nótese el grado de inclinación de la topografía en el costado este.
defensivas de estos sitios hacen suponer una actividad socio-política hostil en la cual los nahuapipiles establecieron sus prácticas culturales. Por otro lado, es posible que estos asentamientos fueran construidos en el pasado por grupos culturales que no solamente aprovecharon los recursos ambientales y topográficos que la zona ofrece, sino también se beneficiaron de posibles recursos simbólicos que el paisaje local les ofreció. Probablemente la apropiación y modificación de este tipo de paisaje de altura esté asociada a una emulación simbólica de los nahua-pipiles con relación a su lugar de origen, el altiplano central mexicano, con el objetivo
de preservar su identidad y desarrollar prácticas culturales que los diferenciaran de los demás grupos culturales contemporáneos a ellos. Con respecto a las razones que motivaron a los grupos nahua-pipiles a migrar desde el altiplano central mexicano hasta la costa pacífica centroamericana, probablemente el modelo de una diáspora migratoria sea el que más se aplica. En base a la definición propuesta por Safran [1991] sobre diáspora, la cual sostiene que las comunidades dispersas ‘periféricas’ mantienen una memoria o un mito acerca de su tierra natal o tierra de origen ‘centro’, al mismo tiempo ven su hogar ancestral como un La Universidad 83
lugar de eventual retorno, un lugar para mantener o restaurar; los grupos nahua-pipiles mantuvieron una fuerte memoria y un mito sobre su tierra natal. Esta memoria se ve reflejada en los materiales culturales, en el patrón de asentamiento y en la apropiación del paisaje durante la fase Guazapa en la Costa del Bálsamo. Los problemas socio-políticos entre Tula Chico y Tula Grande, los cuales conllevaron al abandono de Tula Chico alrededor del año 800-850 d.C., probablemente sean razones que motivaron la diáspora nahua-pipil. Con el fin de determinar si estos asentamientos están asociados a una diáspora migratoria, en base al modelo de Owen [2005], se proponen las siguientes correlaciones arqueológicas: 1. La dispersión de la cultura material tanto en los ámbitos comunicativos y de habitus. Este aspecto se puede analizar en las características de la cerámica y la arquitectura. La introducción de grupos cerámicos asociados a grupos nahua-pipiles en El Salvador, tales como figurillas de ruedas del tipo Costa del Golfo, flautas cerámicas, figurillas del estilo Mazapán, cerámica del tipo Plomiza Tohil y Las Lajas, entre otras, puede estar asociada 84 La Universidad
con una introducción repentina de cultura material. Algunos aspectos de la arquitectura nahua-pipil, como los juegos de pelota en forma de I, templos a manera de plataformas con diseño de talud-tablero, sitios amurallados o empalizados y particulares prácticas de enterramiento podrían estar relacionados con asentamientos de ocupación prolongada, con el fin de mantener una identidad particular. Los sitios arqueológicos del altiplano central de México, como La Mesa, se encuentran ubicados en la parte alta de una colina y presentan elementos arquitectónicos como muros, terrazas, plataformas y numerosas bases rectangulares y circulares [Mastache y Cobean, 1989]. 2) La memoria colectiva y el mito acerca del lugar de origen. Algunos materiales culturales, tales como representaciones de deidades mexicanas en cerámica y lítica, podrían estar relacionados con una fuerte memoria colectiva en referencia a su lugar mítico de origen. 3) Fuerte conciencia del grupo étnico mantenida a lo largo del tiempo. La ocupación permanente de los asentamientos se podría asociar con una fuer-
te conciencia de grupo étnico sostenida durante un largo tiempo, en base a un sentido de carácter distintivo. El objetivo de esto sería mantener la identidad de la comunidad de origen por una generación o más, reflejada en la cultura material compartida. 4) La relación conflictiva con grupos culturales locales. La apropiación de los lugares defensivos en aprovechamiento de las características geomorfológicas del paisaje podría estar vinculada a una relación problemática con los grupos culturales locales. Asimismo, esta práctica podría estar relacionada con una emulación simbólica basada en apropiaciones del paisaje practicadas en su lugar de origen. Lo anterior se refleja en el hecho que existen sitios arqueológicos del mismo periodo cultural en el altiplano central mexicano que muestran el mismo patrón de asentamiento, entre ellos pueden mencionarse: La Mesa, Magoni, Atitalaquia, Batha, Tanthé, El Xithi y El Águila [Fournier y Bolaños, 2007]. Todas las prácticas culturales explicadas anteriormente podrían estar relacionadas con el ‘tipo ideal’ de representación de lugares que Safran [1991] pro-
pone, con el fin de mantener el recuerdo de su tierra natal y con la posibilidad de un eventual retorno. El paisaje cultural de la Costa del Bálsamo durante el postclásico temprano refleja una complejidad social relacionada con la adopción de lugares tanto estratégicamente defensivos como simbólicos. Aunque aún existen muchas preguntas por responder en relación al paisaje cultural de los grupos nahua-pipiles en la Cordillera del Bálsamo, actualmente los datos arqueológicos recolectados y analizados indican que las migraciones postclásicas de los grupos nahuapipiles probablemente estuvieron asociadas a un modelo de diáspora migratoria, en la cual los estos grupos se apropiaron y transformaron un paisaje defensivo de difícil acceso, como las lengüetas de la Costa del Bálsamo (Figura 6). Esta apropiación del paisaje no solamente se realizó con fines defensivos, estratégicamente militaristas, sino con fines simbólicos a través de un proceso de emulación simbólica con su lugar de origen, el altiplano mexicano. El desarrollo del Proyecto Arqueológico Costa del Bálsamo (PACB) constituye una oportunidad para ampliar el conocimiento sobre las primeras oleadas La Universidad 85
Figura 6. Vista hacia el sur de la lengüeta El Cabro. En primer plano se observa el Peñón El Cabro. Esta fotografía fue tomada desde el montículo 1 del sitio Miramar.
migratorias de los grupos nahuapipiles durante el postclásico temprano desde una perspectiva de la arqueología del paisaje. Dicha perspectiva intenta abrir nuevas corrientes de interpretación que permitan interrelacionar lo material, lo social y lo ideológico en relación a la apropiación de espacios y paisajes.
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Etnicidad chorotega en la frontera sur de Mesoamérica
Geoffrey McCafferty
«Etnicidad» es un concepto de difícil aplicación a las poblaciones vivientes. Esto, en gran parte, se debe a la naturaleza dinámica y a las complejas relaciones de las identidades sociales, que incluyen religión, nacionalidad, estatus y ascendencia. Etnicidad es también un término contextual y fluido, como la publicidad de la cerveza Corona: «en el día de St. Patrick todos somos irlandeses». Este concepto, además, es relativamente nuevo, antropológicamente hablando: evolucionó a mediados del siglo XX, a partir del rechazo del concepto de raza [Bentley, 1987]. Los antropólogos reconocieron que existe una preponderancia de las características culturales sobre los rasgos biológicos y por ende, la etnicidad se convirtió en un tapiz de fibras sociales.
La ambigüedad de dicho concepto, que tiene cualidades objetivas y subjetivas, ha sido considerada por antropólogos tales como Barth [1969] y Cohen [1974]. La etnicidad subjetiva representa aquellos conceptos internalizados de identificación propia que son significativos, con expresiones externas que corresponden solo coincidentemente. Por ejemplo, un individuo indígena puede mantener fuertes conexiones con su comunidad a pesar de que haya adoptado en el exterior características de la cultura predominante. Alternativamente, la etnicidad objetiva puede ser expresada a través de símbolos más visibles como la vestimenta, la ornamentación o el lenguaje, entre otros rasgos. Mientras estos La Universidad 91
pueden ser útiles para señalar identidad y para excluir a ‘otros’, también pueden expresar mensajes mixtos y contener significados idiosincráticos. Por esta y otras razones, los antropólogos contemporáneos son cautelosos en el uso del concepto de «etnicidad», que a menudo es muy complicado para un uso práctico como herramienta de análisis [Bentley, 1987]. Igualmente, arqueólogos conservadores abandonan cualquier intento de reconocer etnicidad en el pasado y califican este esfuerzo como una locura total. Una arqueóloga que le ha dedicado atención considerable a la arqueología de etnicidad es Siàn Jones [1997], con un enfoque en Europa antigua. Tal vez por la intensidad del nacionalismo de la región y por la abundante información textual y artística disponible, la etnicidad es más discutida dentro de un esquema arqueológico. Un aporte importante del trabajo de Jones es el valor de combinar información arqueológica con modelos históricos para inferir potenciales símbolos importantes de identidad, incluyendo identidad étnica. Este enfoque de combinación —combinar arqueología e historia— ofrece un poderoso potencial para sobrellevar algunos de los desafíos de identificar cualidades de grupos étnicos 92 La Universidad
del pasado [consultar también McGuire, 1982]. Un caso de estudio más relevante para este tema es una serie de investigaciones sobre la etnicidad nahua en el centro de México [Berdan et al., 2008; Stark and Chance, 2008]. Empleando un rango de evidencia etnohistórica, arqueológica y artística, un equipo de investigadores evaluó el concepto de etnicidad nahua antes de la Conquista, asociado con el imperio Azteca, y también el de los descendientes coloniales y actuales. El ejemplo más relevante del tema es el de Barbara Stark [2008]. Ella describe la identificación de la etnicidad nahua en el Golfo de México y sus relaciones con los nahuas cholultecas de la región poblana en el altiplano de México para el postclásico medio. Para la región llamada ‘Sauce’, Stark considera rasgos como patrones de asentamiento, rituales domésticos y un rango de cultura material como cerámica policromada, formas de vasijas, figurillas y uso de obsidiana. Entre sus conclusiones, Stark dice que las expresiones de la identidad étnica varían en relación con fuerzas externas, como en el imperio Azteca, y que en el caso de Sauce la etnicidad fue situacional. Este ensayo presenta una aplicación similar al enfoque de
combinación de etnicidad arqueológica usando el estudio de caso de Centroamérica poco antes del contacto. Interpretaciones recientes del mundo mesoamericano sostienen que la frontera sur estaba localizada en la región de la Gran Nicoya, en el Pacífico de Nicaragua y Noroeste de Costa Rica [Carmack y Salgado, 2006; Smith and Berdan, 2003]. Estos argumentos están basados en evidencia etnohistórica y lingüística de poblaciones que hablaban náhuat y oto-mangue en el área, al momento de la conquista española a principios del siglo XVI [Abel-Vidor, 1980; Ibarra, 2001; Figura 1]. Algunos cronistas como Oviedo [1950], Torquemada [1975-83] y Motolinia [1951] registraron detalles de las culturas de la región, incluyendo el panteón mexicano, el sistema de calendarios y las prácticas rituales [Fowler, 1989; León Portilla, 1971]. La mayor parte de la información pertenece a los nicaraos, hablantes de la lengua náhuat. Este pueblo adopta el origen del nombre de su rey, Nicaragua, posteriormente el resto de la nación retomó dicho nombre como parte de su identidad. Se cree que los chorotegas hablantes de la lengua oto-mangue pertenecen a una migración más temprana en la región.
Aunque no está documentado a fondo por los primeros cronistas, sus raíces mesoamericanas han servido para compararlos con poblaciones autóctonas de lengua chibcha. En total, la afirmación de identidad cultural mesoamericana es clara, aunque su base sea en fuentes históricas. Esta evidencia histórica fue enriquecida a través de la historia del arte por académicos como Samuel Lothrop [1926], Doris Stone [1982] y Jane Day [1994], quienes consideraron fuertes elementos estilísticos ‘Mixteca-Puebla’ en la cerámica polícroma de la zona. Prominente entre estos elementos están las imágenes de la serpiente emplumada, un rasgo diagnóstico del culto de Quetzalcóatl que se propagó a través de Mesoamérica en el epiclásico y postclásico temprano [Ringle et al., 1998]. La combinación de la cerámica polícroma del estilo Mixteca-Puebla con elementos etnohistóricos sugieren una ideología religiosa del centro de México, así como también la cerámica de origen de Cholula en la ideología de los inmigrantes chorotegas en Centro América, lo que despertó mi curiosidad. Debido a mi interés, a lo largo de la carrera en la arqueología, en la etnicidad y la arqueología de La Universidad 93
Cholula [McCafferty 1989, 2003, 2007], viajar a Nicaragua me pareció la oportunidad ideal para estudiar uno de mis temas favoritos en tierra virgen, hablando arqueológicamente. Mi trabajo en Cholula usualmente consideraba la transición del periodo clásico al postclásico, cuando poblaciones relacionadas con los Mayas, conocidas como ‘olmeca-xicalanca’, emigraron hacia el centro de México. Junto con la llegada de los olmeca-xicalanca se introdujeron las primeras muestras de cerámica polícroma del estilo Mixteca-Puebla, algunas son marcadamente similares a la cerámica polícroma temprana del Pacífico de Nicaragua [McCafferty y Steinbrenner, 2005a]. Siguiendo las especulaciones sugeridas por el gran etnohistoriador mexicano Wigberto Jiménez Moreno [1942, 1966], las migraciones de estos enigmáticos olmecas, pueden ser los responsables de ambas migraciones: de Cholula y de la Gran Nicoya. La cronología es un elemento importante en la evidencia etnohistórica sobre la migraciones fuera de México. De acuerdo a Torquemada [1975-83], quien escribió a principios del siglo XVII, las migraciones ocurrieron «7 u 8 vidas de un hombre Viejo» antes de su tiempo. Algunos acadé94 La Universidad
micos, incluyendo Nigel Davies [1977], han sugerido que «la vida de un hombre Viejo» corresponde al doble de un ciclo de 52 años del calendario mesoamericano, es decir, 104 años. Siete u ocho ciclos antes que Torquemada, pondría las migraciones alrededor del 750 u 850 d.C. Un estimado más conservador, de un solo ciclo, pondría a las migraciones alrededor de 1200 - 1250. Desafortunadamente, estos dos periodos corresponden a cambios dramáticos en el registro arqueológico del Pacífico de Nicaragua: el primero corresponde a la transición entre los periodos Bagaces y Sapoá, cuando los rasgos mesoamericanos comienzan a aparecer. El segundo se da durante la transición del periodo Sapoá al Ometepe, cuando presuntamente los nahua-nicaraos reemplazaron a los chorotegas en la región de Rivas. A partir del año 2000, intensas excavaciones arqueológicas se han conducido a lo largo de la costa del Lago de Nicaragua para evaluar los argumentos históricos [McCafferty, 2010; McCafferty et al., 2009]. Importantes centros regionales de la cultura chorotega se han encontrado en los sitios de Santa Isabel y Tepetate, junto con el sitio secundario de El Rayo. Todos estos sitios da-
tan del período Sapoá, entre el 800-1250 de la Era Cristiana, consistente con la llegada histórica del las poblaciones oto-mangue, migrantes del centro de México. El nombre ‘chorotega’ deriva de la cultura cholulteca del altiplano de México, en la capital religiosa de Cholula. La hipótesis del proyecto era que los modelos culturales derivados de Cholula serían útiles para interpretar la cultura material de Nicaragua y sobre todo, las estrategias de la identidad étnica del grupo migratorio. En base al rico material cultural de los tres sitios nicaragüenses, especialmente en la bella cerámica polícroma con fuertes similitudes a la tradición estilística Mixteca-Puebla de Cholula y en la abundancia y la diversidad de otros tipos de artefactos, es posible evaluar la identidad étnica de los habitantes. Este documento considera los elementos estilísticos de la decoración cerámica, las formas de las vasijas, los patrones alimenticios, las figurillas y la ornamentación como indicadores de identidad cultural. Las investigaciones arqueológicas previas en el Pacífico de Nicaragua requirieron varias prospecciones para investigar patrones de asentamiento y pequeños proyectos de salvamento [Espinoza et al., 1999; Lange, 1996;
Niemel 2003; Salgado 1996]. Una excepción notable es el proyecto de 1960, dirigido por un arqueólogo de la Universidad de Harvard, bajo la dirección de Gordon Willey, en la región de Rivas [Norweb, 1964]; este trabajo fue sintetizado por Paul Healy [1980] para su disertación de doctorado, y su publicación continúa siendo la base de interpretaciones actuales. El sitio de Santa Isabel fue uno de los más estudiados por Willey. Entre los años 2000 y 2005, arqueólogos de la Universidad de Calgary prospectaron el núcleo interno del sitio de 300 ha, excavando cinco de los montículos residenciales más grandes del sitio [McCafferty, 2008; McCafferty et al., 2006]. Este representa el estudio arqueológico más intenso alguna vez conducido en Nicaragua, el cual produjo una riqueza de información para evaluar prácticas de etnicidad en el centro primordial de la jerarquía del asentamiento. Uno de los descubrimientos sorprendentes fue que la cronología de la cerámica del postclásico estaba equivocada: los estilos diagnósticos tardíos aparecen varios cientos de años más temprano [McCafferty, 2008; McCafferty y Steinbrenner, 2005b]. En base a las 25 fechas de radiocarbono de los tres sitios, ahora La Universidad 95
sabemos que lo que había sido reconocido originalmente como diagnóstico de los nahua-nicaraos; de hecho, fue introducido con la llegada de los Chorotegas [McCafferty, 2010]. En el año 2008, las investigaciones se trasladaron para iniciar prospecciones en el sitio de Tepetate, el sitio precolombino en el borde norte de la moderna ciudad de Granada. Este lugar está asociado con la capital chorotega de Xalteva [Carmack y Salgado, 2006]. Desafortunadamente, el desarrollo moderno y el intenso saqueo han destruido gran parte de la zona arqueológica. Fue posible excavar uno de los últimos montículos existentes y exponer varios entierros múltiples de un cementerio adyacente [McCafferty, 2010]. Un corte reciente para abrir un camino expuso un cementerio precolombino en el sitio El Rayo, en la Península de Asese, al sur de Granada. En los años 2009 y 2010, el equipo excavó el cementerio, un área residencial multicomponente, y otro cementerio asociado con un pequeño santuario o altar [McCafferty, 2010; McCafferty et al., 2009; Wilke et al., 2011]. Una importante pieza del rompecabezas cronológico fue descubierta como resultado de 96 La Universidad
pruebas estratigráficas profundas en el sitio El Rayo, donde un cambio rápido y dramático evidente en la cultura material ocurrió en el 800 d. C. [McCafferty, 2010; McCafferty et al., 2009]. La cerámica autóctona era roja y pulida conocida como Tola Tricromo con variaciones de Chavez Blanco sobre Rojo, probablemente asociada a las poblaciones chibchas, la cultura nativa. Dentro de un nivel estratigráfico de 30 cm (Figura 2), que posiblemente representa un ciclo de cincuenta años, el grupo cerámico se transforma a uno típicamente asociado al postclásico: el Papagayo Polícromo y Sacasa Estriada, cerámica cotidiana generalmente asociada con el grupo chorotega [Healy, 1988]. Es interesante que, justo antes de esta transición, la cerámica polícroma se asocia con la cerámica polícroma con características similares a la cerámica Delirio de El Salvador y Ulúa del este de Honduras. Esto sugiere que los cambios culturales caracterizados como chorotegas pueden tener más antecedentes mayas que mexicanos. La preservación excepcional de los restos botánicos y faunísticos en los sitios Santa Isabel y El Rayo proveen una fuente sin precedentes de datos para inferir antiguos tipos de alimentación [López Forment, 2007; Mc-
Figura 1: Mapa que indica las migraciones de México a Nicaragua
Figura 2: Secuencia estratigráfica del cambio en la cerámica entre los periodos Bagaces a Sapoa en El Rayo.
La Universidad 97
Cafferty, 2008]. De particular interés es la ausencia de plantas y animales domésticos. Los peces comprenden casi la mitad de los restos faunísticos, pero el venado sirvió como una de las fuentes principales de la dieta. Reptiles, aves, anfibios y moluscos de agua dulce también fueron consumidos, sin embargo, aún no hay evidencia de perro o pavo doméstico. Centenares de semillas carbonizadas han sido recuperadas y representan exclusivamente especies silvestres. El jocote, una pequeña fruta usada para hacer vino agrio, comprende el 70 % de los restos macrobotánicos. A través del análisis del material micro y macrobotánico, se puede afirmar que el maíz no jugó un papel importante en la dieta chorotega durante el periodo Sapoá. En cambio, la presencia de miles de posibles láminas de rallador en Santa Isabel sugieren que la yuca puede haber jugado un papel importante en la dieta del lugar [Debert y Sheriff, 2007]; curiosamente estas muestras microlíticas raramente son encontradas en Tepetate y El Rayo, lo cual sugiere una significativa diferencia en la alimentación entre las partes norte y sur del área de estudio. La cerámica polícroma aparece en un arcoíris de colores en los tipos Papagayo, Vallejo, 98 La Universidad
Madeira, Pataky y Bramadero, lo que posiblemente indica que existieron diferentes centros de producción, y por lo tanto, complejas redes de intercambio [Steinbrenner, 2010; Figura 3]. El análisis intensivo de la composición cerámica está en marcha para determinar este aspecto de la política económica [Dennett, s/f.; McCafferty et al., 2007]. Como se mencionó anteriormente, todas estas tipologías se pueden reconocer en el periodo Sapoá, pero el análisis detallado está en proceso de identificar microcronologías que serán más sensitivas a los cambios culturales. Por ejemplo, Vallejo Polícromo aparece primero en Santa Isabel, alrededor de 1000 d.C., pero en El Rayo aparece unos 100 años antes. Otro tema de mucho interés para el análisis de la influencia mesoamericana, es la presencia de elementos simbólicos Mixteca-Puebla; la bella serpiente emplumada que aparece en Vallejo Polícromo, especialmente en la variedad Mombacho, muestra una decoración que se combina con finas líneas incisas. Estos rasgos están datados alrededor de 1000 d.C., con elementos que luego se encuentran en el grupo de códices Borgia del centro de México (Figura 4). De hecho, Gilda Hernández Sánchez [2010] ha sugerido recientemente
Figura 3: Cerámica policromada del periodo Sapoa.
que la iconografía del estilo de los códices aparece primero en los polícromos mexicanos alrededor del año 1200 d. C., lo que implica que los chorotegas de Nicaragua
pueden haber iniciado este estilo. La estética de la imagen propia, lo que algunas veces se denomina ‘cuerpo bello’, es otra forma de identidad que puede La Universidad 99
reflejar etnicidad, entre otras cualidades [Reischer y Koo, 2004]. Como Rosemary Joyce [2005] ha señalado, se puede recuperar arqueológicamente a través de la modificación corporal (modificación dental o craneal, etc), ornamentos y a través de representaciones artísticas. Una gran variedad de ornamentos han sido recuperados en los sitios chorotegas del Pacífico de Nicaragua, estos restos incluyen cuentas de collar, pendientes y orejeras [McCafferty y McCafferty, 2009, 2011]. Desafortunadamente, no fueron encontrados con restos humanos en buen estado de conservación, así no se conoce nada sobre el sexo o la edad de individuos con los cuales se hallaron estos objetos. Algunos objetos y orejeras de paredes delgadas han sido encontrados en los tres sitios (Figura 5); las diferencias en tamaño pueden estar relacionadas a edad o estatus. Cientos de tiestos cerámicos de pendientes trabajados fueron recuperados en Santa Isabel, mientras que estos fueron escasos en los sitios de la región de Granada. Otros objetos de joyería incluyen conchas del mar, piedra verde o ‘jade social’ y huesos tallados en formas variadas (Figura 6). Las representaciones artísticas del ‘cuerpo bello’ están 100 La Universidad
disponibles en las figurillas monocromas y polícromas, que presentan características del peinado, pinturas en el cuerpo o tatuajes y prendas de vestir (Figura 7). Estas características de estética personal tienen similitudes con la identidad mesoamericana, pero probablemente se relacionan más al genero, estatus o edad, que a la identidad étnica. La mayoría de las figurillas con características sexuales parecen ser femeninas y se pueden relacionar con documentación histórica «que los Chorotega permitían a sus mujeres mandar» [Espinoza, 2007; Werner, 2001]. Laura Wingfield [2009] recientemente completó un doctorado sobre el tema de mujeres chamanes de la región de Gran Nicoya, basado en las figurillas precolombinas. Es posible que la autoridad política y espiritual se fusionaran en una sociedad chorotega. Estas figurillas podrían haber jugado un papel simbólico en las ceremonias relacionadas. Los patrones funerarios también se distinguen entre diferentes comunidades. En Santa Isabel, los infantes eran enterrados en ollas forma de zapato (Figura 8). Laura Wingfield las llama ‘ollas vientre’ por la forma distendida de las vasijas y decoraciones aplicadas en el ‘pie’, que recuerdan la anatomía femenina (semejantes
4
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Figura 4: Imagen de serpiente emplumada de Tipo Vallejo. Figura 5: Ejemplos de orejeras.
a trompas de falopio). Adultos y adolescentes eran enterrados en posición flexionada directamente en el suelo [McCafferty, 2008]. En Tepetate, sin embargo, los adultos fueron enterrados dentro de vasijas en forma de zapato y alrededor de ellas, los entierros de infantes no fueron reconocidos. Dos cementerios fueron excavados en El Rayo, posiblemente representan a la elite y algunos entierros aislados [Wilke et al., 2011]. Las vasijas en forma de zapato fueron abundantes, pero rara vez
se encontraron restos humanos en el interior, en cambio, estaban dispersos alrededor de las urnas. Una vasija que se diferenció fue una pequeña olla con la cara de un roedor, modelada e incisa en el exterior, que contenía fragmentos craneales humanos de varios individuos (basado en la edad). Es interesante que varios cráneos aislados fueron descubiertos alrededor de las urnas. Posiblemente estos presentan cabezas-trofeo enterradas como ofrendas. Debido a la mala preLa Universidad 101
Figura 6: Joyería de concha, piedra verde y hueso.
102 La Universidad
Figura 8: Urna en forma de zapato.
Figura 7: Figurillas policromadas
La Universidad 103
Figura 9: Soportes de vasija con representación de Ehecatl.
servación y a la perturbación por las raíces, se hallaron los cráneos en mal estado. En dos ocasiones fueron encontrados en asociación con largas láminas bifaciales, finamente trabajadas. En uno de los casos, el cráneo se encontró dentro de una vasija y la navaja había sido colocada dentro de la boca. Navajas idénticas están representadas en las decapitaciones rituales en sitios mesoamericanos como El Tajín y Chichén Itzá, aproximadamente durante el mismo periodo.
Discusión
En base a esta extensa información conocemos bastante sobre la alimentación chorotega. Varias líneas específicas de evidencia pueden ser usadas para conside104 La Universidad
rar una identidad étnica y evaluar la afiliación mexicana. La alimentación, definida como el contenido, la preparación y el consumo de alimentos, se ha descubierto como un rasgo muy sensible que expresa etnicidad. Una de las primeras señales de alerta que tuvimos sobre nuestra hipótesis de etnicidad mexicana fue la ausencia de comales en Santa Isabel. Los comales son planchas anchas y poco profundas típicamente usadas para calentar tortillas. En el periodo postclásico de Cholula representan el 20 % de los tiestos con bordes [McCafferty, 2001]. La ausencia de comales indica la ausencia de tortillas y con ello, un gran golpe al concepto de etnicidad mexicana. Los comales están ausentes también en El Rayo y Tepetate. De los centenares de
semillas carbonizadas, ninguna fue de maíz, una semilla duradera que se preserva aun cuando la mayoría no. El análisis de fitolitos y de residuos de fragmentos de manos y metates [Dennett y Simpson, 2010] recuperó evidencia de la preparación de frutas no identificadas (probablemente jocote), pero sin evidencia de maíz. Tampoco el análisis en curso de fitolitos en los sedimentos orgánicos de Santa Isabel han identificado maíz, a pesar de que el maíz es una especie fácilmente identificable. La ausencia de maíz es sorprendente, ya que refuta la noción de una identidad mexicana. También contrasta con el uso de maíz, comales y tortillas durante el período histórico temprano de Nicaragua. Tal vez, estos fueron introducidos por los nicaraos del postclásico tardío o por los grupos del centro de México que se asentaron en Nicaragua después de la Conquista, pero más investigación debe dirigirse para comprender la historia de este grupo étnico. La ideología religiosa es otra característica que a menudo se usa para diagnosticar identidad étnica. La evidencia etnohistórica para el postclásico de Nicaragua enfatiza dioses y prácticas mexicanas [León Portilla, 1972]. Por ejemplo, Oviedo [1950]
notó la presencia de dioses importantes: Quiateot y Hecat, que corresponden al Tlaloc mexicano (Quiateot = ‘dios de la lluvia’) y el dios del viento Ehecatl. Ambos aspectos de estos dioses se encuentran en el registro arqueológico. Son muy comunes los soportes de vasijas del dios del viento, en diferentes tipos de cerámica polícroma (Figura 9). Como se mencionó anteriormente, la serpiente emplumada también es un motivo prominente y representa otra faceta del complejo Quetzalcóatl/ Ehecatl. En base al contenido iconográfico, hay evidencia del contacto con la ideología religiosa del centro de México que estaba activa alrededor del 1000 d.C., y tal vez tan temprano como en el 800 d.C. Otro aspecto predominante de la práctica religiosa de México central, que está ausente en el Pacífico de Nicaragua durante este periodo, son los incensarios. La quema de incienso era una forma fundamental para comunicarse con lo supernatural y los incensarios representan un componente importante del complejo cerámico en el postclásico temprano de Cholula. No se han encontrado incensarios del período Sapoá en los sitios chorotegas. Es claro que otras vasijas pueden haberse usado para La Universidad 105
este propósito, pero incensarios especializados, precisamente los de asa larga como los sahumadores, son diagnósticos de prácticas religiosas mesoamericanas, como parte de la propagación del culto de Quetzalcóatl de los periodos epiclásico y postclásico temprano [Ringle et al., 1998] En conclusión, diez años de investigación arqueológica en el Pacífico de Nicaragua han producido información abundante que apoya, al mismo tiempo que contrasta, las expectativas de una identidad mexicana para los chorotegas. Mientras unos elementos superficiales, como la adopción de dioses mexicanos, corresponden a una afiliación con el complejo religioso Mixteca-Puebla, otros elementos más básicos como la alimentación indican una práctica regional más específica. Esta compleja contradicción se puede relacionar a la distinción objetiva/ subjetiva que se discutió en la introducción de este ensayo; donde claros símbolos contrastan con símbolos internos más significativos. Un desafío para la interpretación arqueológica es el uso de artefactos sincrónicos para reconstrucciones diacrónicas, especialmente cuando los periodos son tan largos. ¿Es esta confusión el resultado de cambios dinámicos, mientras los grupos indígenas 106 La Universidad
adoptaban rasgos mexicanos por medio de un proceso gradual de contacto y aculturación? Los rápidos cambios presentes en la transición del periodo Bagaces hacia Sapoá en El Rayo, pueden indicar el reemplazo de la población, lo que sugiere la incorporación de un grupo étnico invasor. Aun así, este cambio ocurrió en un periodo de tiempo de varias generaciones, por lo cual puede ser un ejemplo de equilibro puntualizado. En base a la intensidad de este proyecto de investigación y la calidad de la información obtenida, el autor se siente obligado a proclamar algo importante sobre la etnicidad chorotega. Tal vez por la ambigüedad causada por la abundancia de información, no estoy de acuerdo con la afirmación simplista de identidad mexicana que ha caracterizado las interpretaciones previas. Sin embargo, hay claras convergencias. Las serpientes emplumadas del estilo Mixteca-Puebla son mexicanas, indudablemente, a menos que su presencia varios años antes cambie las posiciones y haga la iconografía del estilo códice esencialmente nicaragüense. Alguna de la cerámica policromada nicaragüense es tan parecida que estaría en las mesas de los laboratorios en Cho-
lula. Sospecho que ambos estilos están atados a complejas redes de intercambio de larga distancia, conectadas al desarrollo del culto de Quetzalcóatl y a la obtención de cacao y otros productos de valor, pero esta hipótesis necesita mayor evidencia. En ultima instancia, la ausencia de agricultura y uso de maíz e incensarios dan la impresión de estar frente a una expresión de práctica cultural más fundamental, lo que conduciría a rechazar la idea de que esto nuevos migrantes en el Pacífico de Nicaragua fueran refugiados étnicos del centro de México. En futuras investigaciones debemos expandir nuestro rango de estudio, para documentar rasgos culturales de otras regiones que se observan en el registro arqueológico —la presencia de cerámica tipo Delirio durante la transición del periodo Bagaces/ Sapoá sugiere que El Salvador puede ser un lugar hacia donde dirigir la investigación.
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El papel del templo en el paisaje pipil: Excavaciones de un templo postclásico en la zona de los Izalcos
Kathryn Sampeck
El reconocimiento de la valle del río Ceniza, realizado entre los años 1994 y 1995, estuvo enfocado en Izalco colonial. El proyecto investiga un área desconocida arqueológicamente, pero muy rica en documentos históricos que pertenecen a la conquista española y los pipiles. Preguntas muy importantes para los investigadores eran ¿cómo se distingue a los pipiles arqueológicamente? ¿Cómo era la vida cotidiana de los piples antes la conquista española? En este ensayo presentamos datos sobre un solo lugar, sin embargo, este sitio donde ubicamos un pequeño templo, es una llave para entender el pasado. Por medio de evidencia del uso y colocación de una estructura, veremos que principios nahuas nu-
trían la organización sociopolítica y ritual en el postclásico tardío en la zona occidental de El Salvador.
Historia de las excavaciones
El rescate de la zona del bypass fue un proyecto que contó con colaboración de varios ramos del gobierno, organizaciones no gubernamentales y cooperación internacional. El Proyecto de Rescate del Bypass de Sonsonate fue iniciado por Concultura, por medio de la Dirección de Patrimonio Cultural y el Departmento de Arqueología. Por medio de una llamada telefónica a las 7:30 de la mañana, en el año 1994, oficiales de Concultura nos informaron de que ya había comenzado la construcción de una nueva secLa Universidad 113
ción de carretera —el bypass de Sonsonate. La carretera estaba metida en el corazón del área de nuestro interés: la zona pipil. La zona de construcción de la carretera fue ubicada entre Izalco, Nahulingo y Sonsonate. El Ministerio de Obras Públicas, especialmente la Dirección General de Caminos, proporcionó la mayoría del trabajo y los implementos para investigar la zona. La programa Fulbright de los Estados Unidos compró herramienta, implemento y abastecimiento arqueológico. El Patronato Pro-Patrimonio Cultural proveía de fondos para pagar vigilancia y proteger las excavaciones. Todos los artefactos son parte de la colección del Museo Nacional ‘David J. Gumán’. Hicimos un reconocimiento de la ruta de la carretera y encontramos un montículo de un metro de altura y una serie continua de sitios pequeños de casi todas épocas. Propusimos la excavación de los sitios en mayor peligro y además, un mayor reconocimiento de la zona. Los oficiales de Obras Públicas cumplieron con la mayoría de nuestros pedidos e hicimos excavaciones extensivas de un montículo pequeño, registrado con la designación Sitio 18 y aqui llamado Conacaste. El sitio arquelógico está ubicado en el municipio 114 La Universidad
de Izalco y pertenece a las fases cronológicas de Irraraga y López (ver abajo), el postclásico tardío y la conquista española. Además, siendo excavaciones de rescate, las excavaciones del montículo de Conacaste eran parte de un programa de pozos de sondeo para entender las características de deposición del suelo, secuencias de cambios de cultura material y formas arquitectónicas. Las excavaciones extensivas del Conacaste investigaron detalles de la construcción de una estrutura bien preservada. Otras excavaciones de siete lugares más investigaron pequeñas casas coloniales y rasgos de todas épocas. Antes de continuar con la descripción de los métodos, tenemos que discutir la secuencia cultural en la zona de los Izalcos.
Fases cronológicas
El reconomcimiento del valle del río Ceniza proporcionó datos abundantes sobre cambios en cultura material durante toda la ocupación humana en la zona (ver Tabla 1). El tema de este ensayo requiere un resumen de los períodos antecedentes y siguientes al postclásico tardío.
Tabla 1. Fases cronológicas del valle del Río Ceniza
Fecha
A.D. 1880 - 1900 A.D. 1825 - 1880 A.D. 1650 - 1825 A.D. 1580 - 1625 A.D. 1500 - 1580 A.D. 1100 - 1500 A.D. 800 - 1000 A.D. 600 - 800 A.D. 425 - 600 A.D. 200 - 450 400 B.C. - A.D. 200 700 - 400 B.C. 1100 - 700 B.C.
Período
República República Temprano Colonial Tardío Colonial Temprano Conquista Española Postclásico Tardío Clásico Terminal Clásico Tardío Clásico Medio Clásico Temprano Late Preclassic Middle Preclassic Early Middle Preclassic
Fase
Tensun II Tensun I Shupan Marroquin Lopez Irarraga Herrera Guzman Garcia Fuentes Diaz Cerrato Cepeda
Fase Herrera (clásico terminal / postclásico temprano, d. C. 800 a 1000) El periodo del clásico terminal sería testigo de una dramática despoblación, evidenciada por el bajo número de sitios en la zona. Los sitios anotados eran generalmente más pequeños que los del clásico tardío. Los centros importantes del clásico tardío todavía tenían habitantes, pero conformaban un asentamiento minúsculo comparado a la población que antes ocupaba el lugar. La cerámica se distingue por jarros con bordes exagerados y encorvados, atributos semejantes a los de la fase antecedente, pero todavía más exagerados. La cerámica importada incluye Delirio
Rojo sobre Blanco, Plumbate Tohil y efigies en cantidades bajas. Platos para ofrenda de Bambudal Rojo con soportes incisados con imágenes de Tlaloc son comunes y diagnósticos del periodo. La pasta de la cerámica en general tiene más inclusiones de mica que las fases anteriores. Una pasta dura y roja como un ladrillo se mira frecuentemente. Jarros con cuellos cortos y bacínes con engobe rojo y bruñido son formas de tratamiento de la superficie que caracterizan el periodo. Incensarios del tipo Las Lajas son parte de este ensamblaje.
La Universidad 115
Fase Irarraga (postclásico tardío A.D. 1100 a 1500) En la fase Irarraga, el asentamiento sería más extensivo que en la fase Herrera. Los asentamientos eran colocados en zonas que proveían acceso al control del agua, como vados. El tipo cerámico más común fueron los cajetes y jarros con engobe rojo y bruñido y una pasta muy dura y roja, con pocas inclusiones. El tipo cerámica Catalina Rojo sobre Blanco estaba conformada casi exclusivamente por cajetes con lados delgados y encorvados, adornados con motivos geométricos como grecas y volutas. Otro tipo de cerámica común era Gines Café, análogo al Grupo Joateca, designado en Chalchuapa. Esta cerámica lleva mangos anchos o de lóbulo (lug) y una superficie bien lisa, la pasta contiene cantidades de arena. Los incensarios de este período eran espigados y algunos eran del estilo Mayapán, con efigies de animales (monos) y dioses, particularmente, Xipe Totec. Prácticamente todos los artefactos que salieron de las excavaciones descritas pertenecen a la fase Irarraga.
Fase López (conquista española, A.D. 1500 a 1580) Durante las décadas de la conquista española y los años subsiguientes, el asentamiento era centralizado, posiblemente el resultado de un proceso de congregación. Además, la cantidad de sitios eran bajos —parecía el resultado de la despoblación ocasionada por las guerras de Conquista y pandemias de enfermedades del Mundo Viejo. Cerámicas típicas de esta fase son Teshcal Rojo sobre Natural y Cirilio Rojo sobre Gris. Los diseños presentes en estos tipos eran muy semejantes a los de Catalina Rojo sobre Blanco, pero con pastas distintivas. La pasta del tipo Teshcal es café claro, y la de Cirilio es gris, con inclusiones de mica observables. La cerámica utilitaria es semejante al Grupo Gines, incluyendo ollas grandes con mangos anchos horizontales o jarros con asas de lóbulo (lug) y todas con una superficie bien lisa. Cajetes de molcajete se encuentran frecuentemente. Las asas de efigie son encontradas por cántaros. En cambio, los incensarios espigados son más raros, estos tienen forma de vaso y el tipo cerámica de Vajilla (ware) de Guatemala de Mica.
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Metodología
La misma metodología fue empleada por todas las excavaciones. Los pozos de sondeo midieron 2 x 2 m, orientados por las ajas de la estructura. Típicamente, se excavó al nivel del humus, en un solo nivel; los niveles siguientes eran removidos en niveles de 20 cm. Al encontrar un cambio en el suelo, excavábamos en niveles naturales. Cuando un nivel natural era más profundo que 20 cm, dividíamos el nivel natural en niveles arbitrarios de 20 cm hasta llegar a la base del nivel natural. Por lo menos, excavamos un pozo de sondeo hasta el subsuelo (suelo sin restos orgánicos o artefactos) para entender la secuencia de ocupación completa.
Sitio Conacaste
Estructura 1: Un templo ceremonial Antes de excavación, la estructura era un montículo bajo material esparcido con tiestos del período colonial temprano y postclásico tardío (Figura 1). La estructura se ubicó por una alta terraza del río que se amplía hasta un plano pequeño. Los suelos no son muy profundos, pero en esta área se ve una loma pequeña y los suelos
un poco más profundos al rumbo oriente, más cerca el río Quequeisquillo. La estructura estaba dañada por saqueos anteriores y por actividades de arado y cultivo de caña. Considerando estas condiciones, la estructura estaba bien preservada. La mayoría de los muros, un empedrado y los rasgos enterrados estaban todavía intactos hasta el momento de excavación. Los muros estaban completamente cubiertos con suelo erosionado del relleno de la plataforma. Las excavaciones revelaron una subestructura compuesta por muros de apoyo, construido con piedras del río y el relleno estaba hecho de una mezcla de barro y piedra (Figura 2). La tercera parte del lado oriente de la estructura lleva un empedrado de piedra del río. Al lado poniente se encuentra una escalera de dos escalones (Figura 3). Otro escalón estaba al lado sur, muy cerca, mostrando el camino al empedrado y a la superficie de la plataforma. Los primeros pozos estaban ubicados en línea, en dirección oriente-poniente y dividían el montículo por la mitad. Los primeros niveles de excavación encontraron bastante piedra al lado oriente y prácticamente nada de piedra al lado poniente. El suelo era bien duro, un sedimento La Universidad 117
Figura 1. Estructura 1 de Sitio Conacaste antes de excavación. Rumbo al sur.
Figura 2. Estructura 1 de Sitio Conacaste depués de excavación. Rumbo al noreste.
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fluvial de una mezcla de barro y arena. Con la luz de la mañana, logramos observar la estratificación fina del barro bajo la zona de arado, indicando que el relleno era húmedo, posiblemente colocado mientras llovía. El suelo bien compacto en toda la estructura indica que el metódo de construcción era de barro lodazalado. Los primeros niveles no tenían muchos artefactos, pero los cambios en la cantidad de materiales sugiere que los constructores del templo ocuparon fuentes diferentes para el relleno. Generalmente, el lado oriente llevaba menos inclusiones. El relleno estaba húmedo al momento de la construcción y era barro casi puro en la zona oriente-sur, mientras que en el área adjunta al muro, por el lado poniente, el suelo tenía más arena. Un poco más al norte, el relleno otra vez llevaba más barro. Fue difícil identificar el nivel de humus anterior (la superficie donde se construyó la estructura). El tercer nivel de excavación de la estructura llegó hasta la base del muro de apoyo, y el cuarto nivel llegó a la base de las construcciones y los rasgos anteriores.
Estructura 1-sub Después de los primeros niveles de excavación encontramos menos piedra; posiblemente esto sea un resultado de la ubicación, en un nivel más abajo que la superficie de arado. Estos niveles más profundos eran menos desordenados. La abundancia de piedra al lado oriente probablemente representa el movimiento del empedrado por el arado. La presencia de rasgos de construcción y preconstrucción nos guiaron en las divisiones de niveles de excavación. Los rasgos más profundos encontraron los restos de la primera fase de excavación, la Estructura 1-sub. La evidencia de la Estructura 1-sub era una pared ubicada a un nivel más profundo que los muros del templo, y a orientación diferente. Detalles de construcción El muro norte tenía rasgos con grandes cantidades de piedra. Suponíamos que estos rasgos de piedra eran la base del muro, sin embargo, en algunas zonas no tiene su misma orientación. Es posible que estos rasgos pertenecieran a una estructura anterior. Consecuentemente, la cercanía con el muro norte es la ubicación más probable de la Estructura La Universidad 119
Figura 3. Plano de las excavaciones de la Estructura 1, Sitio Conacaste.
Figura 4. Fachadas y secciones de la arquitectura de la Estructura 1, Sitio Conacaste. a. sección de aja primario; b. fachada del muro poniente; c. fachada del muro sur; d. sección de aja secundario;e. fachada del muro poniente de la superestructura.
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1-sub. Las excavaciones por el lado exterior del muro norte demostraron que los restos de esta estructura pasaron bajo del muro norte, separados por aproximadamente 40 cm del suelo. Más abajo de la Estructura 1-sub se encuentra el subsuelo. Los muros de apoyo del lado oriente estaban construidos en un solo episodio y medían un metro de ancho (Figura 4). Es posible que la fachada exterior estuviera soportada por una trinchera antes de levantar los cursos de piedra. Rocas grandes y oblongas eran ocupadas en forma de viga voladíz (Figura 4). Los albañiles escogieron piedra natural en la forma apropiada para hacer una viga voladíz, una construcción semejante a los muros mayas. El lado oriente de la estructura era notable por la evidencia de que el muro y sus rasgos asociados seguían a mayor profundidad que los muros de otros lados, especialmente del lado oriente. Los muros de apoyo al lado poniente tenían uno o dos cursos, mientras el lado oriente tenía más cursos (4 o 5). La esquina sureste era más profunda que las demás. Esta parte es la más cercana a la quebrada, pero parecía que no había ninguna cuesta obvia. La arquitectura, sin embargo, tiene más asociación con
la de Naco, Honduras, aunque la construcción de piedra del río es muy común en el suroeste y parte central de Honduras. Esta conección a Naco no es una sorpresa, ya que Wonderley propuso que los edificios del postclásico tardío están asociados con cerámica distintiva que indica una presencia pipil. Rasgos Esperamos que la excavación de los rasgos profundos y llenos de piedra iban a explicar por qué la esquina sureste estaba tan profunda, así como las funciones de los rasgos. Varios rasgos con piedra del río probablemente eran los restos de muros caídos, posiblemente resultado del saqueo. Algunos de estos rasgos con piedra estaban aún más profundos, más abajo que la zona de saqueo, además de estar hechos anteriormente o al momento de la construcción del templo. Después de la excavación, estos rasgos profundos parecían bajos. Tal vez los constructores tuvieron que quitar árboles antes de construir el templo y llenaron el vacío resultante con piedra, o existían unos bajos en la zona por otras razones. Los rasgos no indican que rasgos clásicos o preclásicos causaran el hundimiento del suelo, además, La Universidad 121
Figura 5. Rasgo 3, una ofrenda de incensarios en la Etructura 1, Sitio Conacaste. Rumbo al sur.
Figura 6. Incensarios del Rasgo 3 ofrenda. Arriba: efigie de mono. Izquierda, bajo: pie de Xipe Totec, incensario estilo Mayapán-style censer.
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no tenían ningún artefacto como ofrenda. Resulta que la esquina baja de la estructura se debía a la topografía precedente. Los arquitectos antiguos añadieron más cursos en los muros de apoyo, para compensar la cuesta. La estructura superior (superestructura) se indicó por la presencia de un empedrado. Este piso de piedra estaba construido con un solo nivel de piedra, a veces contenía pedazos de talpetate o rocas pequeñas. El relleno más bajo del empedrado llevaban barro y cantidades bajas de piedra, como el resto del relleno de la estructura. Una mancha de poste (postmold) grande (Rasgo 22) parecía ser parte de la construcción del templo. Desfortunadamente, no encontramos más manchas de poste. Entonces, es dificil decir con seguridad qué tipo de estructura podría haber apoyado el poste, pero es razonable decir que un poste en este lugar podría estar soportando un techo para la superestructura. Otros dos rasgos eran parte del uso y la construcción del templo. El Rasgo 2 era un pozo pequeño cerca el centro de la plataforma y contenía tiestos y piedra del río. El borde del pozo estaba quemado pero no tenía nada de ceniza ni materia-
les carbonizados. Es posible que este rasgo fuera un fogón para uso doméstico o ceremonial. El otro rasgo, Rasgo 23, tenía relleno con pocas cantidades de tiestos y mostró bordes definidos en el pozo. Es posible que este pozo se hubiera ocupado para almacenaje. Rasgo 3: Una ofrenda El Rasgo 3 era el más interesante de la estructura y sugiere que la estructura funcionaba como un templo: era una ofrenda que contenía varios incensarios quebrados y colocados en una cripta (Figura 5). El relleno era distinto al relleno de barro casi puro de la plataforma en que se hallaron bastantes tiestos, pedazos de carbón y bajareque quemado. El suelo era homogéneo, pero más oscuro y arenoso que el relleno de la mayoría de la estructura. La parte superior del rasgo parecía un altar, construido de un empedrado de piedra pequeña y una fachada norte de empedrado también. Los fragmentos de los incensarios estaban encima el empedrado, en una matriz con mucha ceniza y fragmentos de bajareque quemado y carbón. Encima de los tiestos de incensarios había un nivel de tierra quemada que contenía fragmentos La Universidad 123
carbonizados de huesos de animales. En un nivel más bajo que el empedrado había un cimiento de piedra grande, es decir, otro nivel de empedrado. A la base de este nivel de empedrado, encontramos numerosos fragmentos de piedra quebrada por fuego. De este modo, el Rasgo 3 empedrado estaba formado por varios niveles de piedra que sostenían los incensarios. Encontramos el borde del pozo excavado en la plataforma para hacer la ofrenda. La evidencia del borde del pozo indica que se debería excavar en el relleno de la plataforma y que la ofrenda no fue construida al mismo momento que la plataforma. Rasgo 3 es la única ofrenda de la estructura. El motivo de la ofrenda era ceremonial. Esta función estaba indicada por los contenidos del rasgo: incensarios. Otros fragmentos de vasijas eran cajetes que pudieron servir para ritos también. Los contenidos de la ofrenda mostraban tres características importantes: 1) una variedad de incensarios; 2) todas las vasijas estaban incompletas; 3) los restos se ubicaron en una cripta. Los incensarios de la ofrenda tenían varias formas, incluyendo formas espigadas, una efigie de mono y un gran jarrón decordado con Xipe Totec en alto relieve, estilo 124 La Universidad
Mayapán (Figura 6). Estas características sugieren una serie de etapas o fases de un rito como Tlacaxipehualiztli o una serie de ritos que eran enlazados por razón de función o importancia mitológica. Tlacaxipehualiztli era la fiesta de despellejo que sucedía en la primavera. Los ‘dueños’ del pellejo prestaban el pellejo a imitadores del dios Xipe Totec, quien llegaba a la comunidad a pedir almas y dar bendiciones para un periodo de 20 días. Es posible que Xipe esté menos asociado con la fertilidad que con el gobierno y la guerra. El hecho que los incensarios no estaban completos sugiere que eran quebrados en otro lugar y luego los celebrantes recogían los pedacitos y los echaban en la cripta para quemarlos. La colocación de los restos en una cripta evoca el ceremonialismo de un entierro. Este punto final, en un escenario mortuorio, es crucial para enteder la función y la significación de la ofrenda. Becker propuso que algunos entierros mayas se pueden entender como ofrendas para los templos que los cubre, en vez de que los templos sean monumentos a los que están sepultados adentro. Los entierros podían ser ofrendas al dios de la tierra. Las ofrendas que incluyeron restos humanos ayuda a ‘impregnar’ el
contexto y proveer la base para renovar la vida. De este modo, la ofrenda es un entierro porque tiene restos humanos, pero la función del rasgo es la de una ofrenda. Becker expuso que este continuo conceptual de ofrendas y entierros no estaba limitado al mundo maya o a la clase elite. Es posible extender la función de ofrendas todavía más. Las ofrendas sin entierros humanos se podrían considerar entierros. Según Nagao, en el pensamiento azteca, el concepto de poder sagrado de un dios se puede representar por medio de un imitador, un ídolo u otro entramado conceptual que lleve las insignias de un dios. En este ámbito de equivalencias, un dios podrá ser enterrado por medio de la ceremonia de la ofrenda. Nagao propuso que las ofrendas de esculturas de Tonacatecuhtli y su entierro como víctima de sacrificio proveía las semillas para sustancia en el futuro. La quema de ofrendas es relativamente rara, pero algunas se han encontrado en el Templo Mayor de Tenochtitlan y en Tlatelolco. Por lo menos, un dios enterrado en el sitio Conacaste era Xipe Totec, patrón de orfebres y gladiadores y del renovamiento agricultural. Es posible que los pipiles de la zona de Izalco sacrificaron la efigie de Xipe Totec en un esfuerzo de des-
arollo económico, político y social. Antes del templo. A un nivel más profundo que el templo encontramos artefactos preclásicos. El rasgo 14 era un pozo bien definido y rellenado con tiestos grandes de ollas, en un buen estado de conservacón. El estado de los contenidos sugiere que era una deposición de un solo momento y no una acumulación gradual de materiales. Para entender la estructura mejor, tenemos que examinar el paisaje alrededor. ¿Cómo era el contexto del templo? Esperamos que el templo fuera el corazón de la comunidad pipil. A continuación describimos las estructuras más cercanas al templo, designado Sitio 26. Sitio 26 El Sitio 26 se encuentra aproximadamente 100 m al norte del Sitio Conacaste (Figura 7). Parte de la construcción de la carretera bypass requería la remoción de los primeros 30 cm del suelo en toda el área de construcción. En muchas partes de esta zona el suelo no era muy profundo, por consiguiente, estamos seguros de que no había nada de otras estructuras alrededor de Conacaste. El Sitio 26, antes de la excavación, parecía un grupo de piedras La Universidad 125
Figura 7. Mapa de la región de reconocimiento del valle del Río Ceniza, con detalle de los sitios Conacaste y 26.
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de río en la cima de una loma baja, en un cañal en la llanura al poniente del Río Quequeisquillo. El sitio se presentó como otros en el valle, acumulaciones de piedra y tiestos no asociados con un montículo. Observamos tres concentraciones de piedra, uno al norte, otro en el centro y otro al sur. Las excavaciones revelaron tres estructuras mal preservadas, la piedra en la superficie correspondía a los lugares de las estructuras (Figuras 8 y 9). Las estructuras estaban formadas con piedra rasca pero labrada y piedras grandes de río. Después de que la maquinaria quitó el humus de la zona no notamos otras estructuras. El suelo en esta zona era de 10 cm hasta 50 cm de profundidad, por lo cual estamos seguros de que estas tres estructuras son todas las edificaciones del área (Figura 10). Estructura 2. Esta zona no tenía tanta piedra como el centro y el sur, pero la estructura estaba relativamente bien preservada. La Estructura 2 descubrió una esquina suroeste y una pared al sur. No podíamos definir las otras partes de la estructura. El rasgo 1 era un pozo que llegó unos centimetros adentro el subsuelo, el cual consiste en esta zona en piedra podrida (saprolite).
Estructura 1 y 3. El grupo de piedras de río correspondía a los restos de dos estructuras. Las paredes estaban construidas con piedras de río y roca rasca. El piso de las estructuras era difícil de percibir, pero unos artefactos estaban alineados por un solo nivel. Las paredes se levantaron encima de un nivel de humus antiguo. La base de las paredes de la Estructura 3 era un poco más profunda que la de Estructura 1, llegando aproximadamente 40 cm abajo de la superficie actual. Unas de las piedras visibles antes de excavación era in situ en las paredes. En medio de los grupos de piedra al centro y al sur, el suelo era relativamente profundo, pero no observamos rasgos culturales, mucho menos huellas de arado. Asimismo, las excavaciones en la zona del grupo sur de piedras no revelaron rasgos o edificios, aunque la superficie mostraba abundante piedra. Estas piedras fueron colocadas por razones culturales y probablemente representan los restos de una estructura que no sobrevivió a la destrucción por arada. Es posible que fuera un grupo espurio de piedra causado por la acción de la arada. Ya que la piedra ocupó una zona distinta, es más probable que estaban relacionados a otra estrutura en vez de ser La Universidad 127
Figura 8. Mapa en plan de las excavaciones de Sitio 26.
Figura 9. Foto de las estructuras del Sitio 26, rumbo al norte
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materiales de las Estructuras 1, 2 o 3. La imagen que estas excavaciones nos presentan es la de un templo aislado cuyas estructuras más cercanas no corresponden a la elite. ¿Cómo es esto posible? El templo debe ser el corazón de la comunidad y para las antiguas civilizaciones el templo es una fuente de poder. Para entender mejor el rompecabezas de este patrón de asentamiento, tenemos que discutir algunos principios nahuas.
El puesto del templo
El historiador James Lockhart propuso que el mundo nahua antes y después la conquista española, era una unidad en varios aspectos. Una zona extensa ocupó los mismos conceptos políticos, económicos y sociales. El alcance de estas similitudes llegó mucho más allá de México, ya que los pipiles izalcos ocuparon la misma terminología y los principios organizacionales. Dos de los principios nahuas eran la simetría y la independencia. Ahora bien, la unidad política de los nahuas era el altepetl. Cada altepetl tuvo su territorio, templo, dioses especiales, consejo y líder, un teuctli o tlatoani. Cada altepetl era independiente y cada una de sus partes constitutivas (el calpulli) representó la independencia del altepetl.
Lockhart llamó este sistema ‘celular’, ya que cada componente tenía la potencialidad de ser una entidad independiente. Las preferencias nahuas a favor de la simetría y la independencia en la organización, resultó en un patrón de asentamiento esparcido, ya que los asentamientos eran en intervalos iguales. El patrón celular se han encontrado en el valle de México y otras zonas. En el presente caso, propongo que esta estructura representa el concepto ‘celular’ llevado al extremo. Normalmente, el templo está ubicado en el asentamiento principal, rodeado por casas elites y edificios gubernamentales. La razón de su ubicación en forma aislada fue la de proveer un aceso igualitario a toda la comunidad. La independencia del altepetl se encarnó en el templo, por medio del requisito de movimiento a través del altepetl para realizar las actividades principales. Toda la gente, sin importar su rango, tenía que pasar el paisaje del altepetl para usar el templo. Los ritos y las ceremonias no tuvieron que estar colocados en una villa o capital, porque era parte del paisaje pipil. La jerarquía política creó una red de poder penetrativo en todo el paisaje. Ellos pudieron mantener su poder sin observar el templo constantemente. La unidad políLa Universidad 129
Figura 10. Perfil del muro oriente, Unidad 4 del Sitio 26.
tica no se debió entonces porque el poder estaba concentrado en un solo lugar, sino todo lo contrario, ocurrió gracias a la dispersión, para que todos los elementos de la vida social, política, e económica —el callialli (hogar), el calpolli, y el altepetl— eran mantenidos por la jornada a través del paisaje de los Izalcos.
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Atalaya, un sitio preclásico en las costas de Acajutla
Fabricio Valdivieso
Resumen Atalaya (registro 6-4) es un sitio arqueológico cercano a la ciudad de Acajutla y ubicado en el cantón El Coyol, departamento de Sonsonate. El sitio representa un asentamiento costero del período preclásico medio y tardío, entre el 900 a.C. y el 250 d.C., y está localizado a 1.5 km de la costa oceánica, contiguo a los ríos San Pedro y Sensunapán. Para el periodo de asentamiento, estos últimos debieron representar una significativa fuente de insumos para la subsistencia. Tanto Atalaya como otros sitios arqueológicos de la misma época, localizados en la costa pacífica (desde el Soconusco en México hasta El Salvador), forman parte de una red de
asentamientos que vivieron de la caza, la recolección, la explotación del medio y la agricultura durante todo el período preclásico. Las relaciones entre un sitio y otro aún son objeto de estudio de los arqueólogos, sin embargo, se especula que estos asentamientos en épocas más tempranas desarrollaron sus propias modalidades culturales. Estas están expuestas en los artefactos —sobre todo en la cerámica— que en ocasiones logran diferenciar variantes estilísticas entre un asentamiento y otro, aunque con frecuencia se perciben claras semejanzas, sinónimo de contacto o intercambio. Los asentamientos más tardíos del preclásico denotan una clara estratificación social, con redes de intercambio establecidas y regioLa Universidad 133
nalizadas, lo cual es un importante foco de interés para los investigadores del pasado. Para muchos arqueólogos y académicos, por su temprana periodización, estos sitios preclásicos formaron las bases de las grandes culturas que habitaron la región en épocas posteriores, como es el caso de los mayas del período clásico. Los límites funcionales de Atalaya aún no han sido establecidos con precisión, sin embargo, se sabe de la existencia de montículos y restos de material arqueológico diseminados en la superficie en diferentes sectores dentro de un área no mayor de 1.5 km2, con dirección a la costa y a los márgenes de los ríos San Pedro y Sensunapán, sector que hemos reconocido en este caso como ‘Llano de Atalaya’. El estudio realizado tiene por objeto definir los límites funcionales y estructurales del sitio arqueológico Atalaya dentro de la porción localizada en un terreno no mayor de 40 mz., contiguo al río San Pedro en la hacienda del mismo nombre: Atalaya. En dicho espacio se pretende ejecutar un proyecto de construcción denominado Planta Generadora de Energía Eléctrica, bajo la responsabilidad de PROGELCA S.A. de C.V., la misma entidad que patrocina el presente estudio. 134 La Universidad
El presente documento define, mediante la observación de estratos y la recuperación de artefactos en las 66 operaciones realizadas, el componente arqueológico contenido en la propiedad. Cada excavación fue controlada mediante niveles arbitrarios de 20 cm cada uno, cuya tierra fue cernida para recuperar la totalidad de la evidencia humana contenida en el subsuelo. Las excavaciones profundizan hasta estratos libres de evidencia arqueológica y en ocasiones se detienen sobre las superficies culturales. El material extraído fue lavado, contado, clasificado y almacenado en bolsas herméticas marcadas y cajas plásticas. Dichas excavaciones han permitido definir la frecuencia espacial y temporal del material arqueológico contenido, la profundidad de localización de contextos culturales y el reconocimiento tipológico de artefactos que sugieren aspectos culturales relacionados a los antiguos habitantes del área. Los resultados finales reconocen la extensión del asentamiento prehispánico en la propiedad, en la cual se pretende ejecutar el proyecto constructivo antes referido. Los resultados del análisis de artefactos permiten concluir que Atalaya se trata de un sitio
que debió establecerse durante el período preclásico medio, alrededor del 900 a.C. y fue abandonado en algún momento del preclásico tardío, alrededor del 250 d.C. La cerámica tiene relación dentro de los complejos Colos (900-650 a.C.), Kal (650-400 a.C.), Chul (400-200 a.C.) y Caynac (200 a.C. – 200 d.C) definidos por Roberto J. Sharer para la región de Chalchuapa. Los estudios arqueológicos en la región han sido muy escasos. De este modo, las actividades de intervención arqueológica aquí realizadas robustecen el acervo científico-cultural de la región central y oriental de El Salvador y sus vínculos con otras regiones. Se espera que los resultados del presente estudio sirvan de herramienta científica para futuras investigaciones, en la promoción de la historia arqueológica de la localidad y el reconocimiento de los procesos evolutivos de las sociedades prehispánicas desde las más remotas épocas.
Ubicación y área de estudio
El proyecto Planta Generadora de Energía Eléctrica se encuentra ubicado en el cantón El Coyol, municipio de Acajutla, departamento de Sonsonate, en las coordenadas Lambert 0409414
y 0276639, N 13º36’34” y W0 89º50’13.49”. Comprende un área no mayor de 279,558 m2, equivalentes a 40 mz. Esta propiedad limita al norte y noreste con el río San Pedro, al oeste y sur con terrenos propiedad de Mario Enrique Olivares y Rafael Antonio Olivares y la PETENERA S.A. de C.V. En una pequeña porción al este, limita con la propiedad de Roxana María Argueta. El sitio se localiza a 1.5 kilómetros hacia el suroeste de la costa y a 1.8 de la ciudad de Acajutla. El terreno está conformado por suelos barrosos con plantación de caña. En los terrenos próximos se tienen bosques y mangle, cocoteros y áreas fangosas en invierno, algunas zonas son utilizadas para el pastoreo. La zona que localiza el sitio arqueológico Atalaya, dentro de la hacienda del mismo nombre, se ubica en un llano contiguo a la costa, con dos ríos: el río San Pedro y el río Sensunapán. El sector de mayor concentración de material arqueológico en superficie se localiza en las áreas contiguas al denominado Montículo Principal y sobre este, espacio que no excede los 60 m de largo y 30 m ancho promedio. La observación en superficie es limitada por la plantación de caña. La Universidad 135
La propiedad ha sido moderadamente afectada por la remoción de suelos ocasionada por maquinaria pesada para dar lugar a una calle rural, alterando parcialmente el montículo principal. Otras afectaciones de consideración en la zona son propiciadas por el arado y actividades antrópicas relacionas con la agricultura industrial.
Antecedentes
Atalaya está localizada en el Departamento de Arqueología de la Secretaría de Cultura, según la ficha 6-4, registrada por Manuel Méndez. Atalaya se localiza en los cantones El Suncita y Atalaya, del departamento de Sonsonate, 4 km al noroeste de la ciudad de Acajutla. El registro oficial del sitio
Figura 1. Ubicación del sitio arqueológico Atalaya. Tomado de Google Earth 2009, adaptado por Fabricio Valdivieso.
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Figura 2. Ubicación y área en estudio. Tomado de Google Earth 2009, adaptado por Fabricio Valdivieso.
Figura 3. Ubicación del Montículo Principal dentro de la propiedad. Tomado de Google Earth 2009, adaptado por Fabricio Valdivieso.
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Figura 4. Levantamiento topográfico del sitio. Por Toponort S.A.
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Figura 5. Montículo Principal dentro de la propiedad. Tomado de Google Earth 2009, adaptado por Fabricio Valdivieso.
Figura 6. Montículo Principal dentro de la propiedad. Tomado de Google Earth 2009, adaptado por Fabricio Valdivieso.
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carece de fecha, sin embargo, otras referencias hacen suponer que estos registros debieron efectuarse a finales de la década de 1970 y posiblemente a principios de 1980, época en que Manuel Méndez debió laborar para Patrimonio Cultural. Según Méndez, este sitio inmediato a la playa se encuentra formado por tres montículos, uno de los cuales se expone parcialmente excavado. Wolfgang Haberland hizo referencia al sitio por primera vez en su publicación de 1977, ‘Un Complejo Cerámico en el Occidente Salvadoreño’, en Colección de Antropología e Historia Nº 12, publicado originalmente en inglés en 1956: ‘A pre-classic Complex of Western El Salvador’. Para Haberland, este sitio constaba de tres montículos pequeños, entre los cuales, el número 2 fue objeto de investigación mediante una trinchera. De esta investigación se lograron recuperar evidencias que sugieren una temporalidad y posibles relaciones con otros sitios de la misma época. El montículo Reich, según Haberland, estaba formado de tierra y materiales cerámicos. Sus estudios son comparados con los materiales recuperados en Atiquizaya, un sitio aparentemente de la misma época que Atalaya localizado en el departamento de Ahuacha140 La Universidad
pán. Atalaya, según Haberland, presenta la misma cerámica que Atiquizaya, aunque con variantes importantes en las formas de la figurillas y en la cerámica. Según el arqueólogo, uno de los hallazgos más importantes en Atalaya lo representan fragmentos con decoración polícroma sobre una base roja, los cuales son comparables con piezas polícromas preclásicas encontradas en los altos de Guatemala, aunque no se tienen en Atiquizaya. Para Haberland, las semejanzas de artefactos entre las regiones de Atalaya y Atiquizaya permiten sugerir la existencia de un complejo cerámico del periodo preclásico. Se tiene también una referencia más remota sobre la zona; esta es otorgada por Jorge Lardé en 1926, relacionada a un sitio localizado en la misma zona, contiguo a la salida a la playa. Este sitio es denominado Bocas del Sunzunat: «En los sedimentos de este río (departamento de Sonsonate), se han encontrado objetos arqueológicos; un estudio determinado de ellos conducirá probablemente al establecimiento de la sucesión de las civilizaciones indianas en la provincia de los Izalcos». [Lardé, 1926]. Esta misma referencia es publicada por John Longyear III en 1944: «In the terraces of this river have been found
archaeological specimens. A careful study of these will probably lead to the establishment of the succession of Indian civilization in the province of the Izalcos». [Longyear III, 1944]. Este sitio está registrado con la ficha 6-5 en los cuadrantes de registro del actual Departamento de Arqueología, registrado también por M. Méndez. Según la ficha, está localizado contiguo a la costa, en las tenazas del río Sensunapán y río San Pedro, en Acajutla. Méndez hace constar que entre los sedimentos del río se perciben fragmentos arqueológicos, sin dar mayores datos. Luego de varias décadas, la primera inspección técnica se hizo efectiva el día 17 de febrero de 2009, por Julio César Alvarado, miembro del Departamento de Arqueología del entonces Concultura. Dicha inspección se realiza en virtud de una solicitud de inspección por parte de la empresa PROGELCA S.A. de C.V. El resultado de aquella primera inspección propició la redacción de un informe y una resolución de carácter jurídico, las cuales confirmaron la existencia de un sitio arqueológico en la propiedad. Dicho sitio expone material arqueológico en la superficie y un montículo de aproximadamente 5.5 metros de altura, deno-
minado ‘Montículo Principal’. Este yace sobre una plataforma larga de forma arriñonada con orientación desviada 18º del norte, con un poco más de 70 m de ancho y aproximadamente 100 m de largo. Las primeras evaluaciones del material hacen suponer que se trata de un asentamiento del periodo preclásico, sin mayores datos. De este modo se pidió a la empresa la ejecución de actividades de investigación arqueológica en el área, siendo necesario que todo trabajo que contemple la remoción o alteración del subsuelo quede estrictamente prohibido sin antes presentar un estudio técnico. Se esperaba que el estudio arqueológico requerido mediante excavaciones de sondeo permitiera delimitar las áreas de protección a las evidencias culturales contenidas. El 27 de julio del mismo año se realizó una segunda inspección arqueológica en la zona, por el Lic. Fabricio Valdivieso, arqueólogo contratado por la referida empresa. Se confirmó la presencia de material arqueológico en mediana densidad, concentrado en el sector del Montículo Principal, el cual ha sido parcialmente alterado por construcciones modernas.
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Los antecedentes regionales relacionados al período preclásico y a la costa occidental se orientan hacia la evaluación de sitios como Aguachapío (Registro 2-8), localizado cerca del río Aguachapío, en el municipio de Jujutla (departamento de Ahuachapán). Este sitio consta por lo menos de tres montículos con materiales culturales presuntamente del período preclásico tardío. Según la ficha de registro, el Montículo 1 mide aproximadamente 3 m de altura y 30 m de ancho con una orientación oriente-poniente, y 70 m de largo con dirección de norte a sur. Aguachapío, registrado en 1986, exhibía para aquel entonces varias decenas de perforaciones de saqueo, algunas viejas y otras recientes, según la ficha. El Montículo 2 podía ser de iguales dimensiones, pero al momento del registro, en 1986, no fue posible acercarse debido a un espeso cultivo de caña madura. Según la fuente, el Montículo 3 ha sido dañado por la actividad agrícola e intensivamente saqueado. Este último mide alrededor de 20 m de diámetro y tan solo un metro de altura. Este sitio también fue visitado por el arqueólogo Federico Paredes en el año 2007. Uno de los antecedentes arqueológicos más representativos en la zona corresponde al si142 La Universidad
tio El Carmen (Registro 2-7), muy cercano a Aguachapío, ubicado también en el municipio de Jujutla, a tres kilómetros de la costa del Pacífico. Se encuentra en uno de los brazos del estero El Zapote, en un área de manglares. El Carmen fue estudiado en la segunda mitad de la década de 1980 por Paul Amaroli, Arthur Demarest y Bárbara Arroyo. Se trata de un pequeño sitio con un montículo redondeado de aproximadamente 3 m de altura y una cima más o menos aplanada, sugerida como un montículo ocupacional. Según la ficha de registro, los saqueos revelaron capas estratigráficas que contenían material arqueológico. El resultado de aquellas investigaciones en El Carmen evidenció la existencia de tres hornos ubicados en la base del montículo y pisos de barro con impresiones de huellas humanas, depósitos subterráneos y estadios constructivos para la estructura. Las pruebas de carbono 14 sugieren que El Carmen es un asentamiento preclásico temprano (1470 +- 90 AC y 1590 +- 150 AC), siendo el sitio más antiguo hasta el momento registrado en El Salvador. La evaluación cerámica corresponde con la fase Locona de Chiapas y Guatemala, aunque con variantes. Según los re-
sultados predominan las formas de tecomate con decoración del tipo Ocos y Barra y rasgos compartidos con la región costera de Chiapas y Guatemala, percibidos en otros artefactos [Arroyo, Bárbara et. al., 1993]. Por último, los estudios de reconocimiento de los sitios preclásicos realizados en el año 2007 por Federico Paredes logran determinar la existencia de al menos 13 sitios: «Dicho esfuerzo de reconocimiento cubrió el área sur del departamento de Ahuachapán, la cual comprende las primeras elevaciones rumbo a la sierra de Apaneca como límite norte y el Océano Pacifico como limite sur. La investigación se centró en la planicie costera, generalmente al sur de la carretera La Hachadura, sin embargo, se realizaron dos visitas a sitios al norte de la misma, que dieron como resultado en el registro de un sitio previamente desconocido (San Benito) y la recolección de datos importantes en otro muy poco conocido (La Palma, reportado por PerrotMinnot en 2006). Los trabajos realizados dan cuenta de 13 sitios visitados, de los cuales 5 deben considerarse como registros nuevos de la zona (San Benito, El Mapache, El Escondido, El Poeta Campesino y 3 cerritos de Nueva York)» [Paredes Umaña, 2008].
Procedimiento
Las actuales intervenciones son de carácter exploratorio, en un mínimo de 66 pozos de sondeo arqueológico denominados ‘operaciones’. Dichas operaciones se distribuyen estratégicamente a lo largo y ancho de la propiedad, sin que estas afecten el sector del montículo principal y la plataforma, a excepción de la Operación A12, la cual pretende reconocer de manera preliminar el componente parcial del inmueble prehispánico. La ubicación de las operaciones está dada en base a la orientación del Montículo Principal, de donde se desprenden tres (3) ejes denominados de la siguiente manera: A, B y C, orientados hacia los flancos del montículo. De este modo, el eje A, desde el flanco suroeste, se desvía 289º del norte. El eje B, desde el flanco noreste, mantiene la dirección del montículo a 18º del norte, mientras que el eje C es orientado a 109º desde el flanco noreste. Las operaciones han sido colocadas en puntos, cada 20 m, y distribuidas de la siguiente manera: Eje A: 12 operaciones Eje B: 19 operaciones Eje C: 21 operaciones
La Universidad 143
Se ubican 14 operaciones más en algunos puntos estratégicos dentro de las 40 mz que componen la propiedad. Los criterios están dados en base a la observación de la topografía establecida en las curvas de nivel. Estas operaciones se abrevian Op.1, Op.2, en adelante. Cada operación se establece en dirección norte-sur, con un área de 1m x 2m, con profundidades variables, dependiendo de la frecuencia del material arqueológico contenido. Los controles de cada operación serán por niveles arbitrarios de 20 cm. Las Operaciones 10, 11, 12, 13 y 14 ocupan un área de 1 x 1m. La Operación 15 fue extendida un metro más hacia el sur y un metro más hacia el este, con el objeto de reconocer los rasgos acaecidos en la misma. Todas las operaciones fueron controladas mediante controles arbitrarios de 20 cm cada una, con el datum ubicado en la esquina noreste, a 20 cm de la superficie. El material extraído en cada nivel fue cernido para recuperar las muestras totales contenidas. Cada estrato fue descrito al tiempo en que se tomaba el control del material acaecido en cada uno, en términos cuantitativos y cualitativos. Los resultados cuantitativos permiten evaluar la 144 La Universidad
distribución o frecuencias arqueológicas en la propiedad, ya sea de manera diacrónica o sincrónica. La evaluación cualitativa del material pretende obtener morfologías y tipologías, sin perder su procedencia en cada operación, estrato y nivel. Con el registro morfológico y tipológico pueden sugerirse temporalidades y posibles relaciones macrocontextuales con otros asentamientos. El cierre de cada excavación dependió de la carencia total de material cultural o de la localización de estratos arqueológicamente estériles. En algunos casos, la excavación se suspendió al localizar suelos considerados como superficies culturales. Estas superficies son observadas al encontrarse rasgos considerados in situ sobre una superficie de mayor compactación y clara diferencia en su composición relativa. Cada excavación fue registrada con fotografías previas y posteriores a la intervención, así también se documentaron rasgos y perfiles mediante dibujo técnico a escala y alturas en cada detalle. Los rasgos acaecidos fueron minuciosamente limpiados y registrados mediante fotografías, dibujo y video; luego los materiales fueron extraídos para análisis de laboratorio y registro en gabinete.
También se tomaron cortes a escala y registro de las condiciones del Montículo Principal y la plataforma en la cual yace. Cabe señalar que las intervenciones se vieron obstaculizadas por la plantación de caña, la cual limita la movilidad y la visibilidad dentro del área. No obstante, el control general las actividades se valió del uso de binoculares con distanciómetro, GPS, radios, banderines, un circuito de surcos para agilizar la comunicación interna y vehículo. El proyecto requirió de 21 auxiliares, 2 asistentes técnicos en campo y el arqueólogo director del proyecto. Las investigaciones se acompañaron de reconocimientos pedestres en sectores cercanos al área, con la intención de registrar posibles sitios próximos a Atalaya cuya información pueda articularse a este estudio. Los espacios con remanentes culturales de interés identificados en esta ocasión fueron registrados con coordenadas Lambert y en grados, minutos y segundos con GPS. Con el objetivo de facilitar una mayor compresión del estudio, los resultados de la investigación y las interpretaciones se valen de dibujos a escala e ilustraciones hipotéticas explicativas en formato digital.
Resultados generales
Composición estratigráfica La composición estratigráfica en el área de estudio la componen cinco estratos básicos entre 0 y 220 cm de profundidad. El primero de estos estratos, denominado Capa I, corresponde al humus, generalmente de color negro, con limo e inclusión de raíces. Esta capa ha sido severamente alterada por las actividades agrícolas, sobre todo por la remoción de tierra ocasionada por la máquina de arar para la siembra de caña. Sin duda, este estrato fue también alterado en décadas pasadas por otro tipo de cultivo, propiciando la turbación de posibles contextos arqueológicos incluidos, aquellos próximos a los niveles superficiales. El humus por lo general tiene un grosor entre 20 y 60 cm y suele exponer material arqueológico en densidades que van desde la mínima y baja, en casi todas las operaciones, hasta la media, en raras ocasiones, como es el caso de las operaciones A12, B19, C9, C10 y C16. A pesar de esto, cabe señalar que en varios casos la densidad en esta capa es nula, situación percibida en las operaciones A2 y B13 y C13. El segundo estrato básico estaba conformado por la Capa La Universidad 145
II, compuesta de tierra café oscura muy fácil de confundir con el humus o tierra negra, con la diferencia de que esta capa es un poco más compacta, con limo y ocasionalmente expone piedrínes y arenisca. Se puede percibir en las operaciones A1, A2, A7, A8, A9, A12 y en todas las operaciones del eje B y C, incluyendo las operaciones satélites. Alcanza grosores mínimos de 15 cm, hasta los máximos de 80 cm, aunque en un caso excepcional (la operación A12) alcanza casi los 140 cm sobre el Montículo Principal del sitio con material en alta densidad. En este estrato el material arqueológico puede tenerse en nula y mínima densidad, como el caso de las operaciones 2, 5, 8, 10, 11, 12, 13, 14, A1, A2, A7; en casi todo el eje B, desde la B2 hasta la B14, y en las operaciones C1, C2, C12, C13 y C19. También se encuentra en baja y mediana densidad en las operaciones 1, 3, 4, 6, 9, A8, A9, A11, B16, B17, B18, C3, C4, C5, C6, C7, C9, C10, C9, C14, C15, C16, C17, C18, y C19; y en alta densidad en las operaciones 7, A12, B19, C8 y C21. Otra capa la define un estrato de tierra negra percibido únicamente en la operación B1, denominada también como Capa II. Este estrato parece corresponder con sedimentos próxi146 La Universidad
mos al río San Pedro, el cual arroja material de arrastre en mínima densidad. Esta capa parece no formar parte de los estratos básicos de la zona. Un tercer estrato lo conforma la denominada tierra café compacta, reconocida como Capa III, aunque en ocasiones aparece como Capa II. Puede presentarse clara u oscura como en la Operación 8. Este estrato muestra limo arcilloso y pocas veces expone piedrínes y arenisca. Suele presentarse sobre los rasgos arqueológicos o cubriendo los suelos culturales. Se distribuye por casi toda la propiedad, entre los 60 y 120 cm de profundidad, con grosores mínimos de 15 cm y máximos de 80 cm. El material arqueológico contenido en este estrato puede ser nulo o mínimo —tal es el caso de las operaciones 6, 9, 10, 11, 12, 13, 14, A1, A2, A3, A4, A5, A7, A8, A9, A10, B2, B3, B4, B5, B6, B7, B8, B9, B10, B11, B12, B13, B14, B16, B17, B18, B9, C1, C2, C3, C4, C5, C7, C9, hasta la operación C19— y de baja a mediana densidad en las operaciones 8, A11, A12, C20 y C21, hasta una densidad alta únicamente en la operación 7. El cuarto estrato, denominado Capa IV, que en ocasiones representa la Capa III, está conformado por tierra café con
piedrínes de 0.5 cm a 30 cm, semicompacta, posiblemente resultado de sedimentos. Este estrato algunas veces expone arenisca color gris, con un grosor mínimo de 20 cm y un máximo que puede superar los 40 cm. Generalmente carece de material arqueológico y en caso de que exista, este se presenta en mínima densidad, posiblemente revuelto con tierra del estrato superior. Se ha logrado percibir en las operaciones del eje A, siendo esta el área de menor actividad antrópica dentro del área en estudio. El quinto estrato define la esterilidad arqueológica. Se trata de una capa compuesta de arena gris semicompacta, la cual puede presentarse como capa V, IV o incluso III, como es el caso en algunas operaciones satélites. Esta capa puede llegar a percibirse entre los 80 y los 100 cm de profundidad, o a partir de los 150 cm de profundidad, bajo los suelos culturales. Frecuencia general de artefactos, diacrónico y sincrónico La mayor densidad de material contenido puede percibirse en las operaciones localizadas en el Eje C, con 4,411 fragmentos recuperados. La concentración de estos asciende desde el nivel 1
a su máximo en el nivel 4, desde donde desciende hasta el nivel 6. La densidad relativa es seguida de las operaciones satélites, sobre todo las excavaciones concentradas en el sector noroeste de la propiedad, donde lograron recuperarse 2,144 fragmentos. También concentran la mayor parte del material entre los niveles 2 y 4, hasta descender a suelos carentes de material arqueológico en el nivel 5. Las excavaciones en el eje B logran recuperar al menos 1,073 fragmentos, siendo este el de menor densidad, seguidas por el eje A, con 1,776 fragmentos. En este último la frecuencia de artefactos alcanza hasta el nivel 10, ya que la Operación A12 fue realizada en el área de la plataforma del Montículo Principal. Los ejes A y B demuestran que la mayor concentración de material se localiza entre los niveles 2 y 4, aunque con menor frecuencia que las densidades percibidas en los ejes C y las operaciones satélites del sector noroeste. Las excavaciones en el sector noreste exponen material en mínima densidad o nulo. Conforme a los resultados de las excavaciones y a la observación de material en superficie, se logra percibir que el material arqueológico se dispersa en una mayor densidad en el sector este del Montículo Principal, abarcanLa Universidad 147
Tabla 1: Vista global de datos cuantitativos por niveles
NIVELES Nivel 1 Nivel 2 Nivel 3 Nivel 4 Nivel 5 Nivel 6 Nivel 7 Nivel 8 Nivel 9 Nivel 10 TOTAL EJE A 246 316 306 260 140 30 115 99 140 124 1,776 236 358 232 178 35 21 8 5 1,073 EJE B EJE C 612 862 1,045 1,083 654 155 4,411 SATÉLITES 272 589 603 643 37 2,144 TOTAL 1,366 2,125 2,186 2,164 866 206 123 104 140 124 9,404
do la Op. C21 y extendiéndose entre las operaciones C19 y C20, y después sobre el mismo montículo. Esta alta densidad se disipa cerca de la operación A11, en el sector oeste del referido montículo, 10 m antes de la operación B19, en el sector norte del montículo. La densidad mediana puede percibirse entre las operaciones A10, con dirección al norte y rumbo a la operación B18 en la misma dirección, distribuyéndose por el sector sureste de la propiedad y a la altura de las operaciones 1, 4, 7, 8 y 9 (próximo a la operación C3). La baja densidad se percibe en las operaciones A7, con dirección a la operación B1, en el sector norte de la propiedad, y cubre hasta la operación C1 en el sector este. En el resto de la propiedad es mínima la muestra de material arqueológico tanto en superficie como en excavaciones. 148 La Universidad
Morfología y tipología de artefactos El material arqueológico que más acontece es la cerámica. Dentro de este grupo se perciben con mayor frecuencia los cuerpos, seguido por los bordes, asas, bases/ soportes y por último los misceláneos. El segundo grupo de artefactos más frecuente es la obsidiana, entre la cual sobresalen las lascas, las navajillas y los núcleos. El tercer grupo lo conforma la lítica. En este grupo destacan las piedras talladas, es decir, todos los fragmentos de basaltitos o de andesitas con rostros tallados problemáticos. A las piedras talladas le siguen las manos de moler, los fragmentos de metates, las donas y por último una cuenta.
Gráfico 1. Densidades relativas de material arqueológico contenido en diacronía, en relación a la totalidad recuperada por ejes.
Gráfico 2. Frecuencia general relativa de artefactos arqueológicos sincrónico.
A. La Cerámica Morfología general. Aunque se tiene una rica variabilidad de formas y decoraciones, el grueso del material cerámico recuperado lo constituyen fragmentos burdos, carentes de engobe, muchos
erosionados y otros tan pequeños que no dejan distinguir su morfología. No se tienen piezas enteras exceptuando el hallazgo de un sello entre los misceláneos cerámicos. Se obtienen bordes que dejan distinguir la existencia de La Universidad 149
Gráfico 3. Eje A. Frecuencia relativa de artefactos arqueológicos sincrónicos.
Gráfico 4. Eje B. Frecuencia relativa de artefactos arqueológicos sincrónicos.
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Gráfico 5. Eje C. Frecuencia relativa de artefactos arqueológicos sincrónicos.
Gráfico 6. Satélites. Frecuencia relativa de artefactos arqueológicos sincrónicos.
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Figura 7. Plano de densidades
cuencos y cajetes medianos y pequeños, así como ollas grandes, medianas y pequeñas, estas últimas reconocidas por el tamaño proporcional de las asas. Las hay de paredes delgadas y gruesas, entre estas últimas se tiene una con una hendidura que corre en la zona central de la pieza. Entre las formas de las vasijas se distinguen algunas globulares o de paredes curvo convergentes. Se reconocen cántaros, platos con cuello corto, comales con pasta gruesa (como el hallado en en la Op. 7), aunque también se tiene un plato o comal con terminacio152 La Universidad
nes biseladas, con labio afilado y base curva, como el encontrado en la Op.C8. Se distinguen tecomates con bordes redondeados; hay también vasos, como los de las operaciones A12 y 9. Uno de los cuerpos encontrados en la Op. C8 distingue un tecomate modelado presuntamente fitomorfo, similar a la forma de una calabaza, revestido de engobe rojo con fondo bayo en la sección de la base. Otros tecomates recuperados en la Op. C7 son decorados con hendiduras externas modeladas o simplemente exponen superficie lisa con bordes redondeados.
Estas vasijas pueden presentarse simples y compuestas, muchas con formas modeladas, otras incluyen la decoración con agregados ya sean pastillas, tiras o pequeñas salientes modeladas, como el caso de un espécimen recuperado en la Op. A10. Los fragmentos recuperados pueden incorporar pintura monocroma, bicroma y diseños polícromos. Otros especímenes suelen utilizar la técnica negativo batik tipo Usulután. También se tienen piezas con superficies lisas, algunas bruñidas, mate o lustrosas, incluso en las piezas con batik.Otras superficies son rugosas o de color bayo, también los hay con estrías y abultamientos en la parte intermedia. La decoración también puede presentar líneas incisas, estas últimas se tienen pintadas, otras representan canales horizontales externos elaborados ya sea sobre el bisel o el borde, o bajo el mismo en la parte exterior de la pieza. Los canales pueden presentarse en uno, dos y hasta cuatro paralelos. También se recuperaron fragmentos de cerámica negra, como el caso de un espécimen recuperado en la Op. C9, el cual supone un cuenco compuesto de curva discontinua con borde abultado y decorado con líneas incisas, curvadas y elaboradas previo a la cocción.
Con relación a la forma de los bordes, estos se presentan frecuentemente evertidos, otros redondeados, los hay con paredes divergentes o recto-divergentes, muchos con biseles externos o internos percibidos en cuencos y ollas. Se tienen bordes con labios afilados, algunos son abultados salientes y otros son directos redondeados o con tiras salientes en la pared externa del borde, bajo el labio. Algunos bordes son decorados con canales externos y Batik Usulután, como el caso de un ejemplar extraído en la Op. C5. También se distingue un caso en el que el borde expone labio afilado y bisel externo con cuerpo decorado con dos canales anchos y una superficie bruñida. Este fue extraído de la Op. C8. En la Op. C9 fue recuperado un borde con cuerpo compuesto, modelado con decoración festonada en el área de intersección. Se tienen pruebas de la existencia de cajetes con puntos de intersección decorado con hendidura modelada entre la base y el cuerpo, con borde afilado. En la Op. 7 fue recuperado un borde plano rematado con festón, poco usual en la cerámica del sitio. Otros ejemplares, como el caso del espécimen recuperado en la Op. 8, expone reborde bajo.
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Los fragmentos recuperados también distinguen cuellos de cántaros, ollas y cuencos. Es frecuente percibir la presencia de ollas grandes con cuellos cortos y ollas medianas con cuellos largos, aunque también, en el caso de los cántaros, estos se perciben con cuellos largos. Hay cuellos rectos como curvodivergentes. También han sido percibidos platos con cuello corto, como los ejemplares recuperados en las operaciones C9, C11, C14 y C15. Algunos de los platos antes referidos exponen bases convexas; en uno de estos, nos referimos al espécimen recuperado en la Op. C14, el borde es pintado con una franja roja. En cuanto a las asas, se tienen grandes, medianas y pequeñas, todas verticales y de correa, algunas delgadas, otras gruesas. Las bases recuperadas pueden presentarse planas, similares a las recuperadas en la Op. C20, o convexas; muchas con superficies lisas de color bayo, pero también se tiene la presencia de una base con interior blanquecino. En la Op. 9, algunas bases de vasos presentan cuerpos con decoración modelada. En cuanto a los soportes, se ha determinado la existencia de especímenes que utilizan botón, otros son acuminados y otros, como el caso del ejemplar recu154 La Universidad
perado en la Op.C17, adoptan la forma zoomorfa, con interior hueco similar a algunos especímenes reportados en sitios del preclásico tardío de la región de Chalchuapa y Santa Ana, así como en Aguachapío y la costa del departamento de Ahuachapán. Ejemplares similares han sido recuperados en la comunidad Nueva Esperanza, en la región del bajo Lempa, departamento de San Vicente. Pasta. Se distinguen piezas de paredes delgadas y gruesas. Es muy frecuente distinguir el uso de pasta roja con inclusión de pómez molido o concha molida; aunque también se tiene pasta negra en muy escasa cantidad, a la que se le añade pómez molido. También se distinguen piezas que utilizan pasta blanca y pasta con inclusión de mica. Superficie. Se ha mencionado que la gran mayoría de fragmentos recuperados tienen superficies sumamente erosionadas, con desgastes severos. Algunos son el resultado de turbaciones del medio, incluyendo arrastre y meteorizaciones, lo que produce degradación severa en la materia. Las superficies pueden también presentarse rugosas o posiblemente carecían de decoración pintada o engobes. Esto se
percibe en piezas completas recuperadas en otros sitios de la misma época, cuya funcionalidad está destinada a las labores domésticas como contenedores o para usos culinarios. Lo anterior es definido por muchos arqueólogos como cerámica netamente utilitaria. Algunos fragmentos de Atalaya se presentan parcialmente ahumados. Las superficies de muchos otros son lisas, algunas bruñidas, las hay también lustrosas. En algunos casos las superficies exponen estrías. Los alisamientos en la superficie crean en el barro tonalidades naranja mate, un color muy frecuente en estas piezas. Las aplicación de pintura y la decoración incisa y estríada sobre la superficie generalmente fue realizada antes de la cocción de la pieza. Es posible que las estrías fueran realizadas con un instrumento tipo peine, de cerdas muy finas, como el caso de los ejemplares recuperados de las operaciones A9 y B19, los cuales también incluyen pintura roja. Un fragmento encontrado en la Op. C16 expone impresiones de pasto en negativo, casi a modo de estría. Se supone que debió deslizarse sobre la superficie previamente a la cocción de la pieza. Decoración pintada. Ya se ha dicho antes que se tienen fragmen-
tos de cuerpos y bordes que distinguen decoración monocroma, bicroma y polícroma. Algunas pinturas fueron aplicadas antes de la cocción y otras, posterior a la misma. Algunos especímenes añaden hematita especular en la pintura roja. Entre los monocromos se tienen aquellos carentes de engobe. No obstante se han logrado determinar engobes crema o blanquecinos, cuerpos con pintura blanca o pintura roja. También se perciben cuerpos naranja mate y rojo mate. Cabe mencionar nuevamente la existencia de fragmentos negros. De los fragmentos bicromos, algunos tienen banda roja en el área del borde y bayo en el sector del cuerpo, tal es el caso de un fragmento recuperado en la Op. C17. En la Op. B16 se recuperó un fragmento bicromo que expone líneas negras sobre rojo. La decoración pintada puede combinarse con la incisión. En algunos casos se tienen canales o hendiduras contiguas al borde pintadas de blanco. Los fragmentos polícromos han sido muy escasos. Únicamente se ha extraído un cuerpo y un borde de las operaciones C8 y C18, los cuales incluyen pintura roja, crema amarillento y un coLa Universidad 155
lor verdoso oscuro o negro, con diseños geométricos. Wolfgang Haberland, en 1956, recuperó en Atalaya fragmentos polícromos preclásicos con descripciones similares a los ejemplares extraídos en esta ocasión, aunque con variantes en el diseño. Los ejemplares recuperados por Haberland los compara con cerámica recuperada de un sitio próximo a Las Charcas, en las afueras de la ciudad de Guatemala [Haberland, 1977]. En otro caso relacionado a la cerámica polícroma del período preclásico, especímenes similares fueron recuperados en una formación troncocónica en Casa Blanca, Chalchuapa, durante los rescates que se realizaron en virtud de la construcción de una carretera contiguo al sitio, en el año 1998. Un último caso a citar es el del sitio El Edén, muy cerca de El Carmen, reportado por Paul Amaroli, quien también recuperó algunos tiestos polícromos [Amaroli, 2009, conversación personal]. Robert J. Sharer en Chalchuapa identifica cerámica polícroma dentro del grupo Jerónimo, variedad Perulapán, dentro del complejo Colos del preclásico medio (900-650 d.C.). En cuanto a los especímenes decorados con batik, espe156 La Universidad
cíficamente cajetes y cuencos, suelen percibirse líneas delgadas onduladas y paralelas verticales, ya sea en el interior como en el exterior de la pieza, así como manchas en negativo. El batik puede percibirse en superficie lustrosa o mate. También se tienen cuerpos y bordes con superficies negras y lustrosas y bruñidas decoradas con batik Usulután, tal es el caso de un ejemplar recuperado en la Op. A12. Decoración incisa. Los diseños incisos en la cerámica de Atalaya son variables, sobresalen las líneas, muchas de estas están elaboradas sobre la superficie roja o carentes de engobe. En la mayoría de casos las líneas fueron añadidas antes de la cocción de la pieza, aunque también se encontraron fragmentos con incisos postcocción. Las incisiones más sencillas pueden ser líneas delgadas dispuestas en uno, dos y tres paralelas horizontales o diagonales, generalmente rectas. Pueden percibirse algunas líneas curvas poco profundas, líneas incisas arqueadas y paralelas, como el caso del ejemplar recuperado en la Op. B19, y líneas con trazos irregulares. También se presentan líneas incisas gruesas o semigrue-
sas poco profundas, dispuestas en posición vertical. Pueden tenerse combinaciones de líneas incisas paralelas con líneas arqueadas como abanico, con engobe rojo. En otros casos las líneas pueden alternarse con pequeños puntos incisos paralelos, como el caso de un cuerpo carente de engobe, recuperado de la Op. C8. En este ejemplar la decoración expone tres líneas incisas diagonales y dos frecuencias lineales de pequeños puntos incisos paralelos. En otro caso el diseño expone líneas incisas diagonales bajo una línea horizontal. Otros diseños incisos precocción exponen líneas quebradas en triángulos verticales en forma de ‘V’ que parten desde el borde, tal es el caso de un espécimen recuperado en la Op. C14. Los diseños más complicados representan figuras geométricas que se combinan o alternan con puntos incisos. En la Op. C20 se tiene un cuerpo decorado con líneas incisas entramadas, formando cuadros en una superficie áspera. Decoración agregada. La decoración agregada puede presentar tiras salientes del cuerpo o agregados modelados a modo de espigas, recuperados de la Op.C12. Las asas y soportes también son agregados.
Discusión. Aunque es posible que existan formas o ideas locales para la manufactura de utensilios cerámicos, muchos de los fragmentos encontrados en Atalaya no distan de los ejemplares registrados por Robert J. Sharer en Chalchuapa, Haberland en Atalaya y Atiquizaya, y de los fragmentos recuperados por otros arqueólogos en Casa Blanca, El Edén, Aguachapío y otros sitios en la región occidental del país. Sin duda, Atalaya debió tener contacto con otras áreas, de donde debieron provenir algunas cerámicas o incluso, algunas influencias estilísticas que luego debieron manufacturarse en la zona o en el mismo sitio. Aunque cabe advertir que los fragmentos en esta ocasión recuperados pueden ser muy variables en la composición de la pasta, en el caso de que estos fuesen comparados con fragmentos de otros sitios, sería útil remitirlos a futuros estudios mucho más extensos. Es decir, pueden existir semejanzas en formas y estilos, pero variantes en su composición, lo cual quedará todavía pendiente de comprobar. No obstante, las actuales observaciones en cuanto a la decoración y forma permiten las siguientes sugerencias como un punto de partida para la interpretación de la cerámica del sitio. La Universidad 157
En primer lugar, es interesante destacar la existencia de fragmentos polícromos en un sitio con atributos preclásicos. Esta cerámica es comparable con los especímenes reportados por Haberland en Atalaya y Atiquizaya, y Sharer en la región de Chalchuapa. También Amaroli reporta polícromos en el sitio el Edén en el departamento de Ahuachapán. El primero en otorgar referencia sobre esta cerámica polícroma preclásica en El Salvador es Wolfgang Haberland, en 1956 y nuevamente en 1977. El investigador compara los especímenes encontrados en Atalaya con una pieza completa resguardada por el señor Karl-Heinz Nottebohm, supuestamente encontrada en la colonia Mariscal cerca de Las Charcas, en la ciudad de Guatemala. Según el Sr. Nottebohm, dicha pieza proveniente del sitio antes referido en Guatemala fue analizada por Edwin Shook, quien le asignó un período inmediato a Las Charcas, considerando que esta cerámica puede realmente representar la primera cerámica polícroma en los Altos de Guatemala [Haberland, 1977: 10]. Años más tarde, en las investigaciones realizadas en Chalchuapa por la Universidad de Pensilvania, proyecto dirigido por Robert J. Sharer, los especímenes 158 La Universidad
polícromos preclásicos en aquella ocasión identificados son descritos como una combinación de cuatro colores: rojo, negro, blanco y amarillo, con diseños geométricos, incluyendo círculos, zonas rectangulares, bandas y líneas. Sharer identifica cuerpos de paredes verticales con bases planas y bordes directos, así como cuerpos convexos y bases cóncavas con bordes desconocidos, aunque posiblemente directos. El arqueólogo también distingue tecomates de bordes directos y jarras con cuello largo de borde directo. Según Sharer, en conversación personal con Haberland, este último compara los polícromos de Chalchuapa con los encontrados en Atalaya y Atiquizaya en 1956. Finalmente, los polícromos de Chalchuapa, semejantes a los de Atalaya, son ubicados por Robert J. Sharer dentro del grupo Jerónimo en el complejo Colos, del período preclásico medio. Sharer, en su publicación de 1978, confirma la existencia de especímenes polícromos en los depósitos de Las Charcas, en Kaminaljuy. Aparentemente es la misma consulta que Sharer realiza a Haberland en 1971, confirmando el dato [comunicación personal en páginas 19-20]. Las publicaciones relacionadas a la cerámica polícroma preclásica son sumamente escasas y en El
Salvador las referencias de Sharer y Haberland parecen ser las únicas publicadas. No obstante, fuera de las publicaciones, los polícromos preclásicos también han sido recuperados en el sector de Casa Blanca. En 1998, durante los trabajos de rescate realizados en el sector del bypass en la carretera contigua a la ciudad de Chalchuapa, el redactor del presente informe fue testigo presencial de la existencia de fragmentos polícromos provenientes de depósitos subterráneos del período preclásico. Los análisis de aquellos artefactos aún quedaron pendientes. En el sitio El Edén, próximo a las costas de Ahuachapán, Paul Amaroli [conversación personal, 2009] reporta el hallazgo de cerámica polícroma del preclásico. El Edén es un asentamiento prehispánico descrito recientemente por el arqueólogo Federico Paredes Umaña, quien, mediante recolección superficial, recuperó cerámica del período preclásico medio y tardío [Paredes Umaña, 2008: 33-34]. Lo anterior puede significar un referente en cuanto a la distribución de estos especímenes en el territorio salvadoreño. Esta cerámica polícroma merece mayores estudios, los cuales podrían definir su origen temporal y un área de distribución más detalla-
da. Otro grupo cerámico comparable son las muestras de fragmentos con agregados, y algunas con decoración Usulután las cuales parecen corresponder con los especímenes de Sharer reportados para el grupo Cara Sucia y Jicalapa, dentro de la variedad Zunzal y Jicalapa Usulután, el primero dentro del complejo Kal (650 d.C. – 400) y el segundo dentro del complejo Chul (400 d.C. - 200 d.C.) del preclásico medio hacia el preclásico tardío, los cuales podrían indicar la existencia de este sitio en dichos períodos y su traslación en ambas épocas o interfases. También se tienen muestras de cerámica negra, comparables con algunos especímenes reportados por Sharer dentro del grupo Pinos, variedad Jorgia Coarse-Incise en el complejo Chul del preclásico medio y Caynac del preclásico tardío. A su vez, los fragmentos acanalados y festonados aquí reportados, así como los abultamientos intermedios y diseños incisos son percibidos en la cerámica de los grupos Nonualco y Santa Tecla en los mismos complejos Chul y Caynac. Lo anterior permite sugerir nuevamente como posibles testimonios de interfase el preclásico medio y el preclásico tardío. No obstante, mucha de la La Universidad 159
cerámica en negativo Usulután recuperada en Atalaya es comparable con la cerámica reportada también por Sharer para las fases Caynac, en los grupos Izalco y Tepecoyo del preclásico tardío de Chalchuapa. También son recomendables las comparaciones de Haberland con Atiquizaya. En resumen, luego de percibir un estilo cerámico, como el polícromo de nuestra referencia, comparable con la fase Colos de Chalchuapa (sugerido por Robert J. Sharer) dentro del período preclásico medio y sumado a otros estilos, técnicas y formas que permiten concordancias cerámicas con los reportes otorgados por el mismo Sharer, las muestras de Atalaya parecen acercarse a los especímenes de las fases Kal, Chul y Caynac entre el preclásico medio y preclásico tardío; y dentro del complejo preclásico sugerido por Wolfgang Haberland en 1977. De este modo, Atalaya pudo encontrar su existencia entre los años 900 a.C. y 200 d.C. y verse relacionado con sitios de la misma época. Es posible que mucha de la cerámica haya sido traída de otras partes e incorporada en aquella sociedad para fines utilitarios y ceremoniales; aunque la fuente de manufactura para algunos otros artefactos pudo también depender de los recursos 160 La Universidad
locales, la decoración o atributos pudieron verse influenciados por elementos externos al asentamiento. Sin embargo, faltan más confirmaciones en base al análisis de las pastas en las muestras aquí obtenidas. Misceláneos Los misceláneos son piezas cerámicas distinguidas de las vasijas y figurillas. En Atalaya se encontraron dos especímenes: un anillo doble y un sello con espiga. El anillo doble fue recuperado de la Op. C8, estaba elaborado con paredes gruesas y terminaciones redondeadas y suaves. Este ejemplar fue decorado con dos agregados pequeños, cada uno con pequeñas líneas incisas horizontales, posiblemente atribuidas a la forma de un animal. Robert J. Sharer compara algunos ejemplares encontrados en Chalchuapa con los reportes de otros investigadores en Chiapa de Corzo, Pavón, Cerro de las Mesas y Tres Zapotes en México. Para Sharer, el mejor ejemplo de su uso proviene de Chiapa de Corzo, en donde se reporta el entierro de un individuo con seis anillos dobles en su cintura, lo que indica un vínculo con el uso o función de estos utensilios [Sharer, 1978: 61]. En El Salvador se reportan
anillos dobles provenientes de sitios preclásicos como Jayaque [Casasola, 1977] y fincas contiguas a la ciudad de Santa Ana, incluyendo Sinaí y Rosita, como resultado de sondeos arqueológicos y rescates en los que el autor fue testigo presencial. En Jayaque, Casasola recupera tres ejemplares sencillos y dos decorados, los cuales son relacionados con la fase Teotepeque y Tamanique, dentro del periodo preclásico medio y tardío. En cuanto al sello recuperado de la Op. C15, corresponde a un espécimen redondo, como un disco, con una espiga acuminada en la parte posterior y una estampa de figuras ondulantes y circulares, posiblemente fitomorfo en el frente. En El Salvador, uno de los más tempranos reportes arqueológicos relacionado a sellos lo proporciona Stanley H. Boggs, quien reporta un ejemplar cilíndrico encontrado en el escombro de los montículos de Tazumal, durante las excavaciones realizadas a mediados del siglo XX. En años posteriores, otros arqueólogos han reportado sellos prevenientes de sitios como Cara Sucia en Ahuachapán y en Chalchuapa, incluyendo Casa Blanca, datados para el periodo preclásico. También en la Hacienda La Presita en San Miguel; en Colima, departa-
mento de Cuscatlán. Uno de los más conocidos sellos proviene de la colonia San Mateo, en San Salvador, posiblemente del periodo preclásico. Casasola, en 1977, recupera en Jayaque tres sellos rectangulares, planos, descritos con un pequeño agarradero sobre la sección posterior, relacionados a la fase Teotepeque (700 a.C. al 500 a.C.) y Tamanique (500 a.C al 200 a.C.). Figurillas Morfología y decoración. Se recuperaron 21 fragmentos de figurillas antropomorfas, las cuales sugieren la figura femenina, algunas con bustos poco pronunciados y brazos que descansan sobre el vientre en gestación. Algunos fragmentos representan piernas estilizadas que corresponden con figuras erguidas, otros sugieren brazos, cuerpos sin cabeza con caderas fracturadas y carentes de piernas, algunos con el detalle del ombligo, otros con la zona de los glúteos pronunciados. Un ejemplar expone los brazos que descansan sobre el vientre, posiblemente en gestación (Op. A12). Se tienen cabezas que muestran la cabellera elaborada. Uno de estos ejemplares, extraído de la Op. C17, incorpora aplicaciones de tiras y pastillas, La Universidad 161
atribuyendo ornamentos como collar, cinturón y faldellín decorado con punzonadas y líneas incisas. Aunque muchos de los ejemplares recuperados carecen de engobe o pintura, en la operación C8 se recuperaron dos figurillas decoradas, una de estas con restos de engobe crema y la otra con remanentes de pintura roja con hematita especular. Estos especímenes con pintura roja no son comunes en otros sitios de la época. Pasta y superficie. Todas la figurillas recuperadas son sólidas, modeladas. Se tienen especímenes con superficies color beige y rostros bruñidos, aunque la mayoría exponen superficies rugosas o burdas, resultado de la erosión. Estas piezas fueron elaboradas en pasta roja con mica en mediana densidad. Discusión. Los trabajos más sobresalientes relacionados con las figurillas en El Salvador son presentados en las clasificaciones otorgadas por Payson D. Sheets [Robert J. Sharer ed., 1978] para Chalchuapa, quien define tres complejos: Kulil (1,200 a. C. – 600 a. C.), Xiquin (600 a.C.- 350 a.C.) y Tat (350 a.C. – 300 d.C.), dentro del periodo preclásico. Para la 162 La Universidad
zona oriental del país, Wyllys Andrews V., conforme a los estudios realizados en el valle de San Miguel, incluyendo Quelepa, define cuatro tipos de figurillas, dos de estos dentro del periodo preclásico en la fase Uapala. Otros trabajos de mucha importancia los proporciona Luis Casasola, en 1977, quien, para la zona central de El Salvador, reporta la recuperación 173 ejemplares de figurillas antropomorfas en el sitio arqueológico Jayaque, provenientes de excavaciones arqueológicas. Según Casasola, la gran mayoría de estos especímenes aparece en actitud sedente; en cuatro de los casos se encuentran erguidos con los brazos sobre el vientre, de forma muy similar a la postura encontrada en Atalaya. Para Casasola, estas figurillas corresponden al periodo preclásico, aunque sugiere que los individuos erguidos posiblemente sean más tardíos que el tipo sedente dentro del mismo periodo [Casasola, 1977]. Por otro lado, Haberland, en 1956 y 1977, reporta el hallazgo de figurillas o figulinas, como les nombra, del período preclásico en Atiquizaya, departamento de Ahuachapán, y en Atalaya [Haberland, 1977]. Otros sitios preclásicos y próximos a la costa que denotan el uso de figurillas también son Aguachapío, San Benito
y Guayaba, en el departamento de Ahuachapán, tal lo demuestran algunos ejemplares recolectados por el arqueólogo Federico Paredes en 2008, provenientes de una recolección superficial [Paredes Umaña, 2008]. Muchos arqueólogos relacionan estas piezas en gestación con la agricultura, aunque aún no se ha definido su verdadera función. En este caso se tiene un ejemplar encontrado en el rasgo de la Op. C17, asociado a cerámica doméstica. En resumen, con los presentes hallazgos se respalda la definición de Wolfgang Harberland en 1977, que compara los especímenes recuperados de Atalaya con Atiquizaya, aunque, según el investigador, las figurillas son más elaboradas en el primer sitio que en el segundo. Pese a las variantes y diferencias de las figurillas entre ambos sitios, Haberland los sugiere como parte del mismo complejo cerámico preclásico de occidente. El arqueólogo observa también en estas piezas similitudes con figurillas procedentes de Las Charcas, expuestas en el Museo Nacional de Guatemala para finales de la década de 1970. En las Charcas también se reportan fragmentos polícromos preclásicos similares a los encontrados en Atalaya. Este tipo de figurillas por
su forma son un distintivo preclásico. Los especímenes recuperados en esta ocasión en Atalaya se acercan mucho a los especímenes registrados en la región de Santa Ana, Chalchuapa y Atiquizaya, y en la región de Kaminaljuyú en Guatemala, incluyendo Las Charcas. El uso de figurillas similares llegó a extenderse hasta la región del valle de Zapotitán, incluyendo Jayaque y El Cambio, y hasta la región del valle de San Miguel, tal como se ha dicho. Lo anterior sin duda, representa una transmisión de ideas interregionales entre la costa y las regiones interiores en aquella remota época. Lítica Piedras talladas. En total, se obtuvieron 32 fragmentos de piedras con superficies talladas. Estas piezas exponen formas problemáticas, sugestivamente pueden corresponder a metates, manos o incluso esculturas, como el caso de un ejemplar encontrado en la Op. B19. Todas estas piezas son elaboradas en basalto. Manos. Se recuperaron 17 manos de moler, la mayoría fragmentadas, aparentemente elípticas. Solamente se encontró una completa, proveniente de la Op. B9, aunque también se obtuvieron La Universidad 163
fragmentos de mano con formas rectangulares extraídas de las operaciones C9 y C17. Estas piezas son elaboradas en basaltos degradados. En la Op. C1 se recuperó un objeto, el cual, por su forma, posiblemente se trate de una mano de moler grande. Metates. Se obtuvieron 9 metates, de los cuales solamente uno estaba completo, proveniente de la Op. C1. El metate completo es de forma elíptica, con base semi redonda, canal de molido plano carente de bordes. También se percibe un fragmento sin bordes y base plana extraído de la Op. 7. Otros fragmentos también denotan la utilización de metates con base redondeada y superficie de molido plana, aunque también los hay con canal de molido con bordes cerrados y hondo, y cuerpo circuniforme, tal es el caso de los especímenes recuperados de las operaciones C6 y C7. Todos los metates han sido elaborados en basalto degradado. Dona. Únicamente se obtiene un ejemplar extraído de la Op. C15. Dicho espécimen se encuentra fracturado. Su forma permite interpretarse como una dona inconclusa, ya que su orificio central no es atravesado como en una 164 La Universidad
dona completa. Esta pieza fue localizada dentro de un contexto doméstico, asociada a cerámica y piedras de moler, junto a otras piedras irregulares. La dona en esta ocasión recuperada ha sido elaborada en basalto, similar a la materia utilizada en las piedras de moler y otras rocas talladas. Cuenta. Se recupera una única y pequeña cuenta fracturada, proveniente de la Op. C17. Esta cuenta está elaborada en moscovita, con forma de barril miniatura y asociada a un rasgo de vasijas domésticas y carbón. Se encontró en tierra revuelta del estrato de tierra café compacta. Discusión. La forma de las manos y metates de Atalaya son parecidas a las formas encontradas en otros sitios preclásicos de El Salvador [Valdivieso, 2000]. La presencia de estos utensilios confirman la preparación de alimentos en el área, resultado de una sociedad sedentaria que subsiste del trabajo agrícola. Por su tamaño y difícil desplazamiento, es posible que la materia prima fuese obtenida de alguna fuente próxima en la zona. Los basaltos pueden localizarse contiguo a los ríos. Se sabe que estas piezas ocupan un lugar especial en la cocina nativa dentro de la vida
doméstica. Los metates son enseres importantes para la preparación de alimentos, tanto en las comunidades campesinas actuales como en las comunidades indígenas prehispánicas. En Atalaya este instrumento formó parte de los implementos de cocina en la comunidad y se ha visto asociado a rasgos que incluyen cuencos y ollas fragmentadas. Por otro lado, las donas son asociadas a la faena agrícola, aunque también se ha dado el caso de localizarse en contextos domésticos en sitios arqueológicos del período clásico y postclásico. Este ejemplar es uno de los pocos casos encontrados in situ en un sitio preclásico. Obsidiana Se recuperan 72 navajillas de obsidiana, todas unifaciales, 176 lascas y apenas 3 núcleos. Este material es muy parecido a la obsidiana proveniente de las fuentes de Ixtepeque y Chayal en Guatemala. Lo anterior permite considerar un modelo de intercambio a distancia y en el presente caso, un sitio que converge dentro de una red comercial extensa. Considerando la presencia de lascas y núcleos, puede sugerirse la manufactura de implementos de obsidiana en el sitio. Posible-
mente esta roca vítrea era traída en bloques y preparada en el asentamiento, aunque no se descarta la idea del intercambio de piezas ya elaboradas en otros sitios. Lo anterior nos remite a considerar la existencia de especializaciones en el manejo de recursos, incluyendo la manufactura de piedras de moler. Sin duda, esta referencia es una prueba de la estratificación social en un asentamiento costero del período preclásico.
Conclusiones
El montículo principal En la superficie se percibe un montículo sobre otro montículo más bajo, lo cual permite sugerir una estructura de menor tamaño sobre una base o plataforma de mayor extensión. La elevación más alta es de aproximadamente 5.5 m de altura y 34 m de diámetro promedio, sobre la plataforma que alcanza los 100 m de largo, aproximadamente con 70 m de ancho máximo, medidas sugeridas desde el arranque del montículo visto en superficie y definido por las curvas de nivel de 8.5 m.s.n.m a lo largo y ancho. La forma del montículo más alto es cónica, con morfología alterada, mientras la base o plataforma es irregular, arriñonada, con aproximadamente 1 m de altura. Este La Universidad 165
conjunto presenta una orientación desviada a 18º del norte. Los montículos, sobre todo la plataforma, han sido alterados por el arado y la siembra intensiva, mientras el montículo más alto fue alterado o cortado por una calle de terracería en el sector sur. Esta evidencia arquitectónica se localiza en el extremo sur de la propiedad en estudio. Su ubicación limita al norte, este y oeste con el río San Pedro, precisamente con las siguientes distancias: 66 m al norte, 65 m al este y 56 m al oeste. El río Sensunapán se localiza a 1.06 km de distancia hacia el sur del montículo principal y a 1.13 km del montículo principal hacia la costa. La densidad arqueológica se intensifica en el sector este del montículo, lo que evidentemente es representado como el área de mayor actividad antrópica. Lo anterior sugiere este flanco como la posible fachada principal de la estructura, o su principal flanco de acceso en épocas prehispánicas. La forma del montículo, en su largo, adopta la orientación desde la costa, al suroeste, hacia el río San Pedro, al noreste; mientras el referido flanco de acceso parece dirigir su frente hacia una apertura entre los ríos San Pedro y Sensunapán, en el sector sureste (Fotografías 13 y 14A). 166 La Universidad
Las curvas de nivel en el sitio permiten distinguir una variable de 9 m.s.n.m en el sector suroeste de la propiedad, hasta los 5.5 m en el sector este con dirección al río San Pedro, y 6 m al norte con rumbo al mismo río. El arranque del montículo desde la superficie es percibido en la curva de 8.5 m s.n.m. y la parte más alta se tiene a los 13.5 m.s.n.m. Las curvas de nivel sobre el montículo (Figura 10) permiten distinguir una variable de 50 cm de elevación en un área no mayor de 5 m promedio, en el sector norte de la plataforma (curva de 9.50). Esta pequeña elevación permite sugerir la existencia de otra estructura de menor tamaño sobre la plataforma en el sector norte. Posiblemente se trate de un conjunto estructural compuesto. Al observar las curvas de nivel de 9 m en el área central del montículo, las mismas que corren sobre la plataforma, se percibe que estas cierran en este sector, creando en planta una forma arriñonada. Este hecho permitiría sugerir una depresión formada por dos estructuras, una contigua a la otra, aunque ambas sobre una misma plataforma, reconocida esta última por la curva de nivel de 8.5 m y 8 m. La curva de 9.5 m posiblemente puede corresponder con la estructura de menor tamaño localizada en el
sector norte, el mismo rasgo podría extenderse hacia el área de la curva de 9 m, conformando el volumen total de la estructura menor sobre la plataforma. En resumen, el montículo podría interpretarse como una estructura compuesta por dos cuerpos arquitectónicos sobre una plataforma, cuya fachada principal se tiene en el flanco este (Figura 11). Con relación al sistema constructivo, por la observación al rasgo percibido en la operación A12, se infiere que la plataforma fue elaborada con tierra apisonada o compacta, utilizando barro y materia orgánica. Es posible que esta estructura, tal como sucede con otros inmuebles de la misma época en Mesoamérica, fue edificado con un sistema de construcción sencillo, a base de tierra e inclusión de piedrínes. Aquí está representada por una capa sólida color café, carente de fragmentos arqueológicos. Esta estructura parece haber sido construida desde un primer momento, al establecerse el asentamiento, aparentemente en el preclásico medio, según la evaluación de la cerámica. Lo anterior se sugiere ya que esta edificación se localiza sobre el estrato de tierra café mezclada con arena, el mismo puede percibirse en toda la propiedad. La capa con arena
es un indicativo de la carencia de remanentes antrópicos. Las evidencias humanas percibidas en la Op. A12 se localizan precisamente sobre el rasgo arquitectónico y no bajo el mismo, lo cual parece indicar que las actividades humanas inician paralelamente a la existencia de la edificación y no antes, aunque futuros estudios podrían llegar a contradecir esta postura. Los constructores se percataron de esta planicie y de las ventajas que otorga la geomorfología de la zona, apta para la edificación. No se tienen suelos que permitan considerar inundaciones o alteraciones naturales sobre la estructura. Lo anterior debió dar la pauta para un establecimiento prolongado. Otros ejemplos de construcciones de tierra en épocas preclásicas pueden verse en Casa Blanca y Trapiche, en la región de Chalchuapa, en los sitios El Cambio y La Cuchilla en el valle de Zapotitán, en la Finca Rosita y Carcagua, en la región de Santa Ana, sitios del valle de Cara Sucia en la costa de Ahuachapán e incluso en regiones muy distantes como Kaminaljuyú en Guatemala, entre otros. Lo anterior hace suponer que los primeros habitantes traían consigo el conocimiento en la edificación de estructuras de tierra, es decir, la forma de La Universidad 167
Figura 9. Orientación morfológica del montículo principal. Tomado de Google Earth 2009, adaptado por Fabricio Valdivieso.
Figura 10. Vista en planta del montículo principal de Atalaya. Tomado de Toponort S. A.
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Figura 11. Dibujo hipotético explicativo. Representación gráfica de la forma posible del montículo principal en base a las curvas de nivel. Dibujo por Fabricio Valdivieso.
construcción del montículo principal de Atalaya no se trata de una innovación local, más bien es un procedimiento constructivo adoptado de otras partes. La variante constructiva puede tenerse en el patrón de asentamiento. Ya otros arqueólogos lo han observado, el patrón de asentamiento de los sitios preclásicos varía por regiones, algunas exponen un mayor número de estructuras y distribuciones muy distintas. En otros casos suelen tenerse terraplenes frente a los montículos, tal es el caso de la Finca Rosita en Santa Ana. No obstante, los sondeos en Atalaya permiten considerar la carencia de modificaciones al terreno o aplanados artificiales en los sectores colindantes con la estructura, ya sean plazas, áreas de templetes u otros. La relación percibida entre los estratos de la Op. A11 y Op. A12 muestran una clara diferencia de componentes. Lo anterior puede deberse a la presencia del rasgo arquitectónico acaecido
en la Op. A12, a casi 2 metros de profundidad, bajo la Capa II. El arranque del edificio posiblemente se encuentre entre estas dos últimas operaciones. En esta ocasión no fue posible reconocer el estilo arquitectónico del inmueble, más que la propuesta emitida en base a los levantamientos topográficos. Tampoco fue posible reconocer las funciones propias de la estructura y esclarecer dudas en cuanto al sistema constructivo en el área de mayor elevación, ya que los objetivos en esta ocasión no estaban encaminados al estudio de caracteres estructurales.
El sitio Atalaya
El sitio Atalaya se localiza en un pequeño llano, con 1.7 km de norte a sur y a más de 5 km desde el este del río San Pedro, con dirección al oeste; se encuentra limitado por el río Sensunapán, cuya planicie desvía el rumbo hacia el norte con dirección a la ciudad de Sonsonate. El llano en La Universidad 169
Figuras 12. Llano de Atalaya. (a) Zona de expansión del asentamiento. Las actividades antrópicas parecen orientarse con dirección a la entrada y salida al llano, al al sur y sureste del montículo principal. (b) Perspectiva de ubicación del área estructural y la dinámica gráfica en la explotación de los recursos dentro del llano. El área de estructura se encuentra en un punto intermedio dentro del llano. La flecha verde indica la entrada al llano, y la flecha amarilla señala la estrecha salida al mar. Tomado de Google Earth 2009, adaptado por Fabricio Valdivieso.
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Figura 13. (a) Ubicación del montículo principal, acceso al llano por las planicies del noroeste y salida al mar. Puede verse que entre el río Suncita y San Pedro, al este, se cierra la salida al mar, mientras el río San Pedro y Sensunapán al oeste permiten un limitado estrecho a la playa. En el llano de Atalaya convergen los tres ríos, propiciando tres desembocaduras. B- Límites naturales. Los ríos Sensunapán y San Pedro forman una barrera natural o un estrecho con apertura gradual hacia el noroeste, en la planicie costera de Acajutla. Tomado de Google Earth 2009, adaptado por Fabricio Valdivieso.
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que se localiza Atalaya está limitado por el río San Pedro hacia el oeste, norte y noreste, el río Sensunapán en el sector sur y sureste y una pequeña entrada a la playa con escasos 50 m de acceso, aproximadamente, entre la bocana de ambos ríos, en el sector suroeste del llano (Fotografía 7B, 8A y 8B). En esta planicie convergen los tres ríos: Suncita, San Pedro y Sensunapán, propiciando tres desembocaduras en una sola bocana. Lo anterior sin duda produjo una rica fuente de productos marinos y de agua dulce. El marco geográfico formado por los ríos San Pedro y Sesunapán en el llano de Atalaya limita el acceso hacia la región oeste, norte y sureste con dirección hacia los planos costeros del litoral del departamento de Sonsonate. En el sector oeste se tiene el cauce del río San Pedro ,que forma un quiebre de rumbo desde el noroeste hacia el suroeste, hasta coincidir con el cauce del río Suncita, contiguo a la costa, cerrando los accesos al mar en este sector. El sector sureste, por el otro lado, es obstaculizado por el río Sensunapán en su salida hacia la planicie con dirección al litoral. Una vía pedestre en épocas prehispánicas, sin duda, debió darse desde el valle de Sonsonate, entrando entre los dos ríos, 172 La Universidad
San Pedro y Sensunapán, hacia el pequeño llano cerrado por ambos ríos, aprovechando el escaso y único estrecho de salida al mar. El sitio Atalaya se localiza prácticamente al centro de este pequeño llano, entre los ríos San Pedro y Sensunapán, tal se ha dicho, y la costa. El denominado montículo principal ocupa el sector noroeste del asentamiento. La orientación de la estructura parece condicionarse a la disposición geográfica de ambos ríos y la costa. Este entorno facilita el establecimiento del asentamiento, aprovechando las condiciones del medio (Figura 13). El llano ofrece todos los recursos básicos para la subsistencia permanente, circundado por dos ríos como fuentes de agua fresca y alimentos, y sumando un tercer afluente: el río Suncita al oeste del río San Pedro, al mismo tiempo que se tiene un acceso controlado hacia la costa, bosques de mangle, una planicie que facilita el desplazamiento y suelos ricos en minerales, elementos aptos para la agricultura intensiva. El acceso al llano también es un elemento propicio para establecerse, ya que esta geografía permite una vía controlada hacia otras regiones, regulando el comercio y la administración de recursos. En muchos sitios meso-
americanos, el criterio de selección del área para asentarse se viene dando desde el preclásico o formativo temprano, más allá de los 3 mil años, con antecedentes en el arcaico, cuando inicia el desarrollo de las sociedades basadas en la explotación del medio y destinadas al establecimiento. El hábitat preferido por las comunidades preclásicas para establecerse, según se percibe, es a orillas de lagunas y manglares. Esta observación es otorgada por otros investigadores en sitios de la costa del Pacífico de Guatemala y Chiapas, aunque también en el área de Chalchuapa pueden percibirse los primeros asentamientos a la orilla del río Pampe y de la laguna Cuzcachapa, así como en los sitios del preclásico medio en la región del Cerrón Grande, en la cuenca media del río Lempa, buscando las fuentes de agua. Los rasgos arqueológicos percibidos en las operaciones realizadas en el Eje C y satélites permiten distinguir un área con remanentes domésticos. En la operación C17 fue localizado un rasgo in situ, en el cual se asocian una mano de moler, fragmentos de ollas y cuencos y en el mismo contexto se tiene una figurilla fracturada. Un rasgo comparable en donde se percibe material do-
méstico asociado con figurillas en un contexto de habitación fue encontrado en El Matazano, un sitio preclásico, en el cantón El Tablón muy cerca de Bolinas, contiguo a la ciudad de Santa Ana. Las excavaciones en El Matazano en el año 2002, fueron dirigidas por el arqueólogo que redacta y la entonces Unidad de Arqueología de Concultura. En dicho lugar no se perciben montículos más que pequeñas elevaciones, las cuales posiblemente corresponden a remanentes domésticos. Este detalle supone el uso de figurillas en áreas habitacionales. A juzgar por el tamaño de la estructura o montículo principal y la extensión del asentamiento, esta comunidad debió tener una estructura social jerárquica, en donde debieron convivir muchas familias. En Atalaya, las evidencias arqueológicas, entre rasgos y materiales, permiten creer en un asentamiento conformado por unidades domésticas distribuidas al contorno del montículo principal del sitio, pero sobre todo concentradas hacia el sector este de la estructura de mayor dominio en el área. Estas viviendas debieron edificarse con materiales perecederos, cuyo sustento depende de los recursos de los ríos y mar, caza, recolección y agricultura. Se trata de una economía mixta. La Universidad 173
En ninguna de las 66 operaciones realizadas fue posible determinar la existencia de campos de cultivo dentro del área arqueológica. Algunos arqueólogos como William Fowler Jr. han sugerido para estos asentamientos tempranos la posibilidad de que los sembrados se encontrasen a los costados del núcleo urbano o en las colinas de las montañas y entre las casas; en los mismos campos de cultivo debieron encontrarse gran variedad de árboles frutales como el mamey, jocotes, capulines, aguacates y morros, los cuales complementaban la dieta [Fowler, 1995]. Los sondeos en Atalaya sugieren la carencia de influencias volcánicas en el área, sobre todo la influencia del volcán de Ilopango (TBJ) en el clásico temprano (420 d.C.), cuya ceniza es común encontrar en otros sitios preclásicos de El Salvador. En este caso, el sitio debió ser desocupado en el preclásico tardío sin que se volviese a percibir un rebrote de actividad humana en el área por muchos siglos. Aún no han sido esclarecidos los motivos que propiciaron el abandono de Atalaya, como en otros sitios preclásicos de la región, aunque algunos arqueólogos han creído en la migración propiciada por el agotamiento de los recursos y la llegada de 174 La Universidad
nuevos grupos invasores en toda la zona occidental y central del país. Estos argumentos podrían representar factores que consolidarían la región en un nuevo horizonte cultural dentro del período clásico, aunque Atalaya se vio en abandona aparentemente hasta la colonia.
Aporte teórico
Según la evaluación tipológica y la morfología de artefactos, Atalaya existió hacia el período preclásico medio y tardío. La cerámica se percibe dentro de los complejos Colos (900-650 a.C.), Kal (650-400 a.C.), Chul (400-200 a.C.) y Caynac (200 a.C. – 200 d.C) definidos por Robert J. Sharer para la región de Chalchuapa. El marco temporal de Atalaya contrasta con las fases Las Charcas (900/750-600 a.C), Majadas (600500 a.C.), Providencia (500-200 a.C.), Verbena (200-100 a.C.) y Arenal (100 a.C.-200 d.C.) en Trinidad-Kaminaljuyú en los altos de Guatemala [Velazquez Muñoz, 2009]; Miraflores entre el 100 a.C y 250 d.C. [Sharer y Demarest, tomado de Fowler, 1995]; Jocotal y Duende en la costa de Chiapas; Jocotal, Conchas y Crucero en
Figura 14. Hipotético reconstructivo de rasgo doméstico encontrado en El Matazano, Santa Ana. Esta escena expone una piedra de moler con su mano, vasijas domésticas, presunto material constructivo y una figurilla todo en un mismo contexto. Dibujo por Claudia Alfaro, informe por Fabricio Valdivieso, Concultura, 2002.
Figura 15. Una visión hipotética de Atalaya en el preclásico tardío. Recreación digital por Fabricio Valdivieso.
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Figura 16. Sitios arqueológicos preclásicos en la zona occidental de El Salvador. Por Fabricio Valdivieso
Figura 17. Perfil a escala del Montículo Principal. Dibujo y adaptaciones: Fabricio Valdivieso. Calco: Julio Alvarado.
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El Mesak, y Jocotal y Crucero en Salinas La Blanca, estos últimos en la costa del Pacífico de Guatemala [Pye, 1992]. Los estudios en las aldeas más tempranas han permitido el descubrimiento de nuevos complejos cerámicos en las diferentes regiones de la costa del Pacífico desde Chiapas, la costa occidental, central y centro oriental de Guatemala, hasta la costa oriental entre Santa Rosa y El Carmen en los territorios guatemalteco y salvadoreño, respectivamente (ver mapa de Arroyo, 2001: 2). Atalaya debió formar parte de las redes de comercio e interacción regional de la época. Lo anterior es percibido en la cerámica, figurillas, obsidiana y otros atributos que no son propios o exclusivos para esta comunidad. Sus contactos parecen verse vinculados con sitios en la región de Chalchuapa y Santa Ana, la región del valle de Cara Sucia, la cordillera de Apaneca y el valle de Zapotitán, o incluso formar parte del intercambio con Kaminaljuyú, Bilbao, Monte Alto y Vista Hermosa en Guatemala, incluyendo su participación en el comercio de obsidiana proveniente de las fuentes de Ixtepeque y Chayal. Atalaya, en la región costera del departamento de Sonsonate, geográficamente se inte-
gra a las redes de contacto más próximas, localizadas en el valle del río de Cara Sucia, a menos de 20 kilómetros hacia el occidente en la costa de Ahuachapán. En este último valle, la planicie costera se reduce a 8 kilómetros de ancho, lo suficientemente estrecho para que los antiguos habitantes pudiesen explotar de manera permanente los recursos, estableciéndose en la zona durante un largo período [Fowler, 1995]. En dicha región han sido registrados al menos una decena de sitios preclásicos dentro de todas las subfases: temprana, media y tardía [Fowler, 1995; Paredes Umaña, 2008]. Muchas de estas aldeas arqueológicas subsisten próximas a manglares, agua dulce y recursos del mar. En dicho sector se localiza uno de los asentamientos más remotos registrados en El Salvador: El Carmen, del período preclásico temprano, cuya fecha más antigua se tiene en 1,470+-90 d.C. según C14 [Arroyo, Demarest y Amaroli, 1993], asignado al complejo Bostán (1,400 – 1,200 a.C.), una variante de la fase Locona de Chiapas. Conforme a la cerámica de otros sitios en Guatemala, Barbara Arroyo sugiere que al parecer cada región compartió las principales características del formativo temprano a lo largo de la costa, pero individualmente La Universidad 177
desarrollaron otras características propias [Arroyo, 1997]. Los primeros pobladores de Atalaya, en el preclásico medio, sin duda provenían de alguna región próxima, con antecedentes del preclásico temprano, aunque no se tienen pruebas de ello más que la inmediata edificación de un montículo de tierra en la zona. Los edificios de tierra efectivamente tienen trascendencia hacia épocas anteriores, lo cual puede percibirse en El Carmen, donde se tienen pruebas de construcciones a base de barro compactado y separadas por rellenos de barro con arena [Arroyo, Demarest y Amaroli, 1993: 241], sitio que consta de un solo montículo. Barbara Arroyo ha sugerido para la costa de Guatemala, la existencia de sociedades con heterarquía igualitaria en las épocas más tempranas. Este sistema de heterarquías podría haber existido en varias comunidades de la época, donde los individuos debían integrarse mediante conexiones sociales a un sistema grande de colaboración, con el objeto de garantizar el acceso a las zonas con abundancia de recursos disponibles. Luego, aquellos pobladores se movían de un sitio a otro, al gastar los recursos del lugar [Arroyo, 2001]. Para el 178 La Universidad
preclásico medio este sistema debió verse más corrompido, con el advenimiento de las especializaciones y un sistema social más estratificado en donde los recursos debieron sujetarse a otras normas de control más desarrolladas. La estratificación social puede percibirse en la diversidad de artefactos cerámicos, la obsidiana y el volumen de las estructuras, las cuales parecen sugerir un aumento de población con jefaturas más complejas. Para el preclásico medio se tuvo un mayor control de los recursos agrícolas y el desarrollo de técnicas de producción, mientras aumentan las tradiciones cerámicas hacia el preclásico tardío, este último como un preludio a los grandes avances del período clásico en Mesoamérica. Según William Fowler, es a partir del preclásico medio, aproximadamente 1000-900 a.C., con una base de subsistencia ya establecida, cuando ocurre una fuerte expansión demográfica en el occidente y en la zona central del país, posiblemente relacionada con la introducción y el desarrollo de nuevas variedades de maíz más productivas [Fowler,1995]. En El Salvador el centro más destacado de la época es Chalchuapa. Fowler considera que alrededor del 500-400 a.C., la ex-
pansión demográfica se percibe considerablemente en las zonas de tierra caliente, por debajo de los 1,000 metros de altitud y en aquellas de tierra templada hasta los 1,400 metros, percibiéndose un incremento considerable en el número de sitios, ampliándose con ello los contactos interregionales y desarrollándose una serie de nexos culturales a través del sureste de Mesoamérica, uniendo el occidente de El Salvador con las tierras altas centrales de Guatemala durante el preclásico tardío [Ídem]. Atalaya debió formar parte de este fenómeno regional en el cual podría explicarse su origen y trascendencia. Un criterio para el establecimiento en esta área puede deberse, además de la abundancia de recursos proporcionado por las zonas costeras y un terreno plano y fértil, a la adecuada geografía cerrada por dos ríos, con un acceso controlado en el sector este y un acceso o salida controlado al mar. Para muchos especialistas, en el preclásico tardío la guerra ya jugaba un importante rol dentro de las dinámicas sociales, por lo que era importante asentarse en tierras estratégicas, donde se facilitara el control de los recursos. Atalaya, al encontrarse cerrada por dos ríos, de manera teórica, se limitaría el acceso por
determinadas áreas.
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nistración del Patrimonio Cultural. Hugo Chávez Asistente en gabinete Dibujo de materiales TOPONORT El Salvador SA de CV. Servicios de Topografia José Atilio Vasquez Asistencia en el dibujo de planos Google Earth Fotografía satélite
Créditos
Agustín Núñez Asistente en campo y gabinete Dibujo arqueológico José Feliciano Ramos Asistente en campo y gabinete Fotográfica en campo Julio Alvarado Asistente en gabinete Calcos y diagramación Ilustraciones
184 La Universidad
La Laguneta, sitio arqueológico de Oriente: Un estudio del Paisaje Cultural
Fabio Esteban Amador
Introducción
El presente ensayo se enfoca en el análisis de la evidencia cultural recuperada en el sitio La Laguneta, ubicado en el oriente de El Salvador. Los resultados aquí presentados son producto de programas de levantamiento de mapas, excavación y análisis cerámico realizados entre los años 2006 y 2007 [Amador 2007, 2009, 2011, Amador et. al., 2007], por un equipo que incluyó estudiantes de la Universidad de El Salvador, la Universidad Tecnológica y la Universidad Estatal de Georgia. El proyecto fue dirigido por Fabio Esteban Amador con la asistencia y colaboración de las antropólogas Paola Garnica, Rosa María Ramírez y el arqueólogo Jeffrey B. Glover.
El sitio La Laguneta fue documentado inicialmente durante un reconocimiento regional de Oriente por el equipo del Proyecto Atlas Arqueológico de la Región Oriente de El Salvador [Amador 2007, 2009]. Luego de consultar el registro nacional de sitios arqueológicos e informes disponibles en el Departamento de Arqueología de la Secretaría de Cultura, se decidió hacer una investigación que explorara dimensiones culturales, temporales y estilísticas para examinar las diferencias y similitudes existentes entre sitios en Oriente y Occidente (por ejemplo Quelepa, Grupo Tazumal, Los Llanitos, Loma China y San Andrés). Además de llevar a cabo un levantamiento arquitectónico de las estructuras, también se realizaron pozos de La Universidad 185
Figura 1. Mapa topográfico del sitio Laguneta sobrepuesto en foto aérea. Mapa por Jeffrey B. Glover y fotografía aérea por CNR.
sondeo en diferentes áreas, con el propósito de fechar las estructuras, documentar contextos intactos, así como obtener artefactos de los períodos de ocupación del sitio. A continuación se presenta un análisis de parte de los componentes arquitectónicos y un análisis cerámico comparativo. Geografía Cultural El sitio La Laguneta se encuentra ubicado en el departamento de Usulután, República de El Salvador. La zona donde se ubican las estructuras que componen el sitio se encuentra delimitada hacia oriente y sur por el Río Gaspar, 186 La Universidad
el cual desemboca hacia el occidente en el Río Lempa. Aproximadamente 15 estructuras y 13 rasgos arquitectónicos constituyen el sitio, estos están dispuestos en un área relativamente plana que se extiende por unas 10 hectáreas. Las estructuras visibles sobre la superficie incluyen: un juego de pelota, una acrópolis con varias superestructuras en forma de pequeños montículos, plazas rodeadas de montículos con escalinatas, estructuras circulares y otros rasgos aún no definidos. En total, el área construida de La Laguneta cubre un espacio relativamente similar al sector occidental de Quelepa [Andrews, 1976].
Paisaje Arquitectónico El paisaje cultural construido es dinámico y demuestra procesos de organización espacial, adaptación geográfica, forma y orientación. Por lo tanto, lo que apreciamos en el presente del sitio es el fruto de múltiples cambios en construcciones y modificaciones a lo largo de más de mil años. El sitio cambia su forma en función de quien maneja el poder y a su vez, estos cambios de poder generan otras nociones de cosmovisión, ritual, áreas de festejos privados de las elites y comunitarios, zonas de comercio, talleres, viviendas, plazas abiertas y espacios sagrados. Todos estos espacios funcionan dentro de una visión común. Con el paso del tiempo se integran nuevos elementos, se ajustan los paisajes y se reinterpreta el espacio. Esto es significativo porque es aquí donde se pueden notar grandes y menores influencias culturales, rupturas en redes de intercambio e interacción, así como detalles de la vida de la comunidad que se identificaba con este sitio en diferentes tiempos. Acrópolis La acrópolis es una estructura escalonada con una base de aproximadamente 100 m cuadra-
dos que se eleva un promedio de 6 m de altura. Este gran montículo domina el margen oriental del sitio y colinda con el río Gaspar, es decir, formalmente solo se tenía acceso principalmente por medio de escalinatas al costado occidental (y posiblemente norte y sur) de la acrópolis. Pensamos que el lado norte no tuvo escalinatas ya que el ángulo es muy inclinado. De la misma forma, el lado sur está muy cerca de otras estructuras que rodean la plaza mayor y solamente el lado occidental tiene un acceso libre hacia la parte interna del sitio. Sin embargo, creemos que estos accesos pudieron estar activos en diferentes períodos y optamos por el acceso desde una escalinata en el costado occidental, ya que también este acceso se puede observar en pequeñas estructuras que rodean la plaza. La estructura fue denominada como acrópolis debido a que es la estructura dominante del sitio y de mayor envergadura e inicialmente pensamos que esta estructura fue el centro cívico-religioso del sitio. Sobre su superficie elevada se encuentran varios rasgos, incluyendo dos super-estructuras de forma piramidal de unos 5 m de altura en sus costados sur y oriente. También se pueden observar pequeños rasgos en forLa Universidad 187
Figura 2. Mapa topográfico del sitio Laguneta, el cual demuestra la ubicación de estructuras y pozos de sondeo. Mapa por Jeffrey Glover.
188 La Universidad
ma de estructuras recto-lineales y perimetrales en el costado norte en los márgenes norte, poniente y sur. Consideramos que esta estructura, por su forma y volumen, probablemente representa una de las estructuras más tempranas del sitio, tal como lo indicaron los fragmentos cerámicos recuperados de tres pozos de sondeo sobre la acrópolis. De igual forma, las estructuras tempranas (Uapala) de Quelepa son similares en dimensión y estilo [Andrews,1976]. Gran Plaza La plaza es el espacio central del sitio. No se sabe con certeza cuáles son los límites de la plaza, pero se expande por un área de gran dimensión. La plaza es un área relativamente plana delimitada en su extremo oriente por una serie de montículos (Estructuras 4,5,6,7 y 8, ver mapa) y el río Gaspar. Una pequeña estructura (E-4) parece demarcar la esquina sur-oriente del sitio y de la plaza. Su extremo sur también esta demarcado por el curso del río Gaspar. Hacia el occidente no son visibles otros montículos hasta llegar a una muy larga estructura que escapa identificación por su inusual forma y disposición (E-11). El rasgo ‘central’ de la plaza es un montículo (E-2), el cual se encuentra aislado
de otros grupos y aún se desconoce su función en la plaza. Este montículo no fue excavado durante la investigación. El extremo norte de la plaza está demarcado por el juego de pelota. En total, estimamos que la plaza tiene un mínimo de 200 metros cuadrados en su totalidad. Grupo Oriental El grupo oriente está compuesto por montículos relativamente pequeños, pero que con seguridad tuvieron una función esencial en el sitio (Estructuras 4,5,6,7 y 8, ver mapa). Directamente al sur de la acrópolis se encuentran tres estructuras (E-6,7 y 8) las cuales están perfectamente separadas entre las mismas (aproximadamente 25 metros) y orientadas 15 grados al oriente del norte, la misma orientación de la acrópolis, el juego de pelota y la estructura en el extremo occidente. La estructura E-7 es el montículo central y curiosamente también está alineado con la estructura central de la plaza (E-2). Este montículo fue excavado en su acceso lateral que da hacia la plaza. El propósito de estos pozos de sondeo fue de verificar la existencia de una escalinata u ofrendas conmemorativas de la estructura. También queríamos documentar cómo la La Universidad 189
Figura 3. Fragmento de Incensario Espigado Tipo: Puas Lolotique encontrado durante las excavaciones de la Estructura E-7 en Laguneta.
plaza y la estructura se integraron. Lastimosamente, la mala condición de la estructura no permitió encontrar escalinatas in situ, sin embargo, encontramos significativos rasgos que evidenciaron diversos niveles o gradas. Posiblemente lo más significativo de esta estructura fue la recuperación del cuello de un incensario espigado identificado como Púas Lolotique, fragmento grande de incensario que, según Andrews, usualmente se encuentra al pie de escalinatas, depositados como ofrenda y sin evidencia de un uso anterior. Es muy posible que esta vasija fuera utilizada por los habitantes de La Laguneta para conmemo190 La Universidad
rar algún evento de gran importancia en la antigua ciudad. Lo curioso también es que esta cerámica ha sido fechada a la fase Lepa [Andrews, 1976] o periodo clásico tardío, cuando Quelepa, entre otros sitios, evidencia una influencia externa de gran importancia. ¿Por qué fue importante o simbólico utilizar un incensario de manufactura local en una conmemoración que marca el inicio de una nueva era por líderes que, de acuerdo a Andrews, provienen de lejos? Es posible que fuera por respeto a los antepasados, paso de poder de los antiguos a los nuevos gobiernos, acto simbólico de transferencia o simple-
mente que la gente no cambió su identidad, solo su ideología. Temas de gran importancia que se exponen aquí para abrir el debate en la comunidad de estudiosos de la Prehistoria de El Salvador y Oriente. Juego de Pelota Ubicado en el sector norte-central del sitio, se encuentra el Juego de Pelota. Esta estructura está orientada 15 grados al oriente del norte, una desviación notable en todas las estructuras del sitio, al igual que el juego de pelota de Quelepa [Andrews, 1976], Los Llanitos [Longyear, 1944] y Salto El Coyote [Amador, 2007, 2009]. La forma del juego de pelota es la clásica forma I, con una distancia norte-sur de 80 m y este-oeste de 40 m aproximadamente. Las estructuras alargadas y paralelas tienen 2 metros de altura. Las terminaciones norte y sur están demarcadas por un muro angosto y de poca elevación, pero que delimita las terminaciones perfectamente y aunque ha sufrido muchos daños por actividades agrícolas y el paso del tiempo, este rasgo es aún visible. Las exploraciones realizadas en el juego de pelota demostraron una estructura severamente dañada por el paso del tiempo. Solamen-
te pequeños fragmentos de cal en las superficies inclinadas que dan hacia la parte interna de la estructura fueron testimonio de su antiguo acabado exterior. También se ubicó un piso de piedras toscamente puestas en la parte superior de la estructura. Un pozo de sondeo, ubicado sobre la parte superior de la estructura longitudinal oriente, demostró un piso superior sin previas etapas constructivas, ya que un relleno sólido fue el componente de este pozo de casi dos metros de profundidad. Esta es nuestra primera pista sobre la temporalidad del sitio, ya que los juegos de pelota son escasos en Oriente y hasta la fecha, los existentes, aparte de La Laguneta, se encuentran en Quelepa [Andrews, 1976], Los Llanitos [Longyear, 1944] y Salto Coyote [Amador, 2009, 2011]. El juego de pelota es definitivamente un rasgo arquitectónico mesoamericano, que hace su aparición en el oriente de El Salvador en el período clásico tardío [Andrews, 1976]. Por lo menos existen tres sitios con juegos de pelota en Oriente, los cuales han sido fechados a este período, por lo que Andrews argumenta que es parte de la llegada de una nueva identidad del centro de México. Esta nueva identidad incluye elementos como hachas, La Universidad 191
Figura 4. Comparación de Dimensiones y Orientación General de los Juegos de Pelota en Oriente. De izquierda a Derecha: AQuelepa, B-La Laguneta, C-Los Llanitos, D-Salto El Coyote.
yugos y palmas, que han sido encontradas en Quelepa pero no en La Laguneta. Motivos tallados incluyen nuevas representaciones de deidades como Ehecatl, dios del viento, el cual parece ser una re-interpretación de Quetzalcóatl en el clásico tardío. También existe evidencia de una influencia tecnológica en la aparición de cerámica Tohil Plomizo, Nicoya y otros grupos cerámicos producto de intercambio a largas distancias con la región de Centro América. Otros rasgos Al extremo poniente del sitio se encuentra una estructura alargada de unos 100 metros de largo, orientada hacia la misma direc192 La Universidad
ción que todas las estructuras del sitio, 15 grados al oriente del norte. Lo curioso de esta estructura es su elevación máxima la cual se encuentra en el centro de la misma, a unos 6 m de altura, sin embargo, la estructura es extremadamente angosta, tenie un promedio de 10 m de ancho en todo su cuerpo. Es posible que exista evidencia de una escalinata asociada con la parte más alta y central de esta estructura, lo que podría convertirla en una especie de entrada formal hacia la gran plaza. Otros rasgos similares a muros perimetrales fueron detectados en la esquina nororiente y sur del sitio, sin embargo, las limitantes de la temporada de campo no permitieron investigar estos rasgos.
Figura 5. Antropóloga Rosa María Ramírez estudia cerámica recuperada de las excavaciones en Laguneta.
Análisis cerámico El proceso de análisis de las muestras recuperadas durante las excavaciones fue llevado a cabo en el un Laboratorio establecido durante el estudio en el Instituto de Estudios Históricos, Arqueológicos y Antropológicos (IEHAA) de la Universidad de El Salvador, con el objetivo de establecer una cronología preliminar y obtener una muestra de los diferentes rasgos culturales que sobresalen en la producción, el diseño y las formas
cerámicas que cada grupo social elabora. El estudio de los materiales recuperados de las 7 unidades de sondeo produjo un total de 2,345 tiestos. La mayoría de estos tiestos fueron recuperados de contextos mixtos y demostraron una gran fragmentación y pobre conservación de las superficies exteriores e interiores, lo cual obstaculizó la identificación de muchos de estos materiales por falta de elementos diagnósticos.
La Universidad 193
Metodología empleada en el análisis cerámico El método de análisis utilizado para el estudio de la cerámica fue el sistema ‘tipo-variedad’. Este sistema funciona con materiales fragmentados o completos que provienen de superficie o estratos culturales de sitios arqueológicos y que contienen numerosos atributos, los cuales pueden ser analizados de acuerdo a sus propias características y a los objetivos del investigador [Robles Castellanos, 1990]. El sistema de análisis tipo-variedad ha sido y sigue siendo utilizado en análisis cerámico en Mesoamérica, especialmente en el área maya. La ventaja de este sistema es que permite realizar estudios comparativos entre diferentes complejos cerámicos a nivel regional e interregional, entre los diferentes tipos y variedades que son definidos y/o identificados por cada sitio. Asimismo, la comparación de tipos y variedades permite establecer posibles conexiones cerámicas entre diferentes sitios y áreas culturales. El estudio cerámico de La Laguneta se relaciona estrechamente con el trabajo de Andrews [1976] en Quelepa, departamento de San Miguel. El trabajo seminal de Andrews provee el único ejemplo en la región Oriente del 194 La Universidad
uso de cerámica para establecer una cronología regional y nuestra identificación y clasificación se realizó en base a las identificaciones, descripciones y análisis del material utilizado por Andrews [1976]. Se tomó como base no solo la clasificación cerámica hecha por el autor, sino también la nomenclatura usada en el estudio. Andrews presenta una versión modificada del sistema Tipo-Variedad que varía del formato original en dos puntos: • los nombres se refieren a unidades que se asemejan a grupos de cerámica, más que a tipos de cerámica; • los nombres de variedades están eliminados. Resultados El análisis tipo-variedad ha encontrado la presencia de 40 grupos cerámicos, 15 tipos cerámicos y 1 variedad cerámica. Estos grupos cerámicos demuestran una cronología preliminar que abarca el preclásico medio y el preclásico tardío, el clásico temprano y clásico tardío, incluyéndose grupos Café Negro Pinos, para los preclásicos medio y tardío, Moncagua Ordinario para el clásico temprano; y grupo Rojo Sirama para el clásico tardío. Es importante
Tabla 1. Grupos cerámicos que fueron identificados durante el análisis de los materiales recuperados del sitio Laguneta en orden cronológico
Grupo
Guaymango Izalco Usulután Probablemente relacionado a Izalco Usulután Café Negro Pinos Café Negro Pinos Rojo sobre anaranjado Moncagua Ordinario Rojo Sirama Rojo Sirama Rojo sobre blanco Zamorano Obrajuelo Ordinario Obrajuelo Ordinario Probablemente relacionado a Obraj. Ordinario Rojo Sirama Rojo Sirama Púas Lolotique Púas Lolotique Blanco Guayabal Blanco Guayabal Engobe blanco no definido Anaranjado sobre blanco Taisihuat Polícromo Quelepa Probablemente Policromo Los Llanitos Polícromo Tecomatal Incisión Ancha Rojo sobre blanco Delirio Espinada compleja Incisión fina Incisión ancha Modelado Incisión fina y punzonado Lepa (625-1000 d.C.) Lepa (625-1000 d.C.) Lepa (625-1000 d.C.) Lepa (625-1000 d.C.) Lepa (625-1000 d.C.) Lepa (625-1000 d.C.) Lepa (625-1000 d.C.) Lepa (625-1000 d.C.) Lepa (625-1000 d.C.) Lepa (625-1000 d.C.) Lepa (625-1000 d.C.) Filete Impreso Temprana Temprana con filete punzonado
Tipo
Guaymango rojo sobre crema Izalco Usulután pintado de rojo Incisión burda
Variedad
Guaymango
Fase cerámica
Kal-Chul (700 a 200 a.C) Uapala (500-400 a.C. al 150 d.C) Uapala (500-400 a.C. al 150 d.C) Uapala (500-400 a.C. al 150 d.C) Uapala (500-400 a.C. al 150 d.C) Uapala (500-400 a.C. al 150 d.C) Shila (150-625 d.C.) Shila (150-625 d.C.) Shila (150-625 d.C.) Shila (150-625 d.C.) Lepa (625-1000 d.C.) Lepa (625-1000 d.C.)
Frecuencia 4 1 1
Café Negro Pinos Café Negro Pinos pintado de rojo
12 3 3 1 9 2 6 1 2 1
198 1 13 4 21 1 10 17 34 12 2
Policromo engobado de blanco
Lepa (625-1000 d.C.)
13
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mencionar que se crearon varios grupos provisionales para un conjunto de tiestos que no concuerdan con los grupos descritos por Andrews [1976] para el sitio Quelepa, Beaudry para el sitio Asanyamba [1982] o incluso grupos descritos por Sharer [1978] para Chalchuapa. A continuación se presentan los grupos clasificados y la fase cerámica donde han sido ubicados temporalmente por Sharer [1978] y Andrews [1976]. Cronología Consideramos de gran importancia el establecimiento de la contemporaneidad del sitio, principalmente con los grupos establecidos para la cronología de Quelepa por Andrews [1976], ya que solamente 30 kilómetros separan a estos dos importantes sitios. Complejo Uapala La historia cultural del sitio inicia durante el período preclásico medio-tardío, tal como lo ejemplifican los grupos cerámicos asociados a la fase Uapala de Quelepa, fechados entre 500 y 400 a.C. a 150 d.C. Los grupos más representativos de esta etapa formativa del sitio La Laguneta son Izalco Usulután y Café Negro Pinos. El Izalco Usulután es muy común 196 La Universidad
en Oriente, específicamente en contextos del preclásico tardío y proto-clásico. Andrews [1976] ha reportado casi un 50 % de su muestra de Quelepa de la fase Uapala con este componente cerámico, sin embargo, es Sharer [1978] quien encuentra grupos más tempranos asociados a la cerámica Kal, fechada entre 800 y 500 a.C. en Chalchuapa. De igual forma, el grupo Café Negro Pinos fue encontrado en Quelepa como en Chalchuapa durante el preclásico tardío. Estos grupos no solamente sirven para identificar una primer etapa constructiva en La Laguneta, sino también son útiles para evidenciar el establecimiento de redes de intercambio que abarcaban no solamente oriente, sino el occidente y Chalchuapa. De hecho, tanto Izalco Usulután como Café Negro Pinos tienen una considerable distribución en el altiplano de Guatemala. La evidencia sugiere que los habitantes de La Laguneta participaron en redes de intercambio e interacción con la región oriental con sitios como Quelepa, así como con sitios de occidente, la zona de Chalchuapa y el altiplano Guatemalteco, en sitios como Kaminaljuyú, durante el preclásico tardío. Estas tempranas muestras fueron recuperadas de exploraciones de sub-estructuras sobre la acrópolis,
Figura 6. Muestra Cerámica del Complejo Uapala en Laguneta. A. Izalco Usulutan, B. Café Negros Pinos
donde se encontraron mixtos con un relleno estructural interno. Complejo Shila Un segundo período de ocupación fue documentado para el período clásico temprano, evidenciado por los grupos Moncagua Ordinario y Rojo Sirama, variedad temprana. Pocos fragmentos de estos grupos fueron identificados, lo cual se ha inter-
pretado como evidencia de una posible despoblación general de la región, debido a la erupción volcánica de Ilopango [Sheets, 1984]. Las evidencias cerámicas diagnósticas de la fase Shila de Quelepa también son evidentes en Laguneta, de hecho, consideramos que la acrópolis evidencia varios episodios constructivos y posiblemente fue creciendo en volumen a través el tiempo. Los pocos fragmentos de la fase Shila La Universidad 197
Figura 7. Muestra Ceramica del Complejo Shila. A. Moncagua Ordinario. B. Rojo Sirama – Variedad Temprana
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Figura 8. Muestra Cerámica del Complejo Lepa. (A) Obrajuelo Ordinario. (B) Rojo Sirama. (C) Puas Lolotique. (D) Quelepa Policromo. (E) Los Llanitos Polícromo.
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en La Laguneta forman parte de un patrón durante el clásico temprano en oriente, lo cual indica una ruptura en las redes de intercambio e interacción con el área occidental y maya, ya que pocos son los fragmentos diagnósticos que se han encontrado de esta última región en contextos fase Shila en oriente. Es posible que durante este importante periodo de transición cultural se establecieran nuevas identidades regionales que más que incorporar, excluyen las regiones aledañas (tal como los centros mayas) e incorporan a la vez, atributos de la periferia sur-oriental mesoamericana. Es probable que durante el período clásico temprano, los habitantes de La Laguneta se interesaran en consolidar sus esfuerzos y crear un sitio de gran importancia, posiblemente equivalente a Quelepa. No podemos verificar una rivalidad, pero seguramente los recursos naturales y otros estuvieron en juego durante este importante período ya que entonces se inician los grandes proyectos de construcción evidenciados en toda la región. No obstante, estamos seguros de que estas interpretaciones tomarán un rumbo más acertado con la continuidad del programa de exploración y excavación del sitio.
Complejo Lepa El último período de ocupación del sitio está relacionado con materiales cerámicos diagnósticos asociados a la fase Lepa de Quelepa. Los grupos más representativos son Obrajuelo Ordinario, Rojo Sirama, Púas Lolotique, y los Polícromos Quelepa y los Llanitos. Lo más asombroso de nuestros resultados es el porcentaje de fragmentos de la fase Lepa que fueron identificados y la comparación con los otros dos períodos de ocupación de los sitios. El 89 % de los materiales cerámicos identificados del sitio La Laguneta hasta el momento están fechados para el período clásico tardío. Una comparación entre ambos sitios, Quelepa y La Laguneta, para este período es importante, ya que ambos sitios comparten grupos cerámicos, un incremento en la construcción de diferentes elementos arquitectónicos como el juego de pelota en ambos sitios y los grupos arquitectónicos sur en La Laguneta y el grupo Occidente en Quelepa. Los pozos de sondeo ubicados en el grupo sur de La Laguneta dan a conocer un aspecto ritual del sitio, ya que al inicio de sus escalinatas encontramos grandes fragmentos de incensarios espigados y grandes cuchillos posiblemente
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en conmemoración de un nuevo período en el sitio. De igual forma los encontramos en el grupo occidental de Quelepa, pese a una importante diferencia. Los escondrijos de Quelepa contuvieron elementos de carácter ritual que han sido identificados como objetos de un culto del centro de México [Andrews, 1976], especialmente encontrados en el complejo Yugo-Hacha-Palma, asociados al juego de pelota, y las importantes palmas con relieves de Ehécatl. ¿Qué significan estos elementos foráneos en Quelepa? Para Andrews, estos elementos significan el inicio de una nueva era, un nuevo orden y una nueva cosmovisión foránea. A pesar de la importante intrusión cultural en esta región por probables migrantes, el sitio sufre un repentino abandono durante el siglo X. En La Laguneta, no hemos podido encontrar ningún rasgo asociado con estas intrusiones culturales del clásico tardío, sin embargo nuestras investigaciones fueron limitadas en comparación a Quelepa y la falta de estos materiales en nuestra colección no excluye la probable existencia de estos.
Conclusiones
Este ensayo ha dado a conocer brevemente las características arquitectónicas y cerámicas del sitio La Laguneta durante los periodos preclásico tardío, clásico temprano y clásico terminal. El enfoque, sin embargo, es en la fase Lepa de La Laguneta con un énfasis en la forma y distribución de la arquitectura, así como un análisis comparativo de la cerámica y depósitos especiales en ambos, La Laguneta y Quelepa. ¿Qué significa la evidencia hasta ahora recuperada? La fase Lepa durante el clásico tardío se encuentra estrechamente relacionada con cambios significativos en la distribución de estructuras, orientación, forma y volumen [Ashmoore, 2011]. Nuevos conceptos de espacios incluyeron plazas rodeadas de estructuras o grupos de patio y la adición del juego de pelota como marcador simbólico de una nueva comunidad y posible cosmovisión. Más aún, los materiales cerámicos y líticos encontrados en ofrendas especiales o escondrijos en La Laguneta, como en Quelepa, sugieren nuevas afiliaciones culturales. En Quelepa existe evidencia de una interrupción en las tradiciones locales y la imposición de patrones La Universidad 201
más ‘mesoamericanos’, los cuales reflejan una influencia del occidente hacia la zona oriental. Pero en La Laguneta, la escala y la magnitud de la influencia no parece ser igual. Desplazamiento Lateral Desplazamiento lateral es un concepto que ha sido definido por Ashmoore como un correlativo de nuevos episodios de ocupaciones y las posibles razones por tales
cambios [Ashmoore, 2011]. Este concepto también ha sido utilizado para explicar cambios en la elaboración arquitectónica de sitios, abandono de construcción, hiato ocupacional, entre otros cambios que se dan en vista de la llegada de nuevos líderes los cuales imponen su ideología, transformando el paisaje cultural, pero sin borrar las huellas de sus predecesores. En el caso de Quelepa (ver mapa) se pueden observar cambios dra-
Figura 9. Comparación de Desplazamiento Arquitectónico en Quelepa y en La Laguneta. (A) Mapa de la porción central del Sitio La Laguneta [Glover. En Amador, 2009]. (B) Porción central de la Ocupación Lepa en la zona ocidental de Quelepa [Andrews 1976].
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máticos al inicio de la fase Lepa, especialmente, se evidencia una fase constructiva al lado occidental del sitio, la cual desde esta etapa está separada del previo centro ceremonial por la quebrada Agua Zarca. El desplazamiento lateral en este ejemplo se puede observar en dos formas: una, las construcciones previas en Quelepa no son destruidas y son poco modificadas, especialmente las grandes plataformas orientales; sin embargo, surgen muchas pequeñas estructuras en el lado occidental del sitio. El grupo sur está demarcado por la Estructura 29, la cual demuestra una nueva orientación (hacia el occidente) que también lo refleja el juego de pelota, ubicando el nuevo extremo norte del sitio. Ambas estructuras están orientadas 15 grados al este del norte, al igual que los arreglos espaciales en La Laguneta. Es notoria la importancia de la integración de nuevos arreglos y espacios importantes en el sitio, tal como se observa en el juego de pelota de Quelepa donde la estructura occidental es parte de una antigua plataforma de la fase Shila [ver mapa, Andrews, 1976]. El grupo sur de La Laguneta demuestra un arreglo importante en la expansión arquitectónica del sitio, además de la orientación y el acceso de las estructuras, las cuales evidencian una proyección hacia
el occidente. De la misma manera, el juego de pelota que fue construido durante la fase Lepa con una orientación de 15 grados al oriente del norte, al igual que en Quelepa [Amador, 2009, 2011]. En varios casos (e.g. Copán, Chalchuapa), la llegada de un nuevo gobernante significa el inicio de un periodo de construcción que refleje las nuevas tendencias, sin embargo, la arquitectura existente en estas ciudades sigue siendo una importante evidencia del pasado y su relación con el presente. El hecho que la arquitectura asociada a antiguos gobernantes no haya sido destruida, sugiere respeto [Ashmoore, 2011] por la autoridad suprimida. La decisión de construir nuevos edificios cerca de los antiguos sugiere una continuidad de los espacios sagrados y del poder. Sin embargo, modificaciones como la orientación y la expansión de edificios elite demuestran la imposición de un nuevo orden. De cierta forma, los nuevos líderes reemplazan, modifican y construyen nuevas estructuras diferentes a los estándares antiguos, y demarcan un nuevo paisaje cultural y su lugar en la historia.
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Ofrendas Lepa Depósitos especiales cerámicos durante la fase Lepa en Quelepa (Estructura 29) incluyen una vasija polícroma y un incensario espigado [Andrews, 1976; Ashmore, 2011], lo que Ashmore considera una ofrenda dedicada al monumento. Sin embargo, en la estructura más grande del sector oriente de la fase Lepa en Quelepa (Estructura 22) se encontró una ofrenda, la cual sugiere prácticas de renovación junto con la toma de poder de una nueva autoridad [Ashmore, 2011]. Los objetos en el Chache 22 de la Estructura 22, incluyen tres discos de cerámica Lepa depositados juntos con un cuchillo de obsidiana, dos lascas de obsidiana, un fragmento de hematita y pedazo de arcilla anaranjada [Andrews, 1976: 28; Ashmore, 2011]. Estas ofrendas en Quelepa durante la fase Lepa evidencian conexiones hacia el oeste y hacia Mesoamérica durante el clásico tardío. Especialmente son relevantes las relaciones con fuentes de obsidiana en Guatemala y no con fuentes cercanas en Honduras. Esta selectividad de los líderes en Quelepa de preferir relaciones hacia al occidente es indicativo de la dirección de la influencia, así como de los nexos establecidos y preferidos por los lí204 La Universidad
deres de este período. En el caso de La Laguneta, también podemos observar la ubicación de un incensario espigado tipo Púas Lolotique y un chuchillo de obsidiana, ambos encontrados en las gradas del acceso principal a la Estructura 7. Sin embargo, esta ofrenda sugiere una identidad local que conmemora la llegada de una nueva era, pero consciente de una continuidad de su identidad. Identidad en Oriente en el clásico tardío Andrews [1976] ha propuesto un fuerte argumento de una nueva identidad impuesta durante el clásico tardío en Quelepa, que se refleja en el desplazamiento lateral y en las ofrendas que sugieren orígenes en el centro de México. Sin embargo, esta evidencia no ha sido aún documentada en otros sitios excavados en el oriente de El Salvador. Nuevas evidencias de La Laguneta ofrecen la oportunidad de observar comportamientos y patrones en un sitio de menor escala, pero de igual importancia en relación a las tradiciones regionales. La falta de materiales de procedencia o de influencia del centro de México en La Laguneta no significa que no puedan existir, sino que es ne-
cesario llevar a cabo programas de excavación más intensivos, para poder incrementar muestras cerámicas regionales y detectar posibles intrusiones foráneas. No obstante, las evidencias hasta la fecha recuperadas sugieren que persiste un patrón de producción y la tradición de una identidad local. La evidencia de la Estructura 7 en La Laguneta es significativa, ya que los elementos empleados en el evento de su enterramiento son símbolos de poder, tradición, arte, cultura, cosmovisión y ritual. Es posible que el juego de pelota, así como la construcción del grupo sur en La Laguneta marquen un paso a la integración de la comunidad a un mundo mesoamericano y centroamericano, sin embargo, esta sociedad no perdió su memoria ni su identidad, sino que se vio fortalecido por dichos cambios. La identidad en oriente,
en lugar de desaparecer, se consolida, a pesar de los contactos inter-regionales. Los trabajos arqueológicos realizados hasta la fecha no pueden establecer con certeza el nombre de los habitantes ni su afiliación cultural, pero podemos decir con precisión que esta comunidad sufrió un cambio en el orden de sus espacios, de su poder y su ideología. Sin embargo, parece ser que sus tradiciones y sus antepasados siguen siendo parte de sus vidas, tal como lo evidencian las conmemoraciones y ofrendas. Esperamos que futuros trabajos en Oriente logren esclarecer más atributos de esta identidad desconocida, que no fue reemplazada pero que optó por adaptarse ideológicamente y políticamente sin perder su memoria ancestral.
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Resumen de las investigaciones geofísicas y arqueológicas al sur de Joya de Cerén, 2007
Payson Sheets
Introducción
Antes de los años sesentas, la mayoría de arqueólogos pensaba que la densidad de la población de los sitios arqueológicos mayas era baja [Sharer, 2006]. Pensaban que poca gente había vivido en esos lugares porque se trataba más que todo de centros ceremoniales y además, se asumía que el sistema de agricultura adecuado para abastecer la alimentación de estas personas había sido la milpa, basada en el cultivo del maíz. Sin embargo, en 1960 el proyecto Tikal inició un reconocimiento de la población, investigando no solo estructuras de la elite en el centro, sino también las casas de la gente común [Willey, 1982]. La sorpresa fue que las
poblaciones eran grandes y densas, como de 300 o 400 habitantes por cada kilómetro cuadrado [Culbert y Rice, 1990]. Después de esto, en mi reconocimiento del Valle de Zapotitán, estimamos densidades poblacionales en buenas zonas, de aproximadamente 200 personas por kilómetro cuadrado. Era obvio que las milpas no eran suficientes para abastecer de alimento a poblaciones como estas. Además de la milpa, probablemente, el cultivo y el método produjeron las calorías suficientes para esas poblaciones, aunque hasta hoy no hay una respuesta satisfactoria.
La Universidad 207
Investigaciones de 2007
Para investigar más sobre la agricultura de los mayas durante el periodo clásico en el valle de Zapotitán, organizamos las investigaciones de mayo y junio de 2007. Sabemos ya mucho sobre las milpas cercanas a las casas dentro del sitio Joya de Cerén, porque hemos excavado varias en cada operación y excavamos el jardín de cocina de la Unidad Doméstica #1 [Sheets, 2002; 2006]. Pero hasta ahora no sabíamos nada de la agricultura a distancia del pueblo. Yo escribí una propuesta a la Nacional Geographic Society, al Comité de Investigación y Exploración, la cual ellos aprobaron. La propuesta constaba de tres etapas de investigación: mapeado, prospección geofísica y excavaciones arqueológicas. Las investigaciones en el campo siguieron estas tres etapas. La primera etapa, el mapeado, estaba bajo la dirección de Adam Blanford, estudiante graduado de la Universidad de Colorado. Él hizo un mapa (Figura 1) de los tres lotes al sur del sitio Joya de Cerén, usando una teodolita. También hizo un mapa de cada una de las dos redes para las investigaciones geofísicas (Figuras 2 y 3). Recobró los datos de elevación que serían usados para 208 La Universidad
hacer correcciones durante el resto de 2007 y una parte de 2008, cuando se hicieran los análisis detallados de los datos geofísicos. La segunda etapa, la prospección geofísica, estaba bajo la dirección de Mónica Guerra, estudiante graduada en geología de la Universidad de Colorado. Ella usó un instrumento geofísico de radar penetrante del suelo, con antenas de 270 y 400 megahertz. Recolectó datos muy detallados de la Red 1 y la Red 2 antes del 3 de junio, cuando teníamos que mandar el instrumento al dueño, el Dr. Larry Conyers en Denver. Ella encontró muchas anomalías en los datos, entonces decidimos investigar varios de ellos con un taladro. El taladro sacó muestras de suelos y sedimentos para que pudiéramos ver qué hay abajo, hasta una profundidad de unos 4 m. Sin embargo serían necesarios casi 10 meses para estudiar los datos. La tercera etapa eran las excavaciones. Hicimos las excavaciones en junio, seis pozos de prueba, cada uno de ellos medía 2 por 3 m y unos 3 m de profundidad para llegar a la superficie de la tierra en el periodo clásico. Christine Dixon, estudiante graduada de la Universidad de Colorado, estaba encargada de la descripción de las excavaciones de pozos de prueba.
Figura 1. Mapa de Lotes 190-192, al sur de Joya de Cerén.
Excavamos dos pozos en el Lote 191, dentro de la Red geofísica # 1. Los Pozos 3 y 4 fueron excavados en un lugar de interés geofísico. Lo que encontramos en el nivel clásico fue una superficie limpia casi completamente de vegetación. Solo habían un árbol, unos arbustos y unas plantas muy pequeñas; y la superficie, formada de la tie-
rra blanca joven (TBJ) de la erupción del volcán de Ilopango, era casi plana y bastante compacta. Parece un lugar de multi-uso, sin embargo no conocemos los detalles de este uso. Al hacer una inspección detallada de la superficie, vimos que habían surcos (o camellones) en años anteriores, antes de la erupción del Loma Caldera. Pero el uso del terreno La Universidad 209
Figura 2. Red Geofisico #1, con Pozos de Prueba 3 y 4, y lugares del taladro.
Figura 3. Red Geofísica #2, con lugares del taladro.
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niveló el lugar hasta el punto en el que desaparecen los surcos. La distancia de un surco al otro es de aproximadamente 1.15 m, lo cual es mucho más grande que las distancias entre los surcos de las milpas de maíz. Sin embargo, es casi igual a la distancia entre camellones en el campo de cultivos que encontramos en los pozos de prueba 1 y 2, por esto pensamos que estuvieron cultivando las mismas plantas aquí unos años antes de la erupción y luego cambiaron el uso del terreno de agricultura a multi-uso abierto. Dentro del lado este del Lote 190 (Figura 1) excavamos los pozos de prueba 5 y 6 y encontramos maíz en una milpa. Este hecho es importante para el proyecto, porque queríamos averiguar si la productividad de maíz en la milpa disminuía en la medida que el cultivo se alejaba de las casas de Joya de Cerén. Los pozos excavados se encuentran a unos 200 m al sur del centro de la comunidad. Sabemos que la productividad de maíz cerca de las casas dentro del pueblo era extraordinario, aproximadamente 6000 kilos en cada hectárea en peso seco [Sheets y Woodward, 2002]. Un aspecto clave de la propuesta a National Geographic era investigar si esta productividad continúa al sur del pueblo, o
ver si disminuye a la distancia. Encontramos una milpa en estos pozos con características similares a las milpas que hemos encontrado dentro del pueblo en las excavaciones en años anteriores, en referencia a la distancia entre surcos, la distancia entre las plantas y el número de plantas que crece en cada lugar. Por eso no vimos evidencia de que la productividad disminuyera con la distancia. Un aspecto interesante es que quien cultivaba esta milpa sembró dos o tres semanas después que sus vecinos del pueblo. Es decir que el maíz no era maduro, porque las mazorcas solo tenían diámetros de 4 cm y necesitaban dos o tres semanas más para madurarse. No pienso que el sembrador fuera perezoso, solamente atrasado con respecto a sus vecinos. Dos pozos de prueba (Pozos 1 y 2) excavados en el lado este del Lote 191, encontraron un rasgo de gran importancia. Excavamos abajo, hacia la superficie del periodo clásico, y encontramos surcos (camellones) muy grandes. El volumen de cada uno es muchas veces más grande que los surcos de maíz en las milpas, miden 1.15 metros de surco a surco. Hicimos una inspección muy detallada de las unidades de tefra más profunda de la del Loma Caldera (Unidades 1 – 3), La Universidad 211
Figura 4. Christine Dixon con surcos grandes en Pozo de Prueba #1.
Figura 5.
Payson Sheets
con yuca moderna arriba, y dos raices de yuca preservada con yeso dental del Pozo de Prueba # 1.
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buscando troncos de vegetación sembrados en el lugar y no encontramos nada. Parece ser que los agricultores limpiaron toda la vegetación arriba de los surcos antes de la erupción del Loma Caldera. Al hacer la inspección de cada surco, vimos que habían lugares vacíos, grandes y largos adentro. Estos huecos corresponden a raíces que se descompusieron poco tiempo después de la erupción, dejando el espacio vacío hasta que llegamos nosotros. Para preservar cada raíz, compramos yeso dental y lo vertimos en cada lugar vacío que encontrábamos. Por la forma de las huellas nos pareció que algunas raíces eran yuca (Manihot esculenta), algunos agricultores que viven en la comunidad Joya de Cerén estuvieron de acuerdo. Posteriormente, ingenieros agrónomos del CENTA también confirmaron que los moldes de raíces eran yuca. Pero ellos nos informaron que algunas raíces no son de yuca y que probablemente eran de árboles frutales. Estamos haciendo algunos contactos con biólogos que puedan ayudarnos a identificar más raíces de estos pozos de prueba.
Implicaciones
La importancia de encontrar un campo de cultivo sofisticado e intensivo de yuca, probablemente con árboles frutales, es inmensa. La yuca fue domesticada en las Américas hace unos miles de años, pero en ningún sitio arqueológico se ha descubierto yuca cultivada. Joya de Cerén Sur cambió esta percepción, pues ya sabemos que los mayas del periodo clásico cultivaron mucha yuca. La yuca puede producir muchas más calorías en cada metro cuadrado que el maíz o el frijol. Gracias a este descubrimiento podemos proponer el cultivo yuca para otros sitios arqueológicos mayas. Proponemos que el cultivo de yuca abasteció a poblaciones densas en el periodo clásico, razón por la cual los arqueólogos deben empezar a buscar evidencia de yuca cultivada en otros sitios arqueológicos. En el futuro vamos a explorar algún método para detectar yuca cultivada que no dependa tanto de la buena preservación, como ha sido el caso de Joya de Cerén. Una buena posibilidad es buscar gránulos de almidón (fécula) que pueden ser preservados en suelos de cultivos. De esta manera, podemos contribuir a la arqueología de la agricultura maya en Joya La Universidad 213
de Cerén y en otros lugares de la región maya. Si tenemos éxito en extender un tipo de análisis para la yuca afuera de Joya de Cerén, puede ser utilizado en otros lugares tropicales en Mesoamérica, el Área Intermedia, y América del Sur.
P.D. (ed.), pp.139-144. Austin: University of Texas Press. --------------- [2006]. The Ceren Site: An ancient village buried by volcanic ash in Central America. 2nd Ed. Thomson Wadsworth, Belmont, CA. Sheets, Payson y Michelle Woodward [2002]. «Cultivating Biodiversity: Milpas, Gardens, and the Classic Period Landscape». En: Before the Volcano Erupted: The Ancient Ceren Village in Central America, editado por Payson Sheets, 184-191. Austin: University of Texas Press. Willey, Gordon [1982]. «Dennis Edward Puleston (1940-1978): Maya Archaeologist». Maya Subsistence: Studies in Memory of Dennis E. Puleston, editado por K. Flannery. Nueva York, Academic Press, 1-15.
Referencias Citadas
Culbert, T. Patrick, and Don Rice (Eds.) [1990]. Precolumbian Population History in the Maya Lowlands. Albuquerque: University of New Mexico Press. Sharer, Robert, with Loa Traxler [2006]. The Ancient Maya. Stanford University Press, Stanford CA. Sheets, Payson [2002a]. «The chipped stone artifacts of Ceren». En: Before the Volcano Erupted: The Ceren Village in Central America, Sheets,
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Rethinking southeast Maya agriculture: A view from the manioc fields of Joya de Cerén, El Salvador
Christine C. Dixon
Mesoamerican scholars have recently modified normative, over-simplified reconstructions of ancient Maya agriculture by seeking multiregional perspectives, which account for variations in micro-environments and ecologies, edaphic conditions, soil chemistry, agricultural strategies, and the complexities of community and individual cultivation choices [Beach et al, 2002; Dunning, 1989, 1992, 1996; Fedick, 1996; Fedick and Ford, 1990; Killion et al., 1989; Robin, 1999, 2003, 2006; Webb et al., 2004; Wingard, in press]. The Mesoamerican triad of maize, beans, and squash remains central to these updated reconstructions, however the significant role of a variety of other cultigens and agricultural strategies are beco-
ming apparent as methods of recovery are advanced and interpretations are revised [Fedick, 1996]. Questions remain unanswered about ancient Maya subsistence, particularly the role that root crops such as manioc (Manihot sp.) played. Lack of material evidence for Classic Period Maya (AD 250-800) agriculture has been identified as one of the key restricting factors in advancing our understanding of these practices [Murtha, 2002]. Thus, the evidence for cultivation from Cerén, El Salvador affords a remarkable opportunity to examine ancient Maya agriculture and to produce a more accurate reconstruction of this community’s subsistence system. This paper specifically focuses on the latest data and interpretations of maLa Universidad 215
nioc cultivation at a Classic Maya site. The ancient Maya village of Cerén is located in west-central El Salvador and is situated on a terrace west of the Río Sucio in the Zapotitán Valley [Sheets, 2006]. The Cerén village was rapidly abandoned when the nearby Loma Caldera volcanic vent erupted approximately 1500 years ago (c. AD 590 SD 90). Within a few days to one week, the entire site was buried under multiple meters of volcanic ash, resulting in the unparalleled preservation of a Classic Maya site [Sheets, 2002]. Since 1978 extensive archaeological research has been conducted at Cerén and the extraordinarily preserved structures, artifacts, and agricultural fields continue to profoundly contribute to understandings of ancient Maya commoners [Sheets, 2002]. In addition to the agricultural ridges, furrows, and beds themselves, the impressions of plants have been preserved in the Loma Caldera ash at Cerén, so that precise replicas of the plants can be made by filling hollows with plaster [Sheets, 2002]. Thus, individual plaster casts of plants document fine-grained detail such as root size and shape, corn kernels, plant stalks, and even some leaves [Sheets, 2002, 2009]. The plants that were grown 216 La Universidad
at Cerén include malanga (Xanthosoma sp.), maize (Zea mays), manioc (Manihot sp.), squash (Cucurbita sp.), cotton (Gossypium hirsutum), nance (Brysonima crassifolia), chile peppers (Capsicum annuum), hackberry (Celtis sp.), calabash fruit (Crescetia sp.), cacao (Theobroma cacao), and others [Lentz et al., 1996; Sheets and Woodward, 2002]. The emphasis here is on one cultigen, manioc, and the fields where it was grown south of the Cerén village center. Manioc is a bush that produces large roots with approximately five to ten tubers per plant. The plant favors areas with good drainage and less compacted soils [Cock, 1985; Hansen, 1983]. The cultivation of manioc has long been hypothesized as potentially significant to ancient Maya diets for a variety of reasons: it has a high caloric content, it is relatively undemanding on the soil, and it tolerates droughts well [Bronson, 1966]; Research involving the role of manioc in Classic Maya subsistence has suffered from the scarcity of direct evidence for its cultivation [Crane, 1996; Flannery, 1982; Pohl et al., 1996; Pope et al., 2001; Miksieck, 1991: 180]. Given the ease with which manioc can be cultivated and its particular tolerance of poor soils and
droughts, it is likely this was utilized in various regions throughout the dynamic and varied Maya agriculture landscape. The Cerén research affords valuable insights into manioc production at one Classic Period village. The initial 2007 discovery of regularly spaced and wellconstructed beds found 200 meters south of the site center, combined with the size of tuber casts, indicated the extent of manioc production at Cerén was much greater than previously recorded [Dixon, 2007; Sheets et al., 2009] (Figure 1). Interestingly, all of the fields were harvested, while in a few areas partially replanting had occurred. As is typical of many root crops, manioc rots within one to two weeks of removal from the ground, so a large harvest suggests that processing also occurred. One typical way to process manioc consists of removing the external cortex (or skin) of the tubers, cutting the tuber into small pieces, drying these in the sun, and then grinding them into a flour, referred to as almidón in the Cerén area today [Quezada Perla personal communication, 2009]. Three distinct manioc plots have been identified at Cerén to date (Figure 2). It was grown in large beds approximately 20 cm
wide, 22 cm in height, and spaced 1 meter from ridge-top to ridge-top. These separate plots of manioc growth were identifiable by clear boundaries between the manioc beds and areas of open spaces, maize fields, and other manioc fields [Dixon, 2009]. Differences in ridge height, spacing, and of course the plant casts all make it possible to readily distinguish manioc from maize fields (Figure 3). One boundary, the eastern boundary of Manioc Field 1 is marked by a separation of a maize field in the north and Manioc Field 2 in the south and this boundary provides an interesting look at the relationship between maize and manioc cultivation in this area. The northern ridges of this maize field are typical in height and spacing for maize, however, in the southern area the maize ridges gradually increase in size and in ridgetop to ridgetop spacing between bedsbecoming more typical of manioc fields. Maize plants that were present at the time of the eruption document that these ridges were dedicated to maize production, however, it appears a portion of this field might have been used at one time to cultivate manioc given the size and spacing of the ridges and beds. This type of crop rotation illustrates the dynamic La Universidad 217
Figure 1
Figure 2
218 La Universidad
nature of farming choices including the shifting from one cultigen to another in the same location. Additionally, all of the maize fields previously excavated at Cerén were planted in ridges perpendicular to slope in order to maximize water infiltration [Sheets, 2002]. The maize located east of the manioc field was planted parallel to the ground slope with no physical separation between manioc and maize. This organization of fields maximizes water drainage, which creates a beneficial environment for manioc growth. While in a maize-centric perspective we might expect to see maize cultivation dominating the layout for agricultural fields, in this case it is clear that manioc needs were prioritized over maize. Along Manioc Field 1’s eastern boundary, the southern portion is marked by the staggered orientation of manioc beds to the west and those to the east, both of which are constructed with the same style, height and spacing. Given that good drainage is important for manioc growth, it seems unlikely that this transitional area is related to drainage or erosion control. It is more likely that this boundary is marking a change in land tenure, perhaps even different land ownership [Dixon, 2010].
Manioc Fields 1 and 2 and Manioc Field 3 have very different bed constructions [Dixon, 2009, 2010] (Figure 4). The beds of Manioc Fields 1 and 2 were constructed with broad, flat tops and well-packed almost vertical walls, while the beds of Manioc Field 3 are distinctive in their hyperbolic shape and greater height and width. This field is almost twice the height of the other manioc beds at the site. The stylistic differences between manioc beds were likely either a strategy to mitigate excess run-off and/or the material expression of how different farmers envision proper manioc planting. The larger, hyperbolicshaped beds might represent an adaptive response to the issue of erosion; however, the ground slope in Manioc Fields 1, 2, and 3 shows no significant variation. Paleotopographic studies further upslope from these fields would allow more in-depth assessment of whether this change in bed construction was related to controlling runoff. From current analysis, neither advantages nor disadvantages to either construction style are apparent in these adjacent fields. If topographic reasons for different types of manioc fields are ruled out, then it very well may be that these stylistic differences La Universidad 219
Figure 3
Figure 4
Figure 5
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represent the autonomous choices and practices of different Cerén farmers [Dixon, 2009, 2010; Sheets, 2009]. Despite the stylistic differences, the manioc beds shared several characteristics which indicate an overarching field organization for the region: 1) their overall orientation is 120o east of magnetic N, 2) all manioc fields drain towards the Rio Sucio, 3) the field boundaries between plots are consistently aligned to 120o and 30o east of magnetic North, and 4) all of these beds had been harvested just prior to the Loma Caldera eruption [Dixon, 2009; Sheets, 2009]. Prior to our 2007 discovery of separate manioc fields, a few unharvested manioc plants were found within the Cerén village center, such as the manioc found in the kitchen-garden of Household 1 [Sheets, 2002]. The small number of manioc plants found and their location in domestic contexts, like the kitchen garden, suggested that manioc was not a main crop but used to supplement the diet. It is likely that these manioc plants were utilized in a manner similar to that of its use in Joya de Cerén today. Namely, the roots were harvested only when immediately needed for household consumption, and otherwise remained in natural
storage growing in the garden [Sharer, 2002, 2006]. The differences in the kitchen garden manioc located in the center of the village and the full-fledged manioc fields to the south leads one to hypothesize that there were very different functions of each and perhaps conceptual differences as well. The intensive manioc fields appear to be employed well beyond simple household consumption. It is possible that inhabitants were involved in the production of flour (almidón) beyond their own needs, something which can be considered to be intermittent crafting or multi-crafting, following Hirth [2009]. Further research into the quantity of manioc grown at Cerén will facilitate an assessment of the distribution, production, and consumption of manioc. Questions about distribution, whether manioc was confined to the household economy, exchanged within the village, or distributed far beyond the village will enlighten us about the domestic economy of the inhabitants. The nature of consumption also needs to be considered, since manioc foodstuffs may have been eaten or drunk in massive feasts and/or as part of quotidian meals. Just like other foods, such as maize and animals, manioc may have been consumed in mundane and saLa Universidad 221
cred contexts [Nancy Gonlin personal communication, 2011; Gonlin and Lohse, 2007; Masson, 1999]. The fine-grained chronology provided by the Loma Caldera eruption affords a high degree of accuracy in assessing events at Cerén. It is highly likely that harvesting of the manioc fields and a ritual feast within the village [Sheets, 2002] coincided. Cerén’s ritual feasting evidence near Structure 10 included the remains of a deer-skull headdress [Brown, 2001; Sheets, 2002], surely a ceremonial artifact. Ethnographically, the white-tailed deer is still utilized in the cuch ceremony of modern Maya groups to ensure a successful harvest [Pohl, 1981]. Harvest rituals and feasts have been documented as important aspects of many cultures both past and present [Dietler and Hayden, 2001]. Agricultural production is directly connected with feasting in that agricultural products are the basis for such community events and the organization of production and labor are vital elements of hosting a successful feasting event. Taken together, the deer-skull headdress, the massive quantity of harvested manioc, the coordinated manioc and maize harvests, and time of the year all suggest that the villagers were on the verge of a major cultural event when the earth 222 La Universidad
shook and the sky filled with lava and ash. As Nancy Gonlin and I have discussed elsewhere, the maize-centric views of Mesoamerican researchers might be biasing us to ignore the significant contributions of other crops to ancient Maya diets, culture, and ideology [Gonlin and Dixon, 2011]. Consider the possibility that Cerén is in fact similar to many other sites in the Maya region both in terms of dietary consumption and production. An interesting shift then occurs in our perception of ancient Maya cultivation and culture. While undoubtedly maize fields grew throughout the Maya area, perhaps other intensively cultivated crops, in particular manioc, were much more prevalent than our previous reconstructions have included. It is hoped that recent lithic analysis will aid in correcting at least part of this conception [Heindel, 2011; Sheets, 2011]. Assessing the quantity of manioc production at Cerén will be a key aspect to examining staple crop production at the site and reanalysis of previously collected geophysical data might aid in this process. One potential area of additional manioc cultivation has already been identified at the site, to the west of the Cerén village center where manioc beds were
discovered in a road cut in 2009 (Figure 5). In light of the manioc field discoveries, reassessment of previous geophysical and drilling investigations from 2005 also suggests that there might be further manioc fields in this region. Continued research at Cerén will provide better data from which to assess the role of manioc at the site. Whether it was one component in a diverse agricultural system, a staple crop produced for village consumption, or a specialized cultigen traded in the Zapotitán Valley remains to be determined. We are only now beginning to understand how the villagers themselves organized manioc production, processed and consumed manioc, and even how they might have perceived of manioc in terms of mundane and ritual uses. To ascertain the role of manioc at Cerén will require further documentation of the extent of cultivation and the interpretation of evidence pertaining to rituals. What is clear at present is that these data are providing a link between agriculture and ritual in the Maya area and that the manioc fields of Cerén continue to change our view of the agricultural landscape of Classic Period Maya.
Acknowledgments
Thankfully Nancy Gonlin, Errin Weller, and Payson Sheets reviewed earlier drafts of this paper and significantly aided in its development. Any errors are my own. Many thanks are due to Quezada Perla, Darna Dufour, and Matt Sponheimer for their expertise. Gratitude is also owed to CONCULTURA, El Salvador, the government of El Salvador, and the people of Joya de Cerén. Thank you Payson Sheets, David Lentz, Larry Conyers, Errin Weller, Monica Guerra, Adam Blanford, George Maloof, Angie Hood, Andy Tetlow, and all others who have shared in research at Joya de Cerén. The tireless dedication and work of Payson Sheets and many archaeologists who have worked at Cerén continues to provide a solid foundation for this and future research. Finally my deepest gratitude is owed to my family- Nanny, Mom, Dad, Mickie, Lance, Tommy, Sierra, Savannah, Lance Jr., James, and Matthew- and to my amazing and patient wife Lauren.
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Agricultura maya clásica en Joya de Cerén. Plataformas, senderos y otras zonas limpias
George Maloof
Introducción
Desde los estudios realizados a mediados del siglo XX, la agricultura clásica maya se ha caracterizado tradicionalmente por haber estado muy bien organizada y desarrollar un alto nivel de intensificación para poder mantener a las numerosas poblaciones que vivían en los grandes centros [Abrams, 1995; Sheets et al., 2007]. Incluso a nivel local, las poblaciones de los sitios del período clásico medio en el Valle de Zapotitán y sus alrededores eran suficientemente grandes como para sostener una estrategia agrícola más extensa de la que habría sido normalmente necesaria para mantener a una aldea [Black 1983].
Durante el trabajo de campo del año 2009 del proyecto denominado Agricultura Maya, se encontró evidencia suficiente para apoyar el uso de una estrategia agrícola intensa con base en el cultivo de yuca (Manihot esculenta) y maíz (Zea mays), por parte de los pobladores de Joya de Cerén durante el período clásico medio. Sin embargo, varias de las operaciones carecieron de evidencia directa que pruebe un cultivo extenso. Estas operaciones por lo general se encontraron en la colina desde la que se puede ver toda la zona del proyecto, en el mayor ángulo de la pendiente, a pesar de que una de ellas se encontró cerca del borde de la terraza fluvial secundaria, al sureste del grupo principal de excavaciones. La Universidad 229
La falta de evidencia de un cultivo activo en estas áreas sugiere que el nivel de cultivo no estaba orientado a aprovechar al máximo el espacio cultivable disponible, lo cual, según Dixon, se puede interpretar como poca presión para producir alimentos por parte de los habitantes de Joya de Cerén durante el período clásico medio [Christine Dixon, comunicación personal, 2009]. Por otra parte, con base en el nivel de producción de las parcelas de yuca y maíz calculado por Sheets [2009] con datos del proyecto, los rendimientos habrían sido muy elevados y se habría cosechado una gran cantidad de productos agrícolas. Con estos altos rendimientos, la necesidad de reservar áreas para el procesamiento de cultivos habría sido una preocupación importante para los agricultores mayas que trabajaban en estos campos. Un total de 10 operaciones excavadas durante el trabajo de campo del año 2009, casi la mitad, mostraron pocas pruebas de un cultivo intencional de cualquier tipo, o claramente arrojaron evidencia de espacios que deliberadamente no se cultivaron.
Terrenos abandonados
Cuatro de las operaciones (Oeste, A, C y O) mostraron evidencia de restos de surcos agrícolas abandonados en un área que se mantuvo relativamente rústica. Aunque se recuperaron varios moldes de plantas en estas operaciones, la mayoría parecen ser ramas de árboles aisladas que probablemente cayeron en la zona con la erupción de Loma Caldera o plantas silvestres, puesto que no hay evidencia de plantación o mantenimiento intencional. La Operación Oeste fue una de las cuatro primeras excavaciones llevadas a cabo durante el trabajo de campo de 2009. Esta operación se situó sobre el punto de inflexión de la colina, al oeste de la zona del proyecto. Las excavaciones revelaron evidencia de restos de grandes surcos agrícolas abandonados en un área que se mantuvo relativamente sin ningún tipo de siembra o cultivo. En la operación no se identificó evidencia alguna de cultivos intencionales que pudieran pertenecer al período inmediatamente anterior a la erupción. Se seleccionaron las operaciones A, B y C para observar si las circunstancias encontradas en la Operación Oeste se debieron
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Figura 1. Mapa de la zona del proyecto del 2009 que muestra las operaciones excavadas con una proyección de las áreas de cultivación.
Figura 2. Colina que domina la zona del proyecto, donde se encontró evidencia de las zonas despejadas. La aldea Joya de Cerén está a la derecha, al otro lado de los árboles (Fotografía tomada por Payson Sheets).
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Figura 3. Mapa de la zona del proyecto del 2009 dividido por áreas de uso.
Figura 4. Mapa de la zona del proyecto del 2009 que muestra las operaciones de excavación. Las operaciones en este artículo están marcadas en rojo.
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a una característica aislada de la superficie del período clásico medio o a la falta de cultivos más arriba en la colina, como se había notado en los Pozos de Prueba 3 y 4, colocados sobre la cima de la colina durante el trabajo de campo de 2007 [Blanford, 2007]. Las excavaciones revelaron otra área de surcos agrícolas altamente erosionados que corresponden aproximadamente a las dimensiones de los surcos utilizados para el cultivo de yuca en otras partes del sitio. Esta área parece que se dejó en barbecho el tiempo suficiente para que los cantos fueran casi imperceptibles. A pesar de que no hubo evidencia de cultivo controlado de forma deliberada, se encontraron varias cavidades de plantas que podrían ser raíces de yuca y tubérculos en la superficie de ocupación del clásico medio e inmediatamente debajo de esta. Estas plantas de yuca podrían considerarse silvestres, ya que no existe evidencia de siembra o mantenimiento intencional. Además de las plantas de yuca, se encontró evidencia de otros tipos de vegetación; sin embargo, la superficie se mantuvo razonablemente limpia dentro del área observada en la operación. La Operación C solo tuvo una cavidad de planta en la par-
te sur del pozo de prueba, cerca de la pared oeste, la cual corresponde a un fragmento de 10 centímetros de largo, probablemente de un tallo de yuca, identificado por un nódulo de crecimiento de aproximadamente 4 cm en el extremo inferior [David Lentz, comunicación personal, 2009]. La naturaleza singular de esta planta indica que brotó probablemente de forma silvestre y que no se plantó a propósito. Además, la presencia de una planta de yuca en esta ubicación contribuye a la evidencia de que en este lugar se cultivó yuca y que posteriormente se abandonó en algún momento, antes de la erupción del volcán Loma Caldera. La Operación O presentó surcos pisoteados pero reconocibles, que se encontraban en mejores condiciones que los surcos en las operaciones que se tomaron como ejemplos de áreas abiertas. Además, se encontró un pequeño número de plantas de maíz que crecieron probablemente de forma silvestre. Los datos indican que esta área había sido cultivada y posteriormente abandonada mucho más recientemente que cualquiera de las otras áreas encontradas durante este trabajo de campo.
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Plataforma nivelada
Tres de las operaciones (D, H y J) revelaron el extremo superior de surcos de siembra de yuca que se encontraron en la mayoría de las otras operaciones excavadas durante el trabajo de campo. La parte noroeste de las tres excavaciones mostraron áreas que fueron niveladas y deliberadamente se mantuvieron limpias. En el caso de la Operación D, aproximadamente la mitad del área excavada formaba parte de la plataforma que estaba limpia y más nivelada, mientras que en la Operación J todo, a excepción de la esquina sureste, se había limpiado y en la Operación H solo se encontró una fracción del área nivelada en la esquina noreste. La ubicación de la Operación D se decidió con base en los resultados de la excavación de la Operación Norte y la del pozo de prueba se decidió por la extrapolación del surco que se encuentra más al sur en la colina, en la Operación Norte. Las excavaciones revelaron el extremo superior de los surcos de siembra de yuca seguidos por una zona que fue nivelada y deliberadamente se mantuvo rústica, en la esquina noroeste. En el caso de la operación D, cerca de la mitad del área excavada era parte de 234 La Universidad
la plataforma que limpiaron. La pendiente de la plataforma medía solo tres grados, mientras que la zona de los surcos de yuca medía un promedio de 10 grados. En la Operación J la plataforma tomó la mayor parte del área excavada. No se encontró resto alguno de plantas en el área de la plataforma, lo que indica que era una superficie que se mantenía cuidadosamente. La plataforma, sin embargo, mostró evidencia de cantos del tamaño de lo que podría ser yuca, que habían sido abandonados hacía mucho tiempo y luego nivelados. En la intersección entre la plataforma y el inicio de los cantos, se localizó un área que parecía mostrar evidencia de una gran cantidad de tráfico peatonal. Esta zona tenía una pendiente este-oeste de cinco grados y otra pendiente norte-sur de tres grados. La presencia de esta área de gran tráfico es lógica dado que el inicio de los surcos habría sido el lugar más obvio para caminar a través de la zona, para acceder a cada uno de los surcos independientes, lo que minimizaría el riesgo de dañar los surcos o los cultivos en ellos.
Figura 5. Mapa de la superficie del periodo Clásico Medio de la Operación Oeste.
Figura 6. Mapa de la superficie del periodo Clásico Medio de la Operación C.
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Figura 7. Molde de planta C1A1, el cual se ha interpretado como un posible fragmento de tallo de yuca (Manihot esculenta). Nótese el nódulo de crecimiento cerca del centro (Fotografía por Payson Sheets).
Figura 8. Mapa fotográfico de la superficie del periodo Clásico Medio de la Operación O. Las manchas blancas en el piso de la operación son exceso de yeso dental.
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Figura 9. Mapa de la superficie del periodo Clásico Medio de la Operación D.
Figura 10. Mapa fotográfico de la superficie del periodo Clásico Medio de la Operación H.
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Figura 11. Mapa fotográfico de la superficie del periodo Clásico Medio de la Operación M con la ubicación de un posible sendero.
Figura 12. Mapa fotográfico de la superficie del periodo Clásico Medio de trabajo con la ubicación del área nivelada y el posible marcador de campo.
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Otras áreas limpias
Las otras tres operaciones (B, M y P) también mostraron evidencia de ser áreas que se limpiaron intencionalmente; sin embargo, no hubo asociación directa de estas operaciones con los surcos de siembra de yuca o maíz. Sin embargo, las Operaciones M y P tuvieron especial relevancia, ya que cada una contribuyó con evidencias únicas para el trabajo de campo de 2009. La Operación M fue la excavación más al noroeste que se realizó durante el trabajo de campo del año 2009. La ubicación se seleccionó con el fin de evaluar un lugar que se alejara de la zona central de las excavaciones y así observar si continuaban los mismos patrones que se habían detectado en las operaciones al oeste. Situada en la parte más escarpada de la colina que domina la zona del proyecto, la operación reveló un área bien mantenida, sin cultivar y con restos de pequeñas plantas poco visibles. En el extremo superior de la Operación M se identificaron los restos de un posible camino que se alejaba del centro del pueblo. El camino seguía una trayectoria de aproximadamente 15 grados al este del norte magnético, hacia el sitio arqueológico y al pare-
cer continuaba hacia el suroeste. Debido a que los residentes de la aldea actual de Joya de Cerén han reportado otras estructuras en la zona fuera de los límites del parque arqueológico, el propósito de este sendero fue probablemente conectar a otro grupo de casas con el área principal de la aldea perteneciente al período clásico medio. La Operación P es la más lejana a la zona de concentración. Se excavó para caracterizar la zona más baja de la segunda terraza del río y para estudiar si los grandes surcos de yuca se prolongaban hasta este punto. La excavación reveló un área que se había mantenido relativamente rústica, así como un espacio nivelado cuidadosamente en la esquina suroeste, el borde más al norte, orientado aproximadamente a 120 grados. Esta orientación es casi perpendicular a la orientación general de la mayoría de las estructuras domésticas, los cantos de cultivo en el sitio arqueológico y el curso del río Sucio [Sheets, comunicación personal, 2009]. Este espacio nivelado posiblemente es la esquina de una plataforma elevada. Tras la excavación en la superficie de ocupación, se encontró que tanto la plataforma como sus alrededores habían sido recubiertos intencionalmente con La Universidad 239
una capa de tierra blanca joven, tefra, de la erupción del volcán Ilopango, con unos seis centímetros de grueso. La excavación en esta superficie reveló la presencia de un basurero superficial con abundantes restos de basura orgánica, que abarcó aproximadamente tres cuartas partes del piso del pozo de prueba hacia el oeste y parecía continuar más allá de las paredes norte, sur y oeste. Además de una abundante cantidad de carbón y otros restos carbonizados, el basurero tenía una cantidad inusualmente grande de granos de frijol carbonizados, tanto de frijol corriente (Phaseolus vulgares) como de frijol lima (Phaseolus lunatus), así como algunas mazorcas de maíz (Zea mays) y hasta posiblemente una cáscara de calabaza (Cucurbita moschata) [Lentz, comunicación personal, 2009]. Al igual que los abundantes restos botánicos encontrados, se recuperó una amplia muestra de artefactos culturales como tiestos de cerámica y herramientas líticas.
Discusión
En el apogeo del periodo clásico, los grandes centros mayas albergaban poblaciones muy grandes. Incluso localmente, la población del valle de Zapotitán durante el 240 La Universidad
periodo clásico, según las estimaciones de Black [1983, 1982], llegó hasta 100.000 personas (180 personas por km2). La teoría de que el maíz era el cultivo más utilizado para mantener a estas grandes poblaciones ha recibido apoyo tradicionalmente, a pesar de que la evidencia científica muestra que el cultivo de maíz no habría sido suficiente para alimentar a estas multitudes [Sheets et al., 2007]. A pesar de que este ‘hecho’ ha sido cuestionado por la idea del cultivo de yuca [Sheets et al., 2007], existen algunos problemas que deben abordarse. Puesto que la yuca una vez que se ha cosechado solo tiene un máximo de dos a tres días antes de que empiece a podrirse [Sheets, comunicación personal, 2009], se debe tener en cuenta un método de procesamiento y almacenamiento que fuera capaz de maximizar la cantidad de tiempo en el que hubiera podido usarse como fuente viable de alimento. Aunque en algunas zonas de América del Sur los tubérculos enteros se almacenan en pozos de almacenamiento forrados con zacate [Lentz, comunicación personal, 2009], hasta el momento no se ha encontrado evidencia de esta práctica en el pueblo ni en el área de cultivo [Sheets, comunicación personal, 2009]. Como
se ha mencionado anteriormente [Dixon, 2009; Sheets, 2009], el método de procesamiento alternativo más aceptable habría sido pelar y secar los tubérculos y luego molerlos hasta formar un tipo de harina, conocida localmente como almidón. Durante el presente trabajo de campo se recuperó en la Operación P evidencia que apoya el posible procesamiento de tubérculos de yuca. En concreto, se halló un conjunto de herramientas para procesar yuca, identificadas por Sheets [2009]. Con el fin de poder preparar y procesar la enorme cantidad de yuca que habría sido cosechada en el área de cultivo, habrían sido necesarios espacios abiertos, grandes y bien mantenidos, adecuados para el procesamiento y secado. Los datos recolectados durante el trabajo de campo del año 2009 indican que no se estaba cultivando yuca activamente en la parte más empinada de la colina en el momento de la erupción del Loma Caldera. Los pozos de prueba excavados durante el trabajo de campo del año 2007 en la cima de la colina ofrecen evidencia adicional de que no se estaban realizando cultivos en esta zona ni se habían hecho ahí por mucho tiempo [Blanford 2007]. Además, la información obtenida de muchos de los pozos
de prueba indica que mantenían grandes zonas cuidadosamente limpias y despejadas de cultivos. Por último, la evidencia recolectada durante el trabajo de campo de 2007 reveló otra posible plataforma hacia el norte de la zona de cultivo, muy cerca del propio sitio [Dixon, 2007]. El uso más lógico de una extensión de espacio abierto y limpio en las inmediaciones de la zona de cultivo, por lo tanto, sería para el secado de los tubérculos pelados antes de prepararlos para el proceso de molienda. Además, esta área sería ideal para el secado y menos adecuada para el cultivo, por ser la parte más empinada de la colina. Por último, varias de las operaciones que revelaron zonas despejadas también mostraron evidencia de cultivos anteriores. Estas áreas habían sido cultivadas en algún momento antes de la erupción de Loma Caldera, pero se habían abandonado a propósito y preparado para otra actividad. La decisión consciente de no utilizar estas áreas indica que la presión de producir alimentos no era grande y los cultivadores podían permitirse el lujo de dejar estas áreas marginales sin producción [Dixon, comunicación personal, 2009].
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Conclusión
La investigación sobre las prácticas agrícolas mayas en Joya de Cerén apenas comienza. Con el fin de caracterizar mejor las actividades que se produjeron en la víspera de la erupción de Loma Caldera, que sepultó la aldea Joya de Cerén y sus alrededores durante el periodo clásico medio, se debe llevar a cabo una investigación más detallada. El mejor método para cubrir la mayor área posible en la menor cantidad de tiempo es el radar de penetración de suelos. Este proceso ya se había iniciado en el trabajo de campo en 2007 [Guerra, 2007] y debe continuarse a mayor escala. Estos estudios, junto con las excavaciones complementarias, son necesarios para poder obtener una imagen más clara de la dimensión del área reservada para actividades alternativas, así como la razón por la cual estas áreas no estaban siendo cultivadas en el momento en que el sitio fue abandonado rápidamente.
Agradecimientos
Ante todo, quisiera darle las gracias a la Fundación Nacional de Ciencias (National Science Foundation) por su apoyo, puesto que nada de esto habría sido posible sin su ayuda. También me gustaría agradecerles a las siguientes personas por su consejo y apoyo durante la investigación y la redacción de este documento: al Dr. Payson Sheets, en primer lugar, por haberme invitado a unirme al equipo y en segundo lugar, por su apoyo y la fe que ha tenido en mi trabajo. También me gustaría darle las gracias a Andrew Tetlow por su humor, apoyo moral y habilidad para mitigar el estrés y la tensión. Muchas gracias también a Christine Dixon por su apoyo y por todos los debates que contribuyeron a aclarar muchos detalles sobre los mayas y sus prácticas agrícolas a lo largo del trabajo de campo. También me gustaría agradecer al Dr. David Lentz por ofrecernos desinteresadamente su experiencia en la identificación de varios moldes de yeso con formas extrañas siempre que se necesitaba. Por último, quiero agradecerles a todos nuestros amigos de Joya de Cerén que trabajaron con nosotros durante todo el proyecto del 2009. Sin su
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esfuerzo y dedicación en la búsqueda de su propia historia no se habría podido recolectar estos datos. ¡Gracias a todos por un gran trabajo de campo y una experiencia de vida excepcional!
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Transformaciones de identidad en El Salvador en la época colonial temprana: La gente y cerámica de la villa de San Salvador en el siglo XVI
Jeb J. Card
Introducción
La antigua villa de San Salvador (ahora llamada Ciudad Vieja) estaba en uno de los sitios tempranos de intensa interacción entre europeos y mesoamericanos. Ahora reposa en uno de los sitios coloniales mejor preservados del siglo XVI. Fundada en 1528, no fue construida dentro de un asentimiento indígena, como la mayoría de ciudades coloniales. Casi toda la arquitectura y un poco de la cultura material portátil recuperada por métodos arqueológicos, reflejan la cultura del Renacimiento, lo cual podría esperarse de un centro colonial. Las importaciones desde Sevilla eran más o menos lujosas, como platos de mayólica, vidrio italia-
no y comidas o vinos. Además, documentos históricos informan sobre la participación de los mixtecas y otros mesoamericanos en la conquista española de Centroamérica. La mayoría de la cultura material portátil, especialmente la cerámica, evidenció la existencia de una población indígena significativa en San Salvador. La mayoría de la cerámica estaba hecha localmente y conforme al estilo indígena, principalmente al pipil. Sin embargo, varios cambios en la producción y forma de la cerámica denotan cambios en la identidad de los habitantes indígenas de San Salvador. Por ejemplo, el hecho que adoptaran influencias estilísticas de España e Italia, usando platos al estilo mayólica, pero con diseños pipiles. La Universidad 245
La información estilística de estos platos sugiere que la villa de San Salvador continuó ocupada casi el doble del tiempo documentado por la historia, posiblemente hasta 1560. Durante esta ocupación extendida, una nueva generación creció con una identidad nueva, no simplemente la de las comunidades específicas de sus padres, sino en una nueva casta colonial: el ‘indio’, y además, como sansalvadoreños. Ciudad Vieja es el sitio de la segunda villa de San Salvador y el primer asentamiento permanente colonial en El Salvador. La villa de San Salvador supuestamente fue abandonada en 1545, sus habitantes se trasladaron a su sitio actual, la ciudad de San Salvador. Ciudad Vieja está ubicacada 32 km al noreste de San Salvador actual y 10 km al sur de Suchitoto, en el departamento Cuscatlán. Está localizada encima de una meseta pequeña, en un área conocida como La Bermuda. El Cerro Tecomatepe domina la vista de Ciudad Vieja, con el volcán Guazapa en la distancia occidental. La meseta no era un sitio idóneo para el asentamiento. Los pipiles de varios pueblos (supuestamente conquistados) se vieron obligados a cortar bosques densos, sacar piedras grandes y nivelar la meseta antes 246 La Universidad
de la construcción [Daugherty, 1969: 49; Fowler, 1989: 82]. Ahora Ciudad Vieja está protegida por ley y en buen estado de preservación. Tiene poca vegetación y construcción moderna (al contrario de muchas ciudades coloniales situadas debajo de ciudades actuales, cuyo acceso a los restos arqueológicos se encuentra impedido). A pesar de la importancia histórica y arqueológica de este asentimiento temprano de la Conquista y de estar bien preservado y conocido por la historia, la investigación arqueológica sistemática empezó hasta 1996. En años recientes, varias instituciones han trabajado en la investigación, el manejo y la preservación de Ciudad Vieja, incluyendo a la Academia Salvadoreña de la Historia [Escalante Arce, 2002] y el Consejo Nacional para la Cultura y el Arte (ahora, Secretaria de Cultura) [Erquicia, 2004]. La investigación más exhaustiva es el Proyecto Arqueológico Ciudad Vieja (PACV), dirigido por William R. Fowler. Este proyecto inició en 1996 y realizó (en colaboración y con el permiso del Consejo Nacional para la Cultura y el Arte) un mapa topográfico, recolección de la superficie [Fowler y Timmons, 2006; Hamilton et al., 2006], prospección geofísica [Fowler et
al., 2007], excavaciones extensas de quince estructuras y otros rasgos del sitio [Fowler ed., 2006; Hamilton, 2010] y el análisis de los artefactos recolectados de la superficie y de las excavaciones. El análisis de la cerámica de Ciudad Vieja, por el autor, y las consecuencias para nuestro entendimiento de las transformaciones en Mesoamérica durante la época de la conquista y la colonización española, forman los temas de este artículo.
San Salvador y la conquista española de America Central
Después del imperio azteca en 1521, Hernán Cortés envió a su teniente Pedro de Alvarado a continuar la conquista de México a la Centroamérica. El 6 de diciembre de 1523, un grupo pequeño de españoles y varios miles de tlaxcaltecas y otros guerreros indígenas, aliados con el nuevo gobierno colonial, salieron del Ciudad de México/Tenochtitlán, al sur. Caminando en Oaxaca, Tehuantepec, Soconusco y las tierras altas de Guatemala, este ejército encontró poblaciones grandes y más o menos agradables, de zapotecas, mixtecas, y nahuas [Díaz del Castillo, 1955: 2: 122]. Pero en febrero 1524, comenzaron las batallas entre los conquistadores es-
pañoles y mexicanos y los k’iche’ mayas en Guatemala, culminando con una batalla cerca de Quetzaltenango, con pérdidas serias en ambas fuerzas [Díaz del Castillo 1955:2:123]. El 8 junio de 1524, los conquistadores (ahora 100 a caballo, 150 españoles a pie y 5000-6000 aliados mexicanos) encontraron un gran ejército pipil cerca de Acajutla [Alvarado, 1924: 80; Fowler, 1989: 137-138]. A partir de esta batalla y unos cinco días más tarde, cerca de Tacuscalco, los españoles y los mexicanos destruyeron la fuerza pipil y avanzaron a la capital de Cuscatlán. Los pipiles huyeron de la ciudad, y por buena razón: los españoles estaban tomando muchos esclavos de la gente, un negocio muy importante para los conquistadores en los primeros años de la época colonial [Las Casas, 1985: 79; Luján Muñoz y Cabezas Carcache, 1994: 55]. Poco tiempo después, los españoles y mexicanos regresaron a Guatemala. En abril de 1525, un grupo pequeño de españoles con 300 aliados mexicanos salieron de Guatemala y fundaron la primera villa de San Salvador. Pedro Escalante Arce [2001: 34] escribe que no se conoce con seguridad la ubicación de esta primera villa. Lardé y Larín [2000: 80, 102] escriLa Universidad 247
bió que estaba en la capital de Cuscatlán o cerca de ella, pero otros han sugerido la misma ubicación que la segunda villa, el sitio de Ciudad Vieja [Barón Castro, 1996: 41-42]. Dos contextos excavados en Ciudad Vieja tienen estratigrafía arquitectónica pero no ayudan con la pregunta acerca del establecimiento de la primera villa. Uno de estos, designado Estructura 6F3 [Fowler, Timmons y West, 2006], contenía mayólica fechada al periodo 1525-1545, en un caso, y posiblemente después de 1530, en el otro. Algunos platos hechos localmente sugieren una fecha cercana a 1530, pero no es concluyente. Erquicia [2004] excavó una estructura contigua a la Estructura 4D1, en el lindero norte de la plaza. Él sugiere que la estructura temprana podría ser representativa de la ocupación de 1525, pero nota que no hay cambio en los artefactos en comparación de aquellos de la ocupación del periodo 1528 -1545 y 1560. En algún caso, en 1526, los pipiles se sublevaron contra los españoles, que huyeron a Guatemala [Barón Castro, 1996: 39-44]. Dos años después, un grupo más grande de españoles y especialmente, conquistadores mexicanos, regresaron y fundaron la segunda villa de San Salvador, el 1 de abril de 1528 [Barón Cas248 La Universidad
tro, 1996: 87-91,197-202] en un valle con una población casi nula, en una frontera entre los territorios pipiles de Cuscatlán al sur y oeste, y los lencas y cholutecas al norte y este [Fowler y Earnest, 1985]. Tiestos cerámicos excavados en Ciudad Vieja en contextos coloniales fechan alrededor del periodo clásico terminal al postclásico temprano (800–1200 D.C.) y evidencian una ocupación efímera de la misma época que el centro ceremonial en Cihuatán, pero no hemos encontrado contextos de esta época in situ. Nuestras excavaciones no han encontrado rastros de ocupación (no hay rasgos arquitectónicos ni artefactos) en los siglos inmediatamente anteriores a la conquista española. Situada encima de la meseta, con un muro construido en los bordes de la meseta, sin poblaciones hostiles cercanas, la ubicación de la segunda San Salvador probablemente se eligió por razones de defensa, después la destrucción de la primera villa. Se trazó la plaza, la iglesia y una cuadrícula de calles y solares que llegó a cubrir un área de 45 ha, en la misma forma de otras ciudades coloniales españolas (Figura 1) [Remesal, 1964-66: vol. 2, bk. 9, ch. 3, p. 201]. San Salvador era una base militar para la pacificación del norte de Centroamérica
Figura 1. Mapa de las calles, cuadros, y muros de Ciudad Vieja. Mapa de Conard Hamilton, modificado por el autor.
[Barón Castro, 1996: 106–110] y contra la entrada de otros conquistadores españoles rivales de Nicaragua y Panamá [Barón Castro, 1996: 152–163]. Fundada por 73 vecinos en 1528, la población de españoles en San Salvador oscilaba entre 50 y 70 vecinos, con 44 encomenderos, en 1545 [Sher-
man, 1979: 348]. Los encomenderos tenían derechos legales sobre 12,000 trabadores pipiles en la provincia de Cuscatlán. Varios de ellos probablemente hicieron las calles y los muros de San Salvador [Sherman, 1979: 314, 324, 348; Kramer, 1994: 7-8]. Sus comunidades también enviaban comida y otro La Universidad 249
material de tributo a San Salvador [Fowler, 1989: 155-186]. Adicionalmente, los conquistadores tenían esclavos capturados o comprados en Centroamérica o México, y posiblemente de África, en un aproximado de 500 esclavos liberados de los habitantes de San Salvador en 1548 [Sherman, 1979: 71-73, 148; Fowler, 1989: 53, 56; Barón Castro, 1996: 61; Lardé y Larín, 2000: 194]. Los conquistadores no solamente capturaban esclavos para usos personales, sino para venderlos en los mercados de las otras colonias, donde proveyeron una gran fuente de riquezas en las primeras décadas de la Conquista. Posiblemente no sea una coincidencia que, en los años cuando estas prácticas se terminaron [Sherman 1983], los vecinos de San Salvador pidieron permiso legal para trasladar San Salvador a una ubicación más cercana a la capital prehispánica de Cuscatlán, con mejores recursos naturales y poblaciones más grandes que pudieran ser fuentes de riqueza y comercio. En 1545, el Rey concedió permiso para trasladar San Salvador a su ubicación actual, cambiando su título de villa a ciudad. Pero los resultados de nuestro análisis [Card, 2011] sugieren que la ocupación y el comercio de cerámica importada continuó en Ciudad Vieja po250 La Universidad
siblemente quince años después el permiso de traslado. Los conquistadores españoles eran una minoría en San Salvador. La mayoría de conquistadores en la villa eran conquistadores mexicanos, guerreros mesoamericanos, aliados del reino español. Ellos peleaban para la gloria y las metas de sus propias comunidades en México y por los derechos y privilegios que la guerra de Conquista les diera a ellos y sus descendientes [Fowler, 1989: 135; Barón Castro, 1996: 66; Lardé y Larín, 2000: 53; Escalante Arce, 2001: 20-21; Matthew, 2004, 2007]. Trescientos conquistadores mexicanos de Soconusco formaron parte de de la hueste indígena que llegó a San Salvador en 1525, menos de la mitad regresaron a Guatemala en 1526 [Matthew, 2004: 79]. Cuando Jorge de Alvarado reconquistó los territorios rebeldes de América Central, comenzando en 1527, su ejército tenía de 6000 a 7000 conquistadores mexicanos de Tlaxcallan, Quauhquechollan, Cholula, Coyoacán y Oaxaca. En total, de 10,000 a 12,000 conquistadores mexicanos participaron en la conquista de Centroamérica. Miles de ellos colonizaron Guatemala y miles más colonizaron San Salvador. Varios emigraban con sus familias y otros colonos del norte [Matthew, 2004: 78–86]. Un grupo de estos,
según los documentos históricos, está compuesto por sesenta mixtecas, lo que podría explicar uno de los tipos raros de cerámica en Ciudad Vieja. Gutiérrez Gris Pulido es un tipo de cerámica que no se ha encontrado en otros sitios de El Salvador, pero similar a los cajetes trípodes de Oaxaca y Tehuantepec en los siglos antes de la Conquista [Card, 2007: 230–236; Lardé y Larín, 2000: 192–193]. Esta población mezclada vivía en una villa construida con intenciones de permanencia. Mucho trabajo fue dedicado a la construcción de estructuras con cimientos formales y grandes de piedra (Figura 2), muros sólidos de tapia y una cantidad inmensa de tejas y baldosas, posiblemente para llenar el requerimiento de encomenderos que tenían casas permanentes de piedra y ladrillo [Sherman, 1979: 94-96; Kramer, 1994: 12]. Varias estructuras tenían una ornamentación más elaborada, incluyendo columnas de piedra labrada, pisos mosaicos, pisos de baldosas en diseños polícromos y al menos un caso de tejas vidriadas (probablemente importadas de Europa). Además, el cabildo requirió que los vecinos practicaran algunos oficios que poseían. Este mandato del cabildo es reflejado en el descubrimiento de dos herrerías [Barón Castro, 1996: 133;
Fowler, 2006a, 2006c]. Esta política, al igual que el decreto real de que colonos deben casarse con mujeres locales o traer una esposa de España, fue diseñada para promover la estabilidad de la comunidad. Pero el asentamiento de mucha de esta población, especialmente los conquistadores, era inestable; ellos usaban San Salvador como una base de operaciones. Ningún habitante de la villa de San Salvador era permanente. Los europeos cruzaron el mar con dirección a México o Panamá, después de llegar a San Salvador, buscaban esclavos y oro en Honduras [Barón Castro, 1996: 135-136, 150, 165-166, 187] o conquistas nuevas en Perú [Escalante Arce, 2001: 119-121; Thomas, 2000: 11]. Ellos comunicaban su identidad extranjera por medio de la arquitectura, la planificación urbana y la importación de artículos suntuosos desde Europa. Los conquistadores mexicanos eran usados como fuerzas móviles, marchando a cualquier parte de la colonia que estuviera en peligro. Se necesitaban pipiles de varias comunidades de la zona para trabajar en San Salvador. En un inicio, nadie era de San Salvador, pero con el tiempo una nueva generación de sansalvadoreños nació y su impacto sutil se evidencia en la cultura material. En una clase nueva de cerámica, ellos La Universidad 251
Figura 2. Excavaciones en Estructura 6F4, Ciudad Vieja, con ejemplos de cimientos y arquitectura en estilo español. Foto por William R. Fowler.
Figura 3. Copa de vidrio encontrado en Estructura 3D2, Ciudad Vieja. Foto por el autor.
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utilizaron conceptos de diseño de ambos lados del Atlántico. Los nuevos habitantes de San Salvador rompieron barreras entre la gente, produciendo modos de cultura y cultura material nuevas, al mismo tiempo que estaban forzados en nueva clase de identidad opresiva.
Las vasijas de cerámica y vidrio importadas a la villa de San Salvador
Casi toda la cerámica usada en la villa de San Salvador estaba hecha localmente en la tradición mesoamericana, específicamente pipil. La cerámica europea constituye solo 1.67 % de la cerámica colonial de Ciudad Vieja. Este nivel es casi el mínimo para un sitio de la época colonial española, ya sea pueblo indígena o ciudad española, pero los ejemplos más cercanos a este nivel son primariamente pueblos indígenas [Card, 2007]. Este nivel es probablemente producto de una ocupación corta del sitio y de su ubicación en el lado occidental de Centroamérica, donde otros sitios del siglo XVI tenían problemas logísticos para obtener importaciones de España [BlaisdellSloan, 1999]. Además, la villa de San Salvador era un asentamiento español, pero la mayoría de los residentes eran mesoamericanos:
los conquistadores mexicanos. Solo dos estructuras (3D1 y 3D2) en el centro de la villa tienen niveles relativamente más altos, representando el uso desechable de las botijas en tiendas y mercados centrales. Una de estas estructuras (3D1) tenía elementos arquitectónicos lujosos [Fowler, 2006b]. La otra (3D2), por presentar evidencia de botijas, vasijas locales de cocina y una copa importada de vidrio, podría haber sido el sitio de una taberna u otro tipo de comedor comercial [Card, 2007: 496–499]. También había una herrería situada de forma muy accesible para viajeros a caballo [Fowler, 2006c; Fowler et al., 2007]. Una tercera estructura (6F1), en el norte del sitio, parece que era el solar de un encomendero. Roberto Gallardo [2004, 2006] excavó esta estructura e hizo esta hipótesis al explicar su tamaño grande y su elaboración arquitectónica. Además, una diversidad de cerámica indígena no hecha en Ciudad Vieja [Card, 2007: 520–526, 555–556, 562] y jarros para el transporte de líquidos o granos [Card, 2007: 499–500], sugieren que fue un centro de recolección de tributos. La colección pequeña pero diversa de cerámica y vidrio importados de Europa significa que los colonos españoles La Universidad 253
de San Salvador tenían motivos para gastar recursos y riquezas significativas al obtener lujos en un contexto de condiciones logísticas difíciles. Hemos encontrados tres clases de vasijas importadas a Ciudad Vieja: vidrio (solo un ejemplo), botijas y mayólica. Copa de vidrio veneciano Solo una pieza de vidrio colonial se ha identificado en Ciudad Vieja (Figura 3). Es similar a los ejemplos de vidrio veneciano de la segunda mitad del siglo XVI [Tait,1979: Figuras 90 y 102] y tiene la forma de una copa de cerámica del siglo XVI influenciada por formas europeas que fue encontrada en la Ciudad de México [López Cervantes, 1976: 62, Lámina XIII]. La copa de Ciudad Vieja es de vidrio transparente y claro (por lo cual su origen probable es Venecia, porque el vidrio castellano tenía un tinte amarillo o verde [Doménech, 2004: 105]), con rayas de lattimo, vidrio blanco opaco que está empotrado en el cristal de la copa. Esta técnica, vetro a filligrana, apareció en el segundo cuarto del siglo XVI, durante la ocupación de la villa de San Salvador [Tait, 1979: 49]. En Venecia, los hermanos Catanei aplicaron en 1527 una patente para el proceso [Page, 2004b: 18], además, 254 La Universidad
una pintura veneciana de 1533 representa vidrio de filligrana y en 1542, el rey inglés Henry VIII tenía un juego de escudillas de filigrana [Shepard, 1991: 66]. Un origen en el Nuevo Mundo no es imposible, porque la producción de vidrio empezó en México después de 1535, siendo Puebla un centro de exportaciones en 1542. Pero hay otros ejemplos de vidrio veneciano en sitios coloniales tempranos, como Nueva Cádiz en Venezuela [Willis, 1980: 31–33]. El descubrimiento de esta copa en la Estructura 3D2, combinado con la ubicación central de 3D2, representa el uso intensivo de vasijas de cocina y un uso más intensivo en el sitio (relativamente, en Ciudad Vieja) de botijas de transporte. Por ello, parte de nuestra hipótesis es que en la Estructura 3D2 funcionaba como una taberna u otro tipo de comedor comercial. La primera licencia de restaurante en Norteamérica se concedió en la Ciudad de México el 1 de diciembre de 1525, pero otras ventas y comedores fueron fundados en Veracruz, Cholula y otros lugares en México el siguiente año, especialmente en las calles y vías de transporte y viaje, tal como sucede ahora. [Farga y Inés Loredo, 1993: 77–7]. En la Ciudad de México, por un tomín se compraba una cena de pan y agua y
por una sobrecarga de 33 %, se hubiera comprado vino, queso, vinagre, aceite y una sala donde pasar la noche en una taberna [Farga y Inés Loredo, 1993: 73-76; Vargas y Casillas, 1996: 162]. Este tipo de servicio demandado por viajeros, especialmente el vino, podría explicar la copa fina de vidrio y las botijas de la Estructura 3D2. Botijas Las botijas eran los envases desechables del imperio español. Eran usados para llevar mercaderías del interior después que una nave fondeaba en el puerto. San Salvador estaba, como en la actualidad, en el interior, por ello las botijas eran necesarias para transportar líquidos, como vino o aceite de oliva y granos sólidos (como el trigo). Tienen una forma globular o romboide, podrían ser vidriadas con un engobe de plomo, lo que les daba un acabado de color gris o amarillo encima de barro blanco. Las botijas son el tipo más común de cerámica importada, con 426 tiestos encontrados en Ciudad Vieja. Con una excepción, todas estas vasijas tienen rasgos diagnósticos del estilo temprano de botijas [Goggin, 1960: 10-11, Figura 3; Marken, 1994: Figura 4.1] perteneciente al siglo XVI, antes de la fecha general de 1580.
Once de los trece bordes (una parte muy diagnóstica) de las botijas encontradas en Ciudad Vieja tienen una de las dos formas asociadas a las botijas tempranas. Siete de ellas tienen una boca con perfil similar a la letra ‘U’, como los ejemplares encontrados en Concepción de la Vega en República Dominicana, en un sitio ocupado en el periodo 1494-1562, pero en declive después de 1525 [Goggin, 1960: 34; Ortega y Fondeur de Ortega, 1978]. Otros ejemplos (clasificados por Marken como bordes Tipo 2) posiblemente vinculados a los que tienen bocas en forma de U de Ciudad Vieja, fueron encontrados en naufragios en las Bahamas en la primera mitad del siglo XVI [Marken, 1994: 16-18]. Las botijas tempranas de Caluco Viejo [Verhagen, 1997: 305, Figuras 7.33c, 7.33e, 7.34a], un sitio en el occidente de El Salvador que estuvo ocupado a finales del siglo XVI e inicios del siglo XVII, no son similares a las botijas de Ciudad Vieja. Cuatro bordes encontrados en Ciudad Vieja tienen la forma más común de las botijas tempranas, cuyas bocas se asemejan a una letra ‘V’ curvilínea (Figura 4) [Goggin, 1960: 9-11, Figura 3c-e; Marken, 1994: 50-51, Figura 4.1]. Además de los bordes, el barro y las medidas de las paredes de La Universidad 255
las botijas de Ciudad Vieja son similares a algunas de las botijas tempranas en varios sitios del siglo XVI [Goggin, 1960: Tabla 8]. Las botijas de Ciudad Vieja no tienen asas, elementos normalmente asociados con botijas tempranas y no medianas o tardías (Goggin, 1960). Pero hay ejemplos de botijas tempranas sin asas [Marken, 1994]. Una botija completa (sin asas) proveniente de Panamá Vieja del siglo XVI [Patronato Panamá Vieja, 2006: 51], tiene forma similar a los fragmentos encontrados en Ciudad Vieja. De los dos últimos ejemplos de bordes fuera de estas categorías, uno está dañado al punto nodiagnóstico y es del tipo temprano. El otro no es temprano y no pertenece a la villa de San Salvador. Este borde tiene forma y pasta de barro diagnósticos de botijas tardías, al final de la época colonial [Goggin, 1960: 19; Marken, 1994: 51, Fig. 4.3B]. Esto es un rastro de una ocupación efímera, probablemente del siglo XIX; como la ocupación es del clásico terminal – postclásico temprano, no hemos encontrado contextos de esta ocupación, solo rastros individuales. Además de esta botija, hay una pequeña cantidad de tiestos de vasijas hechas localmente que pertenecen a esta época. El análisis preliminar sugiere que en esta época, el área 256 La Universidad
de Ciudad Vieja era usada para la producción de azúcar. La mayoría de estas vasijas tardías primariamente encontradas en la superficie son de un tipo llamado Telesforo, fechado a 1650-1825, en el valle del Río Ceniza en el occidente de El Salvador [Sampeck, 2007: 332– 334]. La combinación de la botija tardía y los elementos de los tiestos Telesforos en Ciudad Vieja (análisis en colaboración con Kathryn Sampeck, analista de la cerámica del Río Ceniza), ubica las actividades de la caña de azúcar en un periodo temprano, en el siglo XIX, al final de la época colonial o inmediatamente después de la independencia. Es importante para la datación de Ciudad Vieja y la villa de San Salvador, que no hay ejemplos de botijas de estilo mediano, con bocas en forma de anillo de barro grueso, en lugar de los cuellos delgados y gráciles de las botijas tempranas. Las botijas de estilo mediano reemplazaron a las botijas tempranas alrededor de 1580 y posiblemente en la década de 1560 [James, 1988: 59]. Hay varios ejemplos de estas botijas medianas en Caluco Viejo, como parte de la industria salvadoreña de cacao a finales del siglo XVI. Nadie transportaba productos a Ciudad Vieja en botijas después de 1570 o 1580.
Mayólica La ‘mayólica’ (cerámica vidriada con engobe opaco, hecho con estaño) es un tipo cerámico importante y diagnóstico de la época colonial. La cantidad de mayólica recuperada de Ciudad Vieja es de solo 23 tiestos, la cantidad más pequeña proveniente de un sitio colonial significativo. Sin embargo, tenemos información sobre importación de mayólica de una fuente inesperada: la cerámica pipíl. El tipo de mayólica más común en Ciudad Vieja es Columbia Sencilla (nueve ejemplos), tal como se espera de un sitio colonial español. Este tipo ocurre mucho durante la época colonial española, la forma de una escudilla encontrada en Ciudad Vieja se fechó a inicios de la época colonial [Goggin,1968: 122-123]. Otros tipos incluyen fragmentos de un color azul diferente, usado en engobe de jarros medicinales en el siglo XVI (tipo Caparra Azul) [Deagan, 1987: 62-63; Goggin, 1968: 134-135] y bacínes para uso higiénico, como artículos de lujo importados. Fragmentos de mayólica del estilo italiano (pero hecho probablemente en Sevilla) están presentes en Ciudad Vieja, específicamente el tipo Sevilla Azul-so-
bre-Blanco (solo dos fragmentos) (Figura 5). Columbia Sencilla es parte de la tradición de cerámica morisca, su estilo tecnológico de la época islámica en España continúa después de la Reconquista. La cerámica de estilo italiano es un signo de la popularidad internacional de la mayólica italiana en los mercados de Europa occidental en el siglo XVI [Lister y Lister, 1987: 140–151; Gaimster, 1999]. La mayólica de estilo italiano típicamente ocurre un poco más tarde en las colonias, pero estaba presente en la Ciudad de México alrededor de 1530 [Lister y Lister, 1982]. Su presencia contemporánea en San Salvador confirma la importancia de los productos del Renacimiento no solo italiano, sino también de la cuenca mediterránea, en las colonias tempranas.
Platos indígenas y cronología de San Salvador
Mucha más evidencia de esta influencia se encontró en platos hechos por alfareras indígenas (la mayoría de los alfareros tradicionales en Centroamérica han sido mujeres), usando técnicas tradicionales (hechas a mano, no en tornos ni vidriadas) y materiales locales (barros y engobes de cerámica que se cocinan al color café claro o bayo), pero adopLa Universidad 257
Figura 4. Cuello de una botija española, estilo temprano, con la forma de letra ‘V’ curvilínea. Encontrado en Estructura 6F1, Ciudad Vieja. Foto por el autor.
Figura 5. Plato de mayólica en estilo italiano. Tipo Sevilla Azul-sobre-Blanco. Encontrado en Estructura 5E2, Ciudad Vieja. Foto por el autor.
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tando las formas de las vasijas europeas y pintándolas con diseños tradicionalmente pipiles (diseños geométricos en rojo sobre color café claro). En sitios postclásicos tardíos en El Salvador y el sureste de Guatemala, cajetes con estos elementos se encontraron en vasijas de servir, en varios casos con soportes trípodes [Card, 2007: 179– 181, 192–193]. Cajetes como estos estaban en uso en la villa de San Salvador, pero eran menos elaborados y no contaban con diseños icónicos, una transformación común en los sitios coloniales, donde imágenes de gente y animales pudieran ser símbolos religiosos y políticos y estaban considerados potencialmente diabólicos por los españoles. Sin embargo, a razón de 2 a 1, platos con estos mismos elementos pero en forma de un plato llano de borde ancho, reemplazaron a los cajetes como vasija para servir en Ciudad Vieja. Estos platos son el 17 % de las vasijas recuperadas en Ciudad Vieja y se encuentran en todas las excavaciones entre el 9 y el 29 % de las vasijas asociadas con estructuras específicas, incluyendo las casas de los encomenderos españoles y las de las familias indígenas. La colección de 582 fragmentos de platos indígenas es uno de los recursos más importantes al estudiar
un fenómeno (cultura material híbrida) de las colonias europeas. Ciudad Vieja es uno de pocos sitios donde la población indígena usó vasijas hibridas a este nivel. El uso más intensivo en Ciudad Vieja estuvo en la Estructura 2F1, una casa con indicaciones de residencia indígena [Hamilton, 2006, 2010: 141–149]. Excavaciones en los linderos sureste de Ciudad Vieja, hechas por Conard Hamilton, revelaron una casa con patrón de cerámica residencial [Card, 2007: 476–479] con evidencias de producción de textiles. La arquitectura de la Estructura 2F1 es muy diferente de la arquitectura de la mayoría de estructuras del sitio, que son de estilo español. Los cimientos son irregulares en la construcción, la estructura es ovalada, no hay divisiones internas y no se habían usado tejas ni baldosas. Los únicos elementos de cultura española en la Estructura 2F1 son 25 fragmentos de hierro, incluyendo clavos coloniales. La abundancia de platos aquí, con su uso general en el sitio, evidencia el uso indígena y español de los platos híbridos. Un patrón similar a la innovación de cerámica híbrida por parte de los indígenas y europeos ha sido encontrada en comunidades europeas con refugiados indígenas, como en Old Mobile (Mobile Viejo) en La Universidad 259
Alabama [Silvia 2002]. En la mayoría de sitios españoles, las vasijas híbridas eran usadas principalmente por los colonos españoles, posiblemente por la falta de su mayólica preferida. El análisis de los platos indígenas tiene aspectos muy técnicos, considerados de forma extensa en otros lugares [Card, 2007; n.d.]. Sin embargo, un resumen es muy importante por sus vículos a la historia de la villa de San Salvador y el inicio de la colonia de San Salvador. Los tipos de mayólica morisca son más comunes en Ciudad Vieja que los del estilo italiano, pero casi la totalidad (99.1 %) de los platos tienen la forma delgada y ancha de los platos italianos (Figura 6). Además, los cinco platos indígenas ‘moriscos’ tienen un engobe rojo, algo usado en pocos platos indígenas ‘italianos’. Los alfareros pipiles y los españoles (los primeros clientes de los platos indígenas, antes de que toda la comunidad los adoptara durante la ocupación de la villa de San Salvador) preferían el estilo italiano. Probablemente conceptualizaban los platos moriscos como no deseables, marcados como una clase distinta. En un nivel más detallado, una variedad de elementos y formas de platos de estilo italiano están representados en los 260 La Universidad
platos indígenas. Doce clases de formas adaptadas de dos sistemas de clasificación de mayólica [Lessman, 1979; Rackham, 1977] se encontraron en los platos indígenas. Esos sugieren que los restos de mayólica (23 piezas) no son muy representativos de la cerámica importada a la villa de San Salvador. Cuando se comparan las formas de los platos indígenas con una secuencia de mayólica italiana [Card n.d., utilizando Hess 2002; Lessmann, 1979; Liverani y Reggi, 1976; Poole, 1997; Rackham, 1977; Rasmussen, 1989; Watson, 1986], los resultados son importantes, por la cronología de San Salvador temprano (Figura 7). Cerca del 67 % de los platos indígenas de Ciudad Vieja tienen formas primariamente en uso durante los años de ocupación documentadas para la villa de San Salvador, 1528–1545. Pero el 20 % de las formas eran más comunes en Europa después de 1545, incluyendo el 14 %, que solo aparece a mediados de la década de 1540, en el periodo del permiso de traslado de San Salvador o un poco después.
Figura 6. Plato indígena, con forma en estilo italiano. Encontrado en Estructura 4C1, Ciudad Vieja. Dibujo por Francisco Galdámez, foto por el autor.
Implicaciones de la cronología extendida
Esta evidencia significa que Ciudad Vieja todavía funcionaba como asentamiento y consumía mayólicas importadas y copiadas por alfareros indígenas después del traslado oficial, probablemente alrededor de 1550 y 1560 (cuando las formas más tardías de los platos en Ciudad Vieja eran populares). La existencia de botijas tempranas significa que la importación se termina antes de 1570. Además, la falta de porcelana china encontrada en El Salvador a finales del siglo XVI, después de la fundación de Manila y el intercambio regular entre Nueva España y China [Fournier-
García, 1997; Sampeck, 2007; Verhagen, 1997: 321–329], manifiesta una ocupación de Ciudad Vieja que comienza en 1528, va decayendo en fechas cercanas a 1560 y termina definitivamente antes de 1570. El permiso de 1545 indica la fecha cuando se inició la construcción de la ciudad nueva y cuando los vecinos empezaron a trasladarse a la ubicación nueva. En este caso, la villa continuaba funcionando como una comunidad aparte de la ciudad de San Salvador, es probable que con residentes indígenas y españoles (peninsulares o solo criollos, no sabemos), por esta razón continuó la importación de mayólica. La comunidad de Ciudad Vieja estuLa Universidad 261
perfiles en la derecha y números asociados significan las cantidades de formas de platos indígenas encontrados en Ciudad
Vieja. El grupo inferior, con 92 ejemplos, pertenece al periodo de las fechas documentadas. El grupo en el medio, con 62
ejemplos, son formas que empezaban cerca de 1545, pero son más comunes después. El grupo superior, con 24 ejemplos, Diagrama por el autor.
son tipos que fechan después de 1545, y evidencian que la villa de San Salvador estuvo ocupada hasta 1560 o posible 1570.
262 La Universidad
Figura 7. Secuencia de mayólica italiana. La caja flaca indica las fechas documentadas de la villa de San Salvador. Los
vo ocupada por casi el doble del tiempo conocido a la luz de los documentos. Si la villa fuera abandonada en 1545, los naturales de la villa pudieron tener como máximo dieciséis años de edad, los mayores iban empezando sus vidas como adultos jóvenes. La mayoría de sansalvadoreños naturales debieron ser niños, pero una ocupación del año 1555 al 1560 diera el tiempo suficiente para que creciera una segunda generación en la villa, nuevas familias con otra generación de decendientes. Este cambio en la cronología tiene implicaciones importantes para la transformación y el desarrollo de la cultura mesoamericana en la época colonial temprana. El diseño y producción de la cultura, incluyendo la cultura material, pasó de la gente que se estaba trasladando de sus comunidades a San Salvador, a las manos de sus descendientes, los primeros sansalvadoreños.
tidad no es solo una construcción de la mente, sino también es una forma de relacionarse socialmente y de actuar tomando en cuenta esta red de relaciones. En la manufactura de la alfarería en Ciudad Vieja, podemos ver huellas de cambios sutiles en las redes sociales y en la identidad de los alfareros de San Salvador y las primeras etapas de la etnogénesis de la identidad indígena en el sistema colonial. Variación en la cerámica de Ciudad Vieja Hemos presentado datos sobre la cerámica importada: botijas y mayólica, también hemos examinado los platos indígenas, parte de la tradición pipil pero con la forma de las vasijas italianas. La gran mayoría de la cerámica de Ciudad Vieja es de esta tradición pipil (principalmente en un grupo cerámico, el grupo Alvarado), la cual constituye el 96 % de la cerámica del sitio. Este grupo es parte de una tradición postclásica en El Salvador y Guatemala, en las áreas de los nahua-pipiles en el tiempo de la Conquista [Card, 2007: 189-199, 205-212, 216-217; compare con Beaudry, 1983: 175176; Bove, 2002: 187-188; Haberland, 1964; Kosakowsky, EstradaBelli y Petitt 2000: 210, 213, Figura La Universidad 263
Producción de cerámica indígena y transformación de identidad
La identidad es difícil de entender solamente por medio de la información arqueológica. Hay una frase famosa en arqueología: «las vasijas no son personas». La iden-
Figura 8. Ejemplos de cerámica Alvarado en la tradición pipil: (a) sart én sin elaboración; (b) cántaro con elaboración pintada en naranja; (c) cajete trípode, originalmente pintado al mínimo en los suportes y el borde; (d) interior de un cajete, con un ejemplo característico de los diseños geométricos encontrados en platos y cajetes en el grupo Alvarado y similar a los cajetes en asentamientos pipiles en Guatemala y El Salvador. Fotos por el autor.
Figura 9. Fragmento de olla en modo Peñacorba. Encontrado en el basurero de Estructura 6F4, Ciudad Vieja. Foto por el autor.
264 La Universidad
14; Sampeck, 2007; Sharer, 1978: 60, Figura 30e1-3; Urban, 1993: 43–44, Figura 6.6]. Con variaciones, esta tradición posee diseños geométricos pintados en rojo, sobre engobe de color café claro, engobe blanco u otra superficie clara. En el caso de Ciudad Vieja, la pasta de barro tiene un color similar al engobe, de un color café a café claro, con varios ejemplares (especialmente, jarros para transportar líquidos) cocidos al naranja (Figura 8). Podemos decir con seguridad que la mayoría de cerámica en Ciudad Vieja estaba hecha en la tradición estilística y tecnológica de los pipiles. A excepción de Gutiérrez Gris Pulido (mencionada anteriormente como un tipo menor en Ciudad Vieja) que sigue las tradiciones de Oaxaca y Tehuantepec, no podemos ver en la cerámica mucha influencia de las regiones de los conquistadores mexicanos. Pero no hay seguridad sobre cuáles fueron los lugares pipiles de procedencia de los residentes o alfareros de San Salvador. Una posibilidad es que patrones de variación en la producción de la cerámica de Ciudad Vieja son evidencia de las raíces y orígenes diferentes de los alfareros, o al menos, de diferencias idiosincráticas entre los productores individuales.
La ocupación de Ciudad Vieja, a pesar de que fue una ocupación corta —de más o menos tres décadas —, tiene evidencia estratigráfica de cambios en la producción del primer grupo cerámico, el grupo Alvarado. Durante la ocupación de 1528 a ca. 1560, estos microestilos, con patrones de distribución a nivel de casa o barrio, formaron un grupo más homogéneo, con implicaciones sobre la identidad y las redes sociales. El grupo cerámico Alvarado, además de la mayoría de ejemplos ‘normales’ del grupo, tiene tres ‘modos’ (Figueroa, Peñacorba, Oliveros). Un modo, en la jerga arqueológica, es un elemento especial que aparece en una minoría de los artefactos y que no ocurre de forma suficiente con otros elementos de los grupos al definir un tipo o variedad. Es como la construcción lógica: todos los ejemplos de un modo (por ejemplo, el modo Peñacorba) son parte de los tipos en el grupo Alvarado, pero no todos los del tipo tienen un modo en particular. Tiestos de cada uno de los tres modos minoritarios tienen el mismo barro, las mismas formas y los mismos diseños pintados de los tiestos del grupo Alvarado, pero también tienen una diferencia distinta de producción. Esto poLa Universidad 265
Figura 10. Mapa de las excavaciones de Estructura 6F4, Ciudad Vieja. Dibujo de Francisco Galdámez, modificado por el autor.
Figura 11. Perfil del muro norte de la Unidad 99-2.9, en el basurero de la Estructura 6F4, Ciudad Vieja. Porcentajes de cerámica del modo Peñacorba en la derecha. Dibujado por el autor.
266 La Universidad
Figura 12. Mapa de las excavaciones de Estructura 3D2. Unidades con ‘D’ muestran disminución del modo Figueroa en los niveles superiores, y con ‘D-S’ son significativos estadísticamente. Unidades con ‘I’ muestran incremento del modo Figueroa en los niveles superiores, y en la unidad con ‘I-S’ son significativos estadísticamente. Mapa dibujado por Francisco Galdámez y modificado por el autor.
dría indicar diferentes métodos idiosincráticos de producción por parte de grupos pequeños de alfareros (posiblemente dentro de una familia) o alfareros individuales [Deal, 1998: 31–37]. El patrón de distribución de los modos también es destacado, en la mayoría de ejemplos de cada modo asociado con una estructura, sugiere una producción y un uso en el ámbito doméstico, con un posible intercambio limitado fue-
ra de la casa [Arnold, 1991: 92–93; Fry, 1979; Rice, 1987: 184; Underhill, 1991]. Los tiestos del modo Figueroa son muy duros y resuenan cuando son golpeados. Esta calidad es producto de procesos de bruñido y pulido intenso antes de la cocción1. Los tiestos del modo
1 El uso de temperaturas altas
en la cocción no es imposible, pero los tiestos Figueroa no son diferentes del grupo Alvarado, en general, en la
La Universidad 267
Figueroa son similares a la loza Ohl Dura (Ohl Hard Ware) de Chalchuapa, que incluye en el grupo cerámico Nunuapa, cántaros muy similares a los de ellos en el grupo Alvarado [Sharer, 1978: 78-79]. La mayoría de los tiestos de Figueroa (76.1 %) se recuperaron en la Estructura 3D2 o cerca de ella2 y en estructura 3D1, solo 35 m al suroeste3. El modo Peñacorba está identificado por líneas de bruñido muy intenso, con espacios no pulidos entre las líneas (Figura 9), un elemento encontrado en el tipo Joateca en Chalchuapa, posiblemente contemporáneo con Ciudad Vieja [Sharer, 1978: 64-65] y en el grupo Granadillas del valle de Zapotitán [Beaudry, 1983: 175]. Casi la totalidad de los tiestos Peñacorba (97.6 %) fueron extraídos de la Estructura 6F4 (15.5 % de la cerámica Alvarado), un buen indicio para sugerir una producción y distribución a nivel doméstico [Stark, 1985]. La Estructura 6F4 está en el norte del sitio, cerca
frecuencia o morfología de núcleos de cocción. 2 Los tiestos Figueroa conforman el 21.5 % de toda la cerámica de la Estructura 3D2. 3 Los tiestos Figueroa conforman el 4.7 % de la cerámica de 3D1; las cantidades en otras estructuras del sitio son mucho menores.
de la casa de un encomendero (Estructrua 6F1). Probablemente se trata de parte de un solar, tres salas construidas al estilo español (incluyendo una cocina) y un basurero lleno de huesos y restos de animales fueron excavados por el autor [Card, 2006; Scott, 2006] (Figuras 2, 10). El aspecto distinto de los tiestos del modo Oliveros no se debe al tratamiento de la superficie, sino en la falta de partículas grandes de poma volcánica en la pasta, una inclusión común en otros tiestos del grupo Alvarado. Esta carencia hace que los tiestos Oliveros se muestren blandos y friables. Fueron encontrados primordialmente (70.6 % de la totalidad del modo Oliveros en el sitio) cerca de Estructura 2F1 (donde el 9.4 % son del tipo Alvarado).
Producción y costumbre
Estas distribuciones significan que hubo producción de cerámica en las casas. Con más exploración del sitio esperamos encontrar más ‘microestilos’. Las vasijas hechas en estas casas se usaron primariamente para su uso interno, pero parece que varios ejemplares fueron vendidos, intercambiados o usados para otras funciones en otras partes del sitio. Un origen de las diferencias pequeñas podría
268 La Universidad
encontrarse en la historia de la villa de San Salvador. El área de Ciudad Vieja no estaba ocupada antes de que los españoles fundaran la villa. Todos sus residentes se trasladaron de otras comunidades desde varias distancias: España, México, varias partes de la región pipil en Guatemala y El Salvador, y probablemente (pero no hay evidencia directa en los documentos), del Caribe y África. Los pipiles provinieron de distintas comunidades de origen. Debido a que los españoles tenían encomiendas en muchas partes del área pipil, los pipiles se incorporaron en varias operaciones de los dos ejércitos de la familia Alvarado y otras acciones de los vecinos de San Salvador después de 1528. Los alfareros eran de la región pipil y tenían tradiciones de cultura en común, incluyendo la cultura material. Podemos ver esto en las similitudes entre la cerámica de Ciudad Vieja, especialmente del grupo Alvarado, y los tipos y grupos postclásicos de El Salvador occidental y el sureste de Guatemala. Sin embargo, esperamos que cada pueblo y comunidad tuviera su propia variación de estas tradiciones, su propio ‘sabor’ o costumbre [Reina y Hill, 1978: 231-251]. Esos orígenes diferentes de los pipíles de San Salvador podrían explicar los patrones de
variación en los modos. Además, es evidente que los alfareros que no practican sus habilidades por un tiempo (incluso un periodo tan corto como un año) podrían adquirir cambios importantes en su ‘estilo’ [Deal, 1998: 35]. En los primeros años caóticos de la Conquista (donde podemos incluir la posibilidad de trabajo involuntario) y el establecimiento de una comunidad nueva, podemos imaginar interrupciones de actividades como la producción de cerámica. Los modos del grupo Alvarado tienen patrones de distribución horizontales, lo cual evidencia una producción doméstica, a la vez, indica los diferentes orígenes de los residentes de la villa. Pero los modos también tienen patrones de distribución verticales. En los tres lugares de producción de estos modos hay un patrón general de disminución de los modos, cuyas características son reemplazadas por las características de referencia de la cerámica Alvarado. En el basurero de la Estructura 6F4, dos unidades de excavación tenían estratigrafía, en ellas el nivel de los tiestos del modo Peñacorba fue más grande en los niveles inferiores y más antiguos, del 45 al 55 % de la cerámica e iba disminuyendo con el tiempo hasta un rango de 12 a 16 % de la La Universidad 269
cerámica en los últimos niveles (Figura 11). El basurero grande de la Estructura 2F1 muestra un patrón similar (pero menos dramático), Oliveros conforma el 14 % de la cerámica en el inicio de la deposición y disminuye a niveles de 9 a 11 % en dos unidades, y a 3.8 % en una tercera unidad. En la Estructura 3D2, no hay niveles distintos de deposición como en los basureros de las estructuras 2F1 y 6F4. Pero 16 unidades en ella tienen niveles artificiales de excavación (de 20 cm o menos, dependiendo de el contexto de la unidad). De estas 16 unidades tenemos el mismo patrón (Figueroa es el más común en niveles inferiores, pero disminuye con el tiempo) en 12 unidades. En estas, el patrón es significativo estadísticamente al nivel de confidencia del 95% en 7 unidades. El caso contrario, donde el tipo Figueroa es el más común en los niveles superiores, estadísticamente comprobado, ocurre en solo una unidad (Figura 12, Tabla 1). Una posibilidad que explica este homogenización es que se estaba dando un cambio en la producción y distribución general de la alfarería. La centralización de mercados en un mercado central podría afectar la distribución [Fry, 1979]. Posiblemente esta cerámica era importada en cantidades grandes. Los documentos 270 La Universidad
históricos mencionan tributos de alfarería de Apopa a San Salvador en 1532 y Nahuizalco en 1548 [Fowler, 1989: 153-154]. Sin embargo, no pensamos que estas explicaciones tengan mucha validez. Los cambios en la cerámica de Ciudad Vieja son sutiles y dispersos. Si los proveedores estaban cambiando, se esperarían cambios más obvios en el estilo o material. Además, en la estratigrafía no hay un cambio completo, pero sí una disminución gradual con los años. El cambio más grande entre la cerámica de Ciudad Vieja y la tradición pipil es la adopción de la forma del plato italiano, copiado de modelos de mayólica que probablemente solo estuvieron presentes en el tiempo de la Conquista en San Salvador. La mejor explicación es que la escala de producción y distribución no cambió, como tampoco cambió el lugar de producción. Por el contrario, los métodos de producción inicialmente variables se unieron en un nuevo modo de comunidad [Rouse, 1960] de San Salvador. Con el tiempo, las fuerzas de competencia en el mercado y en una comunidad de iguales podrían producir una conformidad del estilo, algo visto en los costumbres de comunidades tradicionales en América Central [Reina y Hill, 1978: 231-251].
La interacción entre las casas de varias etnias y grupos de iguales en San Salvador presentaba posibilidades y presiones nuevas en las elecciones durante la producción [Lemonnier, 1988: 32-37]. La estandarización de atributos de producción no necesariamente significa la estandardización del trabajo [Arnold y Santley, 1993]. La interacción y las nuevas redes sociales (acompañadas con nuevas ideas sobre identidad y roles en la comunidad), incluyendo actividades en grupos como la obtención y el procesado del barro y otros materiales, pudieron hacer que los productos de casas diferentes parecieran más indistinguibles [Lemonnier 1988: 83-89]. Esta transformación pudo ser muy poderosa con una nueva generación de gente (y sobre todo, alfareros) nacida en San Salvador. Miembros de las familias de la primera generación de alfareros probablemente dieron adiestramiento en las técnicas y los estilos de las ‘viejas costumbres’, según las formas de producción de las comunidades de origen [Arnold, 1991: 26-35]. Pero las fuerzas del mercado pudieron reafirmar tendencias nuevas en técnicas, provocando uniformidad en la producción [Deal, 1998: 2635]. El cambio generacional,
especialmente en contextos de casas multiétnicas, es un factor importante en las comunidades coloniales [Lightfoot, 2005]. En las primeras décadas de la Conquista, las autoridades españolas exhortaron a los conquistadores a casarse con mujeres locales. Entre un cuarto o un tercio de ellos lo hizo [Carrasco, 1997: 88; Kramer, 1994: 12]. Isabel Costilla, hija de un conquistador español, Gaspar de Cepeda, y una mujer probablemente pipil, nació en la villa de San Salvador en 1529. En 1543, se casó en la iglesia de la Santísima Trinidad, con el vecino español Gómez Díaz de la Reguera, en uno de los pocos matrimonios documentados en la villa. Otros matrimonios, hogares multiétnicos y la interacción cotidiana entre miembros de una comunidad produciendo cultura material fue parte de lo que ocurrió en Ciudad Vieja entre personas de orígenes e identidades de muchos lugares de México y Centroamérica.
Conclusiones
La creación y adopción de vasijas híbridas por la población indígena, la decoración de estas vasijas hibridas con estéticas pipíles y la homogenización de las técnicas de la producción de cerámica, indican una cultura material nueLa Universidad 271
va en una comunidad nueva. Solo el uso de las formas de platos europeos parece como un proceso de aculturación o mestizaje, en este caso, los platos son puestos en la clase indígena de cajetes, con su mismo uso y elaboración. Los otros cambios no denotan los estilos o la tecnología europeos. En su lugar, estos cambios marcan el comienzo del estilo y las técnicas en la cultura material de una comunidad de gente de todas partes de Mesoamérica y Centroamérica, gobernados por una elite española que colabora con sus aliados mexicanos. Debemos notar no la transición de ‘indígena’ al mestizo, sino el inicio de la transformación de los tlaxcaltecas, cholutecas, cuscatlecas, xochitotecas y otras identidades, a la clase o casta de ‘indio’ en el sistema étnico colonial. El ‘micropatriotismo’ está documentado como un valor importante en los documentos coloniales en nahuatl, yukateco y otros idiomas indígenas [Lockhart, 1992; Restall, 1998]. Pero en el caso de los mexicanos de Guatemala, documentos legales muestran una flexibilidad entre su identidad como indígenas o conquistadores y el desarrollo como una comunidad e identidad nuevas [Matthew, 2004]. Esta flexibilidad es parte de la agencia de los mexicanos en Guatemala. Sin 272 La Universidad
embargo, la etnogénesis también se podría haber establecido en contextos de opresión, con una identidad impuesta a un grupo por sus opresores [Voss, 2008: 3337]. En la villa de San Salvador, los cambios en la producción de cerámica, incluyendo la adopción de ideas extranjeras y el establecimiento de un nuevo modo de comunidad en la segunda generación, reflejan más flexibilidad en su identidad y expansión de su redes sociales. Pero estos también podrían ser indicadores pequeños de las primeras etapas en la formación del sistema colonial de castas, donde los vínculos a los lugares y las historias estaban suplantados con categorías nuevas basadas en ideas de raza. El sistema no estaba formado por completo en las primeras décadas de la época colonial [Rodríguez-Alegría, 2005], pero eventualmente este sistema tomaba miembros de comunidades de cada altepetl o kah y los trasladaba a una clase amplia de indios. No estamos diciendo que gente se olvidó de sus raíces o no resistía estas transformaciones, pero los cambios en asuntos materiales como la producción de cerámica reflejan cambios en las relaciones sociales y estos a su vez generan un contexto de transformaciones políticas de identidad y poder.
Tabla 1. Operación 3D2. Porcentajes de normal (sin modo) y cerámica en el modo Figueroa, ambos en el grupo Alvarado, por nivel artificial
Nivel 1 Unidad Normal % 03-1.24 03-1.25 03-1.46 03-1.48 03-1.57 03-1.60 03-1.64 03-1.67 03-1.69 03-1.70 03-1.74
03-1.137 03-1.139 03-1.147
Nivel 2 Figueroa % 3.7 11.1 35.3 25.0 18.2 0.0 14.3 10.9 8.3 6.7 3.1 9.1 0 0 8.6 23.3 Total tiestos 27 9 17 20 11 12 14 92 12 15 65 22 16 40 35 30 Normal % 71.4 80.8 71.4 57.2 50.0 90.2 66.0 29.0 45.9 53.0 83.6 76.5 22.2 93.1 33.3 90.0 Figueroa % 14.3 5.1 28.6 35.7 38.4 7.3 26.7 32.3 54.1 44.0 6.9 2.0 77.8 0 61.9 3.3 Total tiestos 14 78 7 28 26 41 206 31 61 100 360 51 9 87 42 30
Nivel 3 Normal % NA NA NA NA NA 23.1 NA NA NA NA NA NA NA 70.5 NA NA Figueroa % NA NA NA NA NA 69.2 NA NA NA NA NA NA NA 22.5 NA NA Total tiestos NA NA NA NA NA 13 NA NA NA NA NA NA NA 302 NA NA
p-valor
96.3 55.6 64.7 70.0 72.7 58.3 42.9 84.8 91.7 86.7 92.3 72.7 87.5 92.5 88.6 73.3
no suf. no suf. .751 .393 .198 .004 .816 .000 .004 .006 .208 no suf. .000 .000 .000 .025
03-2.61 03-2.62
Nota: La columna final tiene el p-valor de una prueba de significancia de chi al cuadrado (en varios casos, no hay cantidades suficientes al hacer una prueba). Unidades con diferencias estadísticamente significativos son marcados.
Agradecimientos
El Proyecto Arqueológico Ciudad Vieja se llevó a cabo con el permiso del Consejo Nacional para la Cultura y el Arte (Concultura, ahora Secretaría de Cultura de la Presidencia) de El Salvador, dirigido por William R. Fowler. El Museo Nacional de Antropología de El Salvador amablemente proporcionó el acceso a artefactos
coloniales a su cargo. Los fondos fueron proporcionados por Concultura, la Foundation for Ancient Mesoamerican Studies, Inc., el H. J. Heinz III Charitable Fund, la National Geographic Society, Tulane University, Vanderbilt University, la National Science Foundation (Beca No. 0331533), y el WennerGren Foundation for Anthropological Research. Otros miembros del proyecto que han ayudado en esta investigación son William La Universidad 273
R. Fowler, Roberto Gallardo y Conard Hamilton. Los dibujos y mapas fueron hechos por Francisco Galdámez, asistido por Adonai Cardoza. Liuba Morán y Miriam Rodríguez ayudaron en el laboratorio. Estoy agradecido a William R. Fowler, Jr., E. Wyllys Andrews y Sampeck Kathryn por su asesoramiento.
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282 La Universidad
El hierro de la tierra del Reino de Guatemala: Los ingenios de hierro en El Salvador. Un acercamiento desde la arqueología histórica
Heriberto Erquicia Cruz
Si bien, los primeros vestigios de fundición y elaboración de objetos de hierro para el actual territorio salvadoreño se encuentran en las dos pequeñas herrerías registradas en el sitio arqueológico de Ciudad Vieja, el primer asentamiento estable de San Salvador (de 1528 a 1545), no es sino hasta la primera mitad del siglo XVIII que la industria del hierro se desarrolla en el Reino de Guatemala. La historiografía centroamericana ha documentado muy bien la temática de la siderurgia del Reino de Guatemala; ahora la arqueología, a través de un proyecto de reconocimiento y registro de sitios arqueológicos-históricos, ha destacado varias de esas obras de ingeniería hidráulica y extraordinaria arquitectura que se encuentran esparcidas en el centro y occidente del actual territorio salvadoreño.
A manera de introducción
La historiografía centroamericana ha documentado muy bien la temática de la siderurgia del Reino de Guatemala. Ahora, a través de un proyecto de registro y reconocimiento de sitios arqueológicos-históricos [Erquicia, 2008,
2009, 2009a, 2009b, 2010], llevado a cabo por la Universidad Tecnológica de El Salvador junto con la Academia de Historia de El Salvador, la arqueología ha destacado varias de las estructuras que servían para forjar el hierro, obras de ingeniería hidráulica y magna arquitectura que se encuentran esLa Universidad 283
parcidas en el centro y occidente del actual territorio salvadoreño. La arqueología histórica ha abierto su camino a partir de las intervenciones arqueológicas en edificios considerados de valor histórico, tales como iglesias, cascos de haciendas, plazas, entre otros, casi siempre como apoyo a las labores de restauración, conservación y puesta en valor del patrimonio cultural edificado de determinado período histórico o estilo arquitectónico. Estas intervenciones, a veces realizadas en situaciones de emergencia, han dejado entrever la carencia de una investigación o documentación necesaria sobre los inmuebles. En este contexto se ha llevado a cabo dicho proyecto base, el cual ha reconocido, registrado, inventariado, catalogado y contextualizado sitios arqueológicos históricos en El Salvador. En esta oportunidad se exponen los resultados del proyecto, en donde se ha logrado documentar nueve sitios a partir de sus restos físicos, siguiendo rastros históricos-documentales que, sumados a sus características arqueológicas y arquitectónicas, se han logrado identificar como ‘ingenios de hierro’, los cuales forman parte del rico patrimonio cultural arqueológico histórico salvadoreño. 284 La Universidad
La producción antigua de hierro en el actual El Salvador
El ‘hierro de la tierra’, tal y como denominaron los españoles al metal extraído de los yacimientos americanos, se convertiría, para la segunda mitad del siglo XVIII en el ‘Hierro de Metapas’. Su explotación fue una más de las ricas fuentes de divisas para la región centroamericana en la época colonial. El aparecimiento del trabajo del historiador costarricense José Antonio Fernández denominado «Mercado, empresarios y trabajo. La siderurgia en el Reino de Guatemala», publicado por Concultura en 2005, nos brinda parte de la historia desconocida de este rubro importante de la economía de las antiguas provincias. Este ha sido en gran medida la base documental del registro de los Ingenios de hierro en El Salvador. Los vestigios más tempranos localizados en El Salvador, en donde se estaba elaborando hierro, se encuentran en el sitio arqueológico de Ciudad Vieja, el primer asentamiento estable de la villa de San Salvador de 1528 a 1545. Estos vestigios consisten en dos pequeñas ‘herrerías’ que fueron excavadas y documentadas por William Fowler entre 1998
y 2003 [Fowler, 2002, 2003]. Lo más probable es que en esas herrerías se elaboraban objetos para la construcción, todo tipo de herramientas y armas, como lo sugieren algunas menciones históricas que dan cuenta de los hechos de la época del siglo XVI temprano. Para Fernández [2005] «El hierro fue el más importante de los metales ´plebeyos´ pero no podía compararse en su valor de cambio con la plata, a pesar de que su valor de uso era mucho mayor» [Fernández, 2005: 18]. Así, los ingenios de hierro brindaron el recurso para la elaboración de los instrumentos utilitarios más importantes en el desarrollo de muchas actividades destacadas de la vida cotidiana de las colonias. Alrededor de 1674, Marcelo Flores de Mogollón descubrió los depósitos férricos de Metapas (Metapán), pero no fue hasta las primeras tres décadas del siglo XVIII que esta industria se desarrollo en el Reino de Guatemala. A mediados del decenio 1810, casi al final de la época colonial, Metapán era conocida como ‘Metapán del Fierro’. Mientras el hierro era solo uno de los muchos minerales del subsuelo metapaneco, el entorno natural ofrecía la materia prima para elaborar carbón y los ríos de montaña proveían la fuerza hidráulica para mover las
maquinarias de los ingenios de hierro [Ibíd. 95]. Reitera Fernández [2005] que debido al contexto de aislamiento en que se encontraba el Reino de Guatemala respecto a la metrópoli, los ingenios de hierro surgieron por muchos en las primeras tres décadas del siglo XVIII, sin embargo el cambio gradual de la política española referente a las comunicaciones restableció la oferta de hierro europeo. Es así como surge el auge de la explotación del hierro de la tierra, el cual tuvo su apogeo entre 1750 y 1811, principalmente se debió a dos factores internos y uno externo. Los internos respondieron al ‘boom’ añilero que demandó más instrumentos de hierro y el otro a la construcción de la nueva capital del reino, Nueva Guatemala de la Asunción; el factor externo convino de la competencia que tuvo que enfrentar la producción local de hierro con la producción europea del mismo [Ibíd., 20-57].
La extracción de las minas y la elaboración del hierro en los ingenios hidráulicos del Reino de Guatemala.
Como bien lo describe Fernández [2005], las minas eran abiertas, sin la construcción de tiros o túneles. La Universidad 285
En ellas se utilizaban herramientas básicas para obtener el mineral superficial, tales como almádanas, mazos de hierro con mangos largos para romper las piedras. Una vez extraído el mineral era reducido con mazos a pedruscos, proceso conocido como ‘refogar’. Este proceso consistía en excavar un agujero en el suelo, usualmente esférico, haciendo en su fondo moldes para que el material semi-procesado se dividiera. Dicha concavidad se llenaba con capas alternas de leña hasta el borde, dejando una concavidad en el centro que permitiera encender el fuego desde abajo. Posteriormente se colocaba el material sobre la leña y una vez concluida esta etapa era conducido para su posterior tratamiento en el ingenio [Ibíd., 60]. En seguida, nos explica Fernández [2005], ya en el ingenio, este proceso consistía en el fundido de material refogado, que para entonces había perdido agua y material orgánico. Los hornos eran de una vara de alto por una de circunferencia y en el fondo se hacía una concavidad de un tercio de vara para que se concentrara el material fundido. Estos hornos tenían que llegar a temperaturas de 1,540 grados centígrados para poder fundir el hierro. El horno tenía una boca 286 La Universidad
para sacar las escorias y un ‘alquiribuz’, una abertura tubular para que entrara una corriente de aire provocada por ‘barquines’ o fuelles movidos por fuerza hidráulica. En el horno se colocaban capas alternas de carbón vegetal y de mineral, recargándolo en la pared opuesta al alquiribuz para evitar que se bloqueara la entrada de aire. Al encenderse el horno bajo la constante corriente de aire de soplo, el metal se fundía y concentraba en la concavidad central, de donde se tomaba ya frío. El proceso final, una vez enfriado el hierro, se cortaba y después de caldearlo se sometía a un gran martillo o martinete también movido por energía hidráulica. [Ibíd., 60-61]. Las altas temperaturas requeridas para el procesamiento final, que requerían de fuelles movidos por fuerza hidráulica en los ingenios, se vieron facilitadas por la energía de los caudalosos ríos de montaña del Reino de Guatemala [Ibíd., 62].
Los Ingenios de Hierro en El Salvador
Ingenio de Hierro de Atapasco, Quetzaltepeque Se ubica 2 kilómetros al norte de la ciudad de Quetzaltepeque, departamento de La Libertad,
dentro de los terrenos de la Finca Río Claro. Las menciones sobre esta antigua hacienda giran alrededor del ingenio de hierro en sus linderos norte. Es una de las pocas propiedades que se ha ubicado su pertenencia al poder eclesiástico, pues fue parte de las haciendas en propiedad de los Dominicos de San Salvador. Las primeras referencias documentales provienen de mediados del siglo XVIII, estudiadas por Fernández [2005] y sintetizadas por Pedro Escalante Arce [2007]. En resumen, estas referencias destacan a la hacienda de Atapasco por la ubicación de un ingenio de hierro perteneciente a la orden de los dominicos. En 1746, los monjes lo habían arrendado a Ignacio Mirasol y subarrendado a José de Lara Mogrovejo, quien estaba produciendo siete mil quinientas libras anuales de hierro [Fernández, 2005: 80]. A este ingenio corresponden los restos arqueológicos a orillas del río Sucio, en la hacienda Río Claro, muy cerca del puente colonial de Atapasco, puente que formaba parte de la infraestructura del Camino Real. La Relación geográfica de la provincia de San Salvador, elaborada por el alcalde mayor de San Salvador, Manuel Gálvez de Corral, en 1740, con-
firma la existencia de obrajes de hierro en las jurisdicciones de Opico y Quetzaltepeque [Escalante, 2007, s/p]. Actualmente, el ingenio de Atapasco consiste en los restos de cimientos, paredes, muros de contención, canaletas, columnas, pilas de caída y contención de agua, nichos en las paredes y otros elementos arquitectónicos y de ingeniería hidráulica de la época, los cuales servían para hacer funcionar el antiguo ingenio de hierro (Figura 1). La fuerza hidráulica, para hacer trabajar este ingenio de hierro, provenía del río Sucio, el cual se encuentra a escasos 30 metros en la actualidad. Ingenio de Hierro Santo Ángel de la Guarda, Sonsonate Se ubica en la ciudad de Sonsonate, en el barrio El Ángel. Según Fernández [2005], hacia 1730 se tiene la mención del dueño del ingenio de Sonsonate, don Enrique de Sessi y Julbi, el cual pagó impuestos por funcionamiento, comercio y explotación llevados a cabo en su ingenio ante la Real Hacienda. El ingenio de Sonsonate, para ese momento, era uno de los dos ingenios de hierro que se encontraban en la Alcaldía Mayor de San Salvador y La Universidad 287
Figura 1. Vista de planta de los restos del Ingenio Atapasco, Quezaltepeque, La Libertad.
Figura 2. Vista de planta de los restos del Ingenio San Miguel, Metapán, Santa Ana.
288 La Universidad
Enrique de Sessi y Julbi era parte de los inmigrantes recién llegados a Centroamérica que tuvieron una presencia importante en la siderurgia colonial, que ya para entonces pertenecían a la elite local. Por otra parte, Sessi Julbi obtuvo el privilegio de pagar 200 pesos anuales en lugar de pagar el quinto al diezmo correspondiente y canceló diez años por adelantado en 1732. El ingenio de hierro de Enrique de Jesús Gulbeque —una corrupción de Enrique de Sessi y Julbi— se encontraba sin funcionar y los oficiales de la Real Hacienda ordenaron se rematara en 1747, para resarcirse del quinto que había dejado de pagar desde hacía varios años [Fernández, 2005: 72-87]. En la Estadística General de la República de El Salvador de 1858 a 1861, elaborada por Ignacio Gómez, existe una mención del río Grande —de Sonsonate-– como el ojo de agua del Ingenio, en referencia a que este movía la maquinaria del ingenio de Hierro del Santo Ángel de la Guarda de Sonsonate [Gómez, 1990: 216]. Por su parte, Santiago Barberena menciona que: «…a unos 8 kilómetros al Noreste de Sonsonate y en la margen derecha del Rio Grande existían, cuando el señor Ipiña escribió su citado informe, los restos de un antiguo
ingenio de fundir hierro y varias piedras de este metal…» Asimismo, también menciona que para 1865, existían en Sonsonate 14 trapiches de hierro, de los cuales 7 eran movidos por fuerza hidráulica [Barberena, 1998: 55-70]. Entre 1909 y 1914, Barberena [1998] visita Sonsonate, ahí señala que en Sonsonate existieron varios conventos. Anota que el primero que se fundó fue el de Santo Domingo, bajo el patronato de El Santo Ángel de la Guarda, en el barrio de este nombre. Este convento fue poseedor de un ingenio de hierro, a orillas del Río Grande, del cual se conservan todavía algunos restos [Ibíd., 66]. Significa ello que para inicios del siglo XX, dicho ingenio de hierro ya se encontraba en desuso. En la actualidad, el sitio Santo Ángel de la Guarda de Sonsonate se encuentra en un avanzado deterioro, tanto por el crecimiento urbano de la ciudad de Sonsonate junto con las actividades antrópicas que recibe a diario, como por la acción de la naturaleza. Solamente se puede observar algunas paredes principales y un rasgo arquitectónico que probablemente sea el horno donde era fundido el hierro. Su estado de conservación es deplorable. Ingenio de hierro San José, La Universidad 289
Metapán Se encuentra ubicado en la Hacienda San José El Ingenio, dentro del Parque Nacional de Montecristo, Metapán, departamento de Santa Ana. Ignacio Gómez menciona que el río San José mueve la máquina de hierro de Don José María Luna, quien es su propietario. Un dato interesante es que para esa época hay siete máquinas de hierro, pero de estas solamente tres están funcionando, entre ellas se encuentra la de San José Ingenio [Gómez, 1990: 98-99]. Por su parte, Barberena [1998], a principios del siglo XX, afirma que en la hacienda San José se encuentra un buen ingenio de hierro, además alude que: «…Metapán es justamente famoso por sus riquezas minerales: los señores Luna Hermanos, hijos de aquella ciudad y verdaderamente nobles por su ilustración y honorabilidad, explotan las minas de hierro en su ingenio San José, sacando excelente calidad de éste artículo y aún esperan capitales y brazos que las exploten…» [Barberena, 1998: 174]. Según Fernández [2005], la aparición de tres ingenios, entre ellos 290 La Universidad
el de San José en la década de 1780, obedeció a la incapacidad del sistema imperial de comercio de proveer el material requerido por el auge añilero. Entre 1791, la producción de hierro del ingenio San José casi desapareció, cuando el arrendatario Darío J. Moche, un mulato, no pudo seguir produciendo debido a que solo pudo trabajar los meses de agosto septiembre y octubre por ‘defecto de aguas’. San José fue propiedad de Nicolás López, luego pasó a manos del padre Juan Gerardo López; sin embargo, a la muerte de este en 1803, Juan Miguel y Leal adquirió el ingenio en la suma de 3,400 pesos [Fernández, 2005: 107-116]. Glenda Rodríguez Rivera [1995], quien participó a mediados del decenio de 1990 en el Proyecto Arqueológico Casco Colonial de la Hacienda San José El Ingenio y es autora del artículo que lleva el mismo nombre, asevera que: «… en el año 1795 comenzó la producción de hierro en San José, aunque su producción haya sido sumada con la del ingenio San Rafael. Hay por lo tanto una evidencia histórica de sus inicios, además de proporcionar una fecha del fin comercial de las actividades de hierro
como es el año de 1801, en que se aprecia que se laboró 28, 000 libras de hierro» [Rodríguez, 1995: 6-7]. Sabemos que el ingenio continuó funcionando, ya que se registra producción en 1807, bajo la propiedad de José Miguel y Leal. Según el informe de Goodyear, para el año de 1880, San José Ingenio se dedicaba a la producción de hierro [Ibíd., 7]. Se cree que la construcción de este ingenio se realizó alrededor de 1783, fecha que aparece como ‘83’ en la pared del edificio, en el cual estaría colocado un molino de agua donde aparece inscrito el dato ‘año 83’. Sin embargo, afirma Rodríguez [1995], sabemos que la producción de hierro inicia su registro para el año de 1785 [Ibíd., 9]. Ingenio de Hierro San Miguel, Metapán Se encuentra en el Caserío y Cantón San Miguel Ingenio, Metapán, departamento de Santa Ana. Según la documentación de Fernández [2005] y la reseña de Escalante [2007], San Miguel parece ser contemporáneo a San José, es decir, la posibilidad de su entrada en funcionamiento a partir del último cuarto del siglo
XVIII. En la actualidad, por sus rasgos arquitectónicos y el estado de conservación, se relaciona con San José y la casa patronal del Ingenio El Rosario, a manera de comparación para lograr una comprensión de la magnitud y dimensiones. El recorrido de este ingenio demuestra que San Miguel no cuenta con la misma suerte que su contemporáneo San José, pero sí cuenta con cierta continuidad hasta las postrimerías del siglo XIX en lo que se refiere a la familia en propiedad y al funcionamiento de sus instalaciones. Tanto el informe del Intendente de San Salvador en 1807 como la Estadística general de 1858-1861 donde ubican a Francisco y Domingo Arbizú como sus dueños en el orden respectivo, contempla la posibilidad de esta familia —que forma parte de la entonces elite guatemalteca— como la primera propietaria del ingenio en cuestión. En el informe de Minas de 1880 menciona la veta de San Miguel como una de las más explotadas, al igual que la de San José; sin embargo, no se menciona la persona propietaria de la misma. Ninguno de estos datos es mencionado en la monografía departamental de Barberena, limitando la referencia a la hacienda del mismo nombre en la que se culLa Universidad 291
tiva café, caña de azúcar y trigo, cuenta con un molino para sacar harina y con un ingenio para elaborar hierro [Barberena, 1998]. El sitio San Miguel, consiste en los restos de un antiguo Ingenio de Hierro, el cual posee varios canales y canaletas, una canaleta principal en donde bajaba el agua hacia una pileta, que hacía girar una rueda de madera para generar energía hidráulica. Se pueden observar cimientos, paredes, muros de contención, canaletas, columnas, pilas de caída y contención de agua, nichos en las paredes y otros elementos arquitectónicos y de ingeniería hidráulica, los cuales servían para hacer funcionar el antiguo ingenio de hierro (Figura 2). Lastimosamente hoy en día se encuentran casas modernas sobre las estructuras antiguas, por lo que es difícil de entender más allá la distribución de los espacios históricos, debido a la alteración que está sufriendo día a día el sitio. Cabe mencionar que este Ingenio es el que presenta las proporciones más grandes de todos los registrados por este proyecto. La fuerza hidráulica, para hacer trabajar este ingenio de hierro, provenía del río San Miguel El Ingenio, el cual se encuentra a escasos 10 metros hacia el sur de los restos antiguos.
Ingenio de Hierro El Rosario, Metapán Se encuentra en el Cantón El Rosario, Metapán, departamento de Santa Ana. Las últimas referencias documentales disponibles sobre el funcionamiento del Rosario se remontan a la Estadística General de 1858-1861, ya citada en este artículo. De las 7 existentes en el municipio de Metapán, solo San José, San Miguel y El Rosario se encontraban trabajando para ese momento en que Gómez [1990] realiza su Estadística. El Rosario pertenecía a un propietario de apellido Planas. Resulta peculiar la omisión de este ingenio en el informe del Intendente de San Salvador, Gutiérrez y Ulloa [1962] en 1808, probablemente se trate de los ingenios de San Rafael o el de El Carmen que el mismo intendente menciona. Sus coordenadas no concuerdan a cabalidad con la ubicación del Rosario, ya que los mencionados aparecen con 3 y media leguas al N.E. de Metapán, en el camino Real de Guatemala; mientras que El Carmen lo sitúa 3 leguas al N, camino a Esquipulas [Gutiérrez y Ulloa, 1962]. Ante esta situación aún no resuelta lo suficiente, Escalante Arce [2007] sugiere que El Rosario formaría parte de los más anti-
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guos, pero este ya no se encontraba trabajando al momento de la visita del Arzobispo Cortés y Larráz. Él menciona en 1768 el funcionamiento de Santa Gertrudis, San Rafael y El Carmen (Escalante, 2007: s/p). Las particularidades actuales de este sitio son el buen estado de conservación de la antigua casa patronal, la cual pese a algunas modificaciones, mantiene relativamente intactos sus elementos arquitectónicos originales y representa a su vez una magnífica muestra de las antiguas casas rurales que quedan en El Salvador. Esta no es la misma situación del segundo componente arquitectónico del conjunto, que consiste en el antiguo ingenio de hierro. Este presenta un grave deterioro que, pese a su condición, la monumentalidad de sus dimensiones exhiben los materiales constructivos como mampostería, piedra y ladrillo. En una visita realizada por Enrique Kuni Mena [s/f] del Departamento de Historia de la Administración del Patrimonio Cultural, menciona que esta última edificación presenta un 70 % de buen estado, las 15 pilastras y toda la parte superior de la canaleta permanecen prácticamente intactas. Entre los restos de un antiguo Ingenio de Hierro, se encuen-
tran una canaleta principal en donde bajaba el agua hacia una pileta, que hacia girar la rueda de madera que generaba energía hidráulica. Se pueden observar cimientos, paredes, muros de contención, canaletas, columnas, pilas de caída y contención de agua, nichos en las paredes y otros elementos arquitectónicos y de ingeniería hidráulica, los cuales servían para hacer funcionar el antiguo ingenio de hierro (Figura 3). La fuerza hidráulica, para hacer trabajar este ingenio de hierro, provenía del río El Rosario, el cual se encuentra a unos 20 metros hacia el sur de los restos antiguos y el que tuvieron que desviar desde el norte a través de una larga canaleta. Ingenio de Hierro Santa Gertrudis, Metapán Se encuentra en el Caserío Santa Gertrudis, Cantón Aldea El Zapote, Metapán, departamento de Santa Ana. Este ingenio plantea otras situaciones que conducen a un temprano desaparecimiento, pues si bien podría ser uno de los más antiguos por la mención realizada por Cortés y Larraz [2000], el informe de la Intendencia en 1807 menciona la existencia de este ingenio y hacienda de lo mismo La Universidad 293
Figura 3. Vista de planta de los restos del Ingenio y casco de hacienda El Rosario, Metapán, Santa Ana.
Figura 4. Vista de planta de los restos del Ingenio Santa Gertrudis, Metapán, Santa Ana.
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en posesión de Antonio Martínez. No es posible precisar a ciencia cierta su funcionamiento, ya que para mediados del mismo siglo y en las posteriores referencias documentales no se menciona el funcionamiento del mismo. Sin embargo, Barberena [1998] diferencia a Santa Gertrudis como un ingenio ‘suspenso’ respecto al Rosario, San Francisco y otros, a los que se refiere al estado ‘ruinoso’ de estos [Barberena, 1998: 167]. No obstante, el severo estado de destrucción que presenta respecto a sus similares podría responder a un temprano abandono del trabajo siderúrgico, o bien a la destrucción paulatina ante posibles inundaciones por encontrarse en una vega inmediata a un río de caudal mediano; pero también debe tomarse en cuenta que las actividades agrícolas, ganaderas y recreativas que rodean inmediatamente a la estructura pueden haber ocasionado extracción de material rocoso y otros daños irreparables que caracterizan al ingenio de Santa Gertrudis. El sitio Santa Gertrudis, consiste en los restos de un antiguo ingenio de hierro, el cual posee una canaleta principal en donde descendía el agua hacia una pileta, esta hacía girar la rueda de madera que gene-
raba energía hidráulica. Se pueden observar cimientos, paredes, muros de contención, canaletas de contención de agua, nichos en las paredes y otros elementos arquitectónicos y de ingeniería hidráulica que servían para hacer funcionar el antiguo ingenio de hierro (Figura 4). La fuerza hidráulica para hacer trabajar este ingenio de hierro provenía del río Tahuilapa, cuyo cauce tuvieron que desviar, al menos en parte, a través de una larga canaleta, para obtener el preciado líquido que movería las máquinas. Ingenio de Hierro El Carmen, Metapán Se ubica en el cantón el Panal, Metapán, Santa Ana. Fernández [2005] plantea que este ingenio estuvo funcionando antes de 1770 durante el primer ciclo siderúrgico del Reino de Guatemala, antes del segundo auge que supuso la construcción de la nueva capital del Reino, tras la destrucción de Santiago de los Caballeros en 1773. Si bien es una de las instalaciones de los ingenios de hierro sobre las cuales se tienen referencias más tempranas, no existe suficiente información que indique la evolución de su propiedad. Durante el siglo XVIII estuvo en manos La Universidad 295
de Juan Bernardo Posadas, probablemente originario de Metapán, periodo donde según registros del funcionamiento, El Carmen no permanecía en actividad todo el año, sino que este dependía de la disponibilidad de caudal del río Chimalapa para generar energía hidráulica. Situación que sucedió en 1779, cuando el ingenio trabajó únicamente durante el invierno [Fernández, 2005: 104], dejando el caudal bajo para el riego de las vegas durante la estación seca, tal como se hacía a mediados del siglo XIX cuando este aún funcionaba [Gómez, 1990: 98]. Se desconoce cómo se produjo el cambio de posesión hacia 1801, cuando en los registros aparece Antonio Hernández como propietario y 6 años después aparece a nombre del peninsular Jorge Guillén de Ubico, un importante hombre de negocios y política quien poseía una tienda en la misma localidad, al tiempo que fungía como alcalde segundo de Metapán en 1811. Años después tuvo el mismo cargo en la población guatemalteca de Chiquimula, otra importante zona de actividad minera [Fernández, 2005: 115]. De acuerdo con las declaraciones para el pago de impuesto, Nuestra Señora del Carmen se perfila como uno de los 296 La Universidad
más importantes de la siderurgia metapaneca en el Reino de Guatemala, teniendo sus puntos más altos en 1771, 1779 y 1786 considerando los ciclos y variables de la producción metalífera. Este comportamiento estaba sujeto a condiciones del complicado mercado regional, favorecido por coyunturas como las interrupciones del tráfico marítimo entre la metrópoli y sus territorios, así como la construcción de la Nueva Guatemala de la Asunción, en el último cuarto del XVIII [Escalante, 2007]. Probablemente la importancia de su producción respecto a sus similares expliquen la complejidad del diseño arquitectónico y las dimensiones de considerable tamaño que caracterizan a las actuales ruinas de un ingenio cuyo funcionamiento cesa probablemente entre 1860 y las postrimerías del mismo siglo. El sitio El Carmen consiste en los restos de un antiguo Ingenio de Hierro, el cual posee dos canaletas en donde caía el agua hacia unas piletas que hacían girar una rueda de madera para generar energía hidráulica. Se pueden observar cimientos, paredes de fachada de las cuales algunas presentaban nichos, muros de contención, canaletas, columnas, pila de caída y contención de agua, entre otros elementos
arquitectónicos y de ingeniería hidráulica, los cuales servían para hacer funcionar el ingenio de hierro (Figura 5). Hoy en día los antiguos restos se pueden observar, cercados (probablemente) por el propietario, pero por la cercanía del caserío y de la calle que conduce hacia él, es subutilizado para servicio sanitario y otras actividades que lo van deteriorando poco a poco. La fuerza hidráulica para hacer trabajar este ingenio de hierro provino del río Chimalapa, el cual se encuentra a escasos 5 metros hacia el oeste de los restos del Ingenio. Ingenio de Hierro San Rafael, Metapán Se ubica en el cantón y caserío San Rafael, Metapán, Santa Ana. Aún no es precisa la fecha exacta o probable de su construcción, la única mención es la de un ‘Ingenio de López’ durante la visita del Arzobispo Cortés y Larraz [2000], quien sugiere que se trata de uno de los primeros ingenios construidos. Por su parte, Fernández [2005] plantea un vínculo del párroco y de su familia del mismo apellido a la producción del metal en San Rafael. A partir de la mención de José Calderón como administrador en 1779, la propiedad de este ingenio se mantiene en la familia
López, de origen local y aparentemente con las suficientes posibilidades para enviar a algunos de sus miembros al seminario, siendo este fenómeno muy común durante el dominio español para vincular a las elites locales con el poder central. Dicha familia estuvo involucrada con la posesión del ingenio San José en la década de 1780 [Fernández, 2005: 113]. Hacia 1807 la propiedad aparece a nombre de Antonio Hernández, pero no se cuenta con registros de su producción que puedan indicar su importancia respecto al resto. La crisis en el mercado colonial de la siderurgia después de 1811 parece haber afectado el funcionamiento de este ingenio. Al formar parte de una propiedad dedicada también al añil y el azúcar, el ingenio cesa sus funciones antes de 1850 [Gómez, 1990: 98,99]. Sabemos esto porque hacia 1910 todavía existía la hacienda del mismo nombre, dedicada al cultivo de caña de azúcar, cereales y repasto, conteniendo un antiguo ingenio en estado ruinoso [Barberena, 1998: 166]. Una de las características del sitio es su notable aislamiento geográfico en comparación con sus similares que se encuentran cerca o al paso de los antiguos caminos y rutas. Su acceso fue La Universidad 297
Figura 5. Vista de planta de los restos del Ingenio El Carmen, Metapán, Santa Ana.
Figura 6. Vista de planta de los restos del Ingenio San Rafael, Metapán, Santa Ana.
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muy difícil para que fuera visitado por Cortés y Larraz, por lo que su mención podría deberse más a la posible vinculación del párroco y su familia como propietarios, que a la importancia o cercanía del ingenio en la zona. El sitio San Rafael consiste en los restos de un antiguo ingenio de hierro, el cual posee una canaleta principal en donde caía el agua hacia una pileta que hacía girar una rueda de madera para generar energía hidráulica. Se pueden observar cimientos, paredes, muros de contención y canaleta, columnas, pila de caída y contención de agua; entre otros elementos arquitectónicos y de ingeniería hidráulica, los cuales servían para hacer funcionar el antiguo ingenio de hierro (Figura 6). Es importante recalcar que los materiales de construcción utilizados en este ingenio en su totalidad son piedra y mortero de cal, a diferencia de los demás ingenios estudiados, los cuales están construidos con piedra, ladrillo de barro cocido y mortero de cal. Hoy en día los antiguos restos se pueden observar en un lugar donde es poco accesible, ya que hay que transitar río abajo para poder llegar a los restos. Su estado de conservación es óptimo por la misma razón de estar aislado. La fuerza hidráulica para hacer tra-
bajar este ingenio de hierro provino del río Tahuilapa, el mismo que era utilizado para mover la maquinaria del ingenio de Santa Gertrudis. Ingenio de Hierro San Francisco de Paula o El Brujo, Metapán Se ubica en el caserío el Ingenio, Metapán, Santa Ana. La escasa existencia de datos sobre este ingenio permite suponer que se trata de la última de estas edificaciones, al mismo tiempo que es la más pequeña y modesta de sus similares. Aparecen registros entre 1807-1811 a favor de Juan de Dios Mayorga, cuyo expediente, gracias a su participación en un levantamiento en 1811, ha sido posible estudiar, por parte de Fernández [2005]. Fernández [2005] alude a la construcción del ingenio de San Francisco de Paula mediante un préstamo otorgado por el vecino de Guatemala, José Antonio Batres. Mayorga era un importante y activo comerciante y agricultor, poseedor de varios créditos y deudas con otros miembros importantes. Es bastante probable la incursión de Mayorga en la siderurgia, pues se dió en un momento en que las crisis de la metrópoli y sus colonias americanas La Universidad 299
Figura 7. Vista de planta de los restos del Ingenio El Brujo o San Francisco de Paula, Metapán, Santa Ana.
trajeron efectos que condujeron a una efímera vida productiva de la empresa. En 1910 aún se le conoce como ingenio San Francisco, ya en estado ruinoso, ubicado en el cantón El Brujo y a orillas del río del mismo nombre [Barberena, 1998: 173], razón por la cual se le conoce también como ingenio El Brujo. Es el último ingenio de hierro construido durante el auge del hierro en Metapán, que por su efímera vida es un símbolo de la fragilidad del mercado colonial y de sus empresarios, sujetos a su ubicación periférica en el mercado, a las condiciones locales de férrea competencia por los pocos recursos y a los conflictos del poder local. El sitio El Brujo consiste en los restos de un antiguo ingenio de hierro, el cual posee una canaleta principal desde donde abatía el 300 La Universidad
agua hacia una pileta que hacia virar una rueda de madera para generar energía hidráulica. Se pueden observar cimientos, paredes, muros de contención, una canaleta principal, columnas, pila de caída y contención de agua, una larga canaleta que traía el agua de por lo memos unos 200 metros de largo y un puente de mampostería para esta canaleta, entre otros elementos arquitectónicos y de ingeniería hidráulica de la época (Figura 7). Lastimosamente hoy en día la construcción principal del Ingenio se encuentra subutilizada como un establo para ganado. La fuerza hidráulica para hacer trabajar este ingenio de hierro vino del río Angue o Anguiatu (limítrofe El SalvadorGuatemala), el cual se encuentra a escasos 20 metros hacia el sur de los restos del Ingenio.
Consideraciones Finales
Los productos de la tierra, como se les denominó durante el período colonial, al cacao, el bálsamo, el añil, la cochinilla y el hierro, entre otros, jugaron un papel fundamental en el desarrollo socioeconómico, político y étnico de las sociedades provinciales del Reino de Guatemala. A inicios del siglo XIX, en las postrimerías de la dominación española, las provincias centroamericanas resienten numerosos atropellos de las elites comerciales y políticas que se encuentran en la capital del Reino. Sumado a ello, los cambios sociopolíticos que se estaban desarrollando en Europa y en las otras colonias españolas, francesas e inglesas, llevan a pensar a los pobladores de las provincias que es el momento justo de rebelarse ante el orden establecido. De tal cuenta que la región que en su momento llegó a ser conocida como ‘Metapán del Fierro’ jugó un papel trascendental, junto con San Salvador, León y Granada, en los primeros movimientos emancipadores de la Centroamérica colonial. En noviembre de 1811, en Metapán una rebelión popular desencadenó un ataque a las autoridades y a los símbolos del poder colonial
de Reino de Guatemala. Es en este momento que junto a otros hechos sucesivos de la misma índole, los cuales ocurren en otras latitudes de la Centroamérica colonial, darían paso a escribir una nueva era para las Provincias del Reino de Guatemala. El estudio de los ingenios de hierro desde la arqueología, no está desligado de las fuentes históricas y de la tradición oral. La arqueología histórica, como disciplina que estudia los restos materiales apoyándose en los documentos históricos, tiene mucho que aportar al conocimiento e interpretación de la historia de nuestros pueblos. Es así que en El Salvador la arqueología histórica, a partir de la década de 1990 ha jugado un papel elemental en la construcción del conocimiento de la historia. Los ingenios de hierro como referentes de la cultura material de nuestros antepasados y su contexto histórico, nos brindan una ventana al pasado y nos llaman a conocer, entender, preservar y disfrutar ese patrimonio de identidad local, nacional y regional. En este sentido, se valora el patrimonio cultural en general, —ya sea este material, inmaterial, mueble e inmueble—, a partir de él se construyen los referentes La Universidad 301
simbólicos y relatos históricos que permiten a un grupo humano compartir y cohesionarse en torno a las diversas tradiciones y expresiones culturales, que son la base de las identidades de una nación diversa, heterogénea y plural, como la salvadoreña.
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Evidencia del uso agrícola del sitio San Andrés durante el periodo protoclásico
Brian R. McKee
Introducción
San Andrés es uno de los sitios arqueológicos más grandes y mejor conocidos en El Salvador. Casi todo su conocimiento pertenece a la ocupación del periodo clásico tardío, sin embargo, el sitio fue ocupado antes y después del periodo clásico. Este articulo examina la evidencia de la ocupación de San Andrés en el periodo protoclásico. En el parte occidental del parque arqueológico de San Andrés, las excavaciones descubrieron campos agrícolas cubiertos con una capa de ceniza del volcán Ilopango, o Tierra Blanca Joven (TBJ). San Andrés está ubicado en la parte central del Valle de Zapotitán, en la confluencia de
los ríos Sucio y Agua Caliente (Figura 1). La antigua Laguna Ciega de Zapotitán se situaba 5.5 km al oeste del sitio. La laguna era pantanosa y medía aproximadamente 1 x 2 km antes de su drenaje [U.S. Army Map Service, 1954]. Era una fuente importante de recursos como peces, mariscos, aves y plantas acuáticas durante la época precolombina [Black, 1983]. San Andrés estuvo ocupado por lo menos desde el periodo preclásico medio hasta el postclásico tardío, además de su ocupación durante la época histórica y los tiempos recientes [McKee, 2007]. Durante el clásico tardío, fue el centro regional primario de la jerarquía política y económica del Valle de Zapotitán [Black, 1983]. La cerámica decorada y la arquiLa Universidad 305
Figura 1. Mapa de El Salvador indicando la ubicación de los sitios arqueológicos. Tomado de McKee 2007:26.
Figura 2. Mapa del Parque Arqueológico San Andrés indicando la ubicación de las estructuras grandes, los pozos de sondeo de 1999 y los pozos donde se encuentran evidencia de agricultura del protoclásico. Tomado de McKee [2007: 228]. Basado en el mapa de Choussy [1995].
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tectura del clásico tardío indican que es muy probable que sus habitantes fueran mayas, aunque la cerámica cotidiana es distinta a la cerámica de los sitios Mayas confirmadas como Copán y Quiriguá. San Andrés tiene una zona central de arquitectura monumental con montículos más pequeños en sus alrededores. El parque arqueológico, de 36 ha, incluye la zona central, en el lado noroeste del Río Sucio y sus alrededores inmediatos. Hay montículos más pequeños en una zona de varios kilómetros alrededor del parque. Black [1983] indicó que hay una distribución continua de artefactos cubriendo una área de 3 km2. El área total no se sabe con seguridad, porque nadie ha conducido un reconocimiento detallado por todo el sitio. Los únicos mapas [Boggs, 1943: 114; Choussy, 1995] solo muestran el área monumental y sus alrededores inmediatos. La Figura 2 muestra la mayoría del sitio adentro del parque nacional. Hay dos grupos arquitectónicos en la zona monumental. La Plaza Sur mide 130 m de norte a sur, por 120 m de este a oeste. Hay cuatro pirámides y varias otras estructuras en la plaza. Las estructuras fueron construidas con adobes y bloques de talpetate y están cubiertas con un re-
pello [Amaroli, 1996; Boggs, 1943: Ries, 1940]. Aunque Boggs [1943] sugirió que el repello es yeso de lima, Payson Sheets [comunicación personal 2004)], basado en unas pruebas conducidas en Chalchuapa, dijo que el repello consiste en ceniza volcánica fina —tal vez de la erupción en el protoclásico de Ilopango. La Plaza Norte se extiende al sur y al oeste de la Estructura 5 (La Campana). Incluyendo la plaza y la pirámide, La Campana mide 20 m arriba de la llanura aluvial del Río Sucio [Begley et al., 1997]. En total hay entre 200,000 y 300,000 m3 de relleno y repello en las plazas sur y norte en San Andrés [McKee, 2007: 211], todo es artificial. Las excavaciones conducidas hasta ahora en la zona central [Amaroli, 1996; Begley et al., 1997; Boggs, 1943; Dimick, 1941; Mejia, 1984; Ries, 1940] indican que la mayoría, si no todo, de la arquitectura monumental fue construido en el periodo clásico tardío, después de la erupción en el protoclásico del volcán Ilopango. Hay menos evidencia de las ocupaciones que anteceden la erupción de Ilopango. Amaroli [1996] encontró unos tiestos preclásicos cuando analizó materiales recuperados por excavaciones conducidas en las décadas de 1970 y 1980, y Begley et al. La Universidad 307
[1997] encontraron unos tiestos del preclásico medio en una superficie abajo de la plataforma de La Campana. McKee [2007] excavó vestigios de rasgos agrícolas del periodo protoclásico en unos pozos, en la zona oeste de las Plazas Sur y Norte. Presento los detalles de estos rasgos abajo.
El volcanismo y el Valle de Zapotitán
San Andrés y el Valle de Zapotitán han sido afectados por varias erupciones volcánicas. La erupción de Ilopango fue la erupción más grande en Centroamérica durante los milenios recientes [Dull et al., 2010]. Estudios recientes indican que el volumen total de tefra (ceniza volcánica) de la erupción tbj de Ilopango fue más de 84 km3 [Dull et al., 2010]. El estrato de tefra de Ilopango mide entre 35 y 50 cm de grosor en los pozos donde se encuentran los surcos protoclásicos en San Andrés [McKee 2007]. Hart y Steen McIntyre [1983] indican que hay depósitos de tefra de Ilopango hasta 99 cm en la zona alrededor de San Andrés. El Valle de Zapotitán y todo el occidente de El Salvador fueron abandonados por un periodo, entre unas cuantas décadas y dos siglos después de la erupción [Dull et al., 2001]. Otras erupciones 308 La Universidad
afectaron el Valle de Zapotitán durante los tiempos precolombinos, incluyendo las erupciones del Talpetate Inferior entre 434 y 639 d.C. [McKee, 2007: 44, 49-50], del Loma Caldera entre 610 y 671 d.C. [McKee, 2002a], y del San Andrés Talpetate Tuff entre 785 y 995 d.C. [Hart, 1983; McKee, 2007: 44]. Nuestro conocimiento de la cronología de la erupción de Ilopango ha cambiado mucho en los años recientes. Como resultado de los estudios del Proyecto Protoclásico, Sheets [1983] reportó que la erupción ocurrió en 260 + 114 d.C., pero una revisión y reinterpretación de la calibración de las dataciones de radiocarbono indica que la erupción ocurrió más tarde, entre 408 y 536 d.C. [Dull et al., 2001]. Estudios más recientes sugieren que es posible que la erupción causara un evento atmosférico global en el año 536 d.C. [Dull et al., 2010]. Aunque la conexión entre estos eventos no es segura, se puede indicar que la erupción ocurrió mucho más tarde de lo que pensábamos. Brady et al. [1998] usaron la cerámica del intervalo de 75 420 d. C. para definir el periodo protoclásico en las tierras bajas mayas. Además, la reevaluación de la cronología de la erupción de Ilopango hecha por Dull [2001] indica que esta división tiene utili-
dad para definir el periodo inmediatamente antes de la erupción. Es claro que la cerámica de los niveles arriba de la tefra de Ilopango pertenece al clásico tardío [Beaudry-Corbett, 2002; McKee, 2007], y es distinta a la cerámica debajo de la tefra —hubo un cambio cultural muy claro. Mucha gente que vivió en la Valle de Zapotitán murió, y los demás abandonaron la región por varias generaciones; los colonos que llegaron después de la erupción tenían una cultura material distinta.
Los surcos protoclásicos de San Andrés
Excavé una serie de pozos de sondeo en el área al oeste de la zona monumental, en 1999, para investigar vestigios domésticos en esta zona. Aunque mi meta principal era investigar depósitos fechados al periodo clásico tardío, la mayoría de los pozos llegaron a la superficie del protoclásico, abajo de la capa de tefra de Ilopango. En cuatro de los 17 pozos, encontré surcos y camellones en el suelo del nivel protoclásico (Figura 2). El Rasgo 1 en la Operación 99-1.6, consiste en una serie de tres surcos y camellones abajo de la tefra de Ilopango (Figura 3). Los surcos tienen una altura de 8 a 10 cm arriba de los camellones,
y la distancia entre los surcos es entre 85 y 100 cm [McKee, 2007: 249-252]. La forma de los surcos está bien preservada e indica su uso para cultivo en la época de la erupción de Ilopango. El Rasgo 2 de la Operación 99-1.12 también consiste en una serie de tres surcos y camellones bien definidos (Figura 4). Hay de 70 a 95 cm entre los surcos y su altura es de 12 a 20 cm. El Rasgo 2 de la Operación 99-1.15 es una serie de tres surcos y camellones bien definidos en el suelo, debajo de la tefra de Ilopango. La distancia entre los surcos mide 75 a 100 cm, su altura es de 12 a 15 cm. El Rasgo 1 de la Operación 99-1.16 es otra serie de tres surcos y camellones. La altura de estos es de 15 a 20 cm y hay de 80 a 90 cm entre los surcos.
Otros surcos precolombinos en El Salvador
Otros campos agrícolas precolombinos con surcos y camellones han sido reportados en varios lugares en El Salvador y fueron enterrados bajo tefra de tres erupciones distintas. Los más conocidos y mejor preservados están en el sitio Joya de Cerén. Estos surcos fueron enterrados por la tefra del volcán Loma Caldera entre 610 y 671 d.C. [McKee, 2002a]. Además La Universidad 309
Figura 3. Fotografía del perfil occidental de la Operación 99-1.6 de San Andrés. Los surcos y camellones son visibles en el piso y el perfil.
Figura 4. Fotografía del perfil occidental de la Operación 99-1.12 de San Andrés. Los surcos y camellones son visibles en el piso y el perfil.
310 La Universidad
de los surcos, la ceniza del Loma Caldera preservó la forma de las plantas cultivadas como huellas en la tefra fina [Sheets y Woodward, 2002]. Los investigadores en Cerén usaron yeso dental para llenar las huellas y hacer moldes de la forma de las plantas originales. Los moldes indican que la mayoría de las plantas cultivadas en los surcos eran maíz, a veces acompañado de frijoles. También los arqueólogos encontraron evidencia de otras plantas en un jardín de cocina [Sheets y Woodward, 2002]. Los surcos y camellones de maíz en Joya de Cerén son muy parecidos a los de San Andrés. Hay un promedio de 80 cm entre los surcos en Cerén, estos tienen una altura de 10 a 20 cm [McKee, 2002b]. No encontré huellas en la tefra de Ilopango en San Andrés, y por eso no puedo identificar las especies de plantas cultivadas con seguridad, pero basado en su similitud con los surcos de Cerén, es muy probable que fueran usados para cultivar maíz. Amaroli y Dull [1999] reportan unos surcos descubiertos debajo de la tefra Cuscatlán. Hay cuatro ubicaciones donde campos de cultivo estuvieron expuestos en cortes de construcción entre Santa Tecla y San Salvador. La tefra Cuscatlán tiene una fecha del periodo preclásico medio, ba-
sado en la cerámica, y una fecha de radiocarbono de 895-800 a.C. [Amaroli y Dull 1999]. La distancia entre los surcos mide entre 56 y 84 cm y su altura promedio (entre camellón y surco) es 11 cm [Amaroli y Dull, 1999]. Otros investigadores también han reportado evidencia de cultivo debajo de la TBJ tefra de Ilopango. Earnest [1976] excavó unos 130 m2 de un campo de camellones y surcos en la Hacienda Santa Bárbara durante el proyecto Cerrón Grande. Sheets [1982] ha reportado dos campos de cultivo expuestos debajo de la ceniza de Ilopango en cortes de construcción en el Valle de Zapotitán. He visto surcos y camellones similares abajo la ceniza de Ilopango en varios lugares en el Valle de Zapotitán. Según Amaroli y Dull [1999], la distancia entre surcos publicado por Earnest [1976] y Sheets [1982] varia entre 61 y 147 cm, con una altitud promedio de 10.5 cm.
Interpretaciones
El cultivo de maíz y otras plantas usando un sistema de surcos y camellones tiene una larga historia en El Salvador. Esta tecnología agrícola estuvo en uso durante los primeros siglos del primer milenio a.C., por lo menos, hasta el La Universidad 311
séptimo siglo d.C. Es muy probable que su uso continúe bastante tiempo después. La actividad volcánica de El Salvador nos da una oportunidad muy buena para estudiar la agricultura precolombina. Una cosa muy interesante es la continuidad de la tecnología. Los campos de cultivo en San Andrés son muy parecidos a los que están cubiertos con la tefra Cuscatlán y a los de Cerén en su forma, la distancia entre los surcos y la altura de los mismos. La ubicación de los campos agrícolas tan cerca de la zona monumental de San Andrés respalda la hipótesis de que su población era mucho menor durante el protoclásico que durante el clásico tardío. Otras evidencias incluyen la escasez de cerámica 312 La Universidad
protoclásica en comparación a la cerámica del clásico tardío, y el hecho que casi toda la construcción monumental fue hecha después de la erupción de Ilopango. Mediante el estudio de los vestigios en campos de cultivo enterrados debajo de varias capas de ceniza volcánica, podemos mejorar nuestro entendimiento de la tecnología agrícola precolombina en El Salvador. También podemos utilizar estos vestigios para entender mejor la población que vivió en el país en los siglos pasados.
Agradecimientos
Quiero dar mis agradecimientos a Bill Fowler por invitarme a participar en este volumen. También tengo que agradecer a Payson Sheets para compartir sus datos y por extenderme la oportunidad trabajar en el sitio Joya de Cerén hace muchos años.
y Roberto Gallardo [1997]. «Excavation and Restoration on Structure 5, the Campana». En Preliminary Report of the 1996 and 1997 Seasons at San Andrés, El Salvador, Christopher Begley (ed.), 12-39. Manuscrito en posesión del autor. Black, Kevin D. [1983]. The Zapotitán Valley Archaeological Survey. En Archeology and Volcanism in Central America: The Zapotitán Valley of El Salvador, Payson D. Sheets (ed.), 62-97. Austin: University of Texas Press. Boggs, Stanley H. [1943]. «Notas Sobre Las Excavaciones en la Hacienda San Andrés, Departamento de La Libertad». Tzunpame 3:104-126. Brady, James, E., Joseph W. Ball, Ronald L. Bishop, Duncan C. Pring, Norman Hammond y Rupert A. Housely [1998]. «The Lowland Maya ‘protoclassic’». Ancient Mesoamerica 9:17-38. Choussy, Juan Carlos [1995]. «Plano Topográfico Ruinas Arqueológicas San Andrés». Mapa, Patrimonio Cultural, San Salvador. Dimick, John M. [1941]. «Salvador». Carnegie Institution of Washington Yearbook 40: 298-300. La Universidad 313
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Visitas a los sitios de arte rupestre El Letrero y Las Caritas en Guaymango, Ahuachapán
Sébastien Perrot-Minnot, Philippe Costa, Ligia Manzano
Introducción
El municipio de Guaymango se encuentra en el occidente de El Salvador (departamento de Ahuachapán), en la zona de transición entre las montañas de la Sierra de Apaneca y los cerros y llanos de la costa (Figura 1). La topografía accidentada de las sierras costeras de El Salvador produjo valles encajonados, quebradas, abrigos y grandes paredones rocosos donde las antiguas culturas precolombinas dejaron importantes expresiones artísticas rupestres, por ejemplo, la Piedra Sellada (Ahuachapán) y la Pintada de San José Villanueva (La Libertad). El municipio de Guaymango es atravesado por varios ríos y riachuelos cuyo volumen
crece considerablemente en el invierno; en ellos viven diversas especies de peces y hasta pequeños cangrejos. Esta área rural de clima caliente y húmedo estaba antiguamente cubierta por una exuberante vegetación. No obstante, la actividad agrícola ha provocado la deforestación de gran parte del territorio. En los bosques que subsisten se pueden reconocer, en particular, árboles de madre cacao, varillo, guayabo y jocote. Hoy en día, el municipio, de 14 cantones y 62 caseríos, tiene una población de unos 24,000 habitantes. No existe actualmente una política local de difusión y valorización del patrimonio arqueológico. Los vestigios más visibles La Universidad 317
Figura 1. Situación de Guaymango en de El Salvador y mapa del municipio. Fuente: Ministerio de Relaciones Exteriores de El Salvador.
Figura 2. Vestigios de una iglesia en el pueblo moderno de Guaymango. Foto: Sébastien Perrot-Minnot.
son los de la antigua fachada de una iglesia del siglo XVIII, en la cabecera municipal (Figura 2). Decidimos estudiar las manifestaciones gráfico rupestres de los sitios de El Letrero y Las Caritas, 318 La Universidad
ubicados respectivamente en los cantones de Istagapán (al sur del municipio) y La Paz (al noreste). Ligia Manzano, actual directora de la Secretaría de Arte y Cultura de la Universidad de El
Salvador (UES) nos había proporcionado interesantes informaciones sobre ambos sitios, que había visitado en 2005-2006 en el marco del Proyecto ‘Arte Rupestre de El Salvador’, dirigido conjuntamente por la Escuela de Artes de la UES y el Departamento de Arqueología del Consejo Nacional para la Cultura y el Arte (Concultura). El deseo de profundizar nuestro conocimiento de los sitios de El Letrero y Las Caritas tiene varias justificaciones. Sébastien Perrot-Minnot [2006, 2007a; PerrotMinnot et al., 2005] dirigió varias temporadas arqueológicas en la zona del sitio de Cara Sucia, en la costa del departamento de Ahuachapán (jurisdicción de San Francisco Menéndez). Estas investigaciones se enfocaron en la definición de las expresiones y dinámicas culturales en la costa [Perrot-Minnot, 2006, 2007a; Perrot-Minnot et al., 2005]. En el marco de esta problemática, Sébastien Perrot-Minnot y Philippe Costa emprendieron también un estudio de los petrograbados de la Piedra Sellada, en el sector San Benito del Parque Nacional El Imposible (Ahuachapán; artículo en proceso de publicación en la revista Mexicon). Ambos arqueólogos del Centro de Estudios Mexicanos y Centroamericanos (CEMCA) del
Gobierno Francés estudiaron varios otros sitios de arte rupestre de El Salvador en los departamentos de San Vicente, Cabañas y La Libertad; en la costa de este última departamento, examinaron los grabados de la Pintada de San José Villanueva y de El Letrero del Diablo (ver bibliografía). Cabe notar que a pesar de que el arte rupestre constituya un aspecto destacado del legado precolombino de El Salvador (con más de un centenar de sitios conocidos), su cronología y contexto cultural han permanecido, hasta la fecha, escasamente documentados. Las visitas a El Letrero de Guaymango y a las Caritas iban a permitir seguir con nuestras reflexiones sobre el significado cultural del arte rupestre. Estas visitas, fruto de una colaboración entre la Universidad de El Salvador y el CEMCA, fueron realizadas en junio y octubre de este año y dieron lugar a un levantamiento fotográfico a escala (Figura 14), un dibujo y un análisis de los petroglifos; se sacaron calcos de una parte de los grabados de El Letrero. Además, se efectuó una encuesta oral entre la población, con el fin de conocer la historia de la conservación de los sitios, las tradiciones orales sobre los mismos y la existencia de otros vestigios arLa Universidad 319
queológicos en los alrededores. Y se llenaron fichas de registro para cada uno de los sitios (Anexo 2). En el presente informe, tras presentar los antecedentes de la investigación arqueológica y los datos etnohistóricos del municipio de Guaymango, describiremos los sitios y analizaremos, luego, las manifestaciones gráfico rupestres.
Antecedentes de la investigación arqueológica
La arqueología del municipio de Guaymango ha despertado el interés de los especialistas desde la primera mitad del siglo XX. Dicho municipio no se encontraba tan lejos de Cara Sucia, cuyas ruinas habían alcanzado cierta fama desde que el historiador Santiago Barberena trajo a San Salvador la escultura del ‘disco del jaguar’, en 1892; además, Guaymango estaba en el territorio de los pipiles de Izalco y aparecía en las fuentes etnohistóricas. Desde Ephraim G. Squier [1855], los pipiles no dejaron de intrigar a los investigadores… En 1944, John Longyear publicó un inventario de sitios arqueológicos de El Salvador, clasificados por departamentos. Este inventario incluye el sitio de Guaymango, visitado por Longyear en 1941 o 1942. El autor reporta que 320 La Universidad
«hay aquí un lugar llamado Morro Grande, donde se encuentran vestigios de un antiguo asentamiento» [Longyear, 1944: 75]. Pocos años más tarde, en su «Índice de sitios arqueológicos de El Salvador», Jorge Lardé y Larín [1950: 47] presentó Morro Grande como un lugar «con abundante cerámica y cimientos de piedras». En 1988, William Fowler, Paul Amaroli y Bárbara Arroyo [1989] visitaron y registraron algunos sitios de la jurisdicción de Guaymango, en el marco del Proyecto Izalco, que se enfocaba en los asentamientos pipiles postclásicos. En 1996, Paul Amaroli realizó para el Green Project un informe sobre el patrimonio arqueológico e histórico del Parque Nacional ‘El Imposible’ (departamento de Ahuachapán). En este informe, Amaroli se refiere también a sitios de los territorios circundantes, mencionando los pueblos pipiles etnohistóricos de Apaneca, Ataco, Tacuba, Jujutla, San Pedro Tuxtla y Guaymango [Amaroli, 1996: 15]. Las visitas efectuadas por los investigadores del Proyecto ‘Arte Rupestre de El Salvador’, en los años 2005 y 2006, a los sitios de El Letrero y Las Caritas, marca el inicio del estudio del arte rupestre
de la jurisdicción de Guaymango. Dicho Proyecto realizó levantamientos fotográficos y calcos de los petrograbados [Manzano y Pérez, 2006: 15, 20, 22]. Poco después, en octubre de 2006, Roberto Gallardo, jefe del departamento de investigaciones del Museo Nacional de Antropología ‘Dr. David J. Guzmán’, examinó el sitio El Letrero. En abril de 2007, en una segunda visita, en la cual Gallardo estuvo acompañado por Marielba Herrera y Ana Claudia María Alfaro [2008], se procedió a un levantamiento fotográfico detallado de los petrograbados, un reconocimiento y una recolección superficial de cerámica. Actualmente, el inventario de sitios arqueológicos del Departamento de Arqueología del Consejo Nacional para la Cultura y el Arte de El Salvador (ahora Secretaría de Cultura de la Presidencia) reporta 15 sitios en el municipio de Guaymango. La cronología de los vestigios prehispánicos abarcaría al menos los períodos clásico y postclásico.
Datos etnohistóricos
La toponimia de los pueblos suele dar indicaciones sobre la identidad de los antiguos habitantes. En el caso de Guaymango, Lardé
y Larín [2000: 204] opinaba que su nombre autóctono era una corrupción de ‘Guaynango’ o ‘Guaytenango’. Según este autor, el toponímico significaría literalmente ‘valle de las ranas’, pues procede de ‘guay’, rana, y ‘mango, nango, tenango’, valle, lugar rodeado o amurallado. Aunque la rana tenía su lugar en las mitologías nahuas, no se conocen muchas representaciones de este animal en los vestigios arqueológicos de la costa occidental de El Salvador. Pero cabe notar que Peccorini [1913] mencionó el descubrimiento, cerca del Puerto de Acajutla, de «un pequeño ídolo de cobre, fundido, en forma de sapo». El capitán Pedro de Alvarado, como lo indica en la segunda carta de relación que dirigió a Hernán Cortés, Gobernador de Nueva España, pasó por un pueblo llamado ‘Guaimango’ en 1524 [Juarros, 1936]; pero no queda claro si se trata de un pueblo de la costa guatemalteca o salvadoreña. Sabemos que en 1550, el asentamiento denominado hoy ‘Morro Grande’ contaba con una población de unos 250 habitantes [Lardé y Larín, 2000]. A principios del siglo XVIII, el lugar fue abandonado a causa de una «formidable plaga de La Universidad 321
vampiros chupadores de sangre humana» (ibid.). Al respecto, es interesante citar un pasaje de la Estadística general de la República de El Salvador (1858-1861) según el cual «en muchos puntos [de la jurisdicción de Guaymango] se tocan vestigios de pueblos antiguos, que fueron estinguidos a causa de una plaga de murciélagos que las invadió como a principios del siglo pasado, según asegura la tradición». Posteriormente a la referida plaga se fundó el actual pueblo de Guaymango. En 1732, los vecinos del mismo poseían 48 cacahuatales [Lardé y Larín, 2000], lo que revela una importante actividad agrícola y cierta prosperidad económica. En 1770, según el arzobispo de Guatemala Cortés y Larraz, Guaymango tenía una población de 607 indígenas y 55 ladinos, y pertenecía al curato de Caluco [Cortés y Larraz, 1958]. Abordemos ahora la cuestión de la afiliación lingüística y cultural de los habitantes de Guaymango en el siglo XVI. Estrada Belli [1998: 323324], en su tesis doctoral sobre la evolución de las sociedades complejas de la Costa Suroriental de Guatemala, explica que en el momento de la conquista española, de la capital pipil Izquitepe322 La Universidad
que (Escuintla) hasta el río Michatoya, se hablaba el idioma pipil, mientras que entre los ríos Michatoya y Los Esclavos vivían comunidades xincas; más allá de este último río, por Pasaco y Moyuta, se hablaba todavía otro idioma, el popoluca o moyuta [ver también Feldman, 1974]. Pero al este del río Paz se encontraba el pueblo pipil de Mopicalco, atravesado por Alvarado en 1524 [Amaroli, 1996: 15]. El occidente de El Salvador se caracterizaba igualmente por cierta diversidad étnica. Explica Amaroli [ibid.] que «en vísperas de la conquista, el área del Parque Nacional El Imposible quedaba cerca a los linderos entre tres grupos étnicos: pipil, xinca y pokomam. Estos linderos muy posiblemente fluctuaban durante el período postclásico». A principios del siglo XVI, Guaymango era un poblado pipil de la provincia de Izalco. Se calcula que en 1519, antes de los desastres conllevados por la primera epidemia desatada por los europeos, la región pipil de Izalco habría contado con una población relativamente densa comprendida entre 54,000 y 100,000 personas [Fowler, 1988; Fowler, Amaroli y Arroyo, 1989: 1]. Dicha región se destacaba por su abundante producción de cacao, como lo
atestigua una carta dirigida por el oidor Diego García de Palacios al Rey Felipe II, en 1576.
Descripción de los sitios de El Letrero y Las Caritas
El Letrero Los petrograbados de El Letrero ocupan una parte del paredón del abrigo rocoso llamado Las Lajas, a una altitud de 200 msnm, en el caserío San Martín, a 400 m al suroeste del caserío Istagapán (Figuras 3-4-8). La topografía en este sector se caracteriza por cerros y profundas quebradas. Cerca del sitio corre el río Metalío, y al pie del abrigo brota un manantial; agua cae también del techo del abrigo (al menos, en el invierno). A pesar de la existencia de reducidos bosques, en particular en las riberas del río Metalío, el paisaje rodeando el abrigo Las Lajas es predominantemente agrícola, con la presencia de campos de maíz y potreros. El abrigo rocoso, de tipo ‘catedral’, alcanza una altura de más de 15 m, una longitud de 40 m y una profundidad de 15 m. Tiene una orientación de 130 º sureste. La roca, identificada como ignimbrita [Manzano y Pérez, 2006: 20] es muy porosa y de un color blancuzco. El paredón muestra
varias grietas. Los petrograbados cubren una superficie de 19 mts de largo y 4 mts de alto (Figuras 5, 6). La parte central del área grabada muestra una fuerte densidad de motivos. Los petroglifos fueron ejecutados según varias técnicas incluyendo la percusión, el rayado y la abrasión. La pintura que rellena ciertos grabados no parecer ser muy antigua; sabemos que ciertos sitios con petroglifos fueron pintados en tiempos históricos [Coladán y Amaroli, 2003: 145]. Cabe notar que unos pocos grafitis fueron trazados sobre los petrograbados precolombinos desde la visita, en abril de 2006, de los investigadores del Proyecto ‘Arte Rupestre de El Salvador’. En el piso del abrigo se pueden apreciar tiestos utilitarios (posiblemente postclásicos) y fragmentos de navajas de obsidiana. Las Caritas Como los de El Letrero, los petrograbados de Las Caritas han sido plasmados en el paredón de un abrigo rocoso, el cual se encuentra en la pendiente de una quebrada, en el cantón La Paz (Figuras 9-14). Un riachuelo corre al pie del abrigo. El mismo es rodeado por un pequeño bosque, La Universidad 323
Figura 3. El abrigo rocoso de El Letrero. Foto: Philippe Costa.
Figura 4. Realización del calco en El Letrero. Foto: Ligia Manzano.
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Figura 5. Dibujo de los petrograbados de El Letrero realizado por medio de un calco de las fotografías digitales. Por Philippe Costa.
Figura 6. Copia del calco de los petrograbados de El Letrero en la Universidad. Foto: Ligia Manzano.
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Figura 7. Detalle de los petrograbados de El Letrero: representación de una criatura reptil. Foto: Philippe Costa.
Figura 8. Otro detalle de los petrograbados de El Letrero: representación de posibles vulvas. Foto: Philippe Costa.
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Figura 9. El abrigo rocoso de Las Caritas. Foto: Sébastien PerrotMinnot.
Figura 10. El paisaje visto desde el abrigo de Las Caritas. Foto: Sébastien Perrot-Minnot.
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pero como en el caso de El Letrero, el paisaje es esencialmente agrícola; a menos de cien metros del sitio Las Caritas se extienden campos de maíz. En el fondo de la quebrada fluye el río Istagapa. El abrigo tiene unos 8 m de altura, 23.50 m de longitud y hasta 6.48 m de profundidad. La roca – ignimbrita- es de color blancuzco
y relativamente porosa. Se observan varias grietas en el paredón. Los petroglifos cubren una superficie de 13.50 de longitud y 2.70 m de altura (Figura 11). Revelan el uso de las técnicas siguientes: percusión, rayado, abrasión. Algunos grabados conservan pigmentos rojos y negros, probablemente modernos.
Figura 11. Dibujo de los petrograbados de Las Caritas realizado por medio de un calco de las fotografías digitales. Por Philippe Costa.
Figura 12. Detalle del paredón de Las Caritas. Foto: Sébastien Perrot-Minnot.
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Figura 13. Petrograbado de Las Caritas mostrando a un ser humano muy estilizado. Foto: Sébastien Perrot-Minnot.
Figura 14. Durante el levantamiento fotográfico de los petrograbados de Las Caritas. Foto: Sébastien Perrot-Minnot.
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En el piso del abrigo se pueden apreciar tiestos utilitarios y decorados, que datan probablemente del postclásico. Es interesante observar que no pudimos hallar tiestos en los cercanos campos cultivados. Características comunes Los sitios Las Caritas y El Letrero se ubican a menos de 10 km uno del otro. Como gran parte de los sitios de arte rupestre de El Salvador, El Letrero y Las Caritas ocupan abrigos rocosos situados en quebradas. Presentan una morfología similar de los abrigos, con una notable diferencia de tamaño (Anexo 3: Plano 1). El entorno es muy parecido (Anexo 3: Plano 3, ilustración 7 y Plano 5, ilustración 8), con asociaciones al elemento agua, y la técnica del grabado es común. En Centroamérica, la mayor parte de los sitios de arte rupestre —pero no todos, como se ha dicho a veces— están situados cerca de ríos, riachuelos y lagos. Otro aspecto sumamente interesante es la presencia, en el piso de los abrigos, de cerámica prehispánica, la cual ayudará a contextualizar las manifestaciones gráfico rupestres (se trata de una oportunidad relativamente rara en Centroamérica; cf. Künne y Strecker [2003: 12]). 330 La Universidad
Manifestaciones gráfico rupestres
Es posible reconocer, por medio del análisis de las manifestaciones gráfico rupestres, una afiliación cultural común entre los dos sitios. La diversidad iconográfica de El Letrero La parte central del Letrero es muy cargada, con una abundancia de líneas curvas que definen formas abiertas y cerradas y líneas rectas paralelas que conforman motivos de difícil interpretación (Anexo 3: Plano 2, ilustración 6). Se reconocen varios cuadrados cruzados por líneas diagonales (Anexo 3: Plano 2, il. 4 y 5), motivo que se repite una vez en Las Caritas, y un grupo de círculos concéntricos, con un punto que marca el centro, son bien visibles en la parte superior (Anexo 3: Plano 2, il. 2). Este conjunto de formas acumuladas, que aparecen como un todo compacto y difícilmente legible, recuerda sitios de la costa y del centro de El Salvador en particular, El Letrero del diablo de Sonsonate, la Pintada de San José Villanueva en La Libertad y la Cueva de los Fierros de Cabañas. Los círculos concéntricos son un motivo del arte rupestre universal, el cual, sin embargo, no es tan co-
mún en El Salvador. En la Piedra Sellada del Parque El Imposible, a 20 Km del Letrero, se ven dos grupos de círculos concéntricos (Anexo 3: Plano 6, il. 1). También en Morazán, en el sitio de la Koquinca, se encuentran varios grupos (Anexo 3: Plano 6, il. 2). A pesar de estos parecidos, existe una diferencia con todos estos sitios: buena parte de las figuras de El Letrero son figurativas. Se reconocen claramente dos vulvas profundamente grabadas a proximidad una de la otra (Anexo 3: Plano 2, il. 3). Las vulvas son un motivo corriente del arte rupestre mundial, pero en El Salvador es un tema más discreto. En la Poza de los Fierros de Guatajiagua, en el departamento de Morazán, es posible reconocer claramente algunas representaciones (Anexo 3: Plano 6, il. 3 y 4) y se ha identificado una posible en Las Caritas (Anexo 3: Plano 4). Algunas posibles ‘caritas’, conformadas por una línea en forma de ‘corazón’ que define el contorno externo de la cara y tres puntos para representar los ojos y la boca, son reconocibles (Anexo 3: Plano 2, il. 5), pero se distinguen de la forma característica que tienen en el sitio de las Caritas. La parte superior del registro está atravesado por la representación de un monstruo con
cuerpo de serpiente y cara de una posible serpiente de perfil, con varios colmillos visibles, en su boca abierta, pero sin lengua claramente definida (Anexo 3: Plano 2, il. 1). El cuerpo, de aproximadamente cuatro metros de largo, define almenas. Otras caras de serpientes de perfil, más pequeñas, son reconocibles en el registro grabado. Esta representación tiene muchos parecidos con la de otro abrigo ubicado en Honduras, en el departamento de Francisco Morazán, en la cercanía de Tegucigalpa. En este abrigo se hacen frente dos serpientes de varios metros de largo cuyo cuerpo define también almenas (Anexo 3: Plano 6, il. 5), con la boca abierta de perfil, la lengua bífida sacada y una seguramente lleva plumas [Doris Stone, 1957: 91]. En el altiplano de Guatemala, en el sitio de La Casa de las Golondrinas, en el departamento de Sacatepéquez, existen tres representaciones de serpiente (Anexo 3: Plano 6, il. 6 y 7). Las tres son interpretadas como temas de la iconografía de las elites mexicanas del postclásico [Robinson, 2002: 633, 2004: 170, 2006: 962, 2008: 141]. Otra comparación interesante sería con la criatura reptil que aparece en las pinturas rupestres posclásicas de estilo mixteca-puebla de Ayarza (Santa Rosa), en las tierras altas La Universidad 331
orientales de Guatemala [PerrotMinnot 2007b]. Si en el postclásico es posible apreciar, en el altiplano de Guatemala y en el occidente de El Salvador, muchas similitudes y influencias del altiplano de México, atribuidas a migraciones de grupos mexicanos, Robinson [2008: 137] recuerda que reclamarse parte de los ancestros toltecas era un tipo de propaganda corriente para legitimizar un grupo que llegaba al poder, aunque no fuera mexicano. La parte derecha del registro es muy distinta con la representación de un personaje de perfil, bien definido, con un pectoral, un arete, viendo hacia la izquierda y con el brazo izquierdo levantado (Anexo 3: Plano 2, il. 7). El personaje está representado en una actitud solemne y con el ceño fruncido. Frente a él, pareciera que algún elemento surge del cuello de otro posible personaje, y se divide en varios chorros o retoños. Aunque es difícil la lectura de esta escena, podría ser la representación de un eventual sacrificio humano. Cabe notar que las pinturas de Ayarza asocian una gran criatura reptil con un personaje amputado de un brazo [Perrot-Minnot, 2007b]. Debajo de mencionada escena de El Letrero, un diseño re332 La Universidad
cuerda una cara: esta constituido de un par de dos círculos concéntricos que conforman ojos y un ovalo aplastado que forma una boca. Una serie de líneas cortas paralelas verticales, que bajan de la supuesta boca horizontal, figuran un tipo de barba o dientes (Anexo 3: Plano 2, il. 8). Recuerda un motivo del sitio ubicado en la isla de Igualtepeque, en el lago de Guija, en el departamento de Santa Ana, muy parecido por la forma de definir los ojos y los dientes o barba (Anexo 3: Plano 6, il. 8). Más a la derecha de esta representación, hay un relieve del paredón sin grabados y después se observa otro panel densamente esculpido con círculos concéntricos compartimentados, círculos simples, círculos con rayos alrededor, grupos de puntos y otras formas que recuerdan la parte central del paredón (Anexo 3: Plano 3, il. 1). Un espacio sin glifos de varios metros sigue, y siempre a la derecha y al límite del abrigo, se encuentra una concentración importante de depresiones, las más grandes no exceden unos 10 cm de diámetro, aproximadamente alineados horizontalmente, prácticamente al nivel del suelo del abrigo (Anexo 3: Plano 3, il. 2). Otras se encuentran incluso afue-
ra de los límites del abrigo. Todo este grupo aislado de puntos es comparable con el conjunto de depresiones observable en Piedra Sellada, cuyo registro grabado incluye en su parte central una concentración importante constituida exclusivamente de cúpulas, casi al nivel del suelo (Anexo 3: Plano 6, il. 10). En Las Caritas, se ve un grupo de depresiones similar pero difiere por estar en la parte superior del registro y estar cruzado por otros motivos (Anexo 3: Plano 3, il. 1). En Honduras, en el departamento de Francisco Morazan, a 22 km al sur de Tegucigalpa, los abrigos rocosos de Las Cuevas Pintadas de Ayasta, acogen grandes grupos de puntos que forman líneas (Anexo 3: Plano 6, il. 9). El caso particular de Las Caritas Como el nombre del sitio lo indica, el tema principal reconocible es el de un rostro humano, sin cuerpo, representado cerca de cien veces, en la mayoría de los casos de forma muy simple y de un tamaño entre 10 y 20 cm. La forma más repetida se compone de un círculo en el cual dos hoyos definen los ojos y un óvalo aplastado o incluso un hoyo más profundo conforma la boca (Anexo 3: Plano 4, il. 2, 4, 6 y 7 y Plano 5,
il. 1). Sin embargo, existen algunas pocas cuadradas (Anexo 3: Plano 5, il. 2) y unas con nariz y mejías (Anexo 3: Plano 4, il. 9 y 10). La gran mayoría se encuentra a altura de hombre (1.50 m). A pesar de la simplicidad del tema, no es corriente en El Salvador y menos en estas cantidades. En el sitio de El Letrero del Diablo de Sonsonate, se pudo identificar una ‘carita’ (Anexo 3: Plano 6, il. 11); en los sitios de La Peña Blanca, La Montañona y El Tablón, constituidos de rocas al aire libre, en el departamento de Chalatenango, se reconocen ‘caritas’, repetidas y de rasgos similares en la forma, en la técnica y en el tamaño asociadas con grabados de líneas curvas (Anexo 3: Plano 6, il. 12). Las ‘caritas’ no son el único motivo tratado en el abrigo; como ya lo hemos visto, se distinguen un grupo de depresiones, líneas curvas y rectas y un cuadrado cruzado. Además, una figura antropomorfa grabada de forma muy simple, está compuesta de dos arcos para los brazos y las piernas, una línea vertical rematada por un punto conforma el tronco y la cabeza (Anexo 3: Plano 4, il. 3). Otro motivo parecido está presente en el abrigo, pero sin el arco inferior para las piernas ni el punto para la cabeza (Anexo La Universidad 333
3: Plano 4, il. 5). Una representación muy estilizada antropomorfa comparable existe en la Poza de los Fierros de Guatajiagua (Anexo 3: Plano 6, il. 13).
Conclusión
Las Caritas y El Letrero son sitios rupestres cercanos parecidos, en la morfología y la técnica, a muchos otros sitios de las regiones centrales y de la costa occidental de El Salvador. Sin embargo, a pesar de estas similitudes, el estudio comparativo en detalle de los grabados demuestra diferencias notables entre los dos lugares. El Letrero, con su manantial que sale de la pared del abrigo y sus dimensiones impresionantes, presenta una variedad de estilos, figurativos o no. La organización de los grabados en grupos en varios lugares del paredón, delata tal vez varios períodos de actividad rupestre, aunque solo las excavaciones arqueológicas podrían dar indicios al respecto. En cambio, en Las Caritas, la repetición más de cien veces del motivo que da el nombre al sitio, a pesar de que no es el único tema abordado, es un caso realmente singular en el país. Si la razón o el sentido de tanta repetición de un mismo motivo es difícil de aclarar, por lo menos, podría 334 La Universidad
denotar la continuación de una misma tradición durante cierto tiempo. Tanto el estilo de los grabados como el material cerámico observado en los abrigos apuntan hacia una datación del postclásico. Por las informaciones de las fuentes etnohistóricas, podríamos asociar las manifestaciones gráfico rupestres a grupos pipiles. Los abrigos conforman una protección natural contra la lluvia y podían acoger cazadores de forma puntual, además de tener una función sagrada. El vínculo con el elemento agua parece demostrado por la presencia abundante de ríos y manantiales en el entorno inmediato de los abrigos. Sin embargo, las diferencias estilísticas indican probablemente que la función de los sitios debía ser más compleja que una simple asociación con el agua. Una misma interpretación semántica hubiera llevado a una similitud más grande en la iconografía de los temas empleados. Al nivel de la costa occidental de El Salvador, se nota una concentración de sitios rupestres ubicados en quebradas, a la orilla de la planicie costera y de la llanura de la Sierra Apaneca-llamatepec. La diversidad estilística de los grabados y las diferencias en la cronología de los materiales
asociados, en el corpus de sitios costeros, revela distintas realidades culturales. Para profundizar la cuestión de la cronología y afiliación cultural de los sitios de arte rupestre de la costa occidental de El Salvador, planteamos la realización de excavaciones en La Piedra Sellada en 2009. Al nivel turístico, se apoyará a la sensibilización del público, por medio de artículos de prensa y de la elaboración de rótulos para los sitios. Esto ayudará a la conservación del patrimonio rupestre que aún no goza de mucho reconocimiento en el país y podría permitir, en un futuro, el desarrollo de proyectos eco-turísticos autosostenibles que involucren a las comunidades cercanas de los sitios.
daciones». Informe. Green Project. San Salvador. Coladan, Elisenda y Paul Amaroli [2003]. «Las representaciones rupestres de El Salvador». En: Arte rupestre de México oriental y Centro América, M. Künne y M. Strecker (eds.), 143-161. Berlín: Gebr. Mann Verlag. Costa, Philippe [2007]. «Los petrograbados de la Cueva de los Fierros (Departamento de Cabañas, El Salvador)». Ponencia presentada en el VIII Coloquio Guatemalteco de Arte Rupestre. Universidad de San Carlos de Guatemala, septiembre de 2007. Costa, Philippe y Sébastien PerrotMinot [2007]. «Los petrograbados de San José Villanueva (departamento de La Libertad, El Salvador)». Ponencia presentada en el II Congreso Centroamericano de Arqueología. San Salvador, octubre de 2007. Cortez y Larraz, Pedro [1958]. Descripción geográfico-moral de la diócesis de Guatemala. Guatemala: Biblioteca ‘Goathemala’ de la Sociedad de Geografía e Historia de Guatemala, vol. 20. (Escrito en 1770). Estrada Belli, Francisco [1998]. La Universidad 335
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338 La Universidad
Cerámica polícroma Copador en El Salvador. Análisis de los contextos de Tazumal, San Andrés y Joya de Cerén
Claudia Alfaro Moisa
Los sistemas culturales se sustentan en las necesidades diversas de los miembros de una sociedad de forma individual y colectiva [Sharer y Ashmore, 1987: 5]). Cada uno de sus componentes posee una función para mantener el sistema, relacionada con los otros componentes del mismo mediante la estructura (redes de relaciones) y proporciona una visión sincrónica e interrelacionada de las sociedades reguladas [Ibíd]. El presente artículo se presenta un panorama general de la cerámica polícroma Copador en El Salvador; el origen del término, una reseña de las principales investigaciones y su distribución geográfica. Se enfoca en la comparación de los contextos arqueológicos de su hallazgo en los sitios de Joya de Cerén, Tazumal y San Andrés. El documento es una reseña correspondiente a la primera fase de investigación de la tesis de Licenciatura a defender en 2011.
Origen del término ‘copador’ y establecimiento de su cronología
La cerámica Copador ha sido de interés en investigaciones arqueológicas focalizadas en el período clásico tardío y es reconocida como marcador de dicho período
sobre todo en su fase terminal. El término ‘Copador’ fue sugerido por Alfred V. Kidder cuando hacía referencia al área de distribución de este estilo, comprendida por las zonas de Copán, suroeste de Honduras y la zona central de El Salvador [Boggs, 1950: 264].
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Longyear afirma que la manufactura de la cerámica polícroma Copador se efectuaba en talleres especializados en Copán (apuntándose este sitio como el lugar de origen, debido a la ausencia del Falso Copador o Arambala) y desde ahí eran distribuidos hacia Chalchuapa para su comercialización [Longyear 1952:64]. Longyear ubica el Copador Polícromo en el área mesoamericana dentro del periodo full classic (clásico tardío 600-900 d. C.), el cual corresponde al tipo identificado como ‘Polícromo Maya Rojo, Negro y Naranja sobre Naranja’ [Sharer 1978: 55]. Anteriormente, la cerámica polícroma Copador junto a los tipos Arambala, Gualpopa y otros polícromos eran catalogados dentro del grupo designado como cerámica maya polícroma [Boggs, 1943: 132-133 y 1945:21]. Cabe destacar que en las fichas de catálogos del Departamento de Arqueología que abarcan las investigaciones arqueológicas de las décadas de 1930 a 1940, se reconocen los siguientes tipos cerámicos: Plomizo, Polícromo Maya; monocromos, bícromos y polícromos [autores varios, 1930-1949]. Las investigaciones arqueológicas en Copán arrojaron datos relacionados con el fechamiento y el hallazgo de cerámica tipo Copador Polícromo en escondrijos 340 La Universidad
ubicados bajo las Estelas I, J y M; esto permitió establecer y ubicar la cerámica Copador en el período clásico tardío [Boggs, 1944: 42]. Para Longyear los datos de dos estelas indican el principio de un Copador desarrollado, y la fecha del último monumento erguido en Copán, la escultura G1, señala su probable fin [Longyear 1952: 45]. La correlación de fechas asociadas por Longyear se basó en la secuencia cronológica por Goodman-Thompson-Martínez, donde los investigadores establecen analogías íntimas entre varios estilos cerámicos provenientes de las tumbas del Tazumal y la cerámica polícroma excavada bajo la estela M, fechada en 9.16.5.0.0 y determinada para el 757 d.C. [Boggs, 1945: 42]. Boggs encuentra semejanzas con la cerámica hallada bajo la estela I, cuyo fechamiento es de 9.12.5.0.0, es decir, 677 d.C. [Boggs, 1945]. Posteriormente, Wolfang Haberland lo ubica dentro de su secuencia para cerámica prehispánica de El Salvador en el período full classic, entre el 500-1000 d. C. [Haberland, 1960: 23], es decir, sumando cien años en relación con la cronología de Longyear (Ver Cuadro 1).
Cuadro 1. Fechamientos de cerámica Copador en estelas de Copán
Monumento Estela I Fecha en la estela 9.12.5.0.0 + Fecha en la Característica de la era cristiana ofrenda Copador (677 d.C)+ Período
Dos vasos cilíndricos co- Full classic/ clásico pador decorados con tardío glifos, vasija copador decorada con personajes, cuenco simple copador con decoración glífica y círculos concéntricos, vasijas copador de silueta compuesta zoomorfa, jarra copador con el glifo ‘kin’, jarra copador decorada con un glifo; algunas contenían carbón y caracoles. 24 estalactitas, bivalvos y cinabrio.+ Bivalvo, incensario, vaso cilíndrico copador, vasija efigie copador, jarra copador con dos asas.+ Full classic/ clásico tardío
Estela J
9.13.5.0.0 +
(702 d.C)
Estela M
9.16.5.0.0. +
(757 d.C. )+
Full classic/ Solo presenta un vaso clásico copador corto y uno tardío largo con motivos antropomorfos, una perla,fragmentos de hueso, conchas, carbón y obsidiana, jarros monócromos miniatura, un cuenco pequeño de engobe rojo de hematita especular sobre naranja, dos cuencos bícromos de engobe rojo de hematita especular sobre blanco muy fino, un par de orejeras y un par de vasos cilíndricos.+
Secuencia de Goodman-Thompson-Martínez. [Boggs 1945: 41, 42] [Longyear 1952: 51-52]
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A medida que las investigaciones arqueológicas experimentaron un auge en la década de los sesenta, Robert Sharer analizó una muestra cerámica amplia procedente de Chalchuapa. La muestra analizada se componía de aquella tomada por William Coe a finales de los cincuentas y del material cerámico producto de las excavaciones arqueológicas del Proyecto Chalchuapa. Al
finalizar el análisis cerámico de la muestra, Sharer ubica la cerámica polícroma Copador en la fase tardía del período clásico, dentro del Complejo Cerámico Payu, Fase Payu del 600-900 d. C. [Sharer, 1978: 111]. Asimismo, ubicó dentro de este complejo cerámico a los tipos Arambala, Gualpopa, Guazapa, Ayutuxtepeque y Tapalhuapa [Ibid, 1978: 117] (Ver Cuadro 2).
Cuadro 2. Secuencia de la cerámica polícroma Copador
Complejo cerámico Payu Unidades TipoVariedad * Grupo cerámico Copador Variedades de cerámica polícroma Copador ** 1. Copador Polícromo Variedad Glífica A+ 2. Copador Polícromo Variedad Glífica B+ 3. Copador Polícromo Variedad Glífica C+ *** 4. Copador Polícromo Variedad Glífica D (Ver nota) 5. Copador Polícromo Variedad Glífica E + *** 6. Copador Polícromo Variedad Figura A + 7. Copador Polícromo Variedad Figura B+ 8. Copador Polícromo Variedad sin Especificar + 9. Pacho Inciso.+
(650-900 d.C.) *Grupo cerámico Chiquihuat Clásico tardío *Grupo cerámico Gualpopa *Grupo cerámico Ayutux *Grupo cerámico Copador *Grupo cerámico Arambala *Grupo cerámico Tepeto *Grupo cerámico Jujutla
*Copador Polícromo *Pushtan *Pacho Inciso
* Tomado de la secuencia cerámica para Chalchuapa [Sharer, 1978:111] ** Muestreo de 17 ejemplares de cerámica copador proveniente de Tazumal [Ibid: 55, 132-133] *** Variedades glíficas C y E ausentes en Copán [Viel: 103] + Variedades identificadas en Tazumal [Sharer: 54-55] Nota: La variedad Figura A se ha encontrado en Joya de Cerén, asimismo la Variedad Glífica D.
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En la zona de Chalchuapa, la cerámica polícroma Copador junto con la cerámica Gualpopa provienen de la tradición cerámica Huiscoyol dentro de la Fase Xocco, fechada en 500 d.C. [Sharer, 1978: 117]. Sumado a ello, otras evidencias arquitectónicas y asociaciones entre tipos cerámicos sugieren el establecimiento de relaciones comerciales con lugares como Copán y las Tierras Bajas en su fase más temprana. En la zona costera, el sitio arqueológico Cara Sucia, que fue el asentamiento periférico sur de la cultura Cotzumalhuapa durante el período clásico tardío, las relaciones comerciales con tierras mayas se reflejan en el hallazgo de cerámica polícroma Copador en depósitos de la fase Tamasha [Sharer en Von Schonfeld, 1995: 14]. En cuanto a los atributos de la cerámica polícroma Copador, los primeros fueron reconocidos por Longyear, identificando tres atributos principales: tres elementos jeroglíficos identificados con las letras A, B y C; presencia de personajes sedentes de cúbito ventral, sentados o de pie; pájaros representados en forma natural convencional o cierta estilización. También señala un patrón o frecuencia de motivos de acuerdo a la combinación de formas y decoración [Longyear 1952:60].
Stanley Boggs, en su publicación de 1950, Archeological Excavations in El Salvador, destaca el uso de hematita especular, engobes rojo y negro, figuras antropomorfas y zoomorfas [Boggs, 1950]. En otra publicación señala «… unas variedades de Copador (especialmente la de falso Copador) y Salúa (Polícromo Campana) parecen haber sido producción de alfareros salvadoreños, a juzgar por su abundancia y distribución…» [Boggs, 1963: 47], lo cual refuerza el planteamiento de Kidder sobre la distribución geográfica de la cerámica polícroma copador. Durante el desarrollo del Proyecto Chalchuapa, entre 1966 y 1970, Sharer establece los atributos de la cerámica Polícroma Copador basándose en el análisis cerámico de 14 vasijas completas y 104 fragmentos procedentes de la zona investigada [Sharer: 54]. Los atributos giran en base a los motivos decorativos, morfología cerámica y la composición de la pasta y engobes. (Ver Cuadro 3). El contexto de la muestra era de tipo ceremonial y funerario de las estructuras 1B y 1C, el material procedía de las excavaciones realizadas por Stanley Boggs en los años 1942, 1943, 1944 y 1953 [Ibid, 1978: 133].
La Universidad 343
Cuadro 3. Atributos de la cerámica Copador
Identificación de atributos * -Hematita especular, pintura negra y usualmente naranja sobre engobe color crema o naranja. -Los motivos más comunes son los elementos glíficos (pintados en rojo y color naranja de relleno) y figuras de perfil (antropomorfas y zoomorfas-aves- delineados en color negro y rojo, rellenos de color naranja) -Pasta fina y suave color crema. [Sharer, 1978:53] *Cuencos cilíndricos de paredes verticales de base plana y borde recto [Sharer, 1978:53] *Cuencos de paredes divergentes de base convexa y borde recto[Ibid:53] *Cuenco de paredes compuestas, de base convexa o base recta, bordes rectos o ligeramente divergentes[Ibíd., 1978:53] Pasta: Fina, homogénea, color crema (beige), similar a la pasta del tipo Izalco; pequeñas inclusiones de cuarzo, integradas y distribuidas de forma regular. Textura compacta y homogénea. Algunas variedades presentan pasta menos fina y menos uniforme, color bastante regular similar al 10 YR 8/3, de núcleo color negro, reducido en ocasiones [Viel 1993: 103] Superficie: Engobe pulido, aspecto variable, generalmente brillante, pero no son raras las superficies mate. El engobe presenta matices desde el beige (10 YR 8/3) y anaranjado (5 YR 7/6). Se observan en algunas ocasiones efectos incontrolados de la cocción diferenciada [Ibid: 103] Decoración: Policromado en rojo y negro sobre el engobe. Se emplean los colores rojo hematita especular (5 R 3/6, 7.5 R 3/6), negro (5 YR2/1, 2/2, 3/1) y rojo anaranjado (10 R5/8, 2.5 YR 5/8, 4/8). En ocasiones se observan rastros de pintura blanca, la decoración en los platos trípodes, cuencos simples y compuestos es interna y externa; mientras que en los vasos y en los cántaros la decoración es externa. [Ibid: 103]
Formas y dimensiones*
Tratamiento**
*[Sharer, 1978:53]/**[Viel 1993: 103]
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Área de distribución de la cerámica Copador en Mesoamérica
La evidencia de cerámica polícroma Copador es indicador de la dinámica participación comercial e ideológica de varios asentamientos mayas del clásico tardío, ubicados entre la franja fronteriza de Guatemala y el centro de Copán, el lado sur oriental y Tierras Bajas centrales [Sharer y Sedat, 1971: 12]. Entre los sitios arqueológicos de la zona oeste de Honduras que reportan evidencia de cerámica polícroma Copador se encuentran Copán, Santa Rosa [Kosakowsky y Belli, 1997:713], Paraíso y Cafetal [Canuto, Bell y Bill, 2007: 912], El Cajón, Gualjoquito, Valle de Sula, Valle de Comayagua, La Sierra en el Valle de Naco, parte Baja del Valle de Motagua y pocos hallazgos en Quiriguá [Urban y Schortman, 1984: 241, 245 y 248] y el Valle de Ulúa [Joyce, 1984: 288; Hirth, 1984: 313]. En Guatemala se reporta en el Altiplano Oriental: Asunción Mita [Sharer: 55] y Chiquimulilla [Kosakowsky, Belli, Pettit, 1997], Costa Sur de Guatemala, Tiquisate [Belli y Kosakowsky, 1997]; Tierras Bajas: Motagua [Román Ramírez, 2006] y en la Vega del Cobán [Acuña, Menéndez, Ro-
mán y Beltrán, 2002: 281]. El arqueólogo guatemalteco Juan Luis Velázquez, reportó del hallazgo de cerámica polícroma Copador en la zona del Quiché en Guatemala (comunicación personal en el 2009). Cerca de la frontera con Belice se reporta la recolección de tiestos de cerámica polícroma Copador durante la Expedición del Museo Británico en el siglo XIX, durante las investigaciones en Pushilá [Bishop y Beaudry 1994; Bishop et al.1986; Joyce 1929; Hammond, 1975 en Bill, Braswell y Prager, 2005: 460].
Estudios de cerámica Copador en El Salvador
Los primeros hallazgos registrados se remontan a 1920 y fueron hechos por Samuel K. Lothrop, quien excavó pozos de sondeo en la zona de Milingo y los Almendros en San Salvador. En el último sitio, Lothrop encontró en el mismo nivel estratigráfico alfarería Tohil plomiza, Maya y Nicoya polícroma y fragmentos de figurillas que representan a Tlaloc. [Cobos 1994: 22]. Destacaba las características de la cerámica ‘Maya’ como la presencia de escritura glífica, figuras antropomorfas y zoomorfas.
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Durante el año de 1926, Samuel Lothrop reconoce el aporte de Lardé y efectúan juntos la exploración del Cerro El Zapote, en el barrio de San Jacinto (San Salvador). Los resultados de los trabajos efectuados demostraron que los materiales de la capa superior representaban una variedad de culturas arqueológicas, ya que se podían distinguir cerámicas propias a tipos Arcaicos, alfarería del tipo Maya, cerámica plomiza y vasijas con la imagen de Tláloc las cuales correspondían a la cultura pipil. Contribu346 La Universidad
yendo a la asociación de los eventos eruptivos con el material cerámico atrapado entre las capas de ceniza. A partir de sus investigaciones, Lothrop propone la primera secuencia cultural prehispánica para El Salvador, en la cual reconoce los diversos períodos de ocupación representados por la cerámica. Lothrop establece períodos de ocupación temprana (equivalente al período preclásico); de culturas mayas (equivalente al período clásico) y pipil (equivalente al período postclásico) [Ibid: 23].
Hasta entonces no había una definición de los tipos cerámicos que se emplean en la actualidad, como la cerámica polícroma Copador, Chancala, Guarumal y Guazapa entre otros. Hacia 1941, John Dimmick, Maurice Ries y Stanley Boggs excavan en la Campana San Andrés y efectúan estudios arqueológicos formales de cerámica y arquitectura prehispánica. El área seleccionada para los trabajos se enfocó básicamente a liberar las fachadas de las estructuras 1 (Montículo A) y 3 (Montículo C), abrir una trinchera en las áreas sur y suroeste del denominado montículo «Campana» (Estructura 5) y en otro montículo localizado en la Plaza Norte y cercano a la Campana, hacer pozos de prueba en la parte oriental de la estructura 3 [Ibid: 24]. Dentro de los diversos tipos cerámicos detectados se encuentra el hallazgo de cerámica de la ocupación del período clásico tardío, como la cerámica polícroma Copador, Polícromo Campana, entre otros. Es de notar que dentro de los reportes de campo no existe la denominación del tipo Polícromo Copador. Este proyecto brindó datos valiosos emanados de la descripción de tipos cerámicos asociados con materiales líticos, figurillas, entierros, arquitectura, entre otros
rasgos arqueológicos. En 1942 se realiza la primera temporada de excavaciones arqueológicas controladas en el sitio arqueológico Tazumal. Stanley Boggs efectúa trabajos de excavación en EB1-1 y EB1-2 y realiza estudios de cerámica y arquitectura. [Cobos 1994: 24 y 25]. Las investigaciones dejan como resultado una gran cantidad de cerámica. Por primera vez se elabora el Catálogo de Investigaciones correspondiente a 1942; cabe mencionar que el investigador continúa empleando el término de cerámica ‘maya’. Hacia 1943, Boggs excava las estructuras E1-C, Tumba 1 y E1-B. Para la temporada de excavaciones de 1953 investiga la Estructura E1D, enfocándose en el escondrijo 502. En cada una de estas temporadas de investigaciones se denomina la cerámica Copador. John M. Longyear III y Stanley Boggs efectúan el reconocimiento de las investigaciones de Tazumal haciendo énfasis en cronologías y en la cerámica [Longyear, 1944: 56-72]. Longyear ubicaría posteriormente la cerámica Copador en la esfera Tepeu, asociada a Copán, dentro del período clásico en la fase full classic, entre el 850-1100 d.C. [Ibid: 80].
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En 1952 Longyear realiza investigaciones arqueológicas en Copán, haciendo énfasis en cronologías y en la cerámica. Recopila y sistematiza las características de la cerámica Copador como la decoración y aísla en un pequeño catálogo las figuras detectadas en la cerámica Copador proveniente de Copán y de El Salvador. Uno de los proyectos emblemáticos fue sin duda el Proyecto de Chalchuapa, dirigido por Robert Sharer, que dio continuidad al proyecto arqueológico iniciado por William Coe en 1954. Las temporadas de excavaciones en los años 1967, 1968, 1969 y 1970 permitieron sistematizar la cerámica recolectada durante estas temporadas [Sharer 1978: 3]. Establece las secuencias cerámicas de Chalchuapa que servirían de base para posteriores estudios arqueológicos en el área. Hacia 1974, William Fowler y Howard Earnest realizaron labores de rescate en la zona del embalse del Cerrón Grande; se registran ejemplares de cerámica polícroma Copador en los sitios de Hacienda Colima [Crane 1974: 18], El Tanque y El Perical [Fowler y Earnest, 1976: 25] Durante 1977, el Museo Nacional de Antropología de El Salvador organiza una serie de 348 La Universidad
excavaciones arqueológicas en San Andrés. En la temporada de 1978 Jorge Mejía efectúa el hallazgo de importantes rasgos ceremoniales característicos del clásico tardío, entre los que se destacaron piezas de cerámica polícroma Copador en contexto ceremonial [Cobos 1994: 36-38]. Entre 1978 y 1979 se ejecuta el Proyecto Protoclásico dirigido por Payson Sheets, cuyo objetivo era ubicar sitios arqueológicos en el Valle de Zapotitán y efectuar estudios arqueológicos y geológicos [Ibid 1994: 39]. Se profundiza en el estudio de la cerámica prehispánica, enfocándose en el material arqueológico procedente de El Cambio y de Joya de Cerén. El estudio de Susan Chandler en El Cambio aportó la secuencia cerámica para el Valle y estableció la relación entre tipos cerámicos y la estratigrafía; por otro lado, se profundiza con análisis químicos de composición de pasta y engobes de la cerámica polícroma Copador, Gualpopa y Arambala. Dichos estudios fueron realizados por Judith A. Southward y Diana C. Kamilli [Sheets 1983: 147]. Tras el hallazgo de Joya de Cerén, Sheets organiza las temporadas de investigaciones arqueológicas en 1989,1991, 1992 y 1994. Dentro del Proyecto Joya
de Cerén, se dio continuidad a los estudios cerámicos iniciados en el Proyecto Protoclásico, efectuados por Marilyn P. BeaudryCorbett, quien se focalizó en los contextos arqueológicos de cerámica polícroma Copador, Gualpopa, Arambala, Guazapa entre otros [Sheets, 2002: 117-138]. La zona de la Cordillera del Bálsamo se ha caracterizado por hallazgos arqueológicos de los períodos preclásico, clásico y postclásico. En 1992, Paul Amaroli efectúa en Madreselva el hallazgo de un entierro perteneciente a un adulto, que contaba entre sus ofrendas, cerámicas policroma Copador y Chalate Tallado [Amaroli, 1992: 4]. En 1993 se inician las excavaciones en Nuevo Cuscatlán, encabezadas por José Luis Velázquez y Bernard Hermes. Ellos hallaron en los sectores I y V, en la estratigrafía perteneciente al clásico tardío, cerámica polícroma Copador, Gualpopa, Arambala y Machacal Púrpura, entre otros
tipos cerámicos pertenecientes a la Fase Payu [Velásquez y Hermes, 1996: 556]. Durante 1996 se efectúan rescates en el sitio La Viuda, por los arqueólogos Howard Earnest y Katherine Sampeck, donde se recuperó cerámica del clásico tardío. Dentro de esta se destaca la cerámica polícroma Copador y Guarumal, junto con restos dentales y pintura roja [Earnest y Sampeck, 1996: 9]. En el centro de la capital, durante el año de 1994, el arqueólogo Blas Castellón efectúa excavaciones en la Catedral Metropolitana de San Salvador, recuperando artefactos coloniales y prehispánicos. Dentro de la cerámica prehispánica se encontró cerámica polícroma Copador y Ulúa, entre otras [Castellón, 1994: 15]. En el siguiente cuadro se enumeran algunos hallazgos cerámica Polícroma Copador en El Salvador:
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Zona o departamento Área El Paraíso, Embalse del Cerrón Grande, Chalatenango Hacienda Santa Bárbara, Embalse del Cerrón Grande, Chalatenango Hacienda Colima, Embalse del Cerrón Grande, Cuscatlán Municipio de Chalchuapa, Departamento de Santa Ana Municipio de Chalchuapa, Santa Ana Municipio de Ataco, Ahuachapán Municipio de Cara Sucia, Departamento de Ahuachapán Departamento de Sonsonate Departamento de La Libertad Municipio del Puerto de la Libertad, Departamento de La Libertad Municipio de Opico, Departamento de La Libertad Municipio de Opico, La Libertad Municipio de Antiguo Cuscatlán, Departamento de La Libertad Municipio de Antiguo Cuscatlán, Departamento de La Libertad Municipio de Antiguo Cuscatlán, Departamento de La Libertad Municipio de Opico, La Libertad Municipio de San Salvador, Departamento de San Salvador Municipio de San Salvador, Departamento de San Salvador Municipio de San Martín, Departamento de San Salvador Municipio de Candelaria de la Frontera, Departamento de Santa Ana Municipio de Guazapa, Departamento de San Salvador
Sitio Arqueológico El Tanque El Perical El Remolino Casa Blanca Tazumal Los Tablones Cara Sucia Hacienda San Antonio Monterrico Hacienda Tula Playa El Zonte San Andrés Joya de Cerén Madreselva Nuevo Cuscatlán La Viuda El Cambio Cerro El Zapote Milingo Los Almendros Lotificación San Antonio Abad Lotificación Aragón
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Méndez, 2008
Cuadro elaborado por la autora.
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Imagen 2. Distribución de la cerámica copador en El Salvador. Elaborado por la autora.
Análisis de contextos arqueológicos de la cerámica polícroma copador en El Salvador. Casos: Tazumal, San Andrés y Joya de Cerén La cerámica Copador contextualizada junto a otros tipos cerámicos y artefactos son indicadores de una amplia red cultural y de comercio entre varios asentamientos, entre los que se incluye Tazumal y San Andrés en El Salvador, Kaminaljuyú (actual ciudad de Guatemala) y Copán (Honduras), así como con otros puntos de las tierras bajas mayas. En cada uno de los contextos se procurará describir la cerámica polícroma Copador, asociarla en base a las formas y decoraciones a determinados contextos arqueológicos y
realizar su posterior análisis asociado a la temporalidad, en base al análisis estratigráfico. Los análisis completos de los datos se reflejarán en el documento final de tesis. Este tipo cerámico puede tener diversos atributos relacionados con las funciones sociales tomando en cuenta los contextos arqueológicos: la decoración podría indicar afiliación a un grupo cultural, estatus social y en algunas ocasiones linaje. Lewis Binford sostiene que «en [algunos] casos la cerámica puede jugar un papel importante en cuestiones de religión e ideología» [Binford, 1972: 77-79] delimitando a su vez un área geográfica correspondiente a un grupo o varios grupos culturales. La distribución geográfica, comparación del material La Universidad 351
arqueológico, estudio de la estratigrafía y la arquitectura entre estos centros permitió establecer vínculos entre zonas aparentemente distintas. Tazumal Durante 1943, Boggs excavó la Estructrua E1-C, Tumba 1 y recolectó durante esa temporada siete ejemplares de cerámica polícroma Copador decorada con pseudoglifos, diseños geométricos y nadadores. Durante esta temporada, en la Estructura E1-B, dentro de la Tumba 2, se ubican 19 piezas de cerámica polícroma Copador. En la Tumba 2, Entierro G, también se encontró un cuenco polícromo Copador de silueta compuesta con forma de batracio. La Tumba 3 presenta un cajete Polícromo Copador decorado con pseudoglifos, mientras que en la Tumba 4 se halló un cajete Polícromo Copador decorado con figuras geométricas [Datos extraídos de las Fichas de Catálogo de Investigaciones Tazumal 1943]. En la temporada de excavaciones de 1953 en Tazumal, en la Estructura E1D, dentro del escondrijo 50-2, se ubican un cajete Polícromo Copador con aves acuáticas, figuras antropomorfas y un quincunce. Mientras que en la Tumba 7 se halla un cajete Po352 La Universidad
lícromo Copador con figuras zoomorfas, antropomorfas, puntos y glifos. A partir de la temporada de 1952 en el Tazumal, Boggs redacta dentro de las Fichas del Catálogo de Investigación correspondientes a Tazumal descripciones de la cerámica, dentro de las que aparece finalmente descrita como cerámica tipo ‘Copador’. Asimismo aparecen ya denominados los tipos cerámico Gualpopa y Arambala. Todos los hallazgos de ambas temporadas están relacionados con aspectos ceremoniales y funerarios, asociados con las elites de Tazumal durante el período clásico tardío. [Datos extraídos de las Fichas de Catálogo de Investigaciones Tazumal 1953]. San Andrés En 1977, el Museo Nacional de Antropología de El Salvador organizó una serie de excavaciones en San Andrés. Jorge Mejía realizó en la acrópolis hallazgos importantes; las excavaciones se focalizaron en la Estructura E7, Unidad B, ubicadas en la Acrópolis. [Cobos, 1994: 36-38] El hallazgo se compone de un pedernal excéntrico junto a un sahumerio monocromo (Rasgo 1), acompañado por 7 conchas de Spondylus con restos de pintura hematita especular, una espina de
mantarraya, obsidiana, una cuenta de jadeíta (Rasgo 2), así como tres variedades de cerámica polícroma Copador: 2 copadores con figuras de monos y glifos, 1 copador con nadadores y glifos (Rasgo
3). Junto con cerámica de estilo asociado a la zona del Petén en Guatemala. [Datos extraídos de las Fichas de Catálogo de Investigaciones San Andrés 1978]
A. Rasgo 1 y 2
B. Parte del Rasgo 2
C. Parte del Rasgo 3
El hallazgo de Mejía relaciona la cerámica polícroma Copador a un ámbito ceremonial, acompañado de materiales relacionados con rituales asociados a gobernantes. Un pedernal excéntrico, espinas de pescado y mantarraya, conchas, hematita especular y cerámica importada de la zona del Petén hacen suponer que el polícromo Copador consumido por la elite era distinto al consu-
mido por la población común y corriente. Joya de Cerén La antigua comunidad de Joya de Cerén fue enterrada por una erupción ocurrida alrededor de 650 d.C., en un punto situado a menos de un kilómetro hacia el norte de Joya de Cerén. [Sheets, 2002: 5 y 8]. Fueron expulsados La Universidad 353
materiales que variaban desde ceniza fina hasta bombas volcánicas de un metro de diámetro. En poco tiempo, estos materiales enterraron el asentamiento bajo varias capas de ceniza que sumaron de 4 a 8 metros de espesor. [Ibid: 8]. Joya de Cerén constituía una comunidad aparentemente pequeña, muy posiblemente tributaria a San Andrés. La extensión total aún no ha sido precisada, pero la información disponible sugiere que era menor de 20 hectáreas [Ibid: 3]. La mayoría de cerámica polícroma Copador proviene del
Complejo 1, de las Estructuras 2A y 2B y de la Estructura 3. [Beaudry, 1989: 91-93]. Las estructuras poseen carácter doméstico, relacionado con actividades de procesamiento de materias primas y almacenaje. [Sheets, 2002: 45- 48]. Las estructuras 2A y 2B son de tipo residencial, mientras que la Estructura 3 es de carácter cívico. [Ibid: 58-64]. De las muestras de Copador provenientes de dichos contextos, no han demostrado ser un tipo empleado en ceremonias, más bien de tipo utilitario y de servicio.
Imagen 3. Complejo 1 Joya de Cerén. Plano tomado de Plan de Manejo Joya de Cerén. Getty Institute, FUNDAR.
Cerámica polícroma Copador de variedad desconocida encontrada en el Complejo 1, junto con Gualpopa, Campana, Mocal en el grupo de polícromos; engobe raspado Guazapa, Cashal y Obraje Rojo, entre tipos utilitarios. [Beaudry , 1989: 91]
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Imagen 4. Complejo 2 Joya de Cerén. Plano tomado de Plan de Manejo Joya de Cerén. Getty Institute, FUNDAR.
Cerámica polícroma Copador de una variedad desconocida de encontrado en las estructuras 2A y 2B, junto con Gualpopa, La Presa, Sacazil y Tazula entre los polícromos; engobe raspado Guazapa y Obraje Rojo de tipo utilitarios [Beaudry, 1989: 92].
Imagen 5. Plano tomado de Plan de Manejo Joya de Cerén. Getty Institute, FUNDAR.
Una variedad desconocida de cerámica polícroma Copador encontrado en la Estructura 3, junto con tipo La Presa Rojo en la categoría de polícromos; Guazapa y Obraje Rojo como utilitarios [Beaudry, 1989: 93].
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Comentarios
Se han tomado como base dos sitios arqueológicos que ofrecen el contexto ceremonial, Tazumal y San Andrés, con presencia de ofrendas de tipo funerario y ritual procedentes de estructuras con características asociadas a las elites gobernantes. Joya de Cerén posee estructuras de uso cotidiano, con zonas de procesamiento y almacenaje. Ambos contextos arrojan datos sobre la presencia de la cerámica polícroma Copador como parte de las ofrendas y como cerámica utilitaria. Otro punto a destacar es la relación de la cerámica polícroma Copador referida a los contextos funerarios y ceremoniales. El tipo de estructuras donde fue encontrada indicaban su papel doméstico y no ritual. Los datos arrojados de las investigaciones arqueológicas de Joya de Cerén apuntan a la utilización de la cerámica polícroma Copador en actividades domésticas como el almacenaje y para contener alimentos y bebidas. La decoración y formas cerámicas comunes de la cerámica polícroma Copador en Joya de Cerén es la de cuencos simples de base convexa, predominando la decoración tipo ‘melón stripe’ y glíficas; de ellas solo se 356 La Universidad
identifica el glifo ‘C’. Se destaca la ausencia de cuencos de silueta compuesta y base plana, común en los hallazgos arqueológicos de Tazumal. En el sitio arqueológico de Tazumal, por el contrario, predomina la decoración tradicional de la cerámica polícroma Copador propuesta por Sharer, cuya forma predominante es la de cuencos de silueta compuesta y base plana con acanaladuras y una cantidad limitada de la decoración ‘melón-stripe’ (dos ejemplares). Las variedades cerámicas del Polícromo Copador son de Copán. En la fase terminal del período clásico tardío se detectan diferencias notorias en la cerámica proveniente de los sitios arqueológicos de Tazumal y San Andrés. Pero en ambos sitios hay presencia de cuencos trípodes y, en menor escala, vasos de forma recta y vasijas zoomorfas. Los contextos difieren, Tazumal presenta la cerámica polícroma Copador relacionada a contextos de tipo ceremonial y funerario de las elites gobernantes, acompañada de ofrendas de cerámica polícroma fina no local, como vasos estucados y Ulúa; ofrendas de jade, incensarios, entre otros artefactos. Mientras tanto, Joya de Cerén ofrece un ámbito domés-
tico y cotidiano, la cerámica polícroma Copador es menos refinada (pasta gruesa, decoración menos depurada) así como los restos orgánicos (comida) denotando su uso cotidiano. Este tipo de constantes indica que en Joya de Cerén la cerámica polícroma Copador no era considerada como un bien suntuario, salvo algunos ejemplares de manufactura fina procedente de lugares fuera del Valle de Zapotitán. Hasta la fecha no ha sido asociada a contextos funerarios. La cerámica polícroma Copador de Joya de Cerén es más burda y de menor calidad de acabado, probablemente hayan sido reproducidas en masa para su comercialización. Sus características morfológicas no denotan la fineza de la cerámica polícroma Copador de la Estructura 7 de San Andrés, o la encontrada en el complejo ceremonial del Tazumal. En el caso de la cerámica polícroma Copador relacionada a otros tipos cerámicos, pueden señalarse atributos relacionados con las funciones sociales, tomando en cuenta los contextos arqueológicos: donde la decoración podría indicar afiliación a un grupo cultural, estatus social y en algunas ocasiones, linaje.
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Investigaciones recientes en la ‘Gruta del Espíritu Santo’ en Corinto, Morazán
Ramón D. Rivas
Un importante trabajo de investigación en el sitio arqueológico conocido como ‘Gruta del Espíritu Santo’ viene realizando la Secretaría de Cultura de la Presidencia (Secultura) con los arqueólogos, conservadores y antropólogos de la Coordinación de Arqueología, dependencia de la Dirección Nacional de Patrimonio Cultural. El proyecto se lleva a cabo gracias al apoyo del ‘Fondo del Embajador’, que ofrece la Embajada de los Estados Unidos de Norteamérica acreditada en nuestro país. La Gruta del Espírituo Santo es un acogedor lugar que se encuentra localizado al extremo oriente del departamento de Morazán, al norte del municipio de Sociedad. Instalado en una empi-
nada rocosa (a una altura de 820 msnm) en el contorno noroeste de la ciudad de Corinto. En los últimos años, esta ciudad se ha convertido en un importante centro de comercio, comunicado por dos carreteras pavimentadas por varios frentes, que la conectan con las ciudades de Cacaopera y San Francisco Gotera. Se trata de un lugar idílico entre montañas y serpenteado por caminos intercomunales que unen cantones, villas y pueblos de la zona, desde donde se puede apreciar el importante valle del río Sapo. Me decían que, tradicionalmente, los miércoles y los domingos son días de mercado (aunque en la práctica parece ser solo estos últimos). En ellos se dan cita comerciantes de municiLa Universidad 363
pios aledaños y de Honduras para comerciar aparejos, monturas de cuero, jarcias, sombreros de palma, productos lácteos como queso duro, pero sobre todo, implementos para labrar la tierra: chuzos, cumas, machetes y azadones. En otros tiempos, los indígenas, tanto de Honduras como del lugar, intercambiaban productos durante estos días de mercado: frutas (sobresaliendo las granadillas), marquesotes, alborotos, ajonjolí y manzanilla, que llegaba desde Honduras. Las ventas de aves de corral abundaban, así como las bestias. Se afirma que Corinto es el segundo centro comercial más importante después de San Francisco Gotera. El parque se caracteriza por un elegante y acogedor espacio que sustituyó la característica plaza original, que durante la guerra sirvió para que los helicópteros del Ejército llevaran y recogieran tropas. Se trata de un espacio público edificado en los últimos años y una iglesia en construcción que en el conflicto fue quemada. La iglesia, para su edificación, recibe apoyo técnico de la Coordinación de Zonas y monumentos históricos. Por todos lados se observan edificios en construcción , por lo cual, el lugar tiene la aparien364 La Universidad
cia de un constante desarrollo. Naturalmente, los emigrantes que se fueron durante y después del conflicto armado, principalmente para los Estados Unidos, son muchos. Ahora el municipio se nutre de las remesas. No debemos olvidar que Corinto y el departamento de Morazán fueron lugares duramente golpeados por la guerra. Los pobladores —de acuerdo con Mariela Janeth Moncada, antropóloga que investiga el entorno humano en el marco del proyecto de investigación— «viven con un pie en el lugar y con otro en el exterior, principalmente en el gran país del Norte, por el proceso acelerado de migración que se dio durante y después de la guerra fratricida de los ochentas»1. Esta gente aún se debate con sus tradiciones entre el pasado y el presente. Al momento de la visita ya se habla de la celebración de sus fiestas patronales, que se celebrarán el 29 de junio, en honor a San Pablo. Moncada ha podido registrar ya un buen número de referentes culturales en donde claramente se constata que los lugareños viven entre la nostalgia y la realidad actual. Esto no es malo, pero sí es importante refor1 Entrevista del autor a la antropóloga Mariela Janeth Moncada.
zar la identidad, tanto de los que se han ido como de los que se han quedado. La gruta en estudio esconde un preciado tesoro que se registra como monumento nacional desde 1972, año en que —de acuerdo con don Argelio Álvarez Villegas, que trabaja en el sitio desde hace 16 años como responsable del lugar— «el lugar fue comprado por el Ministerio de Hacienda ese mismo año; y de inmediato se transfirió al Ministerio de Educación» 2. Don Rogelio afirmó —con la seguridad que muestran sus palabras y como quien no se cansa de narrar historias del lugar— que fue el coronel Arturo Armando Molina quien ordenó estas sabias diligencias. Don Argelio y don Eutinio son los encargados de darle vida a este importante sitio arqueológico nacional. El parque arqueológico, que en su totalidad está conformado por 27 manzanas, hoy está bajo la custodia y protección de Secultura. El lugar es considerado, por científicos en la arqueología y otras áreas afines, como la principal muestra de arte gráfico rupestre existente en El Salvador. Según estudios realizados por el arqueólogo Wolfgang 2 Entrevista del autor a don Argelio Álvarez Villegas.
Haberland quien estudió el sitio entre 1972 y 1977 [Haberland, 1991], las evidencias pertenecen al período preclásico (1200 y 200 a.C.)[Haberland, 1954]3. Pero los pictogramas impresos sobre las rocas tendrían un aproximado de unos 10 mil años de antigüedad. Es un abrigo rocoso que contiene pinturas rupestres. Cerca de la entrada se encuentran unos bloques rocosos que posiblemente formaban parte del techo de la cueva, la cual fue, indudablemente, más grande en la antigüedad. Es muy probable —por lo que relatan los estudios previos— que la Gruta del Espíritu Santo fuera ocupada por pueblos durante el período prearcaico o paleoindio[Barberena, 1950]. Lo interesante del lugar es que
3 En este estudio Haberland, del Museo Etnológico de Hamburgo, Alemania, recopila información y datos científicos de diferentes sitios rupestres como los petrograbados del río Titihuapa en el departamento de San Vicente y los de la cueva del Toro, en el departamento de Usulután. Asimismo, incluye los que figuran en la cueva del cerro El Carbón y los llamados Fierros de Guatajiagua, ambos en el departamento de Morazán, y los pictograbados de Sigüenza, en el departamento de Cuscatlán, además de la piedra de La Luna, en el lago de Güija. Véase también del mismo autor [1974]: Culturas de América Indígena/Mesoamérica y América Central. México: Fondo de Cultura Económica.
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Figura 1. Fotografía tomada por Oscar Camacho.
Figura 2. Fotografía tomada por Oscar Camacho.
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se trata, sin duda alguna, del primero con evidencia humana en El Salvador. Estamos hablando de unos 13 mil años antes de Cristo[Barón Castro,1977]. Por los estudios lingüísticos y la cerámica sabemos que fue ocupado por lencas [Rivas, 2004] de la rama potón desde el preclásico medio hasta el postclásico, convirtiéndose en un sitio importante cultural y religiosamente. De esto dispongo de evidencias por mis amplios estudios con los lencas, sería interesante abordarlos en un artículo académico. A simple vista, se constata que las pinturas que sobreviven son, en su gran mayoría, representaciones humanas. También hay manos dibujadas. Observé que existen escasas representaciones de animales, aunque en otros tiempos deben de haber sobresalido. También vi algunas figuras que podrían representar plantas. La mayoría de imágenes son pintadas en rojo, los colorantes utilizados son probablemente de origen mineral: ocres, rojos, etc. Los estudios actuales seguramente revelarán importantes detalles. Por lo menos, es lo que yo observé. Aunque don Rogelio me afirmó que durante la guerra muchos árboles maderables se los robaron y que los incendios
han sido una amenaza e incluso a veces, un grave problema. Hoy en día, un creciente parque reforestado rodea a esta evidencia única del pasado de nuestros pueblos. Al subir la imponente gruta, por un sendero se observa la ciudad de Corinto y todo el medio natural que le rodea, caracterizado por formaciones rocosas que nosotros comúnmente conocemos como talpetate. Desde lejos parecen inmensas manchas sobre la tierra. El arqueólogo Shione Shibata, coordinador del Departamento de Arqueología, es quien lidera la investigación arqueológica del monumento, acompañado de arqueólogos nacionales graduados de la Universidad Tecnológica de El Salvador, de los estudiantes egresados Julio Alvarado y Óscar Camacho y Mariela Janeth Moncada, a quienes mencionamos antes. Los arqueólogos persiguen conocer la estratigrafía del lugar. El día anterior a mi llegada ya habían iniciado la excavación. Con eso —según Shibata— se trata de llegar a la roca madre. Se quiere averiguar si hay vestigios de la época paleolítica (antes de la elaboración de cerámica) o ocupaciones de otros pueblos. La francesa Elisenda CoLa Universidad 367
Figura 3. Dr. Haberland fotografía la Gruta del Espíritu Santo, 1977. Foto de Archivo
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ladans, en la década de los noventas, también investigó el lugar [Coladan, 1996, 1998]. Con esta nueva investigación se quiere profundizar más al respecto. Por su parte, la arqueóloga y restauradora Claudia Ramírez, quien forma parte del mismo proyecto y estudia la parte de las transformaciones pictográficas, afirma: «Este abrigo jamás ha tenido un diagnóstico, solo casos puntuales que los arqueólogos han señalado. Parte de este diagnóstico es llegar a conocer los valores que tienen el lugar» 4. En una investigación sucede que, cuando ya se han encontrado esos valores (científicos), se tiene la pauta para formular un ‘plan de manejo’. Por lo que explica Ramírez, por el momento se está tratando de documentar, lo más que se pueda, las pictografías, y para ello se van registrando los daños; si estos son antrópicos o son de carácter natural. Se están tomando muestras de las pinturas, así como del biodeterioro, y de acuerdo con la arqueóloga, estas se enviarán a Colombia para su respectivo análisis de laboratorio. Ramírez es de la opinión que «si en el futuro se quiere restaurar, ya se dispone del análisis o de lo que se debe estudiar» [Ibíd.].
4 Entrevista llevada a cabo por el autor.
Se han detectado problemas en el estudio de los pictogramas, y entre ellos la científica detalla los siguientes: «Uno es la naturaleza de la piedra, es como una esponja. Adentro tiene un tipo de costra blanca, pues, cuando atraviesa la piedra se vuelve a depositar y se cristaliza. Esto recubre la pintura y la deforma. Hay muchos lugares donde la pintura ya no se ve. Desde los años cincuenta a los ochenta, la gente ha hecho fogatas, dejó hollín y en algunas partes reventó la roca en la parte superior. Hay casos de vandalismo ya que, a lo largo de los años, la gente ha tirado piedras y balazos y ha rallado las pictografías. Otro problema que se tiene es la filtración de agua, que ha oscurecido mucho la pared rocosa. De acuerdo con Claudia Ramírez, se ha encontrado material cerámico del período clásico y de la fase lepa; pero también se han encontrado algunos petrograbados que datan del postclásico. Por lo que se ha podido constatar hay una superimposición de pinturas, que nos dice se elaboraron de forma continua [Ibíd.]. La cueva está bastante contaminada y hay bastante filtración de agua con material pétreo, lo que se llama lixidación (costra blanca), que daña las pinLa Universidad 369
turas. Eso contamina y crea confusión en la datación. Otro problema es que, por varias décadas, la cueva fue utilizada para quemar leña para carbón. En fin, con toda la documentación que se va a sacar de las pictografías se pretende hacer el levantamiento gráfico y se realizará una exhibición itinerante de los resultados. La idea es llevar las cuevas de Corinto (‘La Gruta del Espíritu Santo’) a la gente. Por su parte, y como miembro del mismo proyecto, el museógrafo Leonardo Regalado del Museo Universitario de la Utec, elabora una propuesta gráfica para la exposición museográfica, la cual mostrará al país este impresionante lugar. Estoy seguro de que en los próximos años, con estos trabajos de investigación, la gente no solo del lugar —aunque es a ellos a quienes el esfuerzo apunta en primera instancia, para que conozcan su medio cultural y natural—, sino del país, dispondrá de importantes insumos académicos para poder revalorar el rico y preciado patrimonio cultural, que es abundante en este nuestro pequeño, pero grande país.
Referentes bibliográficos
Barberena, Santiago [1950]. «La Gruta de Corinto». En Anales del Museo Nacional ‘David J. Guzmán’. Tomo No. 3. San Salvador: Dirección de Publicaciones, Ministerio de Educación. Barón Castro, Rodolfo [1977]. La población de El Salvador. San Salvador: UCA, Editores (Primera Edición, 1942). Coladán, Elisenda [1996]. «Pinturas rupestres e industria lítica lasqueada del oriente de El Salvador. La Gruta del Espíritu Santo y sus alrededores». Informe preliminar inédito presentado a Concultura, San Salvador. -------------- [1998]. «Nuevos Datos sobre el Arte Rupestre de El Salvador». Informe preliminar inédito presentado a Concultura. San Salvador. Haberland Wolfgang [1954]. «Apuntes sobre Petrograbados de El Salvador». Comunicaciones 3. San Salvador: Instituto Tropical de Investigaciones Científicas, Universidad de El Salvador. Haberland Wolfgang [1991]. «Informe preliminar de investigaciones arqueológicas en la gruta
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de Cultura Económica. Rivas. Ramón D. [2004]. Pueblos indígenas y Garífuna de Honduras (Una caracterización). Tegucigalpa: Editorial Guaymuras.
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Preliminary ceramic compositional analysis from the La Arenera site, Pacific Nicaragua
Carrie L. Dennett, Lorelei Platz, Geoffrey G. McCafferty
Abstract
Ceramic compositional analysis has begun to provide critical support in understanding ceramic economy, especially production and distribution strategies, and archaeological typology in Pacific Nicaragua that was previously based primarily on surface decoration. Here we present preliminary results of an ongoing study exploring the paste composition of Tempisque period (500B.C.–A.D. 250) Izalco-style Usulután and Rosales Zoned Engraved ceramic types from the site of La Arenera. Findings suggest that Rosales wares were produced within Pacific Nicaragua but, based on petrological composition, were likely produced beyond the site itself. Further, all Usulután-like samples were likely produced within Pacific Nicaragua—a contradiction to our original hypothesis that some of the Usulután-like wares were imports from El Salvador and others locally made. Of particular interest is the presence of two discrete compositional paste types for the Nicaraguan-produced Usulután-like wares which indicate distinct and unrelated parent rock (and thus geological and geographical) sources for the clays and inclusions. In the final discussion we explore what the results of this preliminary analysis may intimate about the local ceramic economy of La Arenera and its broader external social connections. La Universidad 373
Introduction
When we began our preliminary research for this paper the goals were relatively modest; we wanted to—through a combination of quantitative and qualitative petrological compositional analyses—both create a description of and identify the relationship between what we believed were (1) imported Usulután ceramics and, (2) locally-produced Usulután imitation and Rosales Zoned Engraved types from the site of La Arenera, Managua, Nicaragua (Figure 1). Our preliminary results have, however, led to a unique and far more interesting glimpse into the ceramic economy of a Tempisque period (500B.C.–A.D. 250) occupation entombed by volcanic debris. What we found were distinct types of Usulután, the majority of which appear to have been produced within Pacific Nicaragua, and non-local to the site, but still likely Nicaraguanproduced, Rosales Zoned Engraved wares. This provides a very different, though equally complex, picture of the local ceramic economy than initially expected. Our presentation begins with a brief overview of the site itself, including the sample selected for presentation. This is followed by a more technical look at the me374 La Universidad
thod, results, and interpretation of the compositional analyses. In the final discussion we undertake a cursory overview of Usulután ceramic production at an interregional level, situate our sample in relation to this data, and begin to formulate potential sociocultural interpretations for the trends we are seeing at La Arenera.
La Arenera
Located at the base of the Nejapa-Miraflores volcanic alignment (a series of fissure vents) on the northwest side of modern day Managua City the site of La Arenera, which literally translates to ‘the sand quarry’, covers an area ranging somewhere between 40 hectares and 1 km2 [McCafferty 2009; McCafferty and Salgado 2000]. A preliminary evaluation of the site conducted in 2000 led by Geoff McCafferty and Silvia Salgado Gonzalez identified a wellpreserved Tempisque period—or La Colonia phase (500 B.C.–A.D. 300) in the local Managua chronology—occupation buried beneath layers of volcanic sand and/or debris (Figure 2). This temporal placement is identified by diagnostic Tempisque ceramic types including negative resist painted Usulután-like wares, Rosales Zoned Engraved, and Obanda
Figure 1. Location of Managua City, Nicaragua.
Figure 2. The archaeological surface with volcanic sand layer in profile behind [McCafferty, 2009].
Black-on-Red. Also present in the excavations were obsidian materials—possibly from the Guinope source in Honduras. It may be that earlier occupations exist at La Arenera but the brevity of excavations in 2000 did not permit deeper stratigraphic exploration. Above the layers of volcanic sand
is evidence of final reoccupation dating to approximately A.D. 1–300. However, ceramics discovered within the occupational level also include traces of diagnostic Bagaces period (A.D. 250–800) ceramics including Chavez Whiteon-Red [McCafferty and Salgado, 2000] which may suggest a slightly La Universidad 375
longer and more recent extension of the occupational sequence. The Ceramic Sample Our sample selection focused on the Tempisque period occupation buried beneath the volcanic sands. These 16 sherds were expressly selected by Platz, in consultation with Silvia Salgado of the University of Costa Rica, to help create a description of and identify the relationship between what we believed were a combination of imported Usulután ceramics and locally-produced Usulutánlike ‘imitation’ and Rosales Zoned Engraved types from the site (see Table 1). Because Usulután-style ceramics have been characterized as a significant marker of the Mesoamerican southeast periphery and, in general, Mesoamerican influence for so many years [Cagnato, 2008; Demarest and Sharer, 1982; Goralski, 2008], it was deemed prudent and most interesting to examine how the examples at La Arenera ‘fit into’ current understandings of the broader pre-Columbian Usulután ceramic sphere. Based on earlier research regarding Usulután wares in Nicaragua [Lange et al., 2003], we hoped to discover the production location from which the ‘real’ Usulután-like sherds originated. 376 La Universidad
The Rosales Zoned Engraved type was selected for two reasons: first, because it is an ubiquitous and diagnostic Tempisque period type in Pacific Nicaragua specifically, and Greater Nicoya, generally [Healy, 1980: 211; Lange, 1992: 115]; and second, because we assumed this type—based on macroscopic visual similarities in paste colour and texture—would be directly comparable to what we believed were locally-produced Usulután ‘imitation’ wares. The ‘real’ Usulután sherds (n=5; described as Usulután Red Rimmed in the compositional analysis) were initially identified as Late to Terminal Preclassic (100 B.C.–A.D. 250) Izalco-style Usulután wares based on their characteristic descriptive definition of a lighter-coloured, hard-fired fine paste with multiple wavy-lined resist decoration (see Figure 3) [Demarest and Sharer, 1982: 813, 819]. Many of these sherds demonstrate a carbon-rich reduced core which seems to be characteristic of hard-fired fine paste ceramics from throughout El Salvador and Honduras. The ‘imitation’ Usulután wares (n=6), although displaying the diagnostic multiple wavy-lined resist decoration, were generally of a coarser, iron-stained (reddish coloured) paste. According to
Table 1. Petrological Thin Section Samples from La Arenera
Thin Section ID (N-MA) AR1 AR2 AR3 AR4 AR5 AR6 AR7 AR8 AR9 AR10 AR11 AR12 AR13 AR14 AR15 AR16 Catalogue # Type 65-00-30-B-22 65-00-37-B-16 65-00-36-B-7 65-00-31-B-10 65-00-30-B-180 65-00-30-B-33 65-00-36-B-73 65-00-31-B-85 65-00-30-B-105 65-00-31-B-68/? 65-00-30-B-72 65-00-30-B-656 65-00-30-B-691 65-00-30-B-639 65-00-30-B-644 65-00-30-C-218 Type Usulután Usulután Usulután Usulután Usulután Usulután Usulután Usulután Usulután Usulután Usulután Rosales Zoned Engraved Rosales Zoned Engraved Rosales Zoned Engraved Rosales Zoned Engraved Rosales Zoned Engraved Variety Red Rim Red Rim Red Rim Red Rim Red Rim Vessel Form Dish (?) Comp. Silhouette Comp. Silhouette Comp. Silhouette Comp. Silhouette Comp. Silhouette Collared Bowl Collared Bowl Dish (?) Shallow Bowl Comp. Silhouette Large Bowl Large Bowl Comp. Silhouette Large Bowl Unknown Comments Real? Real? Real? Real? Real? Imitation Imitation Imitation Imitation Imitation Imitation
Dennett, to the naked eye these samples look generally more similar to typical pastes from Pacific Nicaragua across all chronological periods, and dissimilar to the Usulután Red Rimmed samples. Paste colour and visible inclusions in the fabric make these ‘imitation’ Usulután sherds seem more closely related (though in no way identical) to the typical Rosales Zoned Engraved (n=5) fabrics from La Arenera.
Ceramic Compositional Analyses
Traditional ceramic analyses in Pacific Nicaragua have focused on typological classification typically based on a combination of surface decoration and vessel form [e.g., Healy, 1980; Knowlton, 1996; Lothrop, 1926; Norweb, 1964; Salgado, 1996; Steinbrenner, 2010]. Preliminary compositional La Universidad 377
Figure 3. An Izalco style Usulután sherd from La Arenera [McCafferty, 2009].
Figure 4. Inclusion grain-size proportions for individual sherds in the La Arenera sample.
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analyses utilizing a combination of NAA and petrological methods, however, have given us more indepth information regarding general geographical manufacture zones and, potential hints toward, distribution patterns [Bishop et. al., 1988, 1992]. Our ongoing research project is aimed toward using this same combination of archaeometric techniques in order to garner a better understanding of Tempisque period materials— a chronological time period that has never been studied utilizing these methods. While we anticipate equally interesting and informative results from the NAA analysis of our sample sherds (currently being conducted by Ron Bishop of the Smithsonian Institution), we are unable to report on this aspect at this time. Here in we report the petrological component of the analysis. Methodology The analyses utilized in this project involves a combination of wellestablished quantitative (point counting) and qualitative (examination of lithic and mineral inclusions utilizing optical microscopy) techniques for describing and interpreting the composition of archaeological ceramic fabrics. Quantitative analysis of the sam-
ples was completed by Platz and Dennett utilizing standard point counting procedures [Bishop et al., 1982; Stoltman, 1989, 1991]. This method involves the measurement and classification (lithic vs. mineral) of the grain size of inclusions in the paste using a 1 x 1 micrometer grid superimposed on the slide to obtain a random, representative sample. Grain inclusions less than 0.02 mm are categorized as matrix (inclusions presumed native to the clay), 0.02 to 0.55 mm as silt, 0.55 to 2 mm as sand, and anything larger is considered gravel. The results of point counting procedures should aid the ceramic analyst in potentially distinguishing unique ‘paste recipes’ and constructing basic research questions which can then be addressed and/or clarified through qualitative petrological description. Qualitative analysis of the samples was completed by Dennett using standard petrological optical microscopy procedures designed to identify and describe the different types of mineral and lithic inclusions present in the fabric [Bishop et al., 1982].
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Results and Analysis
Quantitative Point Counting: Results Figure 4 features a ternary diagram that visually outlines the results of our point counting procedure. Individual point count summaries are represented based on the proportions of matrix, silt, and sand sized inclusions present in each. Because the presence of gravel-sized inclusions was extremely rare (to the point of insignificance), this variable was eliminated from the procedural result quantification. Samples of initially presumed imported Red Rimmed Usulután wares are represented with red squares, locally-produced ‘imitation’ Usulután in yellow, and Rosales Zoned Engraved in blue. Several distinct trends were observed in the proportional grain sizes of the three sample types. Red Rimmed Usulután sherds cluster fairly well, based on grain size, and lean toward a more matrix-rich composition than either of the other types. The Rosales Zoned Engraved sherds also cluster quite tightly, demonstrating coarser siltto sand-sized grain profiles —there is also no overlap apparent with the Usulután Red Rimmed samples. Finally, ‘imitation’ Usulután sherds present a scattered pat380 La Universidad
tern of proportional distributions. What might be best described as ‘orphan samples’—extreme occurrences of very silty and very matrix-rich grain-size profiles that overlap with, respectively, both Rosales and Usulután Red Rimmed types—bookend a small cluster of roughly equal proportions of matrix and silt inclusions but with highly variable amounts of sandsized inclusions. That said, the ‘imitation’ Usulután samples seem to be more closely related to Rosales samples, in terms of grain size, than the Usulután Red Rimmed examples. Quantitative Analysis Point Counting:
As stated above, the purpose of undertaking a point counting analysis is to help distinguish between unique ‘paste recipes’ (also presumably discriminating between local and nonlocal pastes), as well as create feasible research questions and provide and exploratory framework for subsequent petrological composition analysis. Results of the present point counting procedure managed all of these objectives. We have demonstrated that discernable differences exist between each of the types—especially between the two Usulután types—with re-
gard to grain size, although some type of grain-size related relationship seems to exist between Rosales Zoned Engraved samples and most of the ‘imitation’ Usulután (as initial macroscopic analyses suggested based on visual similarities in colour and inclusions). In conjunction with our initial queries of the samples outlined above, there were several research questions born out of this quantitative analysis and they include: 1. The relatively tight clustering of Usulután Red Rimmed and Rosales Zoned Engraved types may be suggestive of standardization in production of these types. Does the compositional analysis support or refute this? 2. Are the differences in grainsize proportions witnessed between the Usulután types the result of different petrological compositional profiles, or are they merely the result of different manufacturing ‘recipes’ utilized with similar clays? 3. Similarly, is the apparent grain-size relationship between several of the Rosales Zoned Engraved and ‘imitation’ Usulután samples compositionally supported, or do they simply share coincidental grain-size trends? 4. Finally, can the petrological
composition evidence inform us about the manufacturing origin of any of these types— were any actually imports to the site?
Qualitative Petrological Composition: Results Usulután Red Rimmed. Preliminary petrological analyses of samples associated with Usulután Red Rimmed (initially believed to be an import to the site) ceramics present a fairly consistent ‘recipe’, with all examples demonstrating a relatively fine, iron-rich clay matrix dominated by quartz, opaques (likely magnetite and/or hematite), devitrified materials, and biotite mica. Larger inclusions (and potential types of temper) are predominantly quartz, followed by lesser amounts of opaque and ferrous inclusions, vitric tuff with quartz phenocrysts, and iron-stained, altered volcanic glass and biotite mica. All of these suggest parent igneous environments of a felsic nature and, in this highly volcanic region, were likely created by dacitic volcanic activity and lava flows. While there is a tendency to see dark red to brown iron staining occur in more iron-rich mafic and intermediate (a mix of felsic and La Universidad 381
mafic) environments, minor felsic accessory minerals such as magnetite—which is well represented here—alter with heat and water loss to hematite (which, in turn, alters to ochre) and provide a possible explanation for the iron-staining and vitric alteration we see in these samples. The occurrence of rare shell inclusions in samples AR1 and AR3 is of interest and may aid in assessing provenience where reasonable comparative material is available. ‘Imitation’ Usulután. Analyses of the ‘imitation’ Usulután type present a group of ceramics with a completely different petrological composition than the Usulután Red Rimmed type discussed above. Unlike the Red Rimmed type, these samples demonstrate some inconsistency in the ‘recipe’ used to create the vessels—while the petrological composition is similar, the relative amounts and types of mineralogical and lithic inclusions can vary quite dramatically, in some cases, between samples. Clay matrices range from fine grained with well-sorted, silt-sized inclusions (AR7, AR8) to congested with moderately-sorted, silt- to sand-sized inclusions (AR6, AR9, AR10). Generally speaking, these fabrics are very colourful under 382 La Universidad
cross polar light due to the large amount of mafic rock-forming minerals present. These minerals are packed, in most examples, into the matrix with numerous varieties of clastic and igneous lithic inclusions. The numerous large inclusions present in most of the samples often make it difficult to assess the clay matrix itself. Dominant lithic materials include weathered and iron-stained volcanic tuff, scoria, plagioclase-phyric andesite, and pyroxene-phyric basalt. Mineral inclusions, in general decreasing order of abundance, include plagioclase feldspar (the dominant mineral present), orthopyroxene, clinopyroxene, opaques (magnetite and hematite), olivine, and hornblende. AR7 is the only example with rare instances of quartz. These petrological characteristics suggest parent igneous environments of a more mafic nature and, in this highly volcanic region, were likely created by basaltic to andesitic volcanic activity and lava flows. Rosales Zoned Engraved. The Rosales samples present, once again, a completely different petrological composition than either of the Usulután types. Within this sample group there appears to be significant variation in the ‘recipes’ used to make this type, as
well as minor variation in the petrological composition itself. All of the Rosales samples contain significant amounts of volcanic clastic and flow materials, which serves to group them together (to some extent) and simultaneously differentiate them from the Usulután types. AR12, AR14, and AR15 present an iron-rich clay matrix full of ‘ugly and chunky’ heavily stained and/or decomposing/altering lithic and mineral inclusions. All are dominated by large lithic inclusions, especially iron-stained ‘foamy’ pumice, scoria, altered basalt. Mineral inclusions shared by these three samples include dominant plagioclase feldspar, followed by decreasing and far less frequent amounts of clinopyroxene, orthopyroxene, opaque inclusions, and biotite. Where they differ is in rarely occurring minor/accessory minerals and lithics such as altered quartz (AR14 and AR15), olivine (AR14), hornblende (AR15), gabbro-like agglomerations (AR15), and vitric tuff (AR15). AR13 and AR16 present glassy matrices, however they are different in every other respect. AR13 is an ash-tempered fabric with iron-stained, altered tuff and tiny fragments of feldspar, quartz, and biotite. AR16 contains a wide variety of pumice types, opaque
inclusions, and very few minerals— rare occurrences include tiny fragments of feldspar, quartz, and biotite. These petrological characteristics suggest parent igneous environments of a more intermediate nature and, in this highly volcanic region, were «likely created by dacitic to basaltic volcanic activity (including clastic/ explosive activity) and lava flows». Qualitative Petrological Composition: Analysis Results of the petrological composition analysis indicate significantly different paste compositions for each type examined which, in turn, suggests the likelihood of different geological sources and geographical manufacturing areas. The compositional analysis also allows us to address, to varying degrees, the research questions we derived from the quantitative point counting analysis. Here we discuss the first three of those questions in turn, elaborating in the final discussion the question as to whether or not any of the types were potentially locally produced or imported into the site. 1. The relatively tight clustering of Usulután Red Rimmed and Rosales Zoned Engraved types may be suggestive of standarLa Universidad 383
dization in production of these types. Does the compositional analysis support or refute this? The Usulután Red Rimmed ware demonstrated a general consistency in both grain size and petrological composition. This suggests that, for this particular set of samples, the vessels were likely produced in a similar geological and geographical location by potters (single, multiple, or communities?) with a specific understanding of how the pastes are to be prepared, as well as how the vessels should be built and subsequently decorated. Referring back to Table 1, we note that all but one of these samples were of a composite silhouette form. Future research may focus on whether the consistency in paste recipe—for Usulután Red Rimmed vessels at La Arenera—extends across different vessel forms (e.g., dishes or shallow bowls) in the assemblage. This would lend greater support to the argument for standardization in production of this particular ware. Like the Usulután Red Rimmed samples, Rosales Zoned Engraved wares demonstrated relative consistency in grain sizes. However, the same degree of consistency was not witnessed in the petrological composition of these samples. They do not all 384 La Universidad
appear to be made by related potting groups and are likely from more than one production place/ site/area. However, having said that, all of the samples belong to the same general geological environment. Although there appears to be significant variation in the paste ‘recipes’ used to make this type, significant similarity in the finished vessels (the actual sherds themselves) suggests a standardized knowledge of how to create these vessels as a final product. 2. Are the differences in grain-size proportions witnessed between the Usulután types the result of different petrological compositional profiles, or are they merely the result of different manufacturing ‘recipes’utilized with similar clays? The differences in grain-sized proportions are definitively not merely the result of different manufacturing ‘recipes’ utilized with similar pastes. The clays and inclusions encountered in each of these types are completely distinct, both in terms of grain size and petrological composition. As we anticipated at the outset, these two types of Usulután wares are completely unrelated in every aspect other than decorative style.
3. Similarly, is the apparent grain-size relationship between several of the Rosales Zoned Engraved and ‘imitation’ Usulután samples compositionally supported, or do they simply share coincidental grain-size trends? The proximity of grain-sized proportions witnessed for several samples (see Figure 4) is not an artifact of petrological composition and/ or ‘recipe’ relationships between Rosales Zoned Engraved and the ‘imitation’ Usulután types. They demonstrate completely different profiles in both respects and similar grain size appears to be merely coincidental. Lack of intra-sample consistency for the ‘imitation’ Usulután sherds, although overlapping to some degree with both of the other types, seem to provide us, most significantly, with an idea of the potential range of grainsize compositions we can expect to encounter in paste ‘recipes’ amongst these types. Initial macroscopic observations undertaken in the samples selection suggested similarities that were not apparent during the quantitative or qualitative examination. In fact, results of the compositional analyses have demonstrated an almost complete lack of relationship between the
three types—Usulután Red Rimmed, ‘imitation’ Usulután, and Rosales Zoned Engraved. Following the petrological analysis, it was apparent that the ‘imitation’ Usulután and Rosales Zoned Engraved types were not from the same location of production, and it was uncertain whether or not the Usulután Red Rimmed samples were ‘real’, imported ceramics from El Salvador—the supposed Usulután ‘heartland’. Through subsequent research, however, we have begun to make strides toward a better understanding of provenience and, perhaps, more complex sociocultural phenomenon. In the final discussion we turn to examine these aspects of provenience with the goal of shedding some new light on the Tempisque period ceramic economy at La Arenera.
Discussion
The fourth research question outlined in our compositional analysis —also one of the main questions that drove the original sample selection— was whether or not the petrological composition evidence could inform us about the manufacturing origin of any of these types. We wanted to know if we could discern which types may have been the result of local production and/or which were imLa Universidad 385
ports to the site. In order to begin examining aspects of provenience it is first imperative to grasp a better understanding of the geological areas from which these ceramics were produced. Once this has been realized we move into the final portion of our discussion which attempts to couch the La Arenera samples, specifically the Usulután wares, into a broader interregional framework of Izalcostyle Usulután ceramic manufacture, exchange and emulation. Volcanism and Provenience Highly volcanic regions such as Pacific Nicaragua can often present a homogeneous volcanic geological landscape that can impart a general ‘sameness’ to the chemical composition of basic clay sources. However, inclusions added to these clays (especially pyroclastic materials) can help tease out and create distinct geological profiles, or fingerprints, that allow us to distinguish between geographic areas or regions of origin for these materials [Bishop et al., 1992: 136–138]. Ron Bishop and Fred Lange, working with various other colleagues, have laid the groundwork for and demonstrated the ability of both chemical and petrological composition analyses to provide 386 La Universidad
a more thorough understanding of ceramic provenience and distribution in Pacific Nicaragua [Bishop et al.,1988, 1992]. Unfortunately, their massive Greater Nicoya Ceramic Project did not include any reference material for Usulután wares, and little is reported on the ceramic paste composition of Managua area ceramics. As a result, we were required to begin the creation of our own profiles based on current knowledge of volcanism and geology in Pacific Nicaragua, and guided by the earlier work of Bishop and Lange. That La Arenera is located on the slope of a series of volcanic fissure vents (the Nejapa-Miraflores Lineament) and was inundated in the past by periods of explosive volcanic activity is substantial and informative, especially with regard to questions of local ceramic production evidence. While we are not currently certain which volcanic eruption buried the site, there are two reasonable possibilities. The first, and most obvious, is the Nejapa fissure vent itself. Traditional tephrochronology (dated layers of tephra deposition) states that this fissure exploded violently some time between 1050 B.C. and 50 B.C. (550 B.C. +/– 500 yrs). The existence of Izalco-style Usulután wares [Demarest and Sha-
rer, 1982: 819], however, would push the date of this eruption—if it is the actual eruption that buried La Arenera—to some time after 200–100 B.C. The composition of this (as well as previous and subsequent) eruption was tholeiitic basaltic flow and clastic materials [Global Volcanism Program, 2010; Rausch and Schmincke, 2010]. The second alternative possibility for the inundation of La Arenera is from the Apoyeque volcano, which is part of the Apoyeque Volcanic Complex that constitutes the Chiltepe Peninsula and extends (from the western side) into the south-central portion of Lake Managua. The last known and highly explosive daisitic eruption of this volcano—one of the largest pyroclastic explosions ever recorded [Global Volcanism Program, 2010]—occurred at roughly 50 B.C. +/– 100 years. While it is possible that the Apoyeque eruption inundated the site of La Arenera, it may be more reasonable to hypothesize that the site was victim of both this and the Nejapa eruption sometime after 150 B.C., given the site’s proximity to both volcanoes. The severe disruption that would have resulted from this relative ‘onslaught’ of volcanic activity in the area may also explain why there is no significant evidence of reoccupation before
the Late Tempisque-Early Bagaces periods (approximately A.D. 1–500). Regardless of which volcano (or even a combination of the two) inundated La Arenera, it seems apparent that the volcanic parent rock environment of the site location prior to this catastrophic activity had a largely basaltic character (and this is true of most of the volcanoes around the Lake Managua area). Thus, based on the compositional analysis, the sample type most likely produced locally in the site area would have been the ‘imitation’ Usulután—as we believed them to be at sample selection. The mafic, mineral-rich and iron-stained nature of the inclusions in the ‘imitation’ Usulután wares associates these ceramics with this type of geological environment. While we cannot say with certainty that the ceramics were produced at La Arenera until we have sufficient comparative data, the hypothesis for future study is that they most likely were from this general area . This line of thinking may also be supported by the seemingly chaotic variety of paste ‘recipes’ and the wide variety of vessel forms (see Table 1) witnessed in these samples. It may be reasonable to infer that these wares were most abundantly accessible from a wider variety La Universidad 387
of local potters—who may have been experimenting, based on an overall lack of standardization, with new forms and a decorative technology introduced from the north at this time—than we might see from imported wares derived from a circumscribed number of sites or potting groups. Following this line of volcanic and geological argument we conclude, then, that both the Usulután Red Rimmed and Rosales Zoned Engraved types were not produced locally as their compositional profiles do not seem to match the general local environment. If this is the case, where are these types potentially coming from? Rosales Zoned Engraved is a ubiquitous type found throughout Greater Nicoya during the Tempisque period. At sample selection, it was assumed that this type would most likely represent a locally-produced ceramic product. However, the compositional analysis suggests that they are not locally produced but, rather, imported into the site through whatever means (trade, exchange, gifting, etc.). The intermediate nature of the inclusions in these wares intimates production in parent geological environment related to dacitic to andesitic volcanoes with episodic clastic/ex388 La Universidad
plosive activity. The iron-rich stained matrix coupled with heavily stained and altered minerals, as well as glassy lithic (especially pumice) inclusions in these samples are highly reminiscent of monochrome wares—Sacasa Striated and Rivas Red—from the site of Tepetate, Granada [Dennett, 2009]. They also seem related, in terms of general petrological composition, to monochromes from the site of Santa Isabel, Rivas (Figure 5) [Dennett et al., 2008], but are missing the important and dominant andesite component that defines ceramic pastes from that site (although the Rosales AR15 sample would fit comfortably with ceramics produced at Santa Isabel). Support for this line of argument comes from Bishop et al. [1988], who found that—from their extremely limited sample—Rosales Zoned Engraved ceramics seem to derive, in terms of chemical composition, from the Rivas area. Bishop et al. [1992] also suggest that the high iron content witnessed in later period Papagayo polychromes is characteristic of the Isthmus of Rivas and we assume that this occurrence can likely be confidently extended slightly deeper into the past. While we are not absolutely certain that these Rosales samples derive from the Isth-
Figure 5. Rivas Red paste from the site of Santa Isabel, Department of Rivas, Nicaragua. Photomicrograph taken in 5x PPL (left) and 5x XPL (right).
mus of Rivas (between Granada and Rivas), we hypothesize that further compositional analyses will likely demonstrate that they are. The Usulután Red Rimmed type, with a composition type quite different than the other two already discussed, is likely not locally manufactured but rather, like Rosales, represents an import to the site. Given the felsic nature of this paste and its inclusions, it seems to represent parent geological materials of dacitic volcanic activity characterized by a matrix dominated by quartz and glassy, altered lithics. We are hesitant to assign a potential production location simply because we have no comparative base to work from. Potential provenience areas—established volcanoes with dacitic flow and pyroclastic activity—are few and far between. Some preliminary considerations might include Ilopango, San Salvador, El Salvador; San Cristóbal, Chinandega, Nica-
ragua; and Momotombo, León, Nicaragua. There are also several volcanoes in highland Costa Rica that might ‘fit the bill’, but we feel they are an inadequate direction for investigation at present. Given the wide-ranging distribution of these potential provenience locations, it becomes difficult to pinpoint any particular place without more research. However, an overall lack of ‘hard-fired’ ceramics in Pacific Nicaragua—like that we see with the Usulután Red Rimmed samples—also presents a potential problem and raises questions, although not so complex as to rule out a potential Nicaraguan provenience [see Lange et al., 2003]. So the question then remains, was the Usulután Red Rimmed type ‘real’, meaning that it was imported from El Salvador (as originally hypothesized) or is there some other possible explanation? We turn now to take a more serious look at Izalco-style Usulután and La Universidad 389
how the Usulután Red Rimmed samples from La Arenera articulate with current knowledge regarding the production, exchange and emulation of Izalco-style negative resist decorative techniques along the southeast Mesoamerican periphery. Production, Exchange, Emulation, and Interpretation of Izalco-style Usulután One major obstacle for researchers working outside of the Usulután ‘heartland’ of Preclassic period El Salvador has traditionally been the deeply entrenched and overly simplistic idea that hardfired, negative resist decorated wares originate from El Salvador and were traded or exchanged outward from their point of production. Beginning in the early 1980s, a general consensus was achieved among archaeologists working in El Salvador that ‘Usulután’ was simply a decorative (negative resist technique) mode rather than a chaotic series of varieties to be subsumed under a single type, but that the origin of this decorative mode was (perhaps as early as 1100 B.C.) western El Salvador. The developmental decorative sequence ranged from «early, relatively crude, simple lineand-blob resist variants...to hard390 La Universidad
fired, multiple-line resist Usulután» [Demarest and Sharer, 1982: 813]. This final stage of development is represented in the Izalco-style wares like the Red Rimmed samples from La Arenera. Production of Usulután (especially variants of the later Izalco style) across time, however, was not limited to western El Salvador. By roughly 200 B.C.–A.D. 50, the hard-fired Izalco-style Usulután was being both (sparingly) imported into and produced across the Mesoamerican southeast periphery including the sites of Chalchuapa, Santa Leticia, and Quelepa in El Salvador, as well as several sites in the Copan , La Entrada, Naco Valley, Ulua Valley, Santa Barbara, and Comayagua Valley regions of Honduras—where local typologies include names such as Muerdalo Orange and Bolo Orange [Cagnato, 2008: 52; Demarest and Sharer, 1982; Goralski, 2008: 43–60, 70, Table 1]. The existence of Izalco-style Usulután throughout areas of El Salvador and Honduras led to the hypothesis—initially developed by E. Wyllys Andrews V—of a Late Preclassic period (post 300 B.C.) interaction sphere, based on production and distribution, called the ‘Uapala sphere’ (Figure 6) [Cagnato, 2008; Goralski, 2008: 88–90]. This sphere is represented by ceramics, sites,
Figure 6. Map of the Uapala Ceramic Sphere Boundaries (after Robinson 1988, in Goralski 2008:1992).
and likely languages (Lenca) east of the Rio Lempa, in El Salvador and Honduras (the traditional southeast periphery), and is differentiated from the earlier Middle Preclassic ‘Provedencia and Miraflores spheres’ of Maya-speaking Mesoamerica proper (western El Salvador and southwest Guatemala — the Usulután ‘heartland’) [Cagnato, 2008: 54; Goralski, 2008: 91]. Goralski [2008: 71] states that Usulután types throughout Honduras are known strictly from elite contexts, which has traditio-
nally been interpreted as evidence for the importation of Usulután into the country (as a status or prestige good) rather than local production/emulation. However, we now know that not only was most of the Usulután produced locally but also that many of the imported Usulután wares were produced at other sites within Honduras—with only trace amounts of El Salvadorian-produced wares [Cognato, 2008; Goralski, 2008: 255]. For example, at the site of El Guayabal in the Paraíso Valley of Honduras, researchers have disLa Universidad 391
covered locally-produced Izalcostyle Usulután and imports from the Copan Valley and other places [Cagnato, 2008: 68]. This new understanding of the Uapala-Usulután sphere has also resulted in new interpretations. Cagnato [2008: 93], for example, suggests that elite groups at El Guayabal might not have had the ability or necessity to import ‘real’ Izalco-style Usulután from El Salvador, instead making their own versions for an elite display of prestige goods. Emulation, she suggests, demonstrates knowledge of these fine wares and may reflect an elite desire to exhibit long-distance sociopolitical connections or to ‘fit in’ to a broader regional trend. Goralski [2008: 278] similarly suggests that the development of the UapalaUsulután sphere is the result of both importation and emulation. The exchange of Usulután within the sphere, however, may provide more intimate clues about the role of Usulután as an elite good. Goralski [2008: 284] suggests, based on production and distribution patterns, that Uapala-Usulután was likely used as «daily serving vessels for elites to reinforce status differences, as a special service ware used in ritual feasts with other elites to force or renegotiate status differences, and as gifts 392 La Universidad
given by elites to forge alliances and incur debts». Given the recent exploration and interpretative developments of Late Preclassic Usulután ceramics, how does this information helps us garner a better understanding of Usulután wares at La Arenera? Can we articulate the presence of Usulután wares in Pacific Nicaragua with the broader Uapala-Usulután sphere operating to the north? While the results of the current project are strictly preliminary, we believe we can begin to posit potential interpretations, in the hope that they will drive further investigation and elaboration in the near future. Interpreting Usulután Ceramics at La Arenera In this paper we have demonstrated that at least one type, the ‘imitation’ Usulután from La Arenera, was likely locally produced based on geological and volcanic data from the area. We believe, again based on petrological composition, that the Red Rimmed Usulután may have been produced in Pacific Nicaragua as well. This is not an entirely shocking interpretation, given that earlier compositional (INAA) analyses have suggested that Usulután wares were likely being produced
in the Managua area [Lange et al., 2003]. Recent work by Craig Goralski [2011 personal communication] also suggests that our interpretations are heading in the right direction, if not correct. In his compositional analysis of ceramics from throughout Honduras, and including samples from El Salvador, he found that conducting petrological analysis of the sherds was futile. The reasoning being that, in all cases, the paste was so fine and lacking any type of diagnostic inclusions that microscopic variation and composition was almost impossible to detect— the result forcing a compositional study almost completely based on chemical analysis (INAA). This was certainly not the case for the La Arenera samples (with ample diagnostic inclusions) which, based on Goralski’s work, suggest that none of the sherds derived from a northern production source and were, most likely, produced within Pacific Nicaragua. Given the paucity of archaeological investigation at Tempisque period (Late Preclassic) sites in Nicaragua, it is currently impossible to know whether or not Usulután decorated ceramics are limited to elite contexts, as is apparent for sites in Uapala ceramic sphere. However, the existence of two discrete paste ty-
pes may favour an interpretation similar to that discussed by Goralski [2008: 284]. The co-occurrence of Nicaraguan-produced Izalcostyle Usulután wares and obsidian artifacts likely derived from Honduran sources implies a direct knowledge of the socioeconomic (at least, if not sociopolitical as well) framework operating to the north of La Arenera. It may be that leaders (chiefs?) were participating in a Pacific Nicaraguan version, or extension, of the Uapala-Usulután interaction sphere, where locally-produced forms of this prestige good were somehow gifted or exchanged between leaders from different sites or political-economic zones (allied territories) in a social setting designed to foster new, or maintain existing, alliances and/or affiliations. Supporting this hypothesis is the Rosales Zoned Engraved sample at La Arenera which, by all appearances, seems to be coming from the Granada or Rivas areas of the Isthmus of Rivas. Long viewed as a status or ritual ware, Rosales may have been another form of “elite” or leader exchange material. Healy [1980: 239–241] also notes the occurrence of Usulután Resist wares in the Rivas region. In fact he also forwards, in his paste descriptions, two discrete paste types—one a poor-quality La Universidad 393
imitation and the other a more “authentic”-looking paste. The dominant paste inclusions he notes are of feldspar and quartz, are not typically dominate compositional categories for the area but seem closer to those Red Rimmed types from La Arenera. It would be interesting to see if petrographic analyses could, in the future, define a relationship with the La Arenera samples. Obviously there is much more work to be done and we realize that these preliminary analyses are merely that: preliminary. However, we feel that this project represents a good starting point—including a series of testable hypotheses—for exciting and informative future research.
Conclusions
In this paper we have introduced the site of La Arenera, provided preliminary results of the first compositional analysis conducted on the site’s ceramic assemblage, and attempted to geologically contextualize our findings. The result has been a more detailed understanding of the provenience of both Usulután-type and Rosales Zoned Engraved ceramic types. We found that Rosales ceramics are likely being produced and imported into the site from somewhe394 La Universidad
re in the Rivas-Granada area of the Isthmus of Rivas. Further we found that there are two distinct paste types for the Usulután-style ceramics from the site, both of which appear likely to have likely been produced within Pacific Nicaragua. We are certainly not the first to suggest that Usulután-style ceramics were produced in Pacific Nicaragua [see Healy, 1988; Lange, 1992]. However, this is the first time (as far as we know) that this type of detailed petrological compositional provenience study has been conducted at the site level. Finally, we have attempted to articulate the preliminary results of the La Arenera study with the broader Uapala-Usulután ceramic sphere of the Mesoamerican southeast periphery, suggesting that Izalco-style Usulután wares may have served as prestige goods utilized locally for status differentiation and regionally as a tool for forming or maintaining sociopolitical and socioeconomic alliances and/or affiliations. Comparative petrographic information from other regions—especially Honduras, El Salvador, and northwest Costa Rica—would be useful in supporting these provenience interpretations. We are hopeful that the results of ongoing INAA and XRD analyses will help clarify the com-
positional relatedness both within and between types from La Arenera, and with other regions for which compositional databases currently exist.
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Nuestros Colaboradores
William R. FoWleR. Profesor y catedrático de Antropología en la Universidad
de Vanderbilt, Nashville, Tennessee, ha dirigido excavaciones arqueológicas en México, Guatemala y El Salvador. Comenzó sus investigaciones arqueológicas y etnohistóricas en El Salvador en 1975. Dirigió investigaciones de Cihuatán entre 1978 y 1980. Su proyecto más reciente es sobre el sitio Ciudad Vieja, la primera villa de San Salvador, donde se llevan a cabo investigaciones desde 1996. Sus intereses principales en la antropología y la arqueología son la economía política, la etnicidad y las migraciones.
GeoFFRey mccaFFeRty. Es Profesor y Catedrático de Arqueología en la Universidad de Calgary, Alberta, Canadá. Recibió el Doctorado en Antropología de la Universidad Estatal de Nueva York (SUNY), Binghamton, Nueva York. Es coeditor de la revista académica Ancient Mesoamerica. Ha trabajado en México y Nicaragua.
KathRyn SampecK. Es Profesora y Catedrática de Antropología en la Universidad Estatal de Illinois, Normal, Illinois. Recibió el Doctorado en Antropología de la Universidad de Tulane, Nueva Orleans, Louisiana. Ha trabajado en Bolivia, El Salvador y el estado de Tennessee, EE.UU.
FabRicio ValdiVieSo.
Arqueólogo salvadoreño, especialista en estudios mesoamericanos. Es parte de la primera promoción de arqueólogos formados en El Salvador por la Universidad Tecnológica (UTEC). Posee estudios y otras capacitaciones en Estados Unidos y Japón. Ha dirigido más de una veintena de proyectos arqueológicos. A su vez ha trabajado como consultor especializado en proyectos de desarrollo para el patrimonio cultural de El Salvador. Su trabajo le ha permitido impartir múltiples ponencias tanto en su país natal como en el extranjero. Entre los años 2002 al 2008 La Universidad 399
dirigió eficientemente el Departamento de Arqueología de la entonces Concultura.
Fabio eSteban amadoR. Es un arqueólogo especializado en culturas Mesoamericanas. Amador estudio arqueología en la Universidad de Rutgers y recibió su doctorado de la Universidad de Nueva York en Buffalo. Ha trabajado en sitios en Norte, Centro y Sur América y en el presente trabaja para National Geographic y colabora en proyectos de investigación en Yucatán y el Caribe. Fabio Esteban también es miembro fundador de la Organización Latinoamericana de Arqueología Subacuática (OLAS), una comunidad de profesionales dedicados al estudio y conservación del patrimonio cultural sumergido en las Américas.
paySon SheetS. Es Profesor y Catedrático en la Universidad de Colorado,
Boulder, Colorado. Recibió el Doctorado en Antropología de la Universidad de Pennsylvania. Ha trabajado en El Salvador, Costa Rica y Panamá. Lleva más de treinta años dirigiendo el Proyecto Arqueológico Joya de Cerén.
GeoRGe o. malooF. Obtuvo su Licenciatura en Arqueología en la Universidad Estatal de Arizona y una Maestría en Antropología con especialidad en Arqueología de la Universidad de Costa Rica, donde fue el primer graduado de tal especialidad. Vive en Buenos Aires y Costa Rica y trabaja en el Área de Arqueología del Proyecto Hidroeléctrico El Diquís. Aunque su área de especialidad es la Vertiente del Caribe Central de Costa Rica, le interesa la arqueología de El Salvador y los mayas de la frontera este de Mesoamérica. gemaloof@gmail.com
maRlon eScamilla. Es alumno del programa de doctorado en Antropología de la Universidad de Vanderbilt , USA; y catedrático de la Escuela de Antropología de la Universidad Tecnológica de El Salvador. Por más de una década formó parte del equipo de investigadores del Departamento de Arqueología de El Salvador dirigiendo proyectos de investigación arqueológica en diferentes áreas del país. Sus intereses académicos están enfocados en la arqueología del paisaje, la antropología del movimiento, migraciones, arqueología subacuática y el estudio del arte rupestre. Jeb J. caRd. Es un arqueólogo de Mesoamérica y de la época colonial,
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principalmente, española. Completó estudios doctorales en la Universidad de Tulane en 2007. Entre 2008 y 2009, fue investigador visitante en el Center for Archaeological Investigations, Southern Illinois University Carbondale, donde organizó una conferencia internacional sobre material cultura hibrida. También es editor de un libro sobre este tópico, publicado en la Southern Illinois University en 2012. En El Salvador, además de su análisis en Ciudad Vieja, ha trabajado en las excavaciones del sitio La Campana, San Andrés; en la ciudad Maya de Ek Balam en Yucatán, México; y en excavaciones en Tennessee, Luisiana, Mississippi, y Nueva York en los Estados Unidos.
JoSé heRibeRto eRquicia cRuz. Arqueólogo por la Universidad Tecnológica de
El Salvador, es también Maestro en Ciencias Sociales por la FLACSO-Guatemala. Es miembro de número de la Academia Salvadoreña de la Historia. Actualmente trabaja como investigador y docente en la Dirección de Investigaciones de la UTEC, y es consultor en trabajos de investigación arqueológica y patrimonio cultural.
bRian mcKee. Ha trabajado en la arqueología de El Salvador desde 1989.
La mayor parte de su trabajo se ha realizado en el Valle de Zapotitán, específicamente en los sitios Joya de Cerén y San Andrés. Tiene licenciaturas en Antropología y Geología de la Universidad de Colorado, una maestría en Antropología de la Universidad de Colorado, y un doctorado en antropología de la Universidad de Arizona. En los años recientes ha trabajado en la arqueología de los Estados Unidos, principalmente en los estados de Arizona y Utah.
SébaStien peRRot-minnot. Es Investigador asociado al Centro de Estudios
Mexicanos y Centroamericanos (CEMCA, Ministerio de Asuntos Exteriores de Francia) y Director Pedagógico de la Alianza Francesa de Guatemala. Participó en investigaciones arqueológicas en Francia metropolitana, la Guayana Francesa, Chile, Guatemala y El Salvador. En El Salvador, realizó trabajos de campo en sitios prehispánicos de los departamentos de San Vicente, Cabañas y Ahuachapán. En 2006, defendió en la Universidad de París 1 (Panthéon-Sorbonne) la tesis doctoral “Definición arqueológica de la entidad cultural de Cotzumalguapa (Guatemala-El Salvador)”, bajo la dirección del profesor Eric Taladoire. Trabaja también en el campo del La Universidad 401
periodismo cultural y científico; en 2006, junto con Gemma Gil y Dennys Mejía, recibió en el Museo Popol Vuh (Guatemala) el Premio Huun a la prensa arqueológica, por un artículo publicado en el matutino guatemalteco Prensa Libre.
philippe coSta. Es estudiante de doctorado en arqueología de la Universidad de Paris 1 (Panthéon-Sorbonne), investigador asociado al Centro de Estudios Mexicanos y Centroamericanos (CEMCA) y actualmente, director del Proyecto «Reconocimientos y Contextualización del Arte Rupestre Salvadoreño 2011» por parte del Centro de Estudios Mexicanos y Centroamericanos (CEMCA), Embajada de Francia en El Salvador y la Universidad de El Salvador, Maestría en Restauración de Monumentos, Universidad de San Carlos de Guatemala (USAC).
liGia manzano. Actualmente Secretaria de Arte y Cultura de la Universidad
de El Salvador y Codirectora del Proyecto «Reconocimientos y Contextualización del Arte Rupestre Salvadoreño 2011» por parte del Centro de Estudios Mexicanos y Centroamericanos (CEMCA), Embajada de Francia en El Salvador y la Universidad de El Salvador. Participación como docente investigador en el proyecto del CIC-UES «Historia de las Artes Plásticas en El Salvador. Fase de Preconquista», sobre la Expresión de la Gráfica Rupestre en 2004. Participación en el estudio sobre el «Arte Rupestre de El Salvador», Facultad de Ciencias y Humanidades y Departamento de Arqueología en 2006.
Ramón RiVaS. Es doctor en antropología graduado en Holanda. Ha hecho
estudios antropológicos sobre los garífunas en Honduras. Actualmente es Director de Patrimonio Cultural de la Secretaría de Cultura de la Presidencia de El Salvador.
claudia alFaRo moiSa. Inició su trabajo en el Museo Nacional de Antropología de El Salvador como parte del departamento de Museografía. Posteriormente inicia en 2004 sus estudios de Licenciatura de Arqueología en la Universidad Tecnológica de El Salvador. Desde 2005 a la fecha, está a cargo de la curaduría de la Colección Arqueológica Nacional; ha colaborado en publicaciones especializadas del Museo Nacional. Actualmente forma parte del Departamento de Arqueología fungiendo como investigadora y curadora de exposiciones.
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caRRie dennett. Tiene una Licenciatura en Antropología de la Universidad
de Trent en Peterborough, Ontario, Canadá. Es candidata al Doctorado en Arqueología en la Universidad de Calgary, Alberta, Canadá y editora asistente de la revista académica Ancient Mesoamerica. Ha participado en investigaciones de campo en Honduras y Nicaragua.
chRiStine dixon. Is a Ph.D. student at the University of Colorado, Boulder who
has participated in archaeological fieldwork at Cerén since 2005. Her 2006 MA degree research examined previously collected ground-penetrating radar data at Cerén and her current Ph.D. research now focuses on the broader implications of the Cerén agricultural system, in particular the manioc fields. She currently teaches at Bellevue College and Pacific Lutheran University in Washington.
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